COMENTARIO EG WHITE
Lección 10
Jesús en Jerusalén

Sábado 28 de mayo

Jesús, que era servido por todos, vino a ser siervo de todos. Y porque ministró a todos, volverá a ser servido y honrado por todos. Y los que quieren participar de sus atributos, y con él compartir el gozo de ver almas redimidas, deben seguir su ejemplo de ministerio abnegado.
Todo esto abarcaban las palabras de Cristo: “Ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis”. Tal era el propósito del rito que él estableció. Y dice: “Si sabéis estas cosas”, si conocéis el propósito de sus lecciones, “bienaventurados seréis, si las hiciereis” (El Deseado de todas las gentes, p. 607).
Cristo practicó en su vida sus propias enseñanzas divinas. Su celo nunca lo llevó a ser apasionado. Manifestó consecuencia sin obstinación, benevolencia sin debilidad, ternura y simpatía sin sentimentalismo. Era muy sociable y sin embargo poseía una reserva y dignidad que no estimulaban familiaridades indebidas. Su temperancia nunca lo llevó al fanatismo ni a la austeridad rigurosa. No se conformó a este mundo, y sin embargo no fue indiferente a las necesidades del más pequeño entre los hombres. Estaba despierto a las necesidades de todos (El evangelismo, p. 461).
En esta vida apenas podemos empezar a comprender el tema maravilloso de la redención. Con nuestra inteligencia limitada podemos considerar con todo fervor la ignominia y la gloria, la vida y la muerte, la justicia y la misericordia que se tocan en la cruz; pero ni con el mayor esfuerzo de nuestras facultades mentales llegamos a comprender todo su significado. La largura y anchura, la profundidad y altura del amor redentor se comprenden tan solo confusamente. El plan de redención no se entenderá por completo ni siquiera cuando los rescatados vean como serán vistos ellos mismos y conozcan como serán conocidos; pero a través de la edades sin fin, nuevas verdades se desplegarán continuamente ante la mente admirada y deleitada. Aunque las aflicciones, las penas y las tentaciones terrenales hayan concluido, y aunque la causa de ellas haya sido suprimida, el pueblo de Dios tendrá siempre un conocimiento claro e inteligente de lo que costó su salvación...
El misterio de la cruz explica todos los demás misterios. A la luz que irradia del Calvario, los atributos de Dios, que nos llenaban de temor respetuoso, nos resultarán hermosos y atractivos. Se ve que la misericordia, la compasión y el amor paternal se unen a la santidad, la justicia y el poder. Al mismo tiempo que contemplamos la majestad de su trono, tan Lección 10 Jesús en Jerusalén Sábado 28 de mayo Jesús, que era servido por todos, vino a ser siervo de todos. Y porque ministró a todos, volverá a ser servido y honrado por todos. Y los que quieren participar de sus atributos, y con él compartir el gozo de ver almas redimidas, deben seguir su ejemplo de ministerio abnegado. Todo esto abarcaban las palabras de Cristo: “Ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis”. Tal era el propósito del rito que él estableció. Y dice: “Si sabéis estas cosas”, si conocéis el propósito de sus lecciones, “bienaventurados seréis, si las hiciereis” (El Deseado de todas las gentes, p. 607).
Cristo practicó en su vida sus propias enseñanzas divinas. Su celo nunca lo llevó a ser apasionado. Manifestó consecuencia sin obstinación, benevolencia sin debilidad, ternura y simpatía sin sentimentalismo. Era muy sociable y sin embargo poseía una reserva y dignidad que no estimulaban familiaridades indebidas. Su temperancia nunca lo llevó al fanatismo ni a la austeridad rigurosa. No se conformó a este mundo, y sin embargo no fue indiferente a las necesidades del más pequeño entre los hombres. Estaba despierto a las necesidades de todos (El evangelismo, p. 461).
En esta vida apenas podemos empezar a comprender el tema maravilloso de la redención. Con nuestra inteligencia limitada podemos considerar con todo fervor la ignominia y la gloria, la vida y la muerte, la justicia y la misericordia que se tocan en la cruz; pero ni con el mayor esfuerzo de nuestras facultades mentales llegamos a comprender todo su significado. La largura y anchura, la profundidad y altura del amor redentor se comprenden tan solo confusamente. El plan de redención no se entenderá por completo ni siquiera cuando los rescatados vean como serán vistos ellos mismos y conozcan como serán conocidos; pero a través de la edades sin fin, nuevas verdades se desplegarán continuamente ante la mente admirada y deleitada. Aunque las aflicciones, las penas y las tentaciones terrenales hayan concluido, y aunque la causa de ellas haya sido suprimida, el pueblo de Dios tendrá siempre un conocimiento claro e inteligente de lo que costó su salvación...
El misterio de la cruz explica todos los demás misterios. A la luz que irradia del Calvario, los atributos de Dios, que nos llenaban de temor respetuoso, nos resultarán hermosos y atractivos.
Se ve que la misericordia, la compasión y el amor paternal se unen a la santidad, la justicia y el poder. Al mismo tiempo que contemplamos la majestad de su trono, tan grande y elevado, vemos su carácter en sus manifestaciones misericordiosas y comprendemos, como nunca antes, el significado de este conmovedor vocativo: “Padre nuestro”. Se echará de ver que Aquel cuya sabiduría es infinita no hubiera podido idear otro plan para salvamos que el del sacrificio de su Hijo. La compensación de este sacrificio es la dicha de poblar la tierra con seres rescatados, santos, felices e inmortales. El resultado de la lucha del Salvador contra las potestades de la tinieblas es la dicha de los redimidos, la cual contribuirá a la gloria de Dios por toda la eternidad (¡Maranata: El Señor viene!, p. 364).

