CAPÍTULO 41 "Casi Me Persuades".


PABLO había apelado a César, y Festo no podía hacer otra cosa que enviarlo a Roma. Pero pasó un tiempo antes que se pudiese encontrar un barco conveniente; y como había otros presos para enviar con Pablo, la consideración de sus casos también ocasionó atraso. Esto dio a Pablo la oportunidad de exponer las razones de su fe ante los principales hombres de Cesarea, y también al rey Agripa II, el último de los Herodes.

"Y pasados algunos días, el rey Agripa y Bernice vinieron a Cesarea a saludar a Festo. Y como estuvieron allí muchos días, Festo declaró la causa de Pablo al rey, diciendo: Un hombre ha sido dejado preso por Félix, sobre el cual, cuando fuí a Jerusalem, vinieron a mí los príncipes de los sacerdotes y los ancianos de los Judíos, pidiendo condenación contra él." Esbozó las circunstancias que indujeron al preso a apelar a César, describió el reciente juicio realizado ante él, y dijo que los judíos no habían presentado contra Pablo ninguna acusación de las que él había pensado que levantarían, sino "ciertas cuestiones acerca de su superstición, y de un cierto Jesús, difunto, el cual Pablo afirmaba que estaba vivo."

Cuando Festo relató su historia, Agripa se interesó y dijo: "Yo también quisiera oír a ese hombre." De acuerdo con su deseo, se arregló una entrevista para el día siguiente. "Y al otro día, viniendo Agripa y Bernice con mucho aparato, y entrando en la audiencia con los tribunos y principales hombres de la ciudad, por mandato de Festo, fue traído Pablo."

En honor de sus visitantes, Festo había tratado de hacer imponente esta ocasión. Los ricos mantos del procurador y sus invitados, las espadas de sus soldados, y la resplandeciente armadura de sus comandantes, contribuían a dar relumbre a la escena. Y ahora Pablo, maniatado todavía, estaba ante la compañía reunida. ¡Qué contraste se presentaba allí! Agripa y Bernice poseían poder y jerarquía, y por eso eran favorecidos por el mundo. Pero estaban desprovistos de los rasgos de carácter que Dios estima. Eran transgresores de su ley, corrompidos de corazón y vida. Su conducta era aborrecida por el Cielo.

El anciano preso, encadenado a los soldados que le servían de guardia, no tenía en su apariencia nada que indujera al mundo a rendirle homenaje. Sin embargo, en ese hombre aparentemente sin amigos ni riquezas ni elevada posición, y mantenido preso a causa de su fe en el Hijo de Dios, todo el cielo estaba interesado. Los ángeles eran sus asistentes. Si se hubiese manifestado la gloria propia de uno solo de estos resplandecientes mensajeros, la pompa y orgullo de la realeza habrían palidecido; el rey y sus cortesanos habrían sido postrados en tierra, como sucedió a los de la guardia romana que vigilaban el sepulcro de Cristo.

Festo mismo presentó a Pablo ante la asamblea con las palabras: "Rey Agripa, y todos los varones que estáis aquí juntos con nosotros: veis a éste, por el cual toda la multitud de los Judíos me ha demandado en Jerusalem y aquí, dando voces que no conviene que viva más; mas yo, hallando que ninguna cosa digna de muerte ha hecho, y él mismo apelando a Augusto, he determinado enviarle: del cual no tengo cosa cierta que escriba al señor; por lo que le he sacado a vosotros, y mayormente a ti, oh rey Agripa, para que hecha información, tenga yo qué escribir. Porque fuera de razón me parece enviar un preso, y no informar de las causas."

El rey Agripa le permitió ahora a Pablo hablar en su defensa. El apóstol no se desconcertó por la brillante pompa, ni por la alta jerarquía de su auditorio; porque sabía de cuán poco valor son las riquezas y la posición mundanales. Las pompas terrenales y el poder ni por un momento intimidaron su valor o le despojaron de su dominio propio.

"Oh rey Agripa, me tengo por dichoso ­ declaró él ­ de que haya hoy de defenderme delante de ti; mayormente sabiendo tú todas las costumbres y cuestiones que hay entre los Judíos: por lo cual te ruego que me oigas con paciencia."

Pablo relató la historia de su conversión desde su empecinado descreimiento hasta que aceptó la fe en Jesús de Nazaret como el Redentor del mundo. Describió la visión celestial que al principio le había llenado de indescriptible terror, pero que después resultó ser una fuente del mayor consuelo: una revelación de la gloria divina, en medio de la cual estaba entronizado Aquel a quien él había despreciado y aborrecido, cuyos seguidores estaba tratando de destruir. Desde aquella hora Pablo había sido un nuevo hombre, un sincero y ferviente creyente en Jesús, gracias a la misericordia transformadora.

