EL CARÁCTER DE DIOS REVELADO EN CRISTO.-

Dijo el Salvador: "Esta empero es la vida eterna: que te conozcan el solo Dios verdadero, y a Jesucris- to, al cual has enviado" (Juan 17:31). Y Dios declaró por el profeta: "No se alabe el sabio en su sabidu- ría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio, y justicia en la tierra: porque estas cosas quiero, dice Jehová" (Jer. 9:23-24).

Nadie, sin ayuda divina, puede alcanzar este conocimiento de Dios. El apóstol dice que a los mundanos "no les pareció tener a Dios en su noticia". Cristo "en el mundo estaba, y el mundo fue hecho por él; y el mundo no le conoció" (Rom. 1:28; Juan 1:10). Jesús declaró a sus discípulos: "Nadie conoció al Hijo, sino el Padre; ni al Padre conoció alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quisiere revelar" (Mat. 11:27). En aquella última oración que hizo en favor de quienes le seguían, antes de entrar en las sombras del Getsemaní, el Salvador alzó sus ojos al cielo, lleno de compasión por la ignorancia de los hombres, y dijo: "Padre justo, el mundo no te ha conocido, mas yo te he conocido". "He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste" (Juan 17:25, 6). Desde el principio, fue el plan estudiado de Satanás inducir a los hombres a olvidarse de Dios, a fin de que pudiese someterlos. Por eso mintió acerca del carácter de Dios, a fin de inducirlos a albergar un falso concepto de él. Les presentó al Creador como revestido de los atributos del príncipe del mal mis- mo: arbitrario, severo, inexorable, a fin de que le temiesen, rehuyesen, y hasta odiasen. Satanás espera- ba confundir de tal manera las mentes de aquellos a quienes había engañado, que desechasen a Dios de su conocimiento. Entonces borraría la imagen divina del hombre y grabaría su propia semejanza sobre el alma; llenaría a los hombres de su propio espíritu y los haría cautivos de su voluntad. Calumniando el carácter de Dios y excitando la desconfianza en (690) él fue como Satanás indujo a Eva a transgredir. Por el pecado, la mente de nuestros primeros padres se oscureció, su naturaleza se degradó y su concepto de Dios fue amoldado por su propia estrechez y egoísmo. Y a medida que los hombres se hicieron más audaces en el pecado, el conocimiento y el amor de Dios se borraron de su mente y corazón. "Porque habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni dieron gra- cias... se desvanecieron en sus discursos, y el necio corazón de ellos fue entenebrecido" (Rom. 1:21). A veces, la lucha de Satanás por el dominio de la familia humana parecía destinada a quedar coronada de éxito. Durante los siglos que precedieron al primer advenimiento de Cristo, el mundo parecía estar completamente bajo el cetro del príncipe de las tinieblas; y él reinó con terrible poder, como si por me- dio del pecado de nuestros primeros padres, los reinos del mundo hubiesen llegado a ser legítimamente suyos. Aun el pueblo de la alianza, al cual Dios había elegido para conservar su conocimiento en el mundo, se había apartado de tal manera de él que había perdido todo concepto verdadero de su carác- ter. Cristo vino para revelar a Dios al mundo como un Dios de amor, lleno de misericordia, ternura y com- pasión. Las densas tinieblas con que Satanás había tratado de rodear el trono de la divinidad fueron di- sipadas por el Redentor del mundo, y el Padre volvió a quedar manifiesto a los hombres como la luz de la vida. Cuando Felipe pidió a Jesús: "Muéstranos el Padre, y nos basta", el Salvador le contestó: "¿Tanto tiem- po ha que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre?" (Juan 14:8-9). Cristo se declara enviado al mundo como representante del Padre. En su nobleza de carácter, en su misericordia y tierna compasión, en su amor y bondad, se nos presenta como la personificación de la perfección divina, la imagen del Dios invisible. Dice el apóstol: "Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo a si" (2 Cor. 5:19). Únicamente mien- tras contemplamos el gran plan de la salvación podemos apreciar correctamente el carácter de Dios. La obra de la creación era una manifestación de su amor; pero el don de Dios para salvar a la familia cul- pable y arruinada, (691) es lo único que nos revela las profundidades infinitas de la ternura y compa- sión divina. "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Juan 3:16). A la par que se mantiene la Ley de Dios, y se vindica su justicia, el pecador puede ser perdonado. El más inestimable don que el cielo tenía para conceder ha sido dado para que Dios "sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Je- sús" (Rom. 3:26). Por este don, los hombres son levantados de la ruina y degradación del pecado, para llegar a ser hijos de Dios. Dice Pablo: "Habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos, Abba, Padre" (Rom. 8:15).
