Notas de Elena G. de White

Lección 8
24 de Agosto de 2013

Discernimiento: salvaguardia del reavivamiento

Sábado 17 de agosto
               
El fin está cercano. Los hijos de la luz deben trabajar con celo fervoroso y perseverante para hacer que otros se preparen para el gran acontecimiento que se cierne sobre nosotros, a fin de que puedan resistir al enemigo por haber permitido que el Espíritu Santo trabajara en sus corazones. Continuamente surgirán cosas nuevas y extrañas para inducir al pueblo de Dios a una agitación espuria, a reavivamientos religiosos falsos y acontecimientos extraños. Que sigan avanzan­do, con sus ojos fijos solamente en la Luz y la Vida del mundo. Sabed que todo lo que es llamado luz y verdad en la Palabra de Dios es luz y verdad que emanan de la sabiduría divina, y no es una imitación de las artes sutiles de Satanás. La luz de la sabiduría de Dios será una lámpara para los pies de toda alma fiel, firme y contrita (Mensajes selectos, tomo 2, pp. 17, 18).

La conversión del alma humana no es de pequeña consecuencia. Es el mayor milagro realizado por el poder divino. Los resultados reales se alcanzan al creer en Cristo como Salvador personal. Purificados por la obediencia a la ley de Dios, santificados por una observancia perfecta de su santo sábado, confiando, creyendo, esperando pacientemente, y ocupándonos fervorosamente en nuestra propia salvación, con temor y temblor, aprenderemos que es Dios el que obra en nosotros así el querer como el hacer según su beneplácito (El evangelismo, p. 214).
Domingo 18 de agosto:
La voluntad de Dios y su Palabra

Este es un momento en que necesitamos ser muy vigilantes y cui­dar celosamente la calidad de la obra que se hace. Algunos buscarán introducir falsas teorías y vendrán con mensajes falsos. Satanás agitará las mentes humanas para crear fanatismo en nuestras filas... El Señor desea que su pueblo avance cuidadosamente, cuidando las expresiones y aun las actitudes. Satanás usará las peculiaridades de la actitud y de la voz para producir excitación y actuar sobre las mentes humanas para engañarlas.

Cosas nuevas y extrañas se levantarán continuamente para llevar al pueblo de Dios a una falsa excitación, a reavivamientos religiosos, y a cambios curiosos; pero nuestro pueblo no debería ser sometido a ningún criterio de invención humana que produzca controversia en algún aspecto.
Mi alma está muy preocupada porque sé lo que nos espera. Cada engaño concebible será dirigido contra los que no tienen una conexión diaria y viviente con Dios. Los ángeles de Satanás son sabios para hacer el mal, y crearán lo que algunos pretenderán que es luz superior y la proclamarán como nueva y maravillosa; sin embargo, aunque en algunos aspectos el mensaje pueda ser verdad, estará mezclado con invenciones humanas y enseñará como doctrina los mandamientos de los hombres. Si alguna vez hubo un tiempo en que debíamos velar y orar con verdadero fervor, es ahora.

Muchas cosas aparentemente buenas tendrán que ser cuidadosa­mente consideradas con mucha oración; pues son ardides aparentemen­te plausibles del enemigo para llevar a las almas por un sendero que está tan cerca de la senda de la verdad que será apenas distinguible de aquél. Pero el ojo de la fe puede discernir que se desvía, aunque en forma casi imperceptible, del camino correcto. Al principio puede parecer realmente correcto, pero después de un tiempo se ve cuán ampliamente divergente resulta del camino que conduce a la santidad y al cielo. Mi hermano, le advierto que prepare sendas rectas para sus pies, no sea que los cojos caigan fuera del camino (Mente, carácter y personalidad, tomo 1, pp. 42, 43).

