Notas de Elena G. de White

Lección 1
5 de octubre de 2013

El Santuario celestial

Sábado 28 de septiembre

Recordemos que nuestro gran Sumo Sacerdote está intercediendo ante el propiciatorio en favor de su pueblo rescatado. Vive siempre para interceder por nosotros. “Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”.

La sangre de Jesús está rogando con poder y eficacia por los que están apostatando, por los que son rebeldes, por los que pecan contra la gran luz y el amor. Satanás está a nuestra diestra para acusamos, y nuestro Abogado está a la diestra de Dios para rogar por nosotros. Él nunca ha perdido un caso que le ha sido entregado. Podemos confiar en nuestro Abogado porque presenta sus propios méritos en favor de noso­tros. Oíd su oración antes de que fuera traicionado y juzgado. Escuchad su oración por nosotros, pues nos mantenía en su recuerdo.

El no olvidará a su iglesia en el mundo de tentaciones. Contempla a su pueblo probado y doliente, y ora por él... Sí, contempla a su pueblo en este mundo, que es un mundo perseguidor y todo marchito y echa­do a perder con la maldición, y sabe que los suyos necesitan de todos los recursos divinos de su simpatía y su amor. Nuestro Precursor ha entrado por nosotros dentro del velo y, sin embargo, mediante la áurea cadena del amor y la verdad está unido con su pueblo en la simpatía más estrecha.

Está intercediendo por los más humildes, los más oprimidos y sufrientes, por los más probados y tentados. Con manos levantadas suplica: “En las palmas de las manos te tengo esculpida”. Dios se com­place en escuchar las súplicas de su Hijo y responde a ellos... [se cita Hebreos 4:14-16] (Comentario bíblico adventista, tomo 7, p. 960).
 
Domingo 29 de septiembre - La residencia de Dios

En el cielo, Dios es todo en todos. Allí reina suprema la santidad; allí no hay nada que estropee la perfecta armonía con Dios. Si estamos a la verdad en viaje hacia allá, el espíritu del cielo morará en nuestro corazón aquí. Pero si no hallamos placer ahora en la contemplación de las cosas celestiales; si no tenemos interés en tratar de conocer a Dios; ningún deleite en contemplar el carácter de Cristo; si la santidad no tiene atractivos para nosotros, podemos estar seguros de que nuestra esperanza del cielo es vana. La perfecta conformidad a la voluntad de Dios es el alto blanco que debe estar constantemente delante del cristia­no. Él se deleitará en hablar de Dios, de Jesús, del hogar de felicidad y pureza que Cristo ha preparado para los que le aman. La contemplación de estos temas, cuando el alma se regocija en las bienaventuradas segu­ridades de Dios, es comparada por el apóstol al goce de “las virtudes del siglo venidero” (Joyas de los testimonios, tomo 2, pp. 342, 343).

En el Templo celestial, la morada de Dios, su trono está asentado en juicio y en justicia. En el Lugar Santísimo está su ley, la gran regla de justicia por la cual es probada toda la humanidad. El arca, que con­tiene las tablas de la ley, está cubierta con el propiciatorio, ante el cual Cristo ofrece su sangre a favor del pecador. Así se representa la unión de la justicia y de la misericordia en el plan de la redención humana. Solo la sabiduría infinita podía idear semejante unión, y solo el poder infinito podía realizarla; es una unión que llena todo el cielo de admi­ración y adoración.  Los querubines del Santuario terrenal que miraban reverentemente hacia el propiciatorio, representaban el interés con el cual las huestes celestiales contemplan la obra de redención. Es el mis­terio de misericordia que los ángeles desean contemplar, a saber: que Dios puede ser justo al mismo tiempo que justifica al pecador arrepen­tido y reanuda sus relaciones con la raza caída; que Cristo pudo humi­llarse para sacar a innumerables multitudes del abismo de la perdición y revestirlas con las vestiduras inmaculadas de su propia justicia, a fin de unirlas con ángeles que no cayeron jamás y permitirles vivir para siem­pre en la presencia de Dios (El conflicto de los siglos, pp. 467, 468).

