CAPÍTULO 8
LOS DISCÍPULOS Y EL GRAN CONFLICTO

Sería tentador pensar que el reclutamiento de los discípulos que acompañaron a Jesús en su ministerio público hubiera hecho avanzar su causa en el Gran Conflicto entre Dios y Satanás, durante los tres años y medio en la Tierra. Sin embargo, parece que su tiempo y energía se gastaron en enseñarles y en adiestrarlos pacientemente para las responsabilidades de liderazgo que desempeñarían después de su retorno al cielo.
“Esos hombres debían llevar pesadas responsabilidades. Los había escogido porque podía infundirles su Espíritu y prepararlos para impulsar su obra en la tierra una vez que él se fuera. A ellos, más que a nadie, les concedió la ventaja de su compañía”. 1 Esta estrategia nos ofrece vislumbres no solo del valor que Dios asigna a la cooperación humana, sino también cuánto, bajo su dirección y bendición, pueden realizar, si son humildes y susceptibles a la enseñanza.
Sin embargo, Satanás y sus fuerzas del mal nunca estuvieron lejos de Jesús y de sus discípulos. ¿Cuántas veces trataron los poderes de las tinieblas de vencer a Jesús, la Luz del mundo? Los encuentros con los directivos religiosos, los poderes políticos, los miembros de la familia y las entidades raciales; todos, llegaron a constituir oportunidades para que las verdaderas características de Cristo y de Satanás pudieran observarse. Además, Jesús demostró a sus discípulos, de muchas maneras milagrosas, que las fuerzas del mal eran impotentes ante su presencia, y que las fuerzas de la naturaleza estaban bajo su control, e ilustraban claramente su victoria final en el Gran Conflicto.

EL LLAMADO DE LOS DISCÍPULOS

Jesús pasó su niñez en Nazaret, una pequeña aldea ubicada en los cerros, a mitad de camino entre el mar de Galilea y el monte Carmelo, sobre la costa mediterránea. Estaba alejada de las rutas comerciales principales, y “en el tiempo de Cristo Nazaret, junto con toda la región del sur de Galilea, estaba fuera de la corriente principal de la vida judía, ofreciendo un medioambiente para la irónica observación de Natanael a Felipe: ¿De Nazaret puede salir algo bueno?’ (Juan 1:46)”. 2 Después de ser rechazado en la sinagoga de su pueblo natal (Lucas 4:2831), Jesús pasó mucho de su tiempo entre las aldeas de la costa norte del mar de Galilea, y a lo largo de esas riberas llamó a sus primeros discípulos. Estos pescadores ya se habían encontrado con Jesús. Él les había enseñado en su sinagoga algunas veces, y se habían asombrado por sus palabras (versículos 31, 32). Lo habían visto expulsar un demonio de un hombre en la sinagoga, y quedaron asombrados (versículos 33-36). Habían visto cómo Jesús sanó a la suegra de Pedro en su casa (versículos 38, 39), y esa noche cómo sanó a muchos otros (versículos 40,41). El evento catalizador que llevó a los primeros discípulos a aceptar el llamado de Jesús fue el fallido intento de un grupo de pescadores que no habían capturado nada después de una noche de trabajo. Cuando el nuevo Predicador les indicó que probaran una última vez, en un lugar que no era reconocido como de buena pesca, arrojaron sus redes al agua por respeto a él; tal vez, con la expectativa de no pescar en absoluto. El impacto que les produjo el milagro de las redes repletas (5:6-8) provocó una respuesta notable en Pedro, bastante similar a la de Jacob cuando luchó con el ángel: la misma percepción de la presencia divina, y un abrumador sentido de indignidad. Pedro, y sus asombrados socios en el negocio, respondieron de inmediato dejando sus redes y siguiéndolo (versículos 10, 11). Estaban tan impresionados por lo que acaban de experimentar que llevaron sus barcas a la orilla y se alejaron de ellas. Sin duda, había otros en el negocio familiar que quedaron atrás para seguir con el trabajo, para vender la pesca y atender las redes y las barcas; pero estos se perdieron en la historia. Los que eligieron “pescar hombres”, por otro lado, estaban destinados a “trastornar al mundo”.