“¡A la ley y al testimonio! si no hablaren conforme a esta palabra, son aquellos para quienes no ha amanecido” (Isaías 8: 20, V. M.). Al pueblo de Dios se le indica que busque en las Sagradas Escrituras su salvaguardia contra las influencias de los falsos maestros y el poder seductor de los espíritus tenebrosos. Satanás emplea cuantos medios puede para impedir que los hombres conozcan la Biblia, cuyo claro lenguaje revela sus engaños. En ocasión de cada avivamiento de la obra de Dios, el príncipe del mal actúa con mayor energía; en la actualidad está haciendo esfuerzos desesperados preparándose para la lucha final contra Cristo y sus discípulos. El último gran engaño se desplegará pronto ante nosotros. El Anticristo va a efectuar ante nuestra vista obras maravillosas. El contrahacimiento se asemejará tanto a la realidad, que será imposible distinguirlos sin el auxilio de las Santas Escrituras. Ellas son las que deben atestiguar en favor o en contra de toda declaración, de todo milagro.

Se hará oposición y se ridiculizará a los que traten de obedecer a todos los mandamientos de Dios. Ellos no podrán subsistir sino en Dios. Para poder soportar la prueba que les espera deben compren­der la voluntad de Dios tal cual está revelada en su Palabra, pues no pueden honrarle sino en la medida del conocimiento que tengan de su carácter, gobierno y propósitos divinos y en la medida en que obren conforme a las luces que les hayan sido concedidas. Solo los que hayan fortalecido su espíritu con las verdades de la Biblia podrán resistir en el último gran conflicto. Toda alma ha de pasar por la prueba decisiva: ¿Obedeceré a Dios antes que a los hombres? La hora crítica se acerca. ¿Hemos asentado los pies en la roca de la inmutable Palabra de Dios? ¿Estamos preparados para defender firmemente los mandamientos de Dios y la fe de Jesús? (El conflicto de los siglos, pp. 651, 652).

Lunes 19 de agosto:
El amor de Dios y su ley

Hay dos clases de personas en el mundo hoy día, y tan solo dos clases serán reconocidas en el juicio: la que viola la ley de Dios y la que la obedece. Cristo da la prueba mediante la cual se ha de comprobar nuestra lealtad o deslealtad. “Si me amáis —dice él— guardad mis mandamientos... El que tiene mis mandamientos, y los guarda, aquel es el que me ama; y el que me ama, será amado de mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él... El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que habéis oído, no es mía sino del Padre que me envió”. “Si guardareis mis mandamientos, estaréis en mi amor; como yo también he guardado los mandamientos de mi Padre, y estoy en su amor” (Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 225, 226).

Si Jesús mora en el corazón, su carácter será revelado en la vida del creyente, porque éste aprecia la sangre con la cual fue comprado. Jesús dijo: “Que os améis unos a otros como yo os he amado”. Ese mismo espíritu de amor que se manifestaba en Jesús, se manifestará en el corazón de aquellos que tienen a Jesús en su vida. Los que dicen tener a Jesús pero no aman a aquellos por los que Jesús murió, demuestran que realmente no tienen a Cristo en sus corazones. El amor de Cristo lleva a sus seguidores a negarse a sí mismos, a sufrir pérdidas temporales si es necesario, a poner todo su esfuerzo, sus habilidades y sus oraciones para ganar almas para la verdad. Si en verdad somos participantes de la naturaleza divina, se revelará mucho más del amor de Cristo, y se ejercerá una influencia tierna, refinadora y subyugante sobre los que nos rodean. Tendremos compasión por los pecadores que están separados de Cristo. No nos uniremos en sus pecados pero nos uniremos a ellos con la fortaleza y la justicia de Cristo para salvarlos del pecado y librarlos del poder del enemigo (The Youth’s Instructor, 6 de enero, 1898).

Dios acepta únicamente los servicios de quienes participan de la naturaleza divina. Sin Cristo el hombre no puede hacer nada. Únicamente el amor a Dios y al hombre coloca a los seres humanos en terreno ventajoso frente a Dios. La obediencia al mandamiento divino nos capacita para llegar a ser colaboradores juntamente con Dios. El amor es el fruto que crece en el árbol cristiano, el fruto que es como las hojas del árbol de la vida para la sanidad de las naciones (Mensajes selectos, tomo 2, p. 213).

Martes 20 de agosto:
Formalismo, fanatismo y fe

Cierta opinión espuria se está diseminando ahora por todas partes con respecto al amor de Jesús, es a saber, que debemos permanecer en su amor, y que todo lo que necesitamos es tener fe en él. Pero esas almas deben ser instruidas de tal modo que lleguen a saber que cuando el amor de Jesús se halla en el corazón, nos inducirá a la humildad de vida y a la obediencia a todos sus mandamientos. “El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él” (1 Juan 2:4). El amor de Jesús que no pasa de los labios no salvará a nadie, y será en cambio un gran engaño.