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Hermanos, con el apóstol Juan os invito a mirar "cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios" (1 Juan. 3:1). ¡Qué amor, qué amor incomparable, que nosotros, pecadores y extranjeros, podamos ser llevados de nuevo a Dios y adoptados en su familia! Podemos dirigirnos a él con el nom- bre cariñoso de "Padre nuestro", que es una señal de nuestro afecto por él, y una prenda de su tierna consideración y relación con nosotros. Y el Hijo de Dios, contemplando a los herederos de la gracia, "no se avergüenza de llamarlos hermanos" (Heb. 2:11). Tienen con Dios una relación aun más sagrada que la de los ángeles que nunca cayeron. Todo el amor paterno que se haya transmitido de generación a generación por medio de los corazones humanos, todos los manantiales de ternura que se hayan abierto en las almas de los hombres, son tan sólo como una gota del ilimitado océano, cuando se comparan con el amor infinito e inagotable de Dios. La lengua no lo puede expresar, la pluma no lo puede describir. Podéis meditar en él cada día de vuestra vida; podéis escudriñar las Escrituras diligentemente a fin de comprenderlo; podéis dedicar to- da facultad y capacidad que Dios os ha dado al esfuerzo de comprender el amor y la compasión del Pa- dre celestial; y aun queda su infinidad.\ Podéis estudiar este amor durante siglos, sin comprender nunca plenamente la longitud y la anchura, la profundidad y la altura del amor de Dios al dar a su Hijo para que muriese por el mundo. La eternidad misma no lo revelará nunca plenamente. (692)  Sin embargo, cuando estudiemos la Biblia y meditemos en la vida de Cristo y el plan de redención, es- tos grandes temas se revelarán más y más a nuestro entendimiento. Y alcanzaremos la bendición que Pablo deseaba para la iglesia de Éfeso, cuando rogó: "El Dios del Señor nuestro Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación para su conocimiento; alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál sea la esperanza de su vocación, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál aquella supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos" (Efe. 1:17-19). Satanás procura constantemente mantener las mentes humanas ocupadas en aquellas cosas que les im- pedirán obtener el conocimiento de Dios. Trata de hacerlas dedicarse a aquello que oscurecerá el en- tendimiento y desalentará el alma. Estamos en un mundo de pecado y corrupción, rodeados de influen- cias que tienden a seducir o descorazonar a los que siguen a Cristo. El Salvador dijo: "Y por haberse multiplicado la maldad, la caridad de muchos se resfriar0 (Mat. 24:12). Muchos fijan los ojos en la terrible perversidad que existe en derredor de ellos, .la apostasía y la debili- dad que hay por todas partes, y hablan de estas cosas hasta que su corazón está lleno de tristeza y duda. Hacen predominar ante sus mentes la obra magistral del gran engañador, se espacian en los rasgos des- alentadores de su experiencia, al par que parecen perder de vista el poder y el amor sin par del Padre celestial. Todo esto está conforme con la voluntad de Satanás. Es un error pensar en el enemigo de la justicia como revestido de poder tan grande, cuando nos espaciamos tan poco en el amor de Dios y en su poder. Debemos hablar del poder de Cristo. Somos completamente impotentes para rescatamos de las garras de Satanás; pero Dios ha señalado una vía de escape. El Hijo del Altísimo tiene fuerza para pelear la batalla por nosotros; y por "Aquel que nos amó", podemos hacer "más que vencer" (Rom. 8:37). No obtenemos fuerza espiritual si sólo pensamos en nuestras debilidades y apostasías y lamentamos el poder de Satanás. Esta gran verdad debe ser establecida como principio vivo en nuestra mente y cora- zón: la eficacia de la ofrenda hecha en favor nuestro; (693) que Dios puede salvar hasta lo sumo a cuantos acuden a él cumpliendo las condiciones especificadas en su Palabra. Nuestra obra consiste en poner nuestra voluntad de parte de la voluntad de Dios. Luego, por la sangre de la expiación, llegamos a ser partícipes de la naturaleza divina; por Cristo somos hijos de Dios, y tenemos la seguridad de que Dios nos ama así como amó a su Hijo. Somos uno con Jesús. Vamos adonde Cristo nos conduce; él tie- ne poder para disipar las densas sombras que Satanás arroja sobre nuestra senda; y en lugar de las tinie- blas y el desaliento, brilla el sol de su gloria en nuestro corazón. Nuestra esperanza ha de quedar constantemente fortalecida por el conocimiento de que Cristo es nues- tra justicia. Descanse nuestra fe sobre este fundamento, porque permanecerá para siempre. En vez de