COMISIÓN DE LOS APÓSTOLES

Jesús reunió una cantidad de discípulos a su alrededor, y de ellos escogió doce (Lucas 6:13), a quienes llamó apóstoles (del griego, apóstalos, en el sentido de ser enviados). Antes de decidir acerca de los Doce, Jesús pasó la noche en comunión con Dios (versículo 12). Esto está en contraste con el alejamiento impensado de Eva, que la llevó al árbol prohibido y a comer de su fruto. Jesús se aseguró de no repetir el error de vivir en independencia de Dios. En lugar de tomar decisiones descuidadas, eligió hacer la voluntad de su Padre. Lo que sucedió en el Edén es una clara advertencia de lo que ocurre cuando las personas descuidan esa estrecha relación con Dios, lo que resulta en relaciones fracturadas con Dios, con los demás y con el medioambiente. En el informe paralelo de Marcos (Marcos 3:13-15), hay tres razones por las que Jesús eligió a los Doce, y la primera fue “que estuviesen con él” (versículo 14), sugiriendo que Jesús también se deleita con nuestra compañía y nos ama, antes de querer nuestro servicio. Segundo, “para enviarlos a predicar” (versículo 14). En forma similar, nuestro mensaje es efectivo solamente si es el mensaje de él y él nos envía. Tercero, “que tuviesen autoridad para sanar enfermedades y para echar fuera demonios” (versículo 15), entendiendo que nuestra efectividad en el servicio, sea predicar, sanar o echar fuera demonios, está relacionada con nuestra relación con Dios. Mientras Lucas parece usar la palabra apostólos en el sentido de enviar, Pablo le da un significado más amplio. “Para Pablo, el criterio para ser un apóstol consistía de: 1) ser un testigo ocular del Cristo resucitado (1 Corintios 9:1), y 2) haber sido comisionado para proclamar el evangelio (Gálatas 1:15, 16). De este modo, el término es suficientemente amplio para incluir a Pablo mismo, y algunas veces aun Pablo entendió que incluía a otros que no habían visto al Cristo resucitado. Lucas parece aceptar los criterios 1 y 2 en Hechos 1:22, cuando eligieron al reemplazante de Judas Iscariote. Pero él añadió otro requisito: el reemplazo apostólico de Judas debería haber estado presente durante todo el ministerio de Jesús (Hechos 1:22). Así, los ‘apóstoles’ que Jesús eligió durante su ministerio fueron apóstoles por excelencia del Cristo resucitado (1:2, 26; 2:37, 42, 43; 4:33; comparar también con Lucas 1:2). 3 Jesús decidió enviar a los Doce delante de él para compartir el mensaje del Reino, pero primero pasó un tiempo entrenándolos (Lucas 9:1-5) y dándoles ejemplo de lo que podían hacer en su nombre. Él lo repitió con un grupo mayor de setenta, más tarde (10:1-16). Echó fuera demonios (6:18); animó a los que no tenían esperanza (versículos 20-23); confrontó a los ricos que oprimían a los pobres (versículos 24-26); sanó al siervo del centurión (Lucas 7:2, 3, 9, 10); resucitó al hijo fallecido de una viuda (versículos 12-16); honró a Juan el Bautista delante de multitudes (versículos 18-22, 24-35); relató la parábola del sembrador (8:4-15); acalló una tormenta (versículos 22-25); libertó al hombre de Gadara de sus demonios –o a los hombres– (versículos 26-39; cf. Mateo 8:28); sanó a la mujer que tuvo hemorragias durante doce años (8:43-48); y resucitó a la hija de Jairo (versículos 41, 42, 49-56). Estas eran todas evidencias de que Jesús volvía a ganar el control de un mundo que se había vendido al diablo.