Algunos de los que pretenden amar a Jesús son engañadores, y su religión es solo de labios. No transforma el carácter. No pone de manifiesto la obra interior de la gracia. Los tales no dan evidencia de que hayan aprendido jamás en la escuela de Cristo las lecciones de mansedumbre y de humildad de corazón. No revelan por medio de su vida o su carácter que están llevando el yugo de Cristo ni sus cargas. No están alcanzando la norma que Dios les da por medio de su Palabra, sino meramente una norma humana. Su vida no es pura como la de Cristo. No están siendo refinados ni ennoblecidos por su Espíritu. No conocen el camino de la verdad, y se cuentan entre los que dirán en aquel día: “¡Señor, Señor, ábrenos! Enseñamos en las calles. Hemos hecho maravillas”. Pero Cristo les dirá: “Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mateo 7:23).

Los que rechazan la verdad de la Biblia lo hacen con el pretexto de amar a Jesús. Los que aman a Jesús manifestarán su amor siendo hijos obedientes. Serán hacedores de la Palabra, y no meros oidores. No andarán diciendo continuamente: “Todo lo que tenemos que hacer es creer en Jesús”. Esto es verdad cuando se lo entiende en su pleno sen­tido; pero ellos no comprenden, no aceptan ese pleno sentido. Creer en Jesús significa aceptarlo como Redentor, como Modelo. Todos los que aman a Jesús deben seguir su ejemplo. Deben relacionarse con Jesús tan íntimamente como el pámpano con la vid viviente. Moran en Jesús y él en ellos, y son hacedores de su Palabra, participantes de la naturaleza divina (Cada día con Dios, p. 299).

Estas terribles denuncias [Mateo 23:13-36] fueron hechas a los dirigentes judíos porque mientras enseñaban al pueblo la ley de Dios, ellos mismos no la guardaban... Así también ocurre en nuestros días. Muchos caminan en tinieblas cuando podrían iluminar su senda con la Palabra escrita. Interpretan las Escrituras a su manera y le agregan sus ideas pervertidas. No son honestos. Son expertos en dudar aun cuando hay razones suficientes para creer. Al interpretar, aplicar y enseñar las Escrituras incorrectamente, le quitan el poder para transformar la vida y el carácter (Review and Herald, 29 de agosto, 1899).

Hermanos, ¿olvidaremos la elevada vocación a la que somos llamados? ¿Permitiremos que nuestra piedad se deteriore así como le ocurrió a la nación judía? Teniendo tanta luz sobre la verdad bíblica, ¿dejaremos que un formalismo estéril tome el lugar del celo y la fe? ¿Nuestra luz se transformará en tinieblas? ¿Dejaremos de trabajar para contrarrestar las artes del enemigo? Debemos velar, orar y des­pertarnos. Estamos en el Día de la Expiación, y debemos trabajar en armonía con la obra de Cristo en el Santuario. Que nadie que desee tener el vestido de bodas resista la obra que nuestro Señor está haciendo. Debemos presentar ante la gente la obra que nuestro Sumo Sacerdote está realizando, y advertirles que si no simpatizan con su obra; si no limpian el templo de su alma de todo lo que corrompe; si continúan viviendo de una manera que no está en armonía con su voluntad, se están uniendo con el enemigo de Dios y del hombre para apartar las mentes de la verdad para este tiempo (Review and Herald, 21 de enero, 1890).