Domingo 29 de mayo:
Una venida profetizada

Quinientos años antes del nacimiento de Cristo, el profeta Zacarías predijo así la venida del Rey de Israel. Esta profecía se iba a cumplir ahora. El que siempre había rechazado los honores reales iba a entrar en Jerusalén como el prometido heredero del trono de David.
Fue en el primer día de la semana cuando Cristo hizo su entrada triunfal en Jerusalén. Las multitudes que se habían congregado para verle en Betania le acompañaban ansiosas de presenciar su recepción. Mucha gente que iba en camino a la ciudad para observar la Pascua se unió a la multitud que acompañaba a Jesús...
Nunca antes en su vida terrenal había permitido Jesús una demostración semejante. Previo claramente el resultado. Le llevaría a la cruz. Pero era su propósito presentarse públicamente de esta manera como el Redentor. Deseaba llamar la atención al sacrificio que había de coronar su misión en favor de un mundo caído (El Deseado de todas las gentes, pp. 523-525).
Me fue mostrado el chasco que sufrieron los discípulos cuando fueron al sepulcro y no encontraron el cuerpo de Jesús. María dijo: “Se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto”. Los ángeles dijeron a los discípulos entristecidos que su Señor había resucitado, e iba delante de ellos a Galilea.
En forma parecida, vi que Jesús consideraba con la más profunda compasión a los que se habían chasqueado después de haber aguardado su venida; y envió a sus ángeles para que dirigiesen sus pensamientos de modo que pudiesen seguirle adonde estaba. Les mostró que esta tierra no es el santuario, sino que él debía entrar en el lugar santísimo del santuario celestial para hacer expiación por su pueblo y para recibir el reino de parte de su Padre, y que después volvería a la tierra y los llevaría a morar con él para siempre. El chasco de los primeros discípulos representa bien el de aquellos que esperaban a su Señor en 1844.
Fui transportada al tiempo cuando Cristo entró triunfalmente en Jerusalén. Los gozosos discípulos creían que él iba a tomar entonces el reino y reinar como príncipe temporal. Siguieron a su Rey con grandes esperanzas, cortando hermosas palmas, sacando sus ropas exteriores y extendiéndolas con celo entusiasta por el camino. Algunos le precedían y otros le seguían, clamando: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!” La excitación perturbó a los fariseos, y desearon que Jesús reprendiese a sus discípulos. Pero él les dijo: “Si éstos callaran, las piedras clamarían”. La profecía de Zacarías 9:9 debía cumplirse; sin embargo los discípulos estaban condenados a sufrir un amargo chasco. A los pocos días siguieron a Jesús al Calvario, y le vieron sangrante y lacerado en la cruz cruel. Presenciaron su agonía y su muerte y lo depositaron en la tumba. El pesar ahogaba sus corazones; ni un solo detalle de lo que esperaban se había cumplido, y sus esperanzas murieron con Jesús. Pero cuando resucitó de los muertos y apareció a sus discípulos entristecidos, las esperanzas de ellos revivieron. Le habían encontrado de nuevo.
Vi que el chasco de aquellos que creían en la venida del Señor en 1844 no igualaba al que sufrieron los primeros discípulos. La profecía se cumplió en los mensajes del primer ángel y del segundo. Estos fueron dados a su debido tiempo y cumplieron la obra que Dios quería hacer por medio de ellos (Primeros escritos, pp. 243, 244).