EL DOMINIO DE JESÚS SOBRE LA CREACIÓN

Así como revirtió los efectos del pecado sobre la población enferma y desanimada, Jesús demostró, de otros modos, que su propósito también era restaurar el equilibrio de la naturaleza, que Adán y Eva habían trastornado. Un ejemplo clave de esto fue cuando acalló la tormenta (Marcos 4:35-41). Tres evangelistas registran este incidente. Mateo y Lucas informan que los discípulos, sencillamente, clamaron a Jesús que estaban por ahogarse, mientras Mateo añade un pedido de ayuda, “¡Sálvanos!" (Mateo 8:25; Lucas 8:24). Marcos informa el ruego como una pregunta: “¿No tienes cuidado que perecemos?” (Marcos 4:38). Jesús no dijo palabra. No dijo a los discípulos que se esforzaran más. Sencillamente, se puso en pie, levantó su mano y ordenó al viento y a las olas que se aquietaran, y estos lo escucharon y se aquietaron. Tanto los discípulos como la gente en las barcas próximas “temieron con gran temor, y se decían el uno al otro: ¿Quién es éste, que aún el viento y el mar le obedecen?” (Marcos 4:41). Su temor por la tormenta fue sustituido por el temor de Alguien que podía desterrar sus temores. Así que, cuando Jesús los confrontó y les preguntó: “¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?” (versículo 40), en realidad, les estaba asegurando que la fe es más fuerte que el temor. Cuando enfrentamos los poderes del mal que se reúnen para destruir al pueblo de Dios, o cuando enfrentamos desastres y calamidades naturales, ¿dónde está fijado el centro de nuestra atención? ¿Quién nos liberará de la situación en la que estamos? ¿O nos quedamos simplemente paralizados de temor e incapaces de quitar nuestros ojos de la amenaza, cualquiera que sea? Mi esposa y yo recordamos claramente el efecto paralizante del temor. Vivíamos en las Islas Salomón y debíamos abordar el navío de la misión para realizar seis semanas de reuniones campestres por el territorio de nuestra misión. Ella estaba preparando ayudas visuales, para enseñar a centenares de niños en esas reuniones. Pero el ciclón Namu se desató; fue el peor ciclón de la historia del país hasta ese momento. Hora tras hora la velocidad del viento aumentaba, y los altos cocoteros verticales primero se movieron, luego se inclinaron, y quedaron casi paralelos al suelo. Los informes radiales de cada hora advertían de vientos de creciente velocidad, y del implacable avance de este tifón monstruoso justamente hacia donde estábamos. ¿Debía ella seguir empacando, con todos los materiales que tenía dispersos sobre la cama y el piso, o debería meter todo en una maleta, para el caso de que se nos volara el techo, o aun la casa? Entretanto, el techo metálico se golpeaba violentamente, retorciendo algunos de los pocos tornillos restantes. Como no podía determinarse si el techo volaría o no, estaba paralizada y no hizo nada durante las siguientes veinticuatro horas, excepto ir de aquí para allá, mientras esperaba el siguiente informe de la radio portátil. No había electricidad ni luces; solo el temor del desastre inminente. En lugar de seguir con la tarea que tenía entre manos, el temor al desastre nos paralizó a ambos. Cuando el ciclón pasó finalmente, un tercio de la población de la comarca había quedado sin casa, y se perdieron muchas vidas. No, el techo no se voló, y la casa se mantuvo sobre sus fundamentos, pero la lección de cómo el temor impacta y paraliza nuestras vidas permanecerá para siempre. Así, la pregunta que hace Jesús es muy personal. ¿Hacia dónde miras, cuando estás realmente asustado o ansioso por algo? ¿Qué te impide confiar en Jesús cuando afrontas tus peores temores? Piensa en las muchas veces que Jesús aseguró a sus seguidores que no necesitaban preocuparse (por ejemplo, Mateo 10:26, 28, 31; Marcos 5:36; 6:50; Lucas 8:50; 12:4, 7, 32; 24:38; Juan 12:15; 14:1, 27). Es importante percibir quién está primero en la lista de quienes quedan fuera del Reino –los temerosos, o cobardes–, no los grandes pecadores, como esperaríamos (Apocalipsis 21:8). El temor puede ser una respuesta natural a la amenaza del mal, pero la Escritura dice: “El perfecto amor echa fuera el temor” (1 Juan 4:18); de modo que el temor llega a ser un barómetro para comprobar cuándo confiamos o desconfiamos de Aquel que venció al mal, y toda otra amenaza.

¿QUIÉN ES EL MAYOR?

