CAPÍTULO 12 (Mateo 26)
EL NUEVO CASAMIENTO DE CRISTO

“Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio” (Mateo 26:27) n el primer siglo, cuando un joven judío quería casarse con una joven judía, se reunía con el padre de ella y le compraba el derecho de preguntarle a la hija si quería casarse con él. Él no estaba comprando la mujer, sino el derecho de preguntar. Luego el joven se acercaba a la chica y le ofrecía una copa llena de jugo de uva, el cáliz de su pacto. Si la ella bebía de la copa, entonces estaba aceptando la propuesta matrimonial. El novio regresaba a casa y preparaba un lugar para que vivir, tal vez en la casa de su propio padre. Mientras estaban separados, el novio le enviaba mensajes a su novia a través de su padrino. Por último, el padre del novio (no el novio) decidía cuándo el lugar estaría listo. Con bombos y platillos, el novio regresaba donde su novia, y la llevaba a vivir con él para siempre.
¿Nos recuerda algo?
“Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: ‘Bebed de ella todos, porque esto es mi sangre del nuevo pacto que por muchos es derramada para perdón de los pecados. Os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre’ ” (Mateo 26:27-29).
Cuando Jesús tomó la copa y se la ofreció a sus discípulos, estaba, en realidad, pidiéndoles que se casaran con él, que entablaran un pacto para siempre. Él iría a preparar un lugar para ellos y para todos los que firmen el pacto. Un día, cuando su Padre lo ordene, él volverá y los llevará a vivir con él durante toda la eternidad.

ABANDONANDO A JESÚS

Poco después de que los discípulos ratificaran el pacto eterno con el Señor, Jesús les dijo: “Todos vosotros os escandalizaréis de mí esta noche, pues escrito está: ‘Heriré al pastor y las ovejas del rebaño serán dispersadas’. Pero después que haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea” (versículos 31, 32).
“Pedro le dijo: ‘Aunque tenga que morir contigo, no te negaré’. Y todos los discípulos dijeron lo mismo” (versículo 35).
Mis estudiantes a menudo me han preguntado: “¿Por qué le dijo Jesús a los discípulos que le abandonarían? ¿Acaso tenían otra opción?”.
Por supuesto que la tenían. Pero Jesús los conocía muy bien. La presión estaba a punto de empezar, y todos los discípulos saldrían corriendo.
El Señor les anunció lo que pasaría no para desanimarlos, sino para animarlos. Él quería que supieran de antemano, que aunque ellos lo abandonaran, él los seguiría amando. Les dijo antes de que caminaran al Getsemaní: “En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33)
Digamos que cuando éramos niños, nuestro padre nos decía: “Quiero que sepas que te amo mucho. Y espero que nunca me defraudes". ¿Cómo nos sentiríamos? ¿Nos preocuparía defraudarlo?
Ahora supongamos que nuestro padre nos dijera: “Quiero que sepas que te amo tanto. Y no importa qué decisiones tomes en la vida, mi amor por ti jamás cambiará. ¿Cómo nos sentiríamos? Pues estaríamos seguros del amor de nuestro padre, sin importar qué suceda en nuestra vida. Así es que Jesús quiere que nos sintamos. Seguros del amor de nuestro Padre celestial.