Lunes 30 de mayo:
Jesús en el templo

La Palabra de Dios es una luz que brilla en lugar oscuro. Cuando escudriñamos sus páginas, entra la luz en el corazón, e ilumina la mente. Gracias a esa luz vemos cómo debemos ser.
En la Palabra hallamos amonestaciones y promesas sustentadas por Dios. Se nos invita a escudriñar esta Palabra para hallar ayuda cuando nos vemos en situaciones difíciles. Si no consultamos la Guía a cada paso, preguntando: ¿Es éste el camino del Señor? nuestras palabras y acciones se llenarán de egoísmo. Olvidaremos a Dios y andaremos por caminos que él no escogió para nosotros.
La Palabra de Dios rebosa de preciosas promesas y consejos útiles. Es infalible, porque Dios no puede equivocarse. Brinda ayuda en cualquier circunstancia y situación de la vida; y Dios observa con tristeza cuando sus hijos se apartan de ella para recurrir a la ayuda humana.
El que por medio de las Escrituras mantiene comunión con Dios será ennoblecido y santificado. Al leer el relato inspirado donde se habla del amor del Salvador, su corazón se quebrantará en actos de ternura y contrición. Todo su ser arderá en el deseo de ser como su Maestro, de vivir una vida de servicio afectuoso... Por un milagro de su poder, el Señor ha preservado la Sagrada Escritura a través de los siglos.
Este libro es el gran guiador enviado por Dios... Lanza su luz hacia adelante para que podamos ver la senda en que viajamos; luego sus rayos se dirigen al pasado e iluminan la historia, revelando la armonía más perfecta en aquello que, para la mente entenebrecida, es error y desconcierto. En lo que a los mundanos les parece un misterio inexplicable, los hijos de Dios ven luz y belleza.
Feliz el ser humano que descubrió por sí mismo que la Palabra de Dios es lámpara a sus pies y lumbrera a su camino; luz que alumbra en un lugar oscuro. Es el guiador celestial entre los hombres (Meditaciones matinales 1952, p. 27).
Jesús prometió a sus discípulos “el Consolador, es decir, el Espíritu Santo, a quien —dijo— el Padre enviará en mi nombre”; y agregó: “Él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo cuanto os he dicho” (Juan 14:26, V.M.).
Pero primero es preciso que las enseñanzas de Cristo hayan sido atesoradas en el entendimiento, si queremos que el Espíritu de Dios nos las recuerde en el momento de peligro. “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” (Salmo 119:11) (El conflicto de los siglos, p. 658).

