Notas de Elena G. de White

Lección 7
17 de Agosto de 2013

Unidad: vínculo del reavivamiento

Sábado 10 de agosto

El Señor nos ha dado a cada uno la posibilidad de hacer nuestra parte en la obra, pero debemos recordar que hay otros obreros que también deben hacer su parte a fin de que todo el cuerpo trabaje como una gran máquina que actúa unificadamente. La iglesia de Dios está compuesta de agentes vivos y activos, que reciben su poder del autor y consumador de nuestra fe. La gran obra que debe ser llevada a cabo por cada obrero de Dios debe hacerse con armonía simétrica...

Entre el pueblo de Dios no debe reinar la confusión, ni carecerse de orden, armonía, consecuencia y belleza. Se deshonra muchísimo al Señor cuando existe desunión entre su pueblo. La verdad es una unidad. Debemos cultivar día tras día la unión que Dios requiere si queremos contestar la oración de Cristo. La desunión que trata de surgir entre aquellos que profesan creer el último mensaje de miseri­cordia que ha de ser dado al mundo, no debe hallar lugar, pues sería un temible estorbo para el progreso de la obra de Dios. Sus siervos han de ser uno, como Cristo es uno con el Padre. Sus facultades, ilu­minadas, inspiradas y santificadas, deben fusionarse para constituir un todo completo. Los que aman a Dios y guardan sus mandamientos no han de separarse, sino unirse (Manuscript Releases, tomo 2, pp. 341, 342).

 

Domingo 11 de agosto - Responder a la oración de Cristo por la unidad

Solamente en la medida en que estuvieran unidos con Cristo, podían esperar los discípulos que los acompañara el poder del Espíritu Santo y la cooperación de los ángeles del cielo. Con la ayuda de estos agentes divinos, podrían presentar ante el mundo un frente unido, y obtener la victoria en la lucha que estaban obligados a sostener ince­santemente contra las potestades de las tinieblas. Mientras continuaran trabajando unidos, los mensajeros celestiales irían delante de ellos abriendo el camino; los corazones serían preparados para la recepción de la verdad y muchos serían ganados para Cristo. Mientras permane­cieran unidos, la iglesia avanzaría “hermosa como la luna, esclarecida como el sol, imponente como ejércitos en orden” (Cantares 6: 10). Nada podría detener su progreso. Avanzando de victoria en victoria, cumpli­ría gloriosamente su divina misión de proclamar el evangelio al mundo (Los hechos de los apóstoles, pp. 74, 75).

La oración de Cristo no es solo en favor de los que en ese momento son sus discípulos, sino de todos los que crean en Jesús por medio de la palabra de sus discípulos, hasta el fin del mundo. Jesús estaba por entregar su vida para sacar a la luz la vida y la inmortalidad. Cristo, en medio de sus sufrimientos y del rechazo de que es objeto todos los días por parte de los hombres, observa a través de dos mil años a su iglesia que existirá en los días finales, antes del fin de la historia de la tierra.

El Señor ha tenido una iglesia desde ese día, a través de todos los cambios de escena producidos por el tiempo hasta el período presente [cita de 1893]. La Biblia presenta delante de nosotros una iglesia mode­lo. Sus miembros deben estar unidos los unos con los otros, y en unidad con Dios. Cuando los creyentes están unidos con Cristo, la vid viviente, el resultado es que son uno en Cristo, y están llenos de simpatía, ternura y amor (Mensajes selectos, tomo 3, pp. 18, 19).

Dios es uno con el Padre, pero Dios y Cristo son dos personas distintas. Lean la oración de Cristo, registrada en el capítulo 17 de Juan, y encontrarán este punto claramente presentado. Cuán fervoro­samente oró el Salvador para que sus discípulos pudieran ser uno con él así como él era uno con el Padre. Pero la unidad que existe entre Cristo y sus seguidores no destruye la personalidad de uno ni de los otros. Ellos deben ser uno con él y él es uno con el Padre. Mediante esta unidad deben expresar claramente al mundo que Dios envió a su Hijo para salvar a los pecadores. La unidad de los seguidores de Cristo con él, debe ser la prueba grande e inequívoca de que Dios ciertamente envió a su Hijo al mundo para salvar a los pecadores. Pero una religión débil y vacilante deja al mundo confuso y desorientado (Alza tus ojos, p. 151).

La gloria de Dios es su carácter santo, y Cristo oró para que esa misma gloria les sea dada a sus seguidores aquí en la tierra. Escuchemos la petición que él le hace al Padre en favor de ellos: [se cita  Juan 17:17-26].

Este pedido de Cristo no tiene límite de tiempo para su cumpli­miento. El desea que sus seguidores revelen al mundo su espíritu de unidad y amor. Pero antes de que exista esa unidad entre ellos, debe ocurrir una genuina renovación del corazón por una vital conexión con Dios, a fin de que el carácter sea transformado a su divina similitud.

