El premio del servicio

“Cuando hagas comida o cena”, dijo Cristo, “no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos ricos; no sea que ellos a su vez te vuelvan a convidar y seas recompensado. Mas cuando hagas banquete llama a los pobres, los mancos, los cojos, y los ciegos; y serás bienaventurado, porque ellos no te pueden recompensar, pero serás recompensado en la resurrección de los justos”. Lucas 14:12-14.

Con estas palabras Cristo establece un contraste entre las prácticas egoístas del mundo y el ministerio altruista del cual él ha dado un ejemplo con su propia vida. No ofrece ningún premio de ganancia o de reconocimientos mundanales para este ministerio. “Serás recompensado—dijo él—en la resurrección de los justos”. Entonces los frutos de cada uno se harán manifiestos y cada cual segará aquello que sembró.

Este pensamiento debiera ser de estímulo y ánimo para cada obrero de Dios. En esta vida nuestro trabajo por Dios, a menudo parece no producir frutos. Nuestros esfuerzos para hacer el bien pueden ser arduos y constantes, sin embargo, podría ser que no se nos permita ver sus resultados. El esfuerzo puede parecernos infructuoso. Pero, el Salvador nos asegura que nuestra obra es apreciada en el cielo y que la recompensa es segura. El apóstol Pablo, inspirado por el Espíritu, dice, “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos”. Gálatas 6:9. En las palabras del salmista leemos: “Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; más volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas”. Salmos 126:6.

Mientras el gran premio final se concederá en la venida de Cristo, el servicio ofrecido de corazón a Dios nos premia también en esta vida. El obrero tendrá que enfrentarse a obstáculos, oposición y amargos desalientos que afligirán el corazón. Podrá no ver el fruto de su trabajo. Pero, a pesar de todo esto encuentra en su labor una recompensa bendita.

Este pensamiento debiera ser de estímulo y ánimo para cada obrero de Dios. En esta vida nuestro trabajo por Dios, a menudo parece no producir frutos. Nuestros esfuerzos para hacer el bien pueden ser arduos y constantes, sin embargo, podría ser que no se nos permita ver sus resultados. El esfuerzo puede parecernos infructuoso. Pero, el Salvador nos asegura que nuestra obra es apreciada en el cielo y que la recompensa es segura. El apóstol Pablo, inspirado por el Espíritu, dice, “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos”. Gálatas 6:9. En las palabras del salmista leemos: “Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; más volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas”. Salmos 126:6
Mientras el gran premio final se concederá en la venida de Cristo, el servicio ofrecido de corazón a Dios nos premia también en esta vida. El obrero tendrá que enfrentarse a obstáculos, oposición y amargos desalientos que afligirán el corazón. Podrá no ver el fruto de su trabajo. Pero, a pesar de todo esto encuentra en su labor una recompensa bendita. Todos los que se 309entregan a Dios en servicio desinteresado por la humanidad, colaboran con el Señor de gloria. Este pensamiento suaviza toda tarea, vigoriza la voluntad, alienta el espíritu por lo que pueda suceder. Trabajar con un corazón generoso, ennoblecido por ser participante de los sufrimientos de Cristo, compartiendo sus simpatías, ayuda a aumentar el flujo y reflujo de su gozo, y añade honor y alabanza a su exaltado nombre. {6TI 308.4}
Testimonios para la Iglesia, Tomo 6, p. 309.1 (EGW)
El compañerismo con Dios, con Cristo, y con los santos ángeles proporciona una atmósfera celestial, una atmósfera que trae salud al cuerpo, vigor al intelecto y alegría al alma. Todos los que consagran cuerpo, alma, y espíritu al servicio de Dios, recibirán constantemente una nueva porción de poder físico, mental y espiritual. A su disposición están los inagotables recursos del cielo. Cristo da vida. El Espíritu Santo imparte su energía para que obre en los corazones y las mentes.{6TI 309.1}
“Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salvación se dejará ver pronto... Entonces invocarás, y te oirá Jehová; clamarás, y dirá él: Heme aquí. En las tinieblas nacerá tu luz, y tu oscuridad será como el mediodía. Jehová te pastoreará siempre, y en las sequías saciará tu alma, y dará vigor a tus huesos; y serás como un huerto de riego y como manantial de aguas cuyas aguas nunca faltan”. Isaías 58:8-11.{6TI 309.2}
Testimonios para la Iglesia, Tomo 6, p. 309.3 (EGW)
Muchas son las promesas de Dios a los que ministran a sus afligidos. Dice él: “Bienaventurado el que piensa en el pobre; en el día malo lo librará Jehová. Jehová lo guardará, y le dará vida; será bienaventurado en la tierra, y no lo entregarás a la voluntad de sus enemigos. Jehová lo sustentará sobre el lecho del dolor; mullirás toda su cama en su enfermedad”. Salmos 41:1-3. “Confía en Jehová, y haz el bien; y habitarás en la tierra y te apacentarás de la verdad”. Salmos 37:3. “Honra a Jehová con tus bienes, y con las primicias de todos tus frutos; y serán llenos tus graneros con abundancia, y tus lagares rebosarán de mosto”. Proverbios 3:9. “Hay quienes reparten, y les es añadido más; y hay quienes retienen más de lo que es justo, pero vienen a pobreza”. Proverbios 11:24. “A Jehová presta el que da al pobre, y el bien que 310ha hecho, se lo volverá a pagar”. “El alma generosa será prosperada; y el que saciare, él también será saciado”. Proverbios 19:17; 11:25. {6TI 309.3}
Testimonios para la Iglesia, Tomo 6, p. 310.1 (EGW)
Y mientras mucho del fruto de su trabajo no se ve en esta vida, los obreros de Dios tienen su segura promesa de recompensa final. Como Salvador del mundo, Cristo a menudo enfrentó fracasos aparentes. Parecía producir poco en la obra que anhelaba realizar, animando y salvando. Agentes satánicos actuaban constantemente para obstruir su senda. Pero él no se desanimaba. Tuvo siempre presente el resultado de su misión. Sabía que la verdad triunfaría finalmente en su contienda con el mal, y a sus discípulos dijo: “Estas cosas os he hablado para que en mi tengáis paz. En el mundo tendréis aflicciones: mas confiad, yo he vencido al mundo”. Juan 16:33. La vida de los seguidores de Cristo debe ser como la suya: una serie de victorias ininterrumpidas, no consideradas como tales aquí, pero reconocidas en el porvenir.{6TI 310.1}