Lección 7 Vivir como Cristo

Sábado 9 de agosto

La gloria del evangelio consiste en que se funda en la noción de que se ha de restaurar la imagen divina en una raza caída por medio de una constante manifestación de benevolencia. Esta obra comenzó en los atrios celestiales, cuando Dios dio a los humanos una prueba deslumbradora del amor con que los amaba. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (S. Juan 3:16). El don de Cristo revela el corazón del Padre. Nos asegura que, habiendo emprendido nuestra redención, él no escatimará ninguna cosa necesaria para terminar su obra, por más que pueda costarle.
La generosidad es el espíritu del cielo. El abnegado amor de Cristo se reveló en la cruz. El dio todo lo que poseía y se dio a sí mismo para que el hombre pudiese salvarse. La cruz de Cristo es un llamamiento a la generosidad de todo discípulo del Salvador. El principio que proclama es de dar, dar siempre. Su realización por la benevolencia y las buenas obras es el verdadero fruto de la vida cristiana. El principio de la gente del mundo es: ganar, ganar siempre; y así se imagina alcanzar la felicidad; pero cuando este principio ha dado todos sus frutos, se ve que solo engendra la miseria y la muerte.
La luz del evangelio que irradia de la cruz de Cristo condena el egoísmo y estimula la generosidad y la benevolencia. No debería ser causa de quejas el hecho de que se nos dirigen cada vez más invitaciones a dar. En su divina providencia Dios llama a su pueblo a salir de su esfera de acción limitada para emprender cosas mayores. Se nos exige un esfuerzo ilimitado en un tiempo como éste, cuando las tinieblas morales cubren el mundo. Muchos de los hijos de Dios están en peligro de dejarse prender en la trampa de la mundanalidad y avaricia. Deberían comprender que es la misericordia divina la que multiplica las solicitudes de recursos. Deben serles presentados blancos que despierten su benevolencia, o no podrán imitar el carácter del gran Modelo (Joyas de los testimonios, tomo 3, pp. 402, 403).

Domingo 10 de agosto: Cómo vivió Jesús

Jesús, precioso Salvador, nunca parecía cansarse de las impertinencias de las almas enfermas de pecado y de los enfermos de toda suerte de dolencias. “Y salió Jesús y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos” (S. Marcos 6:34). Esto significaba mucho para los dolientes. El identificó sus intereses con los de ellos. Compartió sus cargas. Sintió sus temores. Tenía una anhelante compasión que era dolor para el corazón de Cristo.
Oh, qué amor, qué amor incomparable. Se volvió uno con nosotros para poder participar con la humanidad en todas sus vicisitudes... Redención, oh cuánto implica esta palabra. Todos los que consientan en ser redimidos son elevados y santificados, redimidos por Jesucristo de toda vulgaridad y mundanalidad y se los capacita para cooperar con Dios en la gran obra de la salvación. Jesús aceptó a la humanidad y reveló en su propia vida y carácter lo que el hombre puede ser, aun cuando en la providencia de Dios, sea colocado en las más pobres circunstancias de la vida. No tenía ni un centavo para pagar el tributo demandado, y obró un milagro para obtener esa pequeña suma. Jesús, precioso Salvador no tenía hogar y con frecuencia padecía hambre, no tenía dónde reclinar la cabeza. Con frecuencia estaba cansado. La humanidad es honrada porque Jesús asumió la humanidad para revelar al mundo lo que puede llegar a ser ella. Puede traer a la luz la vida y la inmortalidad, llenar con luz los propósitos más comunes y humildes de la vida. Jesús se inclina sobre nosotros y escudriña nuestro carácter para ver si su propio carácter se refleja en nosotros (A fin de conocerle, p. 49).
Cristo realizó milagro tras milagro cuando estuvo en esta tierra. Por medio de esta obra manifestó lo que Dios puede hacer por los cuerpos y almas afligidos... Constantemente sirvió a los demás, aprovechando toda oportunidad que se le ofrecía. Aun en su infancia dirigió palabras de consuelo y ternura a jóvenes y ancianos... Fue un ejemplo de lo que los niños debieran tratar de ser... En sus palabras y sus actos manifestó tierna simpatía por todos. Su compañerismo era un bálsamo curativo y suavizante para el descorazonado y deprimido.
Poseía una paciencia que nada podía vencer, y una veracidad de la cual nadie podía apartarlo. Sus manos y sus pies voluntarios siempre estaban listos para servir a los demás y alivianar las cargas de sus padres. En todo nuestro derredor se oye el llanto de un mundo afligido. Por todos lados hay menesterosos y angustiados. Nos incumbe aliviar y suavizar las asperezas y miserias de la vida. Solo el amor de Cristo puede satisfacer las necesidades del alma. Si Cristo mora en nosotros, nuestro corazón rebosará de simpatía divina. Se abrirán los manantiales sellados de un amor ferviente como el de Cristo. Son muchos los que han quedado sin esperanza. Devolvámosles la alegría. Muchos se han desanimado... Roguemos por estas almas. Llevémoslas a Jesús. Digámosles que en Galaad hay bálsamo y Médico (Hijos e hijas de Dios, p. 153).