Lunes 30 de septiembre - La sala del trono

Lo que los discípulos habían anunciado en nombre de su Señor, era exacto en todo sentido, y los acontecimientos predichos estaban reali­zándose en ese mismo momento. “Se ha cumplido el tiempo, y se ha acercado el reino de Dios”, había sido el mensaje de ellos. Transcurrido “el tiempo” —las sesenta y nueve semanas del capítulo noveno de Daniel, que debían extenderse hasta el Mesías, “el Ungido”— Cristo había recibido la unción del Espíritu después de haber sido bautizado por Juan en el Jordán, y el “reino de Dios” que habían declarado estar próximo, fue establecido por la muerte de Cristo. Este reino no era un imperio terrenal como se les había enseñado a creer. No era tampoco el reino venidero e inmortal que se establecerá cuando “el reino, y el dominio, y el señorío de los reinos por debajo de todos los cielos, será dado al pueblo de los santos del Altísimo”; ese reino eterno en que “todos los dominios le servirán y le obedecerán a él” (Daniel 7:27, V. M.). La expresión “reino de Dios”, tal cual la emplea la Biblia, signi­fica tanto el reino de la gracia como el de la gloria. El reino de la gracia es presentado por San Pablo en la Epístola a los Hebreos. Después de haber hablado de Cristo como del intercesor que puede “compadecerse de nuestras flaquezas,” el apóstol dice: “Lleguémonos pues confiada­mente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia” (Hebreos 4:16). El trono de la gracia representa el reino de la gracia; pues la existencia de un trono envuelve la existencia de un reino. En muchas de sus parábolas, Cristo emplea la expresión, “el reino de los cielos”, para designar la obra de la gracia divina en los corazones de los hombres.

Asimismo el trono de la gloria representa el reino de la gloria y es a este reino al que se refería el Salvador en las palabras: “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, enton­ces se sentará sobre el trono de su gloria; y serán reunidas delante de él todas las gentes” (Mateo 25:31, 32). Este reino está aún por venir. No quedará establecido sino en el segundo advenimiento de Cristo.

El reino de la gracia fue instituido inmediatamente después de la caída del hombre, cuando se ideó un plan para la redención de la raza culpable. Este reino existía entonces en el designio de Dios y por su promesa; y mediante la fe los hombres podían hacerse sus súbditos. Sin embargo, no fue establecido en realidad hasta la muerte de Cristo. Aun después de haber iniciado su misión terrenal, el Salvador, cansado de la obstinación e ingratitud de los hombres, habría podido retroceder ante el sacrificio del Calvario. En Getsemaní la copa del dolor le tembló en la mano. Aun entonces, hubiera podido enjugar el sudor de sangre de su frente y dejar que la raza culpable pereciese en su iniquidad. Si así lo hubiera hecho no habría habido redención para la humanidad caída. Pero cuando el Salvador hubo rendido la vida y exclamado en su último aliento: “Consumado es”, entonces el cumplimiento del plan de la redención quedó asegurado. La promesa de salvación hecha a la pareja culpable en el Edén quedó ratificada. El reino de la gracia, que hasta entonces existiera por la promesa de Dios, quedó establecido (El conflicto de los siglos, pp. 394-396).

Martes 1 de octubre - La adoración en el cielo

Dios ha hecho amplia provisión para que podamos estar en pie, perfectos, mediante su gracia, para que nada nos falte mientras espera­mos la aparición de nuestro Señor. ¿Estáis listos? ¿Os habéis puesto el vestido de boda? Ese vestido jamás cubrirá el engaño, la impureza, la corrupción o la hipocresía. El ojo de Dios está sobre vosotros. Discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Podemos esconder nuestros pecados de los ojos de los hombres, pero no podemos ocultarle nada a nuestro Hacedor.

Ni siquiera a su propio Hijo libró Dios, sino que lo entregó para que muriese por nuestras culpas y lo resucitó para nuestra justificación. Por medio de Cristo podemos presentar nuestras peticiones ante el trono de la gracia. Por su intermedio podemos, a pesar de nuestra indignidad, obtener todas las bendiciones espirituales. ¿Iremos a él, para que tenga­mos vida? (¡Maranata: El Señor viene!, p. 77).

En las bendiciones de gracia que nuestro Padre celestial nos ha concedido, podemos discernir innumerables evidencias de un amor que es infinito, y una tierna piedad que sobrepasa la simpatía y el deseo vivo de una madre por su hijo descarriado. Cuando estudiamos el carácter divino a la luz de la cruz, vemos misericordia, ternura y perdón mez­clados con equidad y justicia. Con el lenguaje de Juan exclamamos: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” (l Juan 3:1).

