Notas de Elena G. de White

 Lección 9
31 de Agosto de 2013

 

Reforma: consecuencia del reavivamiento

Sábado 24 de agosto

Los hombres y las mujeres que creen en la verdad para este tiempo, deben ser entrenados para presentar inteligentemente la reforma a la que Dios llama con relación a la observancia del verdadero sábado, el que fue dado en la creación y perdurará hasta el fin del tiempo. Dios acompañará a los que cumplen fielmente con el deber de presentar el mensaje en su totalidad, así como lo hizo con sus siervos en el pasado.

El mensaje final del tercer ángel debe ser dado al mundo con un poder que no se ha visto por años. Este mensaje de la verdad presente debe ser escuchado en alta voz, como se lo simboliza en el capítulo 14 del Apocalipsis. Existe el peligro de aceptar la teoría de la verdad sin aceptar la gran responsabilidad que eso implica para cada uno que la recibe. Hermanos, mostremos nuestra fe por nuestras obras. El mundo debe estar preparado para el fuerte clamor del mensaje del tercer ángel; un mensaje que Dios dice que será abreviado en justicia (Manuscript Releases, tomo 10, p. 218).

Domingo 25 de agosto - La apelación profética a la reforma

Josafat mismo era leal a Dios. “No buscó a los Baales; sino que buscó al Dios de su padre, y anduvo en sus mandamientos, y no según las obras de Israel”. Por causa de su integridad, el Señor le acompañaba, y “confirmó el reino en su mano” (2 Crónicas 17:3-5). “Todo Judá dio a Josaphat presentes: y tuvo riquezas y gloria en abundancia. Y ani­móse su corazón en los caminos de Jehová” (versículos 5, 6). A medida que transcurría el tiempo y se realizaban reformas, el rey “quitó los altos y los bosques de Judá” (versículo 6)... En esta forma los habitantes de Judá fueron librados gradualmente de muchos de los peligros que habían amenazado con retardar seriamente su desarrollo espiritual.

Por todo el reino, la gente necesitaba ser instruida en la ley de Dios. Su seguridad estribaba en la comprensión de esta ley; si conformaban su vida a sus requerimientos, serían leales a Dios y a los hombres. Sabiendo esto, Josafat tomó medidas para asegurar a su pueblo una instrucción cabal en las Santas Escrituras. Ordenó a los príncipes encargados de las diferentes porciones de su reino que facilitasen el minis­terio fiel de los sacerdotes instructores. Por orden real, estos maestros, obrando bajo la dirección personal de los príncipes, “rodearon por todas las ciudades de Judá enseñando al pueblo” (2 Crónicas 17:7-9). Y como muchos procuraban comprender los requerimientos de Dios y desechar el pecado, se produjo un reavivamiento...

Josafat dedicó los últimos años de su reinado mayormente a forta­lecer las defensas nacionales y espirituales de Judá... Uno de los pasos importantes que dio el rey consistió en establecer y mantener tribunales eficientes. “Y puso en la tierra jueces en todas las ciudades fuertes de Judá, por todos los lugares”... El sistema judicial quedó perfeccionado por la fundación de una corte de apelaciones en Jerusalén, donde Josafat nombró a “algunos de los levitas y sacerdotes, y de los padres de fami­lias de Israel, para el juicio de Jehová y para las causas” (2 Crónicas 19:5, 8)...

Josafat era hombre de valor. Durante años había fortalecido sus ejércitos y sus ciudades. Estaba bien preparado para arrostrar casi cual­quier enemigo; sin embargo en esta crisis no confió en los brazos car­nales. No era mediante ejércitos disciplinados ni ciudades amuralladas, sino por una fe viva en el Dios de Israel, cómo podía esperar la victoria sobre estos paganos que se jactaban de poder humillar a Judá a la vista de las naciones...

Con confianza, podía Josafat decir al Señor: “A ti volvemos nues­tros ojos”. Durante años había enseñado al pueblo a confiar en Aquel que en siglos pasados había intervenido tan a menudo para salvar a sus escogidos de la destrucción completa; y ahora, cuando peligraba el reino, Josafat no estaba solo. “Todo Judá estaba en pie delante de Jehová, con sus niños, y sus mujeres, y sus hijos” (2 Crónicas 20:13). Unidos, ayunaron y oraron; unidos, suplicaron al Señor que confundie­se sus enemigos, a fin de que el nombre de Jehová fuese glorificado (Profetas y reyes, pp. 142-148).