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espaciarnos en las tinieblas de Satanás, y temer su poder, debemos abrir nuestro corazón para recibir luz de Cristo, y dejarla resplandecer para el mundo, declarando que Cristo está por encima del poder de Satanás; que su brazo sostenedor apoyará a todos los que confían en él. Dijo Jesús: "El mismo Padre os ama". Si nuestra fe está fija en Dios, por Cristo, resultará "como segura y firme ancla del alma, y que entra hasta dentro del velo; donde entró por nosotros como precursor Je- sús". Es cierto que vendrán desilusiones; debemos esperar tribulación; pero debemos confiar todas las cosas, grandes y pequeñas, a Dios. El no se queda perplejo por la multiplicidad de nuestras aflicciones, ni le abruma el peso de nuestras cargas. Su cuidado vigilante se extiende a toda familia y abarca a todo individuo; él se interesa en todos nuestros quehaceres y pesares. Nota toda lágrima; le conmueve el sentimiento de nuestra flaqueza. Todas las aflicciones y pruebas que nos incumben aquí, son permitidas para que realicen sus propósitos de amor hacia nosotros, "para que recibamos su santificación", y así participemos de aquella plenitud de gozo que se halla en su presencia. "En los cuales el dios de este siglo cegó los entendimientos de los incrédulos, para que no les resplan- dezca la lumbre del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios" (2 Cor. 4:4). Pero la Biblia presenta en los términos más enérgicos, la importancia de obtener un conocimiento de Dios. Di- ce Pedro: (694) "Gracia y paz os sea multiplicada en el conocimiento de aquel que nos ha llamado por su gloria y virtud". Y la Escritura nos invita: "Amístate ahora con él, y tendrás paz" (2 Pedro 1:2-3; Job 22:21). Dios nos ha ordenado: "Sed santos, porque yo soy santo"; y un apóstol inspirado declara que sin la san- tidad "nadie verá al Señor" (1 Pedro 1:16; Heb. 12:14). La santidad consiste en concordar con Dios. Por el pecado la imagen de Dios en el hombre ha sido estropeada y casi borrada; es obra del Evangelio res- taurar lo que se había perdido; y hemos de cooperar con el agente divino en esta obra. Y ¿cómo pode- mos volver a estar en armonía con Dios? ¿Cómo recibiremos su semejanza a menos que obtengamos un conocimiento de él? Este conocimiento es lo que Cristo vino a revelamos. Las opiniones deficientes que tantos han sostenido acerca del exaltado carácter y oficio de Cristo han estrechado su experiencia religiosa y han impedido grandemente su progreso en la vida divina. La reli- gión personal está en un nivel muy bajo entre nosotros como pueblo. Hay mucha forma, mucha maqui- naria, mucha religión de la lengua; pero algo más profundo y sólido debe penetrar en nuestra experien- cia religiosa. Con todas nuestras facilidades, nuestras casas editoras, colegios, sanatorios y muchísimas otras ventajas, debiéramos estar mucho más adelantados. Es obra del cristiano en esta vida representara Cristo ante el mundo, mediante una vida y un carácter que revelen al bendito Jesús. Si Dios nos ha dado luz, es para que la revelemos a otros. Pero en compa- ración con la luz que hemos recibido, y las oportunidades y los privilegios que se nos otorgó para al- canzar los corazones de la gente, los resultados obtenidos por nuestra obra hasta aquí han sido dema- siado escasos. Pero cuando nuestra mente está llena de lobreguez y tristeza, espaciándose en las tinie- blas y lo malo que nos rodea, ¿cómo puede presentar a Cristo ante el mundo? ¿Cómo puede nuestro testimonio tener poder para ganar almas? Lo que necesitamos es conocer por experiencia a Dios y el poder de su amor como se revelan en Cristo. Debemos escudriñar las Escrituras diligentemente y con oración; nuestro entendimiento debe ser vivificado por el Espíritu Santo, y nuestro corazón debe ele- varse a Dios con fe y esperanza y continua alabanza. (695) Por los méritos de Cristo, por su justicia que nos es imputada por la fe, debemos alcanzar la perfección del carácter cristiano. Se presenta nuestra obra diaria y de cada hora en las palabras del apóstol: 'Pues- tos los ojos en el autor y consumador de la fe, en Jesús" (Heb. 12:2). Mientras hagamos esto, nuestro intelecto se esclarecerá, nuestra fe se fortalecerá y se confirmará nuestra esperanza; nos embargará de tal manera la visión de su pureza y hermosura, y el sacrificio que ha hecho para ponernos de acuerdo con Dios, que no tendremos disposición para hablar de dudas y desalientos. La manifestación del amor de Dios, su misericordia y su bondad, y la obra del Espíritu Santo en el co- razón para iluminarlo y renovarlo, nos colocan por la fe en una relación tan íntima con Cristo que, te- niendo un claro concepto de su carácter, podemos discernir los magistrales engaños de Satanás. Miran-