Vemos en medio del trono a Uno que lleva en las manos, los pies y en su costado las marcas del sufrimiento que soportó para reconciliar al hombre con Dios y a Dios con el hombre. La incomparable misericordia nos revela a un Padre infinito, que habita en luz inaccesible, y que sin embargo nos recibe gracias a los méritos de su Hijo. La nube de ven­ganza que amenaza con traer solo miseria y desesperación, al reflejo de la luz de la cruz revela la escritura de Dios: “¡Vivan, pecadores, vivan! ¡Ustedes, almas penitentes y creyentes, vivan! He pagado el rescate” (Reflejemos a Jesús, p. 276).

La iglesia de Dios en la tierra es una con la iglesia de Dios en el cielo. Los creyentes de la tierra y los seres del cielo que nunca han caído constituyen una sola iglesia. Todo ser celestial está interesado en las asambleas de los santos que en la tierra se congregan para adorar a Dios. En el atrio interior del cielo escuchan el testimonio que dan los testigos de Cristo en el atrio exterior de la tierra, y las alabanzas de los adoradores de este mundo hallan su complemento en la antífona celes­tial, y el loor y el regocijo repercuten por todos los atrios celestiales por­que Cristo no murió en vano por los caídos hijos de Adán. Mientras que los ángeles beben en el manantial principal, los santos de la tierra beben los raudales puros que fluyen del trono y alegran la ciudad de nuestro Dios. ¡Ojalá que todos pudiesen comprender cuán cerca está el cielo de la tierra! Aun cuando los hijos nacidos en la tierra no lo saben, tienen ángeles de luz por compañeros. Un testigo silencioso vela sobre toda alma, tratando de atraerla a Cristo (Joyas de los testimonios, tomo 3, p. 32).

Miércoles 2 de octubre - El atrio

Podemos ponemos en contacto con Jesucristo, nuestro Abogado en las cortes celestiales. Necesitamos un amigo en esa corte. Hemos peca­do, hemos sido desobedientes y transgresores, y es de suma importancia que dispongamos de un amigo en la corte para que defienda nuestros casos ante el Padre. Él dice: “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo” (Juan 12:32). Bien, ¿todos seremos atraídos? Cristo atrae, pero ¿responderán ellos a su poder de atracción? ¿Vendrán? La invitación que aparece en el Apocalipsis es la siguiente: “Y el Espíritu y la esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamen­te” (Apocalipsis 22:17) (Cada día con Dios, p. 223).

Jesús es nuestro Salvador hoy. El intercede por nosotros en el Lugar Santísimo del Santuario celestial, y él nos perdonará nuestros pecados. Espiritualmente hablando, hará para nosotros toda la diferen­cia del mundo el que dependamos de Dios, sin dudas, como de un segu­ro fundamento, o que tratemos de encontrar alguna justicia en nosotros mismos antes de venir ante él. Apartad la vista del yo y fijadla en el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo. Es pecado dudar. La menor incredulidad, si se acaricia en el corazón, envuelve el alma en la culpa y trae grandes tinieblas y desánimo...

Algunos sienten que deben estar a prueba y demostrarle al Señor que están reformados antes de reclamar su bendición. Pero estas que­ridas almas pueden reclamar la bendición de Dios ahora mismo; deben obtener su gracia, el espíritu de Cristo para ayudarlos en sus debilida­des, o de otra manera no pueden formar caracteres cristianos. Jesús quiere que vayamos a él tales como somos: pecadores, desvalidos, necesitados. Afirmamos que somos hijos de la luz, no de la noche o de las tinieblas; ¿qué derecho tenemos a la incredulidad? (Mensajes selectos, tomo 3, p. 169).

Jueves 3 de octubre - Lugar de salvación

Aquí tenemos revelado el Santuario del nuevo pacto. El Santuario del primer pacto fue asentado por el hombre, construido por Moisés; éste segundo es asentado por el Señor, no por el hombre. En aquel Santuario los sacerdotes terrenales desempeñaban el servicio; en éste es Cristo, nuestro gran Sumo Sacerdote, quien ministra a la diestra de Dios. Uno de los Santuarios estaba en la tierra, el otro está en el cielo.