Lunes 26 de agosto - La apelación a la reforma en Corinto

Los miembros de la iglesia de Corinto estaban rodeados de idolatría y sensualidad en la forma más seductora. Mientras el apóstol estaba con ellos, estas influencias no habían tenido sino poco poder sobre ellos. La firme fe de Pablo, sus fervientes oraciones y ardientes palabras de instrucción, y sobre todo, su vida piadosa, les habían ayudado a negarse a sí mismos por amor a Cristo, antes que gozar los placeres del pecado.

Después de la partida de Pablo, sin embargo, surgieron condicio­nes desfavorables; la cizaña que había sido sembrada por el enemigo apareció entre el trigo, y antes de mucho comenzó a producir su mal fruto. Ese fue un tiempo de severa prueba para la iglesia de Corinto. El apóstol no estaba más con ellos, para avivar su celo y ayudarles en sus esfuerzos por vivir en armonía con Dios; y poco a poco muchos llegaron a ser descuidados e indiferentes, y permitieron que los gustos y las inclinaciones naturales los dominaran. El que tan a menudo los había instado a alcanzar altos ideales de pureza y justicia, no estaba más con ellos; y no pocos de los que, al convertirse, habían abandonado sus malos hábitos, volvieron a los degradantes pecados del paganismo (Los hechos de los apóstoles, pp. 241, 242).
Aunque Pablo poseía elevadas facultades intelectuales, su vida revelaba el poder de una sabiduría aún menos común, que le daba rapidez de discernimiento y simpatía de corazón, y le ponía en estrecha comunión con otros, capacitándolo para despertar su mejor naturaleza e inspirarlos a luchar por una vida más elevada. Su corazón estaba lleno de ardiente amor por los creyentes corintios. Anhelaba verlos revelar una piedad interior que los fortaleciera contra la tentación. Sabía que a cada paso del camino cristiano se les opondría la sinagoga de Satanás, y que tendrían que empeñarse diariamente en conflictos. Tendrían que guardarse contra el acercamiento furtivo del enemigo, rechazar los vie­jos hábitos e inclinaciones naturales, y velar siempre en oración. Pablo sabía que las más valiosas conquistas cristianas pueden obtenerse sola­mente mediante mucha oración y constante vigilancia, y trató de incul­car esto en sus mentes. Pero sabía también que en Cristo crucificado se les ofrecía un poder suficiente para convertir el alma y divinamente adaptado para permitirles resistir todas las tentaciones al mal. Con la fe en Dios como su armadura, y con su Palabra como su arma de guerra, serían provistos de un poder interior que los capacitaría para desviar los ataques del enemigo.

Los creyentes corintios necesitaban una experiencia más profunda en las cosas de Dios. No sabían plenamente lo que significaba contemplar su gloria y ser cambiados de carácter en carácter. No habían visto sino los primeros rayos de la aurora de esa gloria. El deseo de Pablo para con ellos era que pudieran ser henchidos con toda la plenitud de Dios, que prosiguieran conociendo a Aquel cuya salida se prepara como la mañana, y continuaran aprendiendo de él hasta que llegaran a la plenitud del mediodía de una perfecta fe evangélica (Los hechos de los apóstoles, p. 248).

Los creyentes corintios, que habían sido guiados del culto de los ídolos a la fe del evangelio, eran toda la recomendación que Pablo nece­sitaba. Su recepción de la verdad, y la reforma que se había operado en sus vidas, atestiguaban elocuentemente la fidelidad de sus labores y su autoridad para aconsejar, reprender y exhortar como ministro de Cristo (Los hechos de los apóstoles, p. 263).


Martes 27 de agosto - Apocalipsis: llamado a una reforma en Éfeso

En vista de las muchas virtudes enumeradas, cuán sorprendente es la acusación presentada contra la iglesia de Éfeso: “Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor”. Esta iglesia había sido grandemente favorecida. Fue establecida por el apóstol Pablo. En la misma ciudad estaba el templo de Diana que, en cuanto a su grandeza, era una de las maravillas del mundo [antiguo]. La iglesia de Éfeso hizo frente a una gran oposición y algunos de los primeros cristianos sufrieron persecu­ción y sin embargo, precisamente algunos de ellos se apartaron de las verdades que los habían unido con los seguidores de Cristo y en cam­bio, aceptaron los seductores errores inventados por Satanás.