ACEPTANDO NUESTRA SALVACIÓN

Hace un tiempo leí una encuesta que me dejó sin aliento. A jóvenes adultos adventistas (nacidos en los 80) se les hizo esta pregunta: Si Jesús regresara hoy, ¿te salvarías?”. El 38,7% respondió: sí; el 42%: quizás; el 14,7%, no lo creo; y el 4,6%: no. 1
Cerré de golpe la revista, y decidí hacer la misma encuesta a más de treinta estudiantes en mi clase de Vida y enseñanzas de Jesús en Southern Adventist University. Tal vez una mayor cantidad respondería: sí. Habíamos hablado muchas, muchas veces sobre nuestra seguridad de la salvación en Cristo.
Cuando cotejé las respuestas de los estudiantes quedé muy triste, puesto que solo el 32% dijo que creer estar salvo. Hablé con ellos un rato. Algunos me dijeron que responder “sí”, les parecía una declaración arrogante, puesto que no se sentían lo suficientemente buenos.
Esbocé una sonrisa. “¡Ya hemos hablado de ese tema!”, les dije. “Ninguno de nosotros es lo suficientemente bueno, incluso en nuestro mejor día. La única pregunta que importa es: ¿Es él lo suficientemente bueno? ¿Es él digno?
Analizamos la diferencia entre la salvación y la vida abundante. Les dije que la vida abundante tiene que ver con nuestro estilo de vida; sin embargo, la salvación, de principio a fin, es sobre Cristo. Si deseamos vivir para siempre con Cristo, lo haremos. Es imposible desear a Cristo sin tener el Espíritu de Cristo. Y si tienes el Espíritu de Cristo, entonces tienes la salvación. Porque “en él fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia” (Efesios 1:13, 14).
Quedé bastante desanimado. Me preguntaba a mí mismo: ¿Qué estoy haciendo mal? Poco después realicé la misma encuesta a los alumnos que toman mi clase de oratoria; los resultados fueron mejores: 42% respondió: Sí.
Agregué otra pregunta a la encuesta: “¿Quién influye en tu vida espiritual?”. Los estudiantes respondieron: la madre, 95%; los amigos, 75%; el padre, 65%; un maestro, 60%; los abuelos, 50%; un amigo de la familia, 37%; los hermanos, 33%; el pastor de jóvenes, 32%; el pastor de la iglesia, 23%; y el maestro de Escuela Sabática, 10%.
Cuando cotejé esta encuesta con las respuestas de los estudiantes sobre la seguridad de la salvación, los más Influyentes son: el pastor de la iglesia, los abuelos, un amigo de la familia, un maestro, los amigos, el pastor de jóvenes, los hermanos, el maestro de escuela sabática, el padre y la madre.
Las respuestas fueron reveladoras. Los padres quedaron como los más influyentes, pero esto no hacía que los estudiantes se sintieran seguros de su salvación. Los pastores de la iglesia quedaron como los menos influyentes.
Por curiosidad, le pedí a un profesor que entrevistara a los estudiantes de su clase de Hebreo II. Eran 18 estudiantes de las carreras de Teología y Religión, nuestros futuros pastores. Para nuestro deleite, 16 de ellos (89%) dijeron que estaban seguros de su salvación. ¿Acaso se creían perfectos? Lo dudo. Estaban seguros de su salvación porque conocían a Cristo.
Esa noche, hice la encuesta a tres personas más: mis hijas, cuyas edades oscilan entre los once y los diecisiete años. Las tres respondieron: Sí. Le pregunté a la de once años, Summer, por qué respondió como lo hizo, y me dijo: “Porque cuando le entregas tu corazón a Jesús y lo aceptas como tu Salvador, siempre estarás con Jesús”.
Yo no podría haberlo dicho mejor.