Con claridad y poder Pablo repasó ante Agripa los principales acontecimientos relacionados con la vida de Cristo en la tierra. Testificó que el Mesías de las profecías ya había aparecido en la persona de Jesús de Nazaret. Mostró cómo las Escrituras del Antiguo Testamento habían declarado que el Mesías debía aparecer como un hombre entre los hombres; y cómo en la vida de Jesús se habían cumplido todas las especificaciones dadas por Moisés y los profetas. A fin de redimir un mundo perdido, el divino Hijo de Dios había sufrido la cruz, menospreciando la vergüenza, y había ascendido a los cielos triunfante de la muerte y el sepulcro.

¿Por qué, razonó Pablo, habría de parecer increíble que Cristo hubiese resucitado de los muertos? Una vez le había parecido así a él mismo; pero, ¿cómo podía dejar de creer lo que él mismo había visto y oído? Cerca de las puertas de Damasco había de veras contemplado al Cristo crucificado y resucitado, el mismo que había caminado por las calles de Jerusalén, muerto en el Calvario, roto las ligaduras de la muerte y ascendido al cielo. Lo había visto y había conversado con él, tan ciertamente como Cefas, Santiago, Juan o cualquier otro de los discípulos. La Voz le había mandado proclamar el Evangelio de un Salvador resucitado y, ¿cómo podía desobedecer? En Damasco, en Jerusalén, por toda Judea, en las regiones más lejanas, había dado testimonio de Jesús el Crucificado, exhortando a todos a "que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento."

"Por causa de esto ­ declaró el apóstol, ­ los Judíos, tomándome en el templo tentaron matarme. Mas ayudado del auxilio de Dios, persevero hasta el día de hoy, dando testimonio a pequeños y a grandes, no diciendo nada fuera de las cosas que los profetas y Moisés dijeron que habían de venir: que Cristo había de padecer, y ser el primero de la resurrección de los muertos, para anunciar luz al pueblo y a los Gentiles."

Todos habían escuchado extasiados el relato que hiciera Pablo de las cosas maravillosas que había experimentado. El apóstol se estaba espaciando en su tema favorito. Ninguno de los que le oían podía dudar de su sinceridad. Pero en medio de su persuasiva elocuencia fue interrumpido por Festo, que gritó: "Estás loco, Pablo: las muchas letras te vuelven loco."

El apóstol replicó: "No estoy loco, excelentísimo Festo, sino que hablo palabras de verdad y de templanza. Pues el rey sabe estas cosas, delante del cual también hablo confiadamente. Pues no pienso que ignora nada de esto; pues no ha sido esto hecho en algún rincón." Entonces, dirigiéndose a Agripa, le preguntó directamente: "¿Crees, rey Agripa, a los profetas? Yo sé que crees."

Profundamente afectado, Agripa perdió por un momento de vista todo lo que le rodeaba y la dignidad de su posición. Consciente sólo de las verdades que había oído, viendo al humilde preso de pie ante él como embajador de Dios, contestó involuntariamente: "Por poco me persuades a ser Cristiano."

Fervientemente el apóstol respondió: "¡Pluguiese a Dios que por poco o por mucho, no solamente tú, mas también todos los que hoy me oyen, fueseis hechos tales cual yo soy ­ y añadió mientras levantaba sus manos encadenadas, ­ excepto estas prisiones !"

Festo, Agripa y Bernice podían con justicia cargar las cadenas que llevaba el apóstol. Todos eran culpables de graves crímenes. Esos culpables habían oído ese día el ofrecimiento de la salvación por medio del nombre de Cristo. Uno, por lo menos, casi había sido persuadido a aceptar la gracia y el perdón ofrecidos. Pero Agripa, poniendo a un lado la misericordia ofrecida, rehusó aceptar la cruz de un Redentor crucificado.

La curiosidad del rey estaba satisfecha, y levantándose de su asiento, indicó que la entrevista había terminado. Cuando la asamblea se dispersó, hablaron ellos entre sí diciendo: "Ninguna cosa digna ni de muerte, ni de prisión, hace este hombre."

Aunque Agripa era judío, no sentía el celo fanático ni el prejuicio de los fariseos. "Podía este hombre ser suelto ­ dijo a Festo ­ si no hubiera apelado a César." Pero como el caso había sido remitido al tribunal superior, estaba fuera de la jurisdicción de Festo o de Agripa.