Una evidencia adicional del Gran Conflicto se ve en un obstáculo recurrente en el ministerio de Jesús, cuando los discípulos discutían entre sí acerca de quién sería el mayor en el Reino venidero. Después de todo, el deseo de supremacía por parte de Lucifer fue la base del Gran Conflicto en el cielo. En una ocasión, Jesús los desafió: “¿Qué disputabais entre vosotros en el camino?” (Marcos 9:33). Al llegar a casa, en Capernaum (también el hogar de Nahúm, el profeta), Jesús les preguntó otra vez, “mas ellos callaron; porque en el camino habían disputado entre sí, quién había de ser el mayor” (versículo 34). Él declaró: “Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos” (versículo 35). Entonces tomó a un niño y lo puso en medio, para recordarles, además, la perspectiva de Dios: cuidar de los niños y de los vulnerables es de mucho mayor valor que buscar una posición elevada. La importancia de esto es que cuando valoramos a los niños demostramos el valor que le asignamos a Dios (versículo 37; Mateo 18:1; Lucas 9:48). En otra ocasión, la madre de Santiago y de Juan pidió: “Ordena que en tu reino se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda” (Mateo 20:20, 21). Lo triste de este incidente es su contexto. Estaban en camino a Jerusalén, donde Jesús sería crucificado. Acababa de explicarles que sería traicionado, condenado a muerte, burlado, azotado y crucificado, y que se levantaría otra vez al tercer día (Mateo 20:18, 19). Afortunadamente para Santiago y Juan, su pedido (y el de la madre) de estar a la derecha y a la izquierda de Jesús, no le fue concedido, pues en pocas semanas habría dos hombres pendiendo a la derecha y a la izquierda del Salvador moribundo, y ambos morirían con él. Puede ser fácil condenar a los discípulos por su cortedad de visión, pero recordemos que cuando juzgamos a otros es porque nosotros tenemos esas mismas fallas. ¿Estamos mejor dispuestos a afrontar los desafíos de la batalla contra el mal que los discípulos? ¿Es posible que nuestras propias ambiciones nos cieguen a las acciones más importantes y vitales de Jesús en nuestro favor? Entretanto, sin el apoyo de los discípulos, Jesús tuvo que afrontar en soledad sus propias luchas. “¿Por qué iría ahora a Jerusalén, a una muerte segura? En todo su derredor había almas hambrientas del pan de vida. Por todas partes había dolientes que aguardaban su palabra sanadora. La obra que había de realizarse mediante el evangelio de su gracia solo había comenzado. Y él estaba lleno de vigor, en la flor de su virilidad. ¿Por qué no se dirigiría hacia los vastos campos del mundo con las palabras de su gracia, el toque de su poder curativo? ¿Por qué no tendría el gozo de impartir luz y alegría a aquellos entenebrecidos y apenados millones? ¿Por qué dejaría la siega de esas multitudes a sus discípulos, tan faltos de fe, tan embotados de entendimiento, tan lentos para obrar? ¿Por qué habría de arrostrar la muerte ahora y abandonar la obra en sus comienzos? El enemigo que había estado frente a Cristo en el desierto le asaltó ahora con fieras y sutiles tentaciones. Si Jesús hubiese cedido por un momento, si hubiese cambiado su conducta en lo más mínimo para salvarse, los agentes de Satanás habrían triunfado, y el mundo se habría perdido. “Pero Jesús ‘afirmó su rostro para ir a Jerusalén’. La única ley de su vida era la voluntad del Padre”. 4