Lunes 11 de agosto: Ama a tu prójimo

El samaritano cumplió su deber hacia su prójimo, mientras que el sacerdote y el levita, en cuyo corazón reinaba el egoísmo, probaron estar faltos de misericordia y compasión. El yo es un tirano, y mientras su poder rige la vida, no podemos hacer a otros lo que quisiéramos que nos hagan a nosotros. Para cumplir la regla de oro la vida debe ser transformada y la naturaleza humana debe participar de la divina...
La parábola del buen samaritano señala la verdadera obra misionera que el pueblo de Dios debe realizar. Nadie está excusado de descuidar su deber hacia sus prójimos, porque esta obra es el cumplimiento de la ley que requiere amar a Dios sobre todas las cosas y a nuestros prójimos como a nosotros mismos.
Lo que es de valor ante Dios no son las palabras elocuentes ni la profesión de piedad y santidad, sino las obras de justicia que revelan un carácter como el de Cristo. Obedecer la ley significa ser rápidos para ver las necesidades de nuestros prójimos, y rápidos para ayudarlos sin detenemos a preguntar si ellos creen en las mismas doctrinas que nosotros. Obedecer la ley significa ser la mano ayudadora de Dios para aliviar las necesidades de la sufriente humanidad sin importar las creencias religiosas de los que están en necesidad. Los que hacen esta obra son leales a la verdad de Dios y están viviendo el evangelio.
El Señor toma nota de cada acto de compasión y misericordia mostrado hacia el prójimo, y los escribe en su Libro de memorias: “Y serán para mí especial tesoro, ha dicho Jehová de los ejércitos, en el día en que yo actúe; y los perdonaré, como el hombre que perdona a su hijo que le sirve” (Malaquías 3:17). El Salvador dedicó más tiempo y trabajos a sanar a los afligidos por enfermedades que a predicar. Su última orden a sus apóstoles, representantes suyos en la tierra, era que impusieran las manos a los enfermos para que sanasen. Cuando venga el Maestro, elogiará a aquellos que hayan visitado a los enfermos y aliviado las necesidades de los afligidos: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí... De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:35, 40) (Review and Herald, 9 de abril de 1908).
“A tu prójimo como a ti mismo”. Surge la pregunta: “¿Quién es mi prójimo?” Su respuesta es la parábola del buen samaritano, la cual nos enseña que cualquier ser humano que necesita nuestra simpatía y nuestros buenos servicios, es nuestro prójimo. Los dolientes e indigentes de todas clases son nuestros prójimos; y cuando llegamos a conocer sus necesidades, es nuestro deber aliviarlas en cuanto sea posible. En esta parábola se saca a luz un principio que todos los que siguen a Cristo debieran adoptar. Suplid primero las necesidades temporales de los menesterosos, aliviad sus menesteres y sufrimientos físicos, y luego hallaréis abierta la puerta del corazón, donde podréis implantar las buenas semillas de virtud y religión (Testimonios selectos, tomo 3, p. 269).

