Lección 2

Crisis en el Edén

Sábado 2 de enero

Mientras nuestros primeros padres obedecieron a Dios, su trabajo en el huerto fue un placer; y la tierra les daba de su abundancia para sus necesidades. Pero, cuando el hombre se apartó de la obediencia, quedó condenado a luchar con la semilla sembrada por Satanás, y ganar su pan con el sudor de su frente. Desde entonces debía batallar con afanes y penurias contra el poder al cual había cedido su voluntad.
Era el propósito de Dios aliviar por el trabajo el mal introducido en el mundo por la desobediencia del hombre. El trabajo podía hacer ineficaces las tentaciones de Satanás y detener la marea del mal. Y aunque acompañado de ansiedad, cansancio y dolor, el trabajo es todavía una fuente de felicidad y desarrollo, y una salvaguardia contra la tentación. Su disciplina pone en jaque la complacencia propia, y fomenta la laboriosidad, pureza y firmeza. Llega a ser así parte del gran plan de Dios para restauramos de la caída (Consejos para los maestros, pp. 261, 262).
Presenté ante mis oyentes el pecado de Adán al transgredir los mandamientos explícitos del Padre. Dios creó al hombre honorable, perfectamente santo y feliz; pero él perdió el favor divino y destruyó su felicidad desobedeciendo la ley del Padre. El pecado de Adán sumergió a toda la raza en la miseria y la desesperación. Pero Dios, movido por un amor maravilloso y compasivo, no permitió que los hombres perecieran en un estado caído y sin esperanza. Dio a su muy amado Hijo para su salvación. Cristo entró en el mundo cubriendo su divinidad de humanidad y superó la prueba que Adán no supo vencer; se sobrepuso a todas las tentaciones de Satanás y así redimió la desdichada caída de Adán (Testimonios para la iglesia, tomo 4, p. 288).
Jesús, el gran Capitán del cielo, abandonó los atrios celestiales para venir a un mundo calcinado y marchito por la maldición. Tomó sobre sí nuestra naturaleza para abrazar toda la raza con su brazo humano, a la vez que con su brazo divino se aferró a la omnipotencia y, de ese modo, ligó al hombre finito al Dios infinito. Nuestro Redentor vino al mundo para mostrar cómo debe vivir el hombre para asegurarse la vida inmortal. Nuestro Padre celestial hizo un sacrificio infinito al dar a su Hijo para que muriera en lugar del hombre caído. El precio pagado por nuestra redención nos debería dar visiones elevadas de lo que podemos llegar a ser por medio de Cristo (Testimonios para la iglesia, tomo 4, p. 556).
dijo que moriría, que resucitaría al tercer día y ascendería junto a su Padre para interceder por el hombre rebelde y culpable. Los ángeles se prosternaron ante él. Ofrecieron sus vidas. Jesús les dijo que con su muerte salvaría a muchos, pero que la vida de un ángel no podría pagar la deuda. Solo su vida podía aceptar el Padre por rescate del hombre (Primeros escritos, pp. 149, 150).

Domingo 3 de enero: Tres bendiciones

Adán fue rodeado de todo lo que su corazón pudiera desear. Toda ne-cesidad era suplida. No había pecado ni indicios de decadencia en el glorioso Edén. Los ángeles de Dios conversaban libre y amablemente con la santa pareja. Los felices cantores emitían sus gozosos trinos de alabanza a su Creador. Los animales apacibles, en su feliz inocencia, jugaban en derredor de Adán y Eva, obedientes a su palabra. En la perfección de su virilidad Adán era la obra más noble del Creador.
Ni una sombra intervenía entre ellos y su Creador. Conocían a Dios como su Padre benéfico, y en todo se conformaba su voluntad con la de Dios. El carácter de Dios se reflejaba en el de Adán. Su gloria se revelaba en todo objeto de la naturaleza (El hogar cristiano, p. 22).
Adán fue coronado rey en el Edén. A él se le dio dominio sobre toda cosa viviente que Dios había creado. El Señor bendijo a Adán y a Eva con una inteligencia que no le había dado a ninguna otra criatura. Hizo de Adán el legítimo soberano sobre todas las obras de sus manos...
Mientras permaneciesen leales a Dios, Adán y su compañera iban a ser los señores de la tierra. Recibieron dominio ilimitado sobre toda cria-tura viviente (La maravillosa gracia de Dios, p. 40).
Juan no puede encontrar palabras adecuadas para describir el admira-ble amor de Dios para el hombre pecador; pero insta a todos para que contemplen el amor de Dios revelado en el amor de su Hijo unigénito. Por la perfección del sacrificio hecho por la raza culpable, los que creen en Cristo... pueden ser salvados de la ruina eterna. Cristo era uno con el Padre. Sin embargo, cuando el pecado entró en nuestro mundo por la transgresión de Adán, estuvo dispuesto a descender de la excelsitud de Aquel que era igual a Dios, que moraba en luz inaccesible para la huma-nidad, tan llena de gloria que ningún hombre podía contemplar su rostro y vivir, y se sometió a los insultos, vilipendios, sufrimientos, dolores y muerte, a fin de responder a las demandas de la inmutable ley de Dios y establecer un camino de escape para el transgresor por medio de su muer-te y de su justicia. Esta fue la obra que su Padre le dio que hiciera; y los que aceptan a Cristo, reposando plenamente sobre sus méritos, se con-vierten en los hijos e hijas adoptivos de Dios, son herederos de Dios y coherederos con Cristo (A fin de conocerle, p. 62).

