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CAPÍTULO 4

18. La vida cristiana ilumina el camino para otros.-

Un alma llena del amor de Jesús imprime esperanza, valor y serenidad a sus palabras, modales y apariencia. Revela el espíritu de Cristo. Respira un amor que se reflejará. Despierta el deseo de una vida mejor; se fortalecen las almas que están por desmayar; se robustecen y consuelan las que luchan contra la tentación. Las palabras, la expresión, los modales proyectan un rayo brillante de luz y dejan tras sí una clara senda hacia el cielo, la fuente de toda luz. Cada uno de nosotros tiene la oportunidad de ayudar a 1175 otros.

Constantemente estamos impresionando a la juventud que nos rodea. La expresión del rostro es en sí misma un espejo de la vida interior. Jesús desea que lleguemos a ser como él, llenos de tierna simpatía, y que ejerzamos un ministerio de amor en los pequeños deberes de la vida (MS 24, 1887).

La luz arde débilmente.-

La luz que fue dada para que brillara cada vez con más intensidad hasta que el día sea perfecto, arde débilmente. La iglesia no proyecta más los claros rayos de luz en medio de la oscuridad moral que está envolviendo al mundo como una fúnebre mortaja. La luz de muchos no arde ni brilla. Son témpanos morales (Carta 1f 1890).

20-22.

Ver EGW com. Exo. 20: 3-17, t. I, pág. 1119.

23 (1 Tes. 5: 17; ver EGW com. Sal. 19: 14). Cómo puede conservarse el corazón para Dios.-

"Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida". El cuidado diligente del corazón es esencial para un crecimiento vigoroso en la gracia. El corazón en su estado natural es habitación de pensamientos inicuos y pasiones pecaminosas. Cuando se sujeta a Cristo, debe ser limpiado de toda contaminación, por el Espíritu. Esto no se puede hacer sin el consentimiento del individuo.

Cuando se ha limpiado el alma, el deber del cristiano es mantenerla inmaculada. Muchos parecen pensar que la religión de Cristo no demanda el abandono de los pecados diarios, la ruptura con los hábitos que habían mantenido el alma en servidumbre. Renuncian a algunas cosas condenadas por la conciencia, pero no representan a Cristo en la vida diaria. No introducen en el hogar la semejanza de Cristo. No muestran un atento cuidado en la elección de sus palabras. Con demasiada frecuencia pronuncian palabras que expresan irritación e impaciencia, palabras que excitan las peores pasiones del corazón humano. Los tales necesitan la presencia permanente de Cristo en el alma, pues sólo con su fortaleza se pueden vigilar las palabras y las acciones.

Para guardar el corazón debemos ser constantes en la oración e incansables en las peticiones en procura de ayuda ante el trono de la gracia. Los que toman el nombre de cristianos debieran acudir a Dios suplicando ayuda con fervor y humildad. El Salvador

nos ha dicho que oremos sin cesar. El cristiano no puede estar siempre en una posición que indique que está orando, pero puede elevar constantemente sus pensamientos y deseos. Nuestra confianza propia se desvanecería si habláramos menos y oráramos más (YI 5-3-1903).

(Sal. 19: 14; Efe. 4: 13).

Los cristianos debieran ser cuidadosos en guardar el corazón con toda diligencia. Deben cultivar un amor por la meditación y albergar un espíritu de consagración. Muchos parecen rehuir los momentos de meditación, escudriñamiento de las Escrituras y oración, como si fuera tiempo perdido el que se dedica a esto. Ojalá todos pudiesen ver esas cosas en la perspectiva en que Dios quiere que se las vea, pues entonces daríais la primera importancia al reino de los cielos. El mantener el corazón puesto en el cielo, vigorizará todos vuestros dones y pondrá vida en todos vuestros deberes. La disciplina mental y la meditación en las cosas celestiales pondrá vida y celo en todos nuestros empeños. Nuestros esfuerzos son lánguidos, corremos lentamente la carrera cristiana y manifestamos indolencia y pereza porque damos tan poco valor al galardón celestial. Somos enanos en conquistas espirituales. El cristiano tiene el privilegio y el deber de llegar al "conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo". [Efe. 4: 13.] El ejercicio aumenta el apetito y da energía y vigor al cuerpo; así también el ejercitarse en la devoción aumenta la gracia y el vigor espirituales.

Los afectos debieran centrarse en Dios. Contemplad su grandeza, su misericordia y excelencia. Que su bondad, amor y perfección de carácter cautiven vuestro corazón. Conversad acerca de sus encantos divinos y de las mansiones celestiales que está preparando para los fieles. Aquel cuya conversación es acerca del cielo, es el cristiano más útil para los que lo rodean. Sus palabras son útiles y alentadoras. Ejercen un poder transformador en los que las escuchan, y enternecerán y subyugarán el alma (RH 29-3-1870).

La religión práctica exhala fragancia.-

Ascienda a Dios la oración: "Crea en mí un corazón limpio", pues un alma pura y limpia tiene a Cristo que mora en ella, y de la abundancia del corazón fluye la vida. La voluntad humana debe rendirse a Cristo. En vez de 1176 Pasar de largo, cerrando egoístamente el corazón, hay necesidad de abrir el corazón a las dulces influencias del Espíritu de Dios. La religión práctica por doquiera exhala su fragancia. Es un sabor de vida para vida (Carta 31a,1894).