Aunque cada uno es responsable por la parte que le toca actuar, nadie “vive para sí”. Dios desea que la unidad de su pueblo impresione al mundo pecador, e incluso que revele a las inteligencias celestiales que Cristo no ha muerto en vano. “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia” (1 Pedro 1:9, 10). El principio santo y puro del amor distingue a los cristianos de los mundanos. Al separamos del mundo, llegamos a ser representantes de la bondad, el amor y la misericordia de Dios; nos transformamos en un espectáculo para el mundo, para los ángeles y para los hombres (Review and Herald, 3 de noviembre, 1896).

 

Lunes 12 de agosto - Ilustraciones de unidad en el Nuevo Testamento

Los lazos de unidad que unen a un miembro de la iglesia con los demás, deben ser tan firmes y armoniosos como los que unen las diver­sas partes del cuerpo humano. Las manos, los pies y la cabeza están tan unidos y dependientes entre sí, que ninguno de ellos puede vivir o actuar independientemente de los otros. En el cuerpo de Cristo, los miembros se mantienen unidos porque el Espíritu y la vida de Cristo los hace vivir y florecer. “Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no perma­necéis en mí” (Juan 15:4). El apóstol escribe: “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo” (Gálatas 6:2) (Manuscript Releases, tomo 19, p. 370).

Cristo oró por sus discípulos: “Para que todos sean uno, como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti. Que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste” (Juan 17:21). La unidad de los creyentes debe ser, para el mundo, la evidencia de la divinidad de Cristo mostrada en su poder y su misión; debe ser el mayor argumento para convencerlos de que Cristo es el Hijo de Dios, el Redentor de la humanidad caída. El amor entre los creyentes debe ser similar al que existe entre el Padre y el Hijo, y al existir en el alma será una evidencia de que el Espíritu está morando en ella. Amaremos a Dios y amaremos a nuestros prójimos como a nosotros mismos. Es la falta de ese amor lo que lleva a miles a transgredir la ley. La orden de Cristo es: “Que os améis unos a otros; como yo os he amado”; pero no podemos tener este amor a menos que Jesús esté morando en nuestro corazón por la fe. La unidad y el amor se revelarán en la vida diaria en la medida en que el Espíritu Santo esté morando en nosotros...

La iglesia está formada por personas con diferentes temperamentos y actitudes; han llegado de diversas denominaciones; el cincel de la ver­dad las ha separado de la cantera del mundo y las ha traído a la iglesia de Cristo. Ahora deben ser unidas entre ellas por el Espíritu de Dios. Y cuando el amor de Cristo more en el corazón de los miembros de la iglesia, habrá unidad entre los hermanos. Debemos cerrar la puerta del corazón a cualquier idea que tienda a quebrar la armonía entre nosotros (Signs of the Times, 13 de abril, 1891).

 

Martes 13 de agostov- Elementos de unidad: nuestra misión y mensaje

Profesamos ser depositarios de la ley de Dios; aseveramos tener mayor luz, y procuramos una norma más alta que la de cualquiera de los otros pueblos de esta tierra; por lo tanto debemos manifestar mayor perfección de carácter y más fervorosa devoción. Un mensaje muy solemne ha sido confiado a los que han recibido la luz de la verdad presente. Nuestra luz debe resplandecer para iluminar la senda de los que están en tinieblas. Como miembros de la iglesia visible y obreros en la viña del Señor, todos los que profesan el cristianismo deben hacer cuanto pueden para conservar la paz, la armonía y el amor en la igle­sia. Tomemos nota de la oración de Cristo: “Para que todos sean una cosa; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean en nosotros una cosa: para que el mundo crea que tú me enviaste” (Juan 17:21). La unidad de la iglesia es la evidencia convincente de que Dios ha enviado al mundo a Jesús como su Redentor. Este es un argumento que los mundanos no pueden controvertir. Por lo tanto, Satanás está obrando constantemente para impedir esta unión y armonía, a fin de que los incrédulos, al presenciar la apostasía, la disensión y la contienda entre los que profesan ser cristianos, se disgusten con la religión y sean confirmados en su impenitencia. Dios queda deshonrado por aquellos que profesan la verdad, mientras están en divergencia y enemistad unos con otros. Satanás es el gran acusador de los hermanos y todos los que participan de esta obra se hallan alistados en su servicio (Joyas de los testimonios, p. 263).

El argumento más convincente que podemos dar al mundo acerca de la misión de Cristo, es que se nos encuentre en perfecta unidad. Y esa unidad que existe entre el Padre y el Hijo debe manifestarse entre todos los que creen la verdad; entre todos los que, mediante el poder de Dios, ofrecen una obediencia implícita a su Palabra. Si todos se consagran plenamente al Señor, y mediante la santificación de la verdad viven en perfecta unidad, ¡qué poder convincente acompañará la proclamación de la verdad! Es triste ver que tantas iglesias representen mal la influen­cia santificadora de la verdad, al no mostrar la gracia salvadora que los haría estar unidos como lo están el Padre y el Hijo. Si todos revelaran la unidad y el amor que debiera existir entre los hermanos