Lunes 4 de enero: La prueba de un árbol

Cuando nuestros primeros padres fueron colocados en el bello jardín del Edén, fueron probados en su lealtad a Dios. Estaban en libertad de elegir servir a Dios, o por la desobediencia aliarse con el enemigo de Dios y del hombre.
La primera gran lección moral dada a Adán fue la de la abnegación. Las riendas del dominio propio fueron colocadas en sus manos...
A Adán y a Eva se les permitió participar de cada árbol del huerto, con excepción de uno. Había una sola prohibición. El árbol prohibido era tan atrayente y hermoso como cualquiera de los árboles del huerto. Se lo llamó el árbol del conocimiento, porque al participar de ese árbol, del cual Dios había dicho “no comerás” (Génesis 2:17) tendrían un conocimiento del pecado y experimentarían la desobediencia (A fin de conocerle, p. 16).
Hay quienes sostienen que el sábado fue dado únicamente para los ju-díos; pero Dios nunca dijo esto. Le confió su sábado a su pueblo Israel como un depósito sagrado; pero el mismo hecho de que eligiera el desier-to de Sinaí, y no Palestina, para proclamar su ley, revela que su propósito era dársela a toda la humanidad. La ley de los Diez Mandamientos es tan antigua como la creación. Por lo tanto, la institución del sábado no tiene ninguna relación especial con los judíos, que no tenga con todos los de-más seres creados. Dios ha hecho que la observancia del sábado sea obli-gatoria para todos los seres humanos. “El sábado —se dice claramente— fue hecho para el hombre”. Por lo tanto, que cada persona que se encuen-tra en peligro de ser engañada en este punto escuche la Palabra de Dios en vez de las aseveraciones humanas.
En el Edén, Dios le dijo a Adán acerca del árbol del conocimiento: “El día que de él comieres, ciertamente morirás”. “Entonces la serpiente dijo a la mujer: no moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal” (Génesis 2:17; 3:4, 5). Adán obedeció la voz de Satanás que le ha-blaba a través de su esposa; le creyó a una voz diferente de la que había promulgado la ley en el Edén...
Así como el árbol del conocimiento constituyó la prueba para la obe-diencia de Adán, la observancia del cuarto mandamiento es la prueba que Dios ha establecido para probar la lealtad de todo su pueblo. La experien-cia de Adán seguirá siendo una amonestación para nosotros mientras el tiempo perdure. Nos advierte que no recibamos ninguna instrucción de la boca de seres humanos ni de ángeles, que nos aparte una jota o una tilde de la sagrada ley de Jehová (Exaltad a Jesús, p. 47).
Adán y Eva cayeron por el apetito intemperante. Cristo vino y soportó las más duras tentaciones de Satanás, y en favor de la raza, venció el ape-tito, mostrando que el hombre puede vencer. Así como Adán cayó en el apetito, y perdió la bendición del Edén, los hijos de Adán pueden, por medio de Cristo, vencer el apetito, y por la temperancia en todas las cosas volver a conquistar el Edén.
La ignorancia no es ahora una excusa para la transgresión de la ley. La luz brilla claramente, y nadie necesita ser ignorante, porque el gran Dios es, él mismo, el instructor del hombre. Todos tienen la más sagrada obli-gación ante Dios de prestar oídos a la sana filosofía y la experiencia au-téntica que ahora él les está dando con referencia a la reforma pro salud
(Consejos sobre el régimen alimenticio, p. 82).