Martes 12 de agosto: servicio abnegado

Cualquier descuido de parte de los que pretenden ser seguidores de Cristo, una omisión en aliviar las necesidades de un hermano o una hermana que está llevando el yugo de la pobreza o de la opresión, se registran en los libros del cielo como manifestados a Cristo en las personas de sus santos. Qué cuenta tendrá el Señor con muchos, muchísimos, que presentan las palabras de Cristo a otros pero omiten manifestar tierna simpatía y consideración por un hermano en la fe que es menos afortunado y tiene menos éxito que ellos mismos...
Cristo se hizo pobre por nosotros para que pudiéramos ser hechos ricos con su pobreza. Hizo un sacrificio para poder proveer un hogar a los peregrinos y extranjeros del mundo que buscaran una patria mejor, la celestial. Los que son súbditos de la gracia de Dios, que esperan ser herederos de la inmortalidad, ¿rehusarán, o aun sentirán repugnancia a compartir sus hogares con los que no los tienen y los necesitados? Los que somos discípulos de Jesús, ¿rehusaremos la entrada en nuestra casa a los extraños porque no pueden alegar familiaridad con los de casa?
La orden del apóstol ¿no tiene validez en este siglo: “No olvidéis la hospitalidad, porque por ésta algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles”?... Nuestro Padre celestial coloca bendiciones disfrazadas en nuestro sendero, pero algunos no las tocan por temor de que perturben su gozo. Hay ángeles que están esperando para ver si aprovechamos las oportunidades de hacer bien que están dentro de nuestro alcance. Están esperando para ver si bendeciremos a otros, para que ellos a su vez puedan bendecimos (El ministerio de la bondad, pp. 220-222).
Debido a su egoísmo, algunos que muestran una elevada profesión de religiosidad no aprecian los generosos principios de la religión cristiana. Como han vivido sus vidas solamente para sí mismos, el hacer un sacrificio para beneficiar a otros está fuera de sus planes. Las semanas, los meses y los años pasan a la eternidad sin que en los libros celestiales se registren actos de abnegación, como alimentar a los hambrientos, cubrir a los que no tienen ropa, o invitar a los extraños...
Cuando el Rey haga su investigación, aquellos que nunca hicieron nada por otros, que no fueron liberales ni generosos, comprenderán que el cielo es para aquellos que se negaron a sí mismos para beneficiar a sus prójimos, y no para aquellos que solamente buscaron beneficiarse a sí mismos. El terrible castigo que el Rey impondrá a los que están a su izquierda no será dado debido a grandes crímenes; no serán condenados por lo que hicieron sino por lo que dejaron de hacer; no hicieron lo que el cielo les había asignado que hicieran; se agradaron a sí mismos y tendrán su parte con los egoístas (Signs of the Times, 17 de febrero de 1887).

Miércoles 13 de agosto: Amarás a tus enemigos

“Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:44).
Nuestra vida debe estar de tal modo oculta con Cristo en Dios, que cuando hagamos frente a amargos discursos y palabras burlonas y miradas perversas, no permitiremos que nuestros sentimientos se agiten contra nuestros adversarios, sino que sentiremos profunda simpatía por ellos, porque no saben nada del precioso Salvador a quien pretenden conocer. Debemos recordar que están al servicio del más acérrimo enemigo de Jesucristo, y que al paso que todo el cielo está abierto a los hijos e hijas de Dios, ellos no tienen ese privilegio. Debéis sentiros como el pueblo más feliz que mora en la tierra. Sin embargo, como representantes de Cristo, sois como corderos en medio de lobos, tenéis a Alguien que puede ayudaros en todas las circunstancias, y no seréis devorados por esos lobos, si os mantenéis cerca de Jesús. ¡Cuán cuidadosos debéis ser de representar a Jesús en cada palabra y acción! Cuando os levantáis por la mañana, cuando vais a la calle, cuando volvéis, debéis sentir que Jesús os ama, que está a vuestro lado, y que no debéis fomentar pensamientos que ofendan a vuestro Salvador (A fin de conocerle, p. 185).
Cuando nuestro carácter no conocía el amor y éramos “aborrecibles” y nos aborrecíamos “unos a otros”, nuestro Padre celestial tuvo compasión de nosotros. “Cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros habíamos hecho, sino por su misericordia”. Si recibimos su amor, nos hará igualmente tiernos y bondadosos, no solo con quienes nos agradan, sino también con los más defectuosos, errantes y pecaminosos.
Los hijos de Dios son aquellos que participan de su naturaleza. No es la posición mundanal, ni el nacimiento, ni la nacionalidad, ni los privilegios religiosos, lo que prueba que somos miembros de la familia de Dios; es el amor, un amor que abarca a toda la humanidad. Aun los pecadores cuyos corazones no estén herméticamente cerrados al Espíritu de Dios responden a la bondad. Así como pueden responder al odio con el odio, también corresponderán al amor con el amor. Solamente el Espíritu de Dios devuelve el amor por odio. El ser bondadoso con los ingratos y los malos, el hacer lo bueno sin esperar recompensa, es la insignia de la realeza del cielo, la señal segura mediante la cual los hijos del Altísimo revelan su elevada vocación (El discurso maestro de Jesucristo, pp. 65, 66).