Martes 31 de mayo:
Ningún fruto

El capítulo 21 de Mateo, que presenta el viaje de Cristo a Jerusalén en el que hizo su entrada triunfal, es un capítulo importante que debemos estudiar y comprender. Necesitamos la advertencia que encierra la lección de la higuera pretenciosa que no tenía fruto. Ella representa a quienes profesan seguir a Dios, cuyos nombres están en los libros de la iglesia, pero que no producen fruto para la gloria de Dios en sus vidas (Alza tus ojos, p. 76).
Es natural en la higuera que aparezcan los frutos antes que se abran las hojas. Por lo tanto, este árbol cubierto de hojas prometía frutos bien desarrollados. Pero su apariencia era engañosa. Al revisar sus ramas, desde la más baja hasta la más alta, Jesús no “halló sino hojas”. No era sino engañoso follaje, nada más...
La maldición de la higuera era una parábola llevada a los hechos. Ese árbol estéril, que desplegaba su follaje ostentoso a la vista de Cristo, era un símbolo de la nación judía. El Salvador deseaba presentar claramente a sus discípulos la causa y la certidumbre de la suerte de Israel. Con este propósito invistió al árbol con cualidades morales y lo hizo exponente de la verdad divina. Los judíos se distinguían de todas las demás naciones porque profesaban obedecer a Dios. Habían sido favorecidos especialmente por él, y aseveraban tener más justicia que los demás pueblos. Pero estaban corrompidos por el amor del mundo y la codicia de las ganancias. Se jactaban de su conocimiento, pero ignoraban los requerimientos de Dios y estaban llenos de hipocresía. Como el árbol estéril, extendían sus ramas ostentosas, de apariencia exuberante y hermosas a la vista, pero no daban sino hojas...
La amonestación que dio Jesús por medio de la higuera es para todos los tiempos. El acto de Cristo, al maldecir el árbol que con su propio poder había creado, se destaca como amonestación a todas las iglesias y todos los cristianos. Nadie puede vivir la ley de Dios sin servir a otros. Pero son muchos los que no viven la vida misericordiosa y abnegada de Cristo. Algunos de los que se creen excelentes cristianos no comprenden lo que es servir a Dios. Sus planes y sus estudios tienen por objeto agradarse a sí mismos. Obran solamente con referencia a sí mismos. El tiempo tiene para ellos valor únicamente en la medida en que les permite juntar para sí. Este es su objeto en todos los asuntos de la vida. No obran para otros, sino para sí mismos. Dios los creó para vivir en un mundo donde debe cumplirse un servicio abnegado. Los destinó a ayudar a sus semejantes de toda manera posible. Pero el yo asume tan grandes proporciones que no pueden ver otra cosa. No están en contacto con la humanidad. Los que así viven para sí son como la higuera que tenía mucha apariencia, pero no llevaba fruto. Observan la forma de culto, pero sin arrepentimiento ni fe. Profesan honrar la ley de Dios, pero les falta la obediencia. Dicen, pero no hacen. En la sentencia pronunciada sobre la higuera, Cristo demostró cuán abominable es a sus ojos esta vana pretensión. Declaró que el que peca abiertamente es menos culpable que el que profesa servir a Dios pero no lleva fruto para su gloria (El Deseado de todas las gentes, pp. 534-537).

Miércoles 1 de junio:
La Piedra

Durante más de mil años el pueblo judío había aguardado la venida del Salvador prometido. Sus esperanzas más halagüeñas se habían basado en ese acontecimiento. Durante mil años, en cantos y profecías, en los ritos del templo y en las oraciones familiares, se había reverenciado su nombre; y sin embargo cuando vino, no le reconocieron como el Mesías a quien tanto habían esperado. “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Juan 1:11).
Para sus corazones amantes del mundo, el Amado del cielo fue “como raíz de tierra seca”. A sus ojos no hubo “parecer en él, ni hermosura”; no discernieron en él belleza que se lo hiciese desear (Isaías 53:2).
Toda la vida de Jesús de Nazaret entre el pueblo judío fue un reproche para el egoísmo que este pueblo reveló al no querer reconocer los justos derechos del Dueño de la viña que se les había dado a cultivar. Odiaron su ejemplo de veracidad y piedad; y cuando llegó la prueba final, que significaba obedecer para tener la vida eterna o desobedecer y merecer la muerte eterna, rechazaron al Santo de Israel y se hicieron responsables de su crucifixión en el Calvario...
Si el pueblo le hubiese recibido, Cristo habría evitado a la nación judía su condenación. Pero la envidia y los celos la hicieron implacable. Sus hijos resolvieron que no recibirían a Jesús de Nazaret como el Mesías. Rechazaron la Luz del mundo y desde ese momento su vida quedó rodeada de tinieblas como de medianoche. La suerte predicha cayó sobre la nación judía. Sus propias fieras pasiones, irrefrenadas, obraron su ruina. En su ira ciega se destruyeron unos a otros. Su orgullo rebelde y obstinado atrajo sobre ellos la ira de sus conquistadores romanos. Jerusalén fue destruida, el templo reducido a ruinas, y su sitio arado como un campo. Los hijos de Judá perecieron de las maneras más horribles. Millones fueron vendidos para servir como esclavos en tierras paganas.
Lo que Dios quiso hacer en favor del mundo por Israel, la nación escogida, lo realizará finalmente mediante su iglesia que está en la tierra hoy. Ya dio “su viña... a renta a otros labradores”, a saber a su pueblo guardador del pacto, que le dará fielmente “el fruto a sus tiempos”. Nunca ha carecido el Señor en esta tierra de representantes fieles, que consideraron como suyos los intereses de él. Estos testigos de Dios se cuentan entre el Israel espiritual, y se cumplirán en su favor todas las promesas del pacto que hizo Jehová con su pueblo en la antigüedad (Profetas y reyes, pp. 524-527).
La verdad para este tiempo es preciosa, pero aquellos cuyos corazones no han sido quebrantados al caer sobre la Roca que es Cristo Jesús, no verán ni comprenderán qué es la verdad. Aceptarán aquello que place a sus ideas y comenzarán a preparar otro fundamento diferente del que ya ha sido puesto (Mensajes selectos, tomo 2, p. 448).