UN PLAN SECRETO DE DESARROLLO

Cristo quiere que estemos seguros de su amor por nosotros. Él es paciente con nosotros. Él entiende que tenemos que navegar en un mundo maltrecho, plagado de pegado: “En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).
Mientras Jesús y sus discípulos caminaban hacia Getsemaní bajo la luz de la luna durante víspera de la Pascua, él sabía mucho más de lo que los discípulos podían comprender.
En primer lugar, los discípulos no comprendieron el significado de la mujer que ungió los pies de Jesús con perfume. Esto ocurrió antes de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, aunque Mateo la registra en el capítulo 26.
Nadie en Israel derramó jamás esa cantidad de perfume, a menos que estuviera haciendo una de dos cosas: ungiendo un rey o un sacerdote, o ungiendo un cuerpo para el entierro. De hecho, Ann Spangler y Lois Tverberg escribieron en Sitting at the Feet of Rabbi Jesús [Sentados a los pies del maestro Jesús]:
“La palabra ‘Mesías’ [ungido] alude a la ceremonia utilizada para apartar a alguien elegido por Dios para que fuera un rey o un sacerdote. En lugar de ser coronados, los reyes hebreos eran ungidos con aceite sagrado y perfumados con especias muy finas. Dicho aceite solo se usaba para consagrar muebles del santuario y para ungir a los sacerdotes y a los reyes. El aceite de la unción sagrada era más valioso que los diamantes. Su maravillosa fragancia servía como una ‘corona’ invisible, que le otorgaba un aura de santidad a sus destinatarios. Todo lo que despidiera esa fragancia especial era propiedad exclusiva del Señor... Durante las procesiones reales, la fragancia le confirmaba a la multitud que un rey estaba pasando por allí”. 2
La fragancia del perfume de nardo probablemente estuvo en Jesús durante la última semana de su vida. Nadie podría escapar de la fragancia que emanaba del Señor.
En segundo lugar, los discípulos no comprendieron el significado de que Jesús lavara los pies de cada uno de ellos. De acuerdo con Juan 13, Jesús inesperadamente se levantó de la mesa y comenzó a lavar los pies de sus discípulos. Dicha acción conllevaba mucho más que simplemente ser un líder siervo. El Señor estaba preparando sus sacerdotes para el ministerio. A un Pedro perplejo por el asunto, le dijo: “Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora, pero lo entenderás después” (Juan 13:7).
En el pacto antiguo, no se les permitía a los sacerdotes entrar en el tabernáculo hasta que no hubieran lavado sus pies y manos en una palangana a las afueras del tabernáculo: “Continuó hablando Jehová a Moisés, y le dijo: Harás también una fuente de bronce, con su base de bronce, para lavarse. La colocarás entre el Tabernáculo de reunión y el altar, y pondrás en ella agua. En ella se lavarán Aarón y sus hijos las manos y los pies. Cuando entren en el Tabernáculo de reunión, se lavarán con agua, para que no mueran’ ” (Éxodo 30:17-20). Al lavarles los pies, Jesús estaba limpiando a sus discípulos, los nuevos sacerdotes. Con una toalla atada a su cintura, Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, limpió los pies de los discípulos, transfiriendo simbólicamente su suciedad sobre sí mismo. Estaba envuelto literalmente en nuestros pecados. ¿Qué en cuanto a sus manos? Como parte de la cena de la Pascua, los discípulos ya se habían lavado las manos, pero no sus pies.
Años más tarde, Pedro escribió: “Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia. ¡Por su herida habéis sido sanados!” (1 Pedro 2:24). “Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9).
En tercer lugar, cuando llegaron a Getsemaní, los discípulos no comprendían por qué este era un momento tan difícil para Jesús. Jesús no le tenía miedo a la muerte física cuando oró: “Pase de mí esta copa” (Mateo 26:39). Le temía a la separación de su Padre. Él sabía que para llegar a ser pecado por nosotros, tenía que morir. En realidad, todo lo que se separa de Dios es pecado. Aunque Jesús no deseaba beber esta copa, se sometió a la voluntad de su Padre.
Hebreos 5:7 proporciona una perspectiva adicional del Getsemaní: “Y Cristo, en los días de su vida terrena, ofreció ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que lo podía librar de la muerte, y fue oído a causa de su temor reverente”.
Para un hebreo, la frase “fue oído” encerraba un gran significado. En el libro de Éxodo se dieron estas instrucciones al sumo sacerdote:
“Harás el manto del efod todo de azul. En su centro, por arriba, habrá una abertura, alrededor de la cual tendrá un borde de obra tejida, como el cuello de un coselete, para que no se rompa. En sus orlas harás granadas de azul, púrpura y carmesí, y entre ellas, también alrededor del borde, campanillas de oro. Una campanilla de oro y una granada, otra campanilla de oro y otra granada, en toda la orla alrededor del manto. Aarón lo llevará puesto cuando ministre; su sonido se oirá cuando él entre en el santuario delante de Jehová, y cuando salga, para que no muera” (Éxodo 28:31-35).
En primer lugar, ¿se fijó usted en la vestimenta de tejido único del sumo sacerdote? Así era la vestimenta del Señor usó cuando lo llevaron a la cruz.
Como los soldados no quisieron rasgar la ropa, apostaron por ella. Además de llevar el perfume de un rey, la ropa de Jesús era como la del sumo sacerdote
. En segundo lugar, observe que había campanas en la orla del manto. “Su sonido se oirá cuando él entre en el santuario delante de Jehová, y cuando salga, para que no muera”. Según la tradición judía, estas campanas eran para que Dios escuchara la llegada del sumo sacerdote. Dios escuchaba al sumo sacerdote cuando se acercaba con el sacrificio. El sumo sacerdote siempre debía entrar al tabernáculo con sangre, si no lo hacía, moriría. Los que estaban fuera de la tienda escuchaban también al sumo sacerdote. Las campanas indicaban que aún estaba con vida. Según la tradición judía, un extremo de una cuerda estaba atado al tobillo del sumo sacerdote. Si las campanas dejaban de sonar mientras el sacerdote se hallaba en el lugar santo, se suponía que su sacrificio había sido rechazado y que había muerto. Entonces lo halaban por la cuerda.
Poco antes de la descripción de que Jesús fue “oído” en Hebreos 5:7, Hebreos 4:14 dice: “Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión”.
Aunque entendemos ahora lo que Jesús estaba haciendo por nosotros como nuestro Rey y Sumo Sacerdote en la víspera de su muerte, los discípulos no lo entendieron. Sus cabezas estaban dando vueltas, y una caótica noche se venía venir.
“Aún estaba él [Jesús] hablando cuando llegó Judas, uno de los doce, y con él mucha gente con espadas y palos, de parte de los principales sacerdotes y de los ancianos del pueblo. Y el que lo entregaba les había dado señal, diciendo: Al que yo bese, ese es; prendedlo’. En seguida se acercó a Jesús y dijo: ‘¡Salve, Maestro!’ Y lo besó.
“Jesús le dijo: ‘Amigo, ¿a qué vienes?’.
“Entonces se acercaron y echaron mano a Jesús, y lo prendieron. Pero uno de los que estaban con Jesús [Pedro] echando mano de su espada, hirió a un siervo del Sumo sacerdote y le quitó la oreja.
“Entonces Jesús le dijo: ‘Vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que tomen espada, a espada perecerán’ ” (Mateo 26:47-52).