Además, el tabernáculo construido por Moisés fue hecho según un modelo. El Señor le ordenó: “Conforme a todo lo que yo te mostrare, el diseño del tabernáculo, y el diseño de todos sus vasos, así lo haréis”. Y le mandó además: “Mira, y hazlos conforme a su modelo, que te ha sido mostrado en el monte” (Éxodo 25:9, 40). Y Pablo dice que el primer tabernáculo “era una parábola para aquel tiempo entonces presente; conforme a la cual se ofrecían dones y sacrificios”; que sus santos lugares eran “representaciones de las cosas celestiales”; que los sacerdotes que presentaban las ofrendas según la ley, ministraban lo que era “la mera representación y sombra de las cosas celestiales”, y que “no entró Cristo en un lugar santo hecho de mano, que es una mera representación del verdadero, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora delante de Dios por nosotros” (Hebreos 9:9, 23; 8:5; 9:24, V. M.).

El Santuario celestial, en el cual Jesús ministra, es el gran modelo, del cual el Santuario edificado por Moisés no era más que trasunto. Dios puso su Espíritu sobre los que construyeron el Santuario terrenal. La pericia artística desplegada en su construcción fue una manifesta­ción de la sabiduría divina. Las paredes tenían aspecto de oro macizo, y reflejaban en todas direcciones la luz de las siete lámparas del candelero de oro. La mesa de los panes de la proposición y el altar del incienso relucían como oro bruñido. La magnífica cubierta que formaba el techo, recamada con figuras de ángeles, en azul, púrpura y escarlata, realzaba la belleza de la escena. Y más allá del segundo velo estaba la santa shekina, la manifestación visible de la gloria de Dios, ante la cual solo el sumo sacerdote podía entrar y sobrevivir.

El esplendor incomparable del tabernáculo terrenal reflejaba a la vista humana la gloria de aquel Templo celestial donde Cristo nuestro precursor ministra por nosotros ante el trono de Dios. La morada del Rey de reyes, donde miles y miles ministran delante de él, y millones de millones están en su presencia (Daniel 7:10); ese Templo, lleno de la gloria del trono eterno, donde los serafines, sus flamantes guardianes, cubren sus rostros en adoración, no podía encontrar en la más grandiosa construcción que jamás edificaran manos humanas, más que un pálido reflejo de su inmensidad y de su gloria. Con todo, el Santuario terrenal y sus servicios revelaban importantes verdades relativas al Santuario celestial y a la gran obra que se llevaba allí a cabo para la redención del hombre (El conflicto de los siglos, pp. 465, 466).

Cristo está en el Santuario celestial para hacer expiación por su pueblo; para presentar su costado herido y sus manos traspasadas al Padre; para rogar por su iglesia que está en la tierra; para purificar el Santuario de los pecados de su pueblo. ¿Cuál es nuestra tarea? Nuestra tarea es estar en armonía con la obra que está haciendo Cristo por nosotros. Por la fe, debemos estar en unión con él (Review and Herald, 28 de enero, 1890)

Mientras estaba en visión, Juan vio una compañía vestida con ropas blancas... Estaban en el Templo de Dios. Ese será el resultado para todos los que se aferren de los méritos de Cristo y laven sus ropas en su sangre. Se ha hecho toda provisión para que podamos sentamos con Cristo en su trono, pero la condición es que estemos en armonía con la ley de Dios. Debemos abandonar toda iniquidad y cumplir con las condiciones; entonces todo el cielo se abre ante nuestra oración... No podemos permitimos perder el cielo. Debemos conversar sobre las cosas celestiales. Allí no hay muerte ni dolor. ¿Por qué somos tan remisos para hablar de esas cosas? ¿Por qué nos espaciaremos en cosas terrenales?... Pronto vendrá Cristo a reunir a los que estén preparados y a llevarlos a ese glorioso lugar. “Así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segun­da vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan” (Hebreos 9:28).

¿Nos agrada pensar en ese acontecimiento o preferimos ignorarlo? Debemos poner nuestros afectos en las cosas de arriba. Cuanto más hablemos de Jesús, tanto más reflejaremos su divina imagen. Mediante la contemplación somos transformados.

Los que no hallan placer en pensar y hablar de Dios en esta vida, no gozarán de la vida venidera, donde Dios estará siempre presente, habi­tando con su pueblo. Pero los que se deleitan en pensar en Dios estarán en su elemento, respirando la atmósfera del cielo. Los que estando en la tierra aman el pensamiento del cielo, se sentirán felices con las compa­ñías y los placeres celestiales... “Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán, y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes” (En lugares celestiales, p. 370).