Martes 5 de enero: La caída -1

En el primer advenimiento de Cristo, Satanás había degradado al hombre de su excelsa pureza original y había oscurecido el oro fino con el pecado. Al hombre, creado para ser soberano en el Edén, lo había trans-formado en un esclavo en la tierra que gemía bajo la maldición del peca-do. Después de su transgresión, desapareció de Adán el halo de gloria que Dios le había dado cuando era santo, y que lo cubría como un manto. La luz de la gloria de Dios no podía cubrir la desobediencia y el pecado. En lugar de la salud y de la plenitud de las bendiciones, la pobreza, la enfer-medad y los sufrimientos de todo tipo habían de ser la suerte de los hijos de Adán. Por su poder engañador, Satanás había guiado a los hombres mediante vanas filosofías a poner en duda y finalmente a dejar de creer en la revelación divina y en la existencia de Dios. Podía contemplar panorá-micamente un mundo de degradación moral y una raza expuesta a la ira de un Dios retribuidor del pecado. Con perverso triunfo, podía ver que había tenido tanto éxito en oscurecer la senda de tantos y que los había inducido a transgredir la ley de Dios. Revestía el pecado con atracciones agradables para asegurar la ruina de muchos.
Pero su estratagema de mayor éxito ha sido la de ocultar su verdadero propósito y su verdadero carácter, presentándose a sí mismo como amigo del hombre y como benefactor de la raza humana. Halaga a los hombres con la fábula agradable de que no hay un enemigo rebelde, que no hay un enemigo mortal contra el cual necesitan precaverse, y que es pura ficción la existencia de un diablo personal. Mientras así oculta su existencia, reúne a miles bajo su dominio. Los está engañando, como trató de enga-ñar a Cristo, con la impostura de que él es un ángel del cielo que hace una buena obra para la humanidad. Y las multitudes están tan cegadas por el pecado, que no pueden discernir los artificios de Satanás, y lo honran como si fuera un ángel celestial, al paso que él está realizando la ruina eterna de ellos (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 316, 317).
Dios nos da fortaleza, razonamiento y tiempo, a fin de que edifi-quemos caracteres que él pueda aprobar. Quiere que cada uno de sus hijos edifique un carácter noble, realizando obras puras y nobles, para que al final pueda presentar una estructura simétrica, un hermoso templo, honra-do por el hombre y Dios.
En la edificación de nuestro carácter, debemos construir sobre Cristo. Él es nuestro seguro fundamento, un fundamento que es inconmovible.

La tempestad de la tentación y las pruebas no pueden mover el edificio que está fundado en la Roca Eterna.
El que quiera transformarse en un hermoso edificio para el Señor, de-be cultivar cada actitud de su ser. Únicamente empleando debidamente los talentos es posible desarrollar armoniosamente el carácter. Así pone-mos como fundamento lo que en la Palabra se representa como oro, plata, piedras preciosas: material que resistirá la prueba de los fuegos purifica-dores de Dios. Cristo es nuestro ejemplo en nuestra edificación del carác-ter (Conducción del niño, p. 152).