DOS HOMBRES EN LA CALLE

Dos hombres confundidos y afligidos caminaban por las afueras de la ciudad de David el día que Jesús había sido condenado y crucificado.
El primer hombre cayó en las redes del remordimiento. Judas correría después hacia el sumo sacerdote y los ancianos, exclamando: “Yo he pecado entregando sangre inocente” (Mateo 27:4). Pero cuando no pudo reparar lo que había hecho, Judas “arrojando las piezas de plata en el Templo, salió, y fue y se ahorcó” (versículo 5).
El segundo hombre también fue presa del remordimiento. Después de haber sido reprendido por Jesús por sacar su espada, Pedro sintió profunda confusión. ¿No había dicho Jesús apenas unas horas antes que vendieran sus capas y compraran una espada? (ver Lucas 22:36).
Mientras observaba a Jesús arrastrado e interrogado, no fue el miedo lo que hizo que Pedro negara que era un discípulo. Fue la confusión y la vergüenza. Pedro se avergonzó de Jesús y vociferó: “¡No conozco al hombre!” (versículo 74). ¿Por qué lo hizo? Porque se dio cuenta de que no lo conocía.
Mientras Simón Redro caminaba por Jerusalén llorando amargamente, algo ocurrió. Él dejó ir ... Él liberó... Ya no pretendería controlarlo todo. Ya no trataría de apartar a Jesús de su misión. Ya no sacaría su espada para salvar al Salvador. En el patio de Caifás, Redro había escuchado las palabras de Jesús al sumo sacerdote: “Desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder de Dios y viniendo en las nubes del cielo” (Mateo 26:64). Había visto al sumo sacerdote rasgar sus ropas cuando el eterno Sumo Sacerdote estuvo delante de él.
Incluso a través de sus amargas negaciones, Pedro reconoció que algo especial estaba sucediendo. Y si de alguna manera, ríe alguna manera, se le diera otra oportunidad de defender a Cristo, el Hijo de Dios viviente, lo haría.


1 Leanne M. Sigvartsen. Jan A. Sigvartsen y Paul B. Petersen, “Adventism through Millennial’Eyes: How Millennial Relate to Doctrine”, Adventist Review (8 de abril de 2015). 2 Pp. 16, 17.