Este cambio está presentado como una caída espiritual. “Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras”, como se las presenta en los versículos precedentes. Los creyentes no se dieron cuenta de su caída espiritual. No advertían el cambio que había ocurrido en sus corazones y que tendrían que arrepentirse por haber dejado de hacer las primeras obras; pero Dios en su misericordia hizo un llamado al arrepentimiento, al regreso a su primer amor y a las obras que siempre son resultado del verdadero amor cristiano (Comentario bíblico adventista, tomo 7, p. 968).

Pero después de un tiempo, el celo de los creyentes, su amor a Dios y entre sí, empezó a disminuir. Penetró la frialdad en la iglesia. Surgieron divergencias y los ojos de muchos dejaron de contemplar a Jesús como Autor y Consumador de su fe. Las masas que podrían haber sido convencidas y convertidas por la práctica fiel de la verdad fueron dejadas sin amonestación. Entonces fue cuando el Testigo fiel dirigió su mensaje a la iglesia de Éfeso. Su falta de interés por la salvación de las almas demostraba que había perdido su primer amor; porque nadie puede amar a Dios con todo el corazón, la mente, el alma y las fuerzas, sin amar a aquellos por quienes Cristo murió. Dios los llamó a arrepentirse y hacer las primeras obras, o quitaría su candelero de su lugar.
¿No se repite el caso de Éfeso en la iglesia de esta generación? ¿Cómo está empleando su conocimiento la iglesia que hoy ha recibido el conocimiento de la verdad de Dios? Cuando sus miembros vieron por primera vez la indecible misericordia de Dios por la especie caída, no podían permanecer en silencio. Los dominaba el anhelo de cooperar con Dios para dar a otros las bendiciones que habían recibido. Mientras impartían a otros, estaban continuamente recibiendo. Crecían en la gra­cia y en el conocimiento del Señor Jesucristo. ¿Qué sucede hoy? (Joyas de los testimonios, tomo 3, p. 56).

“Tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido” (Apocalipsis 2:4, 5). Aquellos a quienes se dirigieron estas palabras tenían muchas excelentes cualidades que son reconocidas por el Testigo fiel. “Pero -dice él- tengo contra ti, que has dejado tu primer amor”. Aquí hay una necesidad que tendrá que ser suplida. Todas las otras virtudes no compensan esta deficiencia...

Estudie cada miembro de iglesia esta importante amonestación y reproche. Vea cada uno si al contender por la verdad, si al debatir acerca de la teoría, no ha perdido el tierno amor de Cristo. ¿No ha sido dejado Cristo fuera de los sermones y del corazón? ¿No hay peligro de que muchos avancen en una profesión de la verdad, haciendo obra misionera, al paso que el amor de Cristo no ha sido entretejido en el trabajo? Esta solemne amonestación del Testigo fiel significa mucho. Demanda que recordéis de dónde habéis caído y os arrepintáis y hagáis las primeras obras, “pues si no -dice el Testigo fiel- vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido”. ¡Ojalá la iglesia comprendiera la necesidad que tiene de recuperar su primer amor ferviente! Cuando éste falta, son insuficientes todas las otras vir­tudes. La exhortación al arrepentimiento es tal que no puede ser desoída sin peligro (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 433, 434).

 

Miércoles 28 de agosto - Lutero insta a la reforma

Un día, mientras estaba Lutero subiendo devotamente aquellas gradas, recordó de pronto estas palabras que como trueno repercutieron en su corazón: “El justo vivirá por la fe” (Romanos 1:17). Púsose de pronto de pie y huyó de aquel lugar sintiendo vergüenza y horror. Ese pasaje bíblico no dejó nunca de ejercer poderosa influencia en su alma. Desde entonces vio con más claridad que nunca el engaño que significa para el hombre confiar en sus obras para su salvación y cuán necesario es tener fe constante en los méritos de Cristo...

Era muy precioso el mensaje que Lutero daba a las ansiosas muchedumbres que pendían de sus palabras. Nunca antes habían oído tan hermosas enseñanzas. Las buenas nuevas de un amante Salvador, la seguridad del perdón y de la paz por medio de su sangre expiatoria, regocijaban los corazones e inspiraban en todos una esperanza de vida inmortal...