POR QUÉ ARDÍAN SUS CORAZONES

Después de que Jesús sufriera los falsos juicios, el abuso de los soldados y la multitud, y la tortura y la humillación públicas de la crucifixión, sus desanimados seguidores estaban todavía mudos, por la conmoción. Creían que todavía estaba muerto, a pesar del testimonio de las mujeres de que encontraron la tumba vacía. Lucas registra un incidente que sucedió el domingo de tarde, cuando dos de los seguidores de Jesús salieron en viaje de dos a tres horas hasta su hogar en Emaús (Lucas 24:13).Como compartían la misma casa, es muy posible que fueran esposos, y no dos varones. Estaban tan concentrados en su conversación que no notaron a un extraño que caminaba cerca de ellos. Él les preguntó por qué estaban tan tristes (versículo 17). El que se llamaba Cleofas preguntó si alguien podría ignorar todas estas cosas. “¿Qué cosas?”, preguntó el extraño (versículos 18, 19). Jesús no necesitaba hacer preguntas, para aprender algo que no supiera antes. Sus preguntas daban tiempo a las personas de pensar en sus propias respuestas a una crisis de fe. La primera vez que Dios hizo esto fue cuando preguntó a Adán dónde estaba (Génesis 3:9). También Cleofas necesitaba saber dónde estaba, en su relación con los abrumadores eventos de los últimos días. Especialmente puesto que ahora veía a Jesús solo como otro profeta (Lucas 24:19); uno, entre muchos que habían sido muertos en Jerusalén en tiempos pasados (Lucas 13:34). Este encuentro nos revela la actitud generalizada de todos los discípulos. Jesús había indicado más de veinte veces, durante el transcurso de su ministerio, que él iba a sufrir, ser muerto, y que se levantaría otra vez al tercer día. Pero no comprendieron el mensaje, ya que no concordaba con el cuadro que tenían de lo que debía suceder. A veces, fue comunicado en un lenguaje directo, y otras, el significado no fue obvio hasta después de la resurrección del Señor. Estas advertencias incluían las siguientes:

1. A1 comienzo de su ministerio, justo después de las bodas de Caná, Jesús dijo a los fariseos que él podía reconstruir el Templo en tres días. Esto solo lo entendieron después de la resurrección (Juan 2:19-22). 2. Después de designar a sus discípulos, le preguntaron por qué estos no ayunaban, como los discípulos de Juan el Bautista y los de los fariseos. El replicó: “Vendrán días cuando el esposo les será quitado, y entonces en aquellos días ayunarán” (Marcos 2:20). 3. Justo antes de la muerte de Juan el Bautista, dijo: “Como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches” (Mateo 12:40). 4. Algún tiempo más tarde, cuando le pidieron que obrara un milagro, contestó: “La generación mala y adúltera demanda señal; pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás” (Mateo 16:4). 5. Antes de la transfiguración, declaró: “Es necesario que el Hijo del Hombre padezca muchas cosas, y sea desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y que sea muerto, y resucite al tercer día” (Lucas 9:22). 6. Su declaración “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (9:23). 7. Al descender del monte de la transfiguración, advirtió: “No digáis a nadie la visión, hasta que el Hijo del Hombre resucite de los muertos” (Mateo 17:9). 8. Comentando la muerte de Juan el Bautista, dijo: “Mas os digo que Elías ya vino, y no le conocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron; así también el Hijo del Hombre padecerá de ellos” (17:12, 13). 9. Algún tiempo más tarde, en Galilea, “Jesús les dijo: El Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres, y le matarán; mas al tercer día resucitará” (17:22, 23). 10.Enseñando en el Templo, dijo a los fariseos: “Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy y que nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo” (Juan 8:28). 11.Mientras estuvo en Galilea, cerca del final de su ministerio, algunas personas le advirtieron que Herodes quería matarlo. Él contestó: “Es necesario que hoy y mañana y pasado mañana siga mi camino; porque no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén” (Lucas 13:31, 33). 12.Su declaración: “El que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:27). 13.Cuando los fariseos le preguntaron cuándo vendría el Reino, replicó: “Pero primero es necesario que [el Hijo del Hombre] padezca mucho, y sea desechado por esta generación" (17:25). 14.Su anuncio: “He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles; y le escarnecerán, le azotarán, y escupirán en él, y le matarán; más al tercer día resucitará” (Marcos 10:33, 34). Inmediatamente después de esto, los discípulos comenzaron a discutir entre sí acerca de quién sería el más grande. 15.Otro indicio: “Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado. De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto” (Juan 12:33, 34). 16.La parábola de la viña: “Mas aquellos labradores dijeron entre sí: Este es el heredero; venid, matémosle, y la heredad será nuestra” (Marcos 12:7). 17.Dos días antes de la Última Cena, Jesús explicó: “Sabéis que dentro de dos días se celebra la Pascua, y el Hijo del Hombre será entregado para ser crucificado” (Mateo 26:2). 18.Cuando María Magdalena fue criticada por ungir a Jesús con un perfume costoso, Jesús dijo: “Déjala; para el día de mi sepultura ha guardado esto” (Juan 12:7). 19.En la Última Cena, hubo muchos indicios que señalaban lo que ven- dría: “De cierto os digo, que uno de vosotros me va a entregar” (Mateo 26:21). 20.Su cuerpo sería quebrantado: “Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado” (Lucas 22:19). 21.Su sangre sería derramada: “Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de pecados” (Mateo 26:28). 22.Todos los discípulos serían “escandalizados” esa noche: “Todos vosotros os escandalizaréis de mí esta noche” (versículo 31). 23.Se levantaría otra vez: “Después que haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea” (versículo 32).24.La tristeza se volvería en gozo: “Aunque vosotros estéis tristes, vuestra tristeza se convertirá en gozo" (Juan 16:20). 25.Estas cosas son seguras: “A la verdad el Hijo del hombre se irá según está decretado” (Lucas 22:22, NVI). Inmediatamente después de esta sombría advertencia, los discípulos volvieron a discutir entre ellos acerca de cuál sería el mayor (versículo 24). A pesar de las numerosas advertencias, parece que los discípulos sencillamente no captaron el mensaje. Sus esperanzas se desvanecieron completamente. Sin embargo, el jefe de los sacerdotes y los fariseos recordó sus palabras, y se presentó a Pilatos con el pedido: “Señor, nos acordamos que aquel engañador dijo, viviendo aún: Después de tres días resucitaré. Manda, pues, que se asegure el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos de noche, y lo hurten, y digan al pueblo: Resucitó de entre los muertos. Y será el postrer error peor que el primero” (Mateo 27:63, 64). ¿Por qué sus enemigos recibieron el mensaje, pero sus seguidores más cercanos no? El tema clave aquí es que los discípulos estaban tan convencidos de que Jesús vino para liberarlos de la dominación política, que no oyeron ninguna de las advertencias que él les diera acerca de su muerte próxima. Sus propias ideas preconcebidas les impidieron escuchar algo que estuviera en desacuerdo con lo que ya sabían. Ya “sabían” los resultados de la misión de Jesús, de modo que, sencillamente, ignoraron cualquier cosa que no estuviera en armonía con sus opiniones, aun cuando Jesús las estuviera diciendo. Así que, cuando los eventos ocurrieron en forma diferente de lo que esperaban, experimentaron una gran crisis de fe. Elena de White sugiere un elemento adicional de su incredulidad: “Hasta los mismos discípulos de Cristo fueron lentos para aprender y comprender. A pesar de su amor por él y su reverencia por su carácter, su fe en que era el Hijo de Dios vaciló. Sus frecuentes referencias a las tradiciones de los padres y su continua mala comprensión de sus discursos, muestran cuán difícil era para ellos librarse de la superstición”. 5 Estas son verdades incómodas, que nos desafían hasta el alma. Si los discípulos en la Primera Venida no comprendieron las claras advertencias verbales que les diera Jesús, lo que resultó en que casi perdieron su fe, ¿qué detendrá a los discípulos en la época de la Segunda Venida de repetir sus errores? ¿Son infalibles nuestras opiniones fuertemente sostenidas, aún más importantes que lo que Jesús mismo quiere enseñarnos mediante su Palabra? Es esto, tal vez, como los temas del Gran Conflicto más nos impactan.


Referencias
1 Elena de White, La educación, p. 84.
2 Elwell y Betizel. Baker Encyclopedia of the Bible, tomo 1, p. 531.
3 Robert H. Stein, Luke, The New American Commentary, tomo 24 (Nashville, TN: Broadman and Holman, 1992), p. 193.
4 White, El Deseado de todas las gentes, (Mountain View, CA: Publicaciones interamericanas, 1955), p.450.
5 _____, Manuscript Releases, tomo 18 (Silver Spring, MD: E. G. White Estate, 1993), p. 116.