Jueves 2 de junio:
El costo de la gracia

La parábola del vestido de bodas representa una lección del más alto significado. El casamiento representa la unión de la humanidad con la divinidad; el vestido de bodas representa el carácter que todos deben poseer para ser tenidos por dignos convidados a las bodas (Palabras de vida del gran Maestro, p. 249).
La justicia imputada de Cristo significa santidad, rectitud y pureza. A menos que la justicia de Cristo nos haya sido imputada, nuestro arrepentimiento no podrá ser aceptado. La justicia que mora en nosotros por la fe consiste en amor, paciencia, mansedumbre y las demás virtudes cristianas. Nos tomamos de la justicia de Cristo y ella llega a ser parte de nuestro ser. Todos los que posean esa justicia obrarán las obras de Dios...
Pero la justicia de Cristo jamás cubrirá pecados acariciados. Nadie podrá participar de la cena de las bodas del Cordero sin el vestido de bodas, que es la justicia de Cristo. Sin santidad, nadie verá al Señor. Dios está deseoso de conferir a cada alma su poder divino para que lo combine con el esfuerzo humano. “Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:12, 13) (Testimonios acerca de la conducta sexual, p. 155).
Por el poder de la gracia divina manifestada en la transformación del carácter, el mundo ha de convencerse de que Dios envió a su Hijo para que fuese su Redentor. Ninguna otra influencia que pueda rodear al alma humana ejerce tanto poder sobre ella como la de una vida abnegada. El argumento más poderoso en favor del evangelio es un cristiano amante y amable.
Llevar una vida tal, ejercer semejante influencia, cuesta a cada paso esfuerzo, sacrificio de sí mismo y disciplina. Muchos, por no comprender esto, se desalientan fácilmente en la vida cristiana. Muchos que consagran sinceramente su vida al servicio de Dios, se chasquean y sorprenden al verse como nunca antes frente a obstáculos, y asediados por pruebas y perplejidades. Piden en oración un carácter semejante al de Cristo y aptitudes para la obra del Señor, y luego se hallan en circunstancias que parecen exponer todo el mal de su naturaleza. Se revelan entonces defectos cuya existencia no sospechaban. Como el antiguo Israel, se preguntan: “Si Dios es el que nos guía, ¿por qué nos sobrevienen todas estar cosas?”
Les acontecen porque Dios los conduce. Las pruebas y los obstáculos son los métodos de disciplina que el Señor escoge, y las condiciones que señala para el éxito. El que lee en los corazones de los hombres conoce sus caracteres mejor que ellos mismos. El ve que algunos tienen facultades y aptitudes que, bien dirigidas, pueden ser aprovechadas en el adelanto de la obra de Dios. Su providencia los coloca en diferentes situaciones y variadas circunstancias para que descubran en su carácter los defectos que permanecían ocultos a su conocimiento. Les da oportunidad para enmendar estos defectos y prepararse para servirle. Muchas veces permite que el fuego de la aflicción los alcance para purificarlos (El ministerio de curación, pp. 372, 373).