Jueves 14 de agosto: Cómo vivir como Jesús

“Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor”. ¿Cómo se hace esto? Se hace cuando se teme agregar en la tela de la salvación algunas hebras propias; se hace cuando se teme agregar materiales humanos al edificar el carácter. Solo Dios puede proveer el material adecuado. Que los seres mortales tengan miedo de agregar sus miserables tendencias heredadas y cultivadas en su propio carácter. Que tiemblen al pensar que pueden dejar de someter alguna cosa a Aquel que desea obrar en su favor. Dios les da la bienvenida a todos los que se acercan a él, tal como son, sin intentar justificarse a sí mismos, sin reclamar méritos por sus buenas acciones, sin presentar su propia justicia con orgullo. Para poder sentamos en lugares celestiales junto con Cristo, debemos desprendemos de nuestras vestimentas comunes y recibir el vestido de bodas.
Mientras se camina con humildad y mansedumbre, Dios hace una obra que solo él puede hacer, porque él es el único que “produce el querer como el hacer, por su buena voluntad”. Y su buena voluntad es que permanezcamos en Cristo y que descansemos en su amor; que nadie nos robe la paz, el descanso y la seguridad que tenemos en él. El secreto del perfecto descanso en su amor es rendirle nuestros caminos y aceptar los suyos. Lo más sabio que podemos hacer es colocar nuestra vida en sus manos, apropiamos de cada promesa, y cumplir con las condiciones que Dios nos pide. Entonces hallaremos descanso para nuestras almas. Al aprender los hábitos de Cristo, al imitar su humildad y mansedumbre, al tomar su yugo, el ser se transforma. Y todos tenemos que aprender; todos tenemos que ser entrenados por Cristo. Y cuando caigamos sobre la Roca, todas las tendencias heredadas y cultivadas, que limitan nuestro crecimiento, serán quitadas y participaremos de la naturaleza divina. Cuando muere el yo, Cristo vive en su lugar; el ser humano permanece en Cristo, y Cristo en él. Cristo desea que todos lleguemos a ser estudiantes en su escuela para ser entrenados a fin de ir alcanzando mayores grados de conocimiento. Desea imprimir su vida, su paciencia, su mansedumbre, su humildad, en nuestro carácter. Nos dice: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas”.
Dios nos llama a rendirle nuestro ser entero. Entonces, nuestros defectos de carácter, que nos esclavizan y no nos permiten llevar el yugo de Cristo, serán cambiados por obra del Espíritu Santo; toda justificación propia y toda acción egoísta desaparecerán, y desearemos permanecer en Cristo, y que él permanezca en nosotros (Bible Training School, 1º de agosto de 1903).
Los que son participantes de la naturaleza divina llegan a ser uno con Dios en Cristo; y esa unidad se manifiesta hacia los demás en obras de misericordia y tierna compasión. La misericordia de Dios nos ha salvado, y al ser misericordiosos con nuestros prójimos nos colocamos en la senda que Cristo trazó. La misericordia abunda en el corazón de Dios y está activa en el vasto universo. También es la fuente de toda nuestra felicidad. La gran familia de Dios en la tierra está formada por los su frientes mortales, y cada alma que está imbuida del Espíritu Santo hará obras de misericordia revelando a otros el amor, la ternura y la compasión. Del corazón de cada verdadero cristiano habrá desaparecido toda fibra de egoísmo porque ha decido imitar a Cristo, quien dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Marcos 8:34) (Signs of the Times, 19 de septiembre de 1895).
Cristo afirma que así como él vivió, nosotros tenemos que vivir también. “Si alguno quiere venir en pos de mí –dijo– niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Marcos 8:34). Sus huellas conducen a la senda del sacrificio. En el transcurso de nuestra vida se nos presentan muchas oportunidades de servir. Alrededor de nosotros hay puertas abiertas que conducen al servicio. Mediante el uso correcto del talento del habla podemos hacer mucho para el Maestro. Las palabras ejercen una influencia benéfica cuando están contrapesadas por la ternura y la simpatía de Cristo. El dinero, la influencia, el tacto, el tiempo y la energía, son talentos que se nos han confiado a fin de que seamos más útiles para los que nos rodean, y para que honremos más a nuestro Creador.
Muchos creen que sería un privilegio visitar los lugares donde Cristo vivió en la tierra, caminar por donde él anduvo, contemplar el lago desde donde le gustaba enseñar, y los valles y colinas que tan frecuentemente contempló; pero no necesitamos ir a Palestina para seguir las huellas de Jesús. Las vamos a encontrar junto al lecho del enfermo, en los tugurios de los pobres, en las atestadas callejuelas de la gran ciudad, y en todo lugar donde haya corazones humanos que necesitan consuelo (Cada día con Dios, p. 68).