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do a Jesús, y confiando en sus méritos, nos apropiarnos las bendiciones de la luz, de la paz y del gozo en el Espíritu Santo. Y en vista de las grandes cosas que Cristo ha hecho en nuestro favor, estamos lis- tos para exclamar: "Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios" (1 Juan 11). Hermanos y hermanas, contemplando es como somos transformados. Espaciándonos en el amor de Dios y de nuestro Salvador, admirando la perfección del carácter divino y apropiándonos la justicia de Cristo por la fe, hemos de ser transformados a su misma imagen. Por lo tanto, no reunamos todos los cuadros desagradables, las iniquidades, las corrupciones y los desalientos, evidencias del poder de Sa- tanás, para grabarlos en nuestra memoria, para hablar de ellos y lamentarlos hasta que nuestras almas estén llenas de desaliento. Un alma desalentada está en tinieblas, y no sólo deja de recibir ella misma la luz de Dios, sino que impide que llegue a otros. Satanás se deleita viendo los cuadros de los triunfos que obtiene al restar fe y aliento a los seres humanos. Hay, gracias a Dios, cuadros más brillantes y animadores que el Señor nos ha presentado. Agrupemos las bienaventuradas seguridades de su amor, como tesoros preciosos, para que podamos mirarlas de continuo. El Hijo de Dios abandonando el trono de su (696) Padre, vistiendo su divinidad de humani- dad, a fin de rescatar al hombre del poder de Satanás; su triunfo en nuestro favor, abriendo el cielo al hombre, revelando a la visión humana la cámara de la presencia donde la divinidad revela su gloria; la especie caída levantada desde el abismo de la ruina en que el pecado la había sumido, y puesta de nue- vo en relación con el Dios infinito, habiendo soportado la prueba divina por la fe en nuestro Redentor, revestida con la justicia de Cristo y exaltada a su trono, éstos son los cuadros con los cuales Dios nos invita a alegrar las cámaras del alma. Y mientras no miremos "a las cosas que se ven, sino a las que no se ven" resultará cierto que "lo que al presente es momentáneo y leve de nuestra tribulación, nos obra un sobremanera alto y eterno peso de gloria" (2 Cor. 4:18, 17). En el cielo, Dios es todo en todos. Allí reina suprema la santidad; allí no hay nada que estropee la per- fecta armonía con Dios. Si estamos a la verdad en viaje hacia allá, el espíritu del cielo morará en nues- tro corazón aquí. Pero si no hallamos placer ahora en la contemplación de las cosas celestiales; si no tenemos interés en tratar de conocer a Dios, ningún deleite en contemplar el carácter de Cristo; si la santidad no tiene atractivos para nosotros, podemos estar seguros de que nuestra esperanza del cielo es vana. La perfecta conformidad a la voluntad de Dios es el alto blanco que debe estar constantemente delante del cristiano. El se deleitará en hablar de Dios, de Jesús, del hogar de felicidad y pureza que Cristo ha preparado para los que le aman. La contemplación de estos temas, cuando el alma se regocija en las bienaventuradas seguridades de Dios, es comparada por el apóstol al goce de "las virtudes del si- glo venidero". Está por sobrecogernos la lucha final del gran conflicto, cuando con "grande potencia, y señales, y mi- lagros mentirosos, y con todo engaño de iniquidad", Satanás obrará para representar falsamente el ca- rácter de Dios, a fin de seducir, "si es posible, aun a los escogidos" (Mat. 24:24). Si hubo alguna vez un pueblo que necesitase un aumento constante de la luz del cielo, es el pueblo que, en este tiempo de pe- ligro, Dios llamó a ser depositario de su santa ley y a vindicar su carácter delante del mundo. Aquellos a quines se confió un cometido tan sagrado deben ser espiritualizados (697) y elevados por las verdades que profesan creer. Nunca la iglesia ha necesitado tanto, y nunca ha estado Dios tan deseoso de que ella obtuviese la con- dición descrita en la carta de Pablo a los colosenses cuando escribió: "No cesamos de orar por vosotros, y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad, en toda sabiduría y espiritual inteligencia; para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, fructificando en toda buena obra, y cre- ciendo en el conocimiento de Dios" (Col. 1:9, 10).