Miércoles 21 de agosto:
El ministerio y los milagros

Cuando se presenta el mensaje de verdad en nuestra época, son muchos los que, como los judíos, claman: Muéstrenos una señal. Realice un milagro. Cristo no ejecutó milagro a pedido de los fariseos. No hizo milagro en el desierto en respuesta a las insinuaciones de Satanás. No nos imparte poder para justificamos a nosotros mismos o satisfacer las demandas de la incredulidad y el orgullo. Pero el evange­lio no queda sin una señal de su origen divino. ¿No es acaso un milagro que podamos libertamos de la servidumbre de Satanás? La enemistad contra Satanás no es natural para el corazón humano; es implantada por la gracia de Dios. Cuando el que ha estado dominado por una voluntad terca y extraviada queda libertado y se entrega de todo corazón a la atracción de los agentes celestiales de Dios, se ha realizado un milagro; así también ocurre cuando un hombre que ha estado bajo un engaño poderoso, llega a comprender la verdad moral. Cada vez que un alma se convierte y aprende a amar a Dios y a guardar sus mandamientos, se cumple la promesa de Dios: “Y os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros”. El cambio verificado en los cora­zones humanos, la transformación del carácter humano, es un milagro que revela a un Salvador que vive eternamente y obra para rescatar a las almas. Una vida consecuente en Cristo es un gran milagro. En la predicación de la Palabra de Dios, la señal que debe manifestarse ahora y siempre es la presencia del Espíritu Santo para hacer de la Palabra un poder regenerador para quienes la oyen. Tal es el testimonio que de la divina misión de su Hijo Dios da ante al mundo (El Deseado de todas las gentes, p. 374).

La Biblia nunca será reemplazada por manifestaciones milagro­sas. Hay que estudiar la verdad, y hay que buscarla como un tesoro escondido. No se darán inspiraciones maravillosas aparte de la Palabra, ni aquéllas tomarán el lugar de ésta. Aferraos a la Palabra y recibid la Palabra injertada que hará a los hombres sabios para la salvación (Mensajes selectos, tomo 2, p. 115).

Los que pretenden poseer la moderna santificación se adelantarían jactanciosamente, diciendo: “Señor, Señor, ¿no nos conoces? ¿No pro­fetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?” Las personas aquí descriptas, que formulan estas pretensiosas reclamaciones, aparentemente entrela­zando a Jesús en todas sus acciones, representan de manera adecuada a los que alegan poseer la moderna santificación pero están en guerra con la ley de Dios. Cristo los llama hacedores de iniquidad porque son engañadores, que tienen el manto de la santidad para ocultar la defor­midad de sus caracteres, la perversión interior de sus corazones impuros (Fe y obras, p. 44).

Jueves 22 de agosto:
Frutos y dones

El fanatismo surgirá entre nosotros. Vendrán engaños, y serán de una índole tal que si fuera posible engañarían a los mismos escogidos. Si en esas manifestaciones se advirtieran en forma evidente notables inconsecuencias y declaraciones inexactas, no serían necesarias las palabras pronunciadas por los labios del gran Maestro. Esta advertencia ha sido dada debido a los numerosos y variados peligros. La razón por la cual hago sonar la señal de alarma es que mediante la instrucción del Espíritu de Dios puedo ver aquello que mis hermanos no disciernen. No es necesario que señale en toda su extensión estas fases peculiares del engaño de las que hay que precaverse. Me basta decirles: Estad en guardia, y como fíeles centinelas proteged al pueblo de Dios para que no acepte indiscriminadamente todo lo que en apariencia sea una comunicación del Señor.

Si trabajamos para crear una excitación de los sentimientos, ten­dremos toda la que deseemos, y posiblemente más de lo que seremos capaces de controlar. Predicad “la Palabra” (2 Timoteo 4:2) con calma y claridad. No debemos pensar que nuestra obra consiste en crear excitación. El Espíritu Santo de Dios es el único que puede crear un entusiasmo saludable. Dejad que trabaje Dios, y que el instrumento humano ande humildemente delante de él, velando, esperando, orando, contemplando a Jesús a cada instante, siendo guiado y controlado por el precioso Espíritu que es luz y vida.

La gente quiere una señal, tal como en los días de Cristo. El Señor dijo que no recibirían ninguna señal. La señal que debería ser evidente ahora y siempre, es la operación del Espíritu Santo sobre la mente del que enseña, para lograr que la Palabra impresione tanto como sea posible. La Palabra de Dios no es una teoría muerta y seca, sino espíritu y vida. A Satanás nada le gustaría tanto como apartar las mentes de la Palabra, para inducirlas a esperar que algo que esté fuera de la Palabra agite sus sentimientos. No debería dirigirse su atención hacia sueños y visiones. Si quieren tener vida eterna, deben comer la carne y beber la sangre del Hijo de Dios (Mensajes selectos, tomo 2, pp. 108, 109).