Lutero inició entonces resueltamente su obra como campeón de la verdad. Su voz se oyó desde el púlpito en solemne exhortación. Expuso al pueblo el carácter ofensivo del pecado y enseñóle que le es imposible al hombre reducir su culpabilidad o evitar el castigo por sus propias obras. Solo el arrepentimiento ante Dios y la fe en Cristo podían salvar al pecador. La gracia de Cristo no podía comprarse; era un don gratui­to. Aconsejaba a sus oyentes que no comprasen indulgencias, sino que tuviesen fe en el Redentor crucificado. Refería su dolorosa experiencia personal, diciéndoles que en vano había intentado por medio de la humillación y de las mortificaciones del cuerpo asegurar su salvación, y afirmaba que desde que había dejado de mirarse a sí mismo y había confiado en Cristo, había alcanzado paz y gozo para su corazón (El conflicto de los siglos, pp. 134-138).

Nunca hubiéramos aprendido el significado de esta palabra “gra­cia” si no hubiéramos caído. Dios ama a los inmaculados ángeles, que están a su servicio y son obedientes a todos sus mandamientos, pero no les otorga su gracia. Esos seres celestiales no tienen el más mínimo conocimiento de la gracia, nunca la han necesitado, porque nunca han pecado. La gracia es un atributo de Dios manifestado en favor de seres humanos indignos. No la buscamos; fue enviada para que nos buscara. Dios se goza en conceder su gracia a todo aquel que la anhela intensa­mente. Se allega a todos en términos de misericordia, no porque seamos dignos, sino porque somos totalmente indignos. Nuestra necesidad es el requisito que nos asegura que recibiremos este don.

Pero Dios no usa su gracia para anular su ley o para reemplazarla... La gracia de Dios y la ley de su reino están en perfecta armonía; cami­nan de la mano. Su gracia nos capacita para acercamos a él por fe. Al recibirla y al permitir que obre en nuestras vidas, damos testimonio de la vigencia de la ley; ensalzamos la ley y la honramos al practicar sus principios por medio del poder de la gracia de Cristo (La maravillosa gracia de Dios, p. 10).

Jueves 29 de agosto - El Cielo apela por una reforma en el tiempo del fin

“La importancia del sábado, como institución conmemorativa de la creación, consiste en que recuerda siempre la verdadera razón por la cual se debe adorar a Dios: porque él es el Creador, y nosotros somos sus criaturas”... (J. N. Andrews, History of the Sabbath, cap. 27). Por eso, es decir, para que esta verdad no se borrara nunca de la mente de los hombres, instituyó Dios el sábado en el Edén y mientras el ser él nuestro Creador siga siendo motivo para que le adoremos, el sábado seguirá siendo señal conmemorativa de ello. Si el sábado se hubiese observado universalmente, los pensamientos e inclinaciones de los hombres se habrían dirigido hacia el Creador como objeto de reverencia y adoración, y nunca habría habido un idólatra, un ateo, o un incrédulo. La observancia del sábado es señal de lealtad al verdadero Dios, “que hizo el cielo y la tierra, y el mar y las fuentes de agua”. Resulta pues que el mensaje que manda a los hombres adorar a Dios y guardar sus mandamientos, los ha de invitar especialmente a observar el cuarto mandamiento (El conflicto de los siglos, pp. 490, 491).

Si se presta atención a este mensaje [Se cita Apocalipsis 14:6, 7], inducirá a cada nación, tribu, lengua y pueblo a examinar cuidadosa­mente la Palabra, y los conducirá a la verdadera luz concerniente al poder que ha cambiado el séptimo día de reposo por un día de reposo espurio. El único Dios verdadero ha sido olvidado, su ley ha sido descartada, y su sábado sagrado ha sido pisoteado en el polvo por el hombre pecador. El cuarto mandamiento, tan claro y explícito, ha sido ignorado. El monumento del sábado, que expresa quién es el Dios viviente, el Creador de los cielos y de la tierra, ha sido derribado, y en su lugar se ha dado al mundo un día de reposo falso. Así se ha abierto una brecha en la ley de Dios. Un día de reposo falso no podría constituir una norma verdadera...

El mensaje proclamado por el ángel que volaba por en medio del cielo es el evangelio eterno, el mismo evangelio que fue declarado en el Edén, cuando Dios le dijo a la serpiente: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Génesis 3:15). Esta constituye la primera promesa de un Salvador que saldría al campo de batalla para desafiar el poder de Satanás y prevalecer sobre él. Cristo vino a nuestro mundo para presentar el carácter de Dios tal como está representado en su santa ley, porque su ley es una copia de su carácter. Cristo era tanto la ley como el evangelio. El ángel que proclama el evangelio eterno proclama también la ley de Dios; porque el evangelio de salvación induce a los hombres a obedecer la ley mediante la cual sus caracteres son formados a la semejanza divina (Mensajes selectos, tomo 2, p. 121).