Miércoles 6 de enero: La caída - II

Creados para ser la “imagen y gloria de Dios”, Adán y Eva habían re-cibido capacidades dignas de su elevado destino. De formas graciosas y simétricas, de rasgos regulares y hermosos, de rostros que irradiaban los colores de la salud, la luz del gozo y la esperanza, eran en su aspecto exterior la imagen de su Hacedor. Esta semejanza no se manifestaba so-lamente en su naturaleza física. Todas las facultades de la mente y el alma reflejaban la gloria del Creador. Adán y Eva, dotados de dones mentales y espirituales superiores, fueron creados en una condición “un poco menor que los ángeles”, a fin de que no discernieran solamente las maravillas del universo visible, sino que comprendiesen las obligaciones y responsabili-dades morales (La educación, p. 20).
Eva se encontró contemplando el fruto del árbol prohibido con una mezcla de curiosidad y admiración. Vio que el árbol era agradable y ra-zonaba consigo misma acerca de por qué Dios habría prohibido tan deci-didamente que comieran de su fruto o lo tocaran. Esa era la oportunidad de Satanás. Se dirigió a ella como si fuese capaz de adivinar sus pensa-mientos: “¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huer-to?” Así, con palabras suaves y agradables, y con voz melodiosa, se diri-gió a la maravillada Eva, que se sintió sorprendida al verificar que la serpiente hablaba. Esta alabó la belleza y el extraordinario encanto de Eva, lo que no le resultó desagradable. Pero estaba sorprendida, porque sabía que Dios no había conferido a la serpiente la facultad de hablar.
La curiosidad de Eva se había despertado. En vez de huir de ese lugar, se quedó allí para escuchar hablar a la serpiente. No cruzó por su mente la posi-bilidad de que el enemigo caído utilizara a ésta como un médium. Era Sata-nás quien hablaba, no la serpiente. Eva estaba encantada, halagada, infatuada. Si se hubiera encontrado con un personaje imponente, que hubiera tenido la forma de los ángeles y se les pareciera, se habría puesto en guardia. Pero esa voz extraña debiera haberla conducido al lado de su esposo para preguntarle por qué otro ser podía dirigirse a ella tan libremente. En cambio, se puso a discutir con la serpiente. Le respondió: “Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis”. La serpiente contestó: “No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal”.
Satanás quería introducir la idea de que al comer del árbol prohibido re-cibirían una nueva clase de conocimiento más noble que el que habían alcanzado hasta entonces. Esa ha sido su especial tarea, con gran éxito, desde su caída: inducir a los hombres a espiar los secretos del Todopoderoso y a no quedarse satisfechos con lo que Dios ha revelado, y a no obede-cer, cuidadosamente lo que él ha ordenado. Pretende inducirlos, además, a desobedecer los mandamientos de Dios, para hacerles creer que se están introduciendo en un maravilloso campo de conocimiento. Eso es pura su-posición, y un engaño miserable. No logran entender lo que Dios ha revela-do, y menosprecian sus explícitos mandamientos y procuran sabiduría, separados de Dios, y tratan de comprender lo que él ha decidido vedar a los mortales. Se ensoberbecen en sus ideas de progreso y se sienten encantados por sus propias vanas filosofías, pero en relación con el verdadero conoci-miento andan a tientas en la oscuridad de la medianoche. Siempre están aprendiendo pero nunca son capaces de llegar al conocimiento de la verdad.
No era la voluntad de Dios que esa inocente pareja tuviera el menor conocimiento del mal. Les había otorgado el bien con generosidad, y les había evitado el mal (La historia de la redención, pp. 33-35).

Jueves 7 de enero: Las consecuencias

La naturaleza está llena de lecciones espirituales para la humanidad. Las flores mueren tan solo para retoñar a nueva vida y en eso se nos en-seña la lección de la resurrección. Todos los que aman a Dios retoñarán nuevamente en el Edén celestial. Pero la naturaleza no puede enseñar la lección del grande y maravilloso amor de Dios. Por lo tanto, después de la caída, la naturaleza no fue el único maestro del hombre. A fin de que el mundo no permaneciera en tinieblas, en eterna noche espiritual, el Dios de la naturaleza se nos unió en Jesucristo. El Hijo de Dios vino al mundo como la revelación del Padre. Él era “aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre” que viene “a este mundo” (Juan 1:9). Hemos de contem-plar el “conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Co-rintios 4:6) (Mensajes selectos, tomo 1, p. 343).
La ropa blanca de la inocencia era llevada por nuestros primeros pa-dres cuando fueron colocados por Dios en el santo Edén. Ellos vivían en perfecta conformidad con la voluntad de Dios. Toda la fuerza de sus afec-tos era dada a su Padre celestial. Una hermosa y suave luz, la luz de Dios, envolvía a la santa pareja. Este manto de luz era un símbolo de sus vesti-duras espirituales de celestial inocencia. Si hubieran permanecido fieles a Dios, habría continuado envolviéndolos. Pero cuando entró el pecado, rompieron su relación con Dios, y la luz que los había circuido se apartó. Desnudos y avergonzados, procuraron suplir la falta de los mantos celes-tiales cosiendo hojas de higuera para cubrirse.
Esto es lo que los transgresores de la ley de Dios han hecho desde el día en que Adán y Eva desobedecieron. Han cosido hojas de higuera para cubrir la desnudez causada por la transgresión. Han usado los mantos de su propia invención; mediante sus propias obras han tratado de cubrir sus pecados y hacerse aceptables a Dios.
Pero esto no pueden lograrlo jamás. El hombre no puede idear nada que pueda ocupar el lugar de su perdido manto de inocencia. Ningún manto hecho de hojas de higuera, ningún vestido común a la usanza mun-dana, podrán emplear aquellos que se sienten con Cristo y los ángeles en la cena de las bodas del Cordero.
Únicamente el manto que Cristo mismo ha provisto puede hacernos dignos de aparecer ante la presencia de Dios. Cristo colocará este manto, esta ropa de su propia justicia sobre cada alma arrepentida y creyente. “Yo te amonesto —dice él— que de mí compres... vestiduras blancas, para que no se descubra la vergüenza de tu desnudez”.
Este manto, tejido en el telar del cielo, no tiene un solo hilo de inven-ción humana. Cristo, en su humanidad, desarrolló un carácter perfecto, y ofrece impartimos a nosotros este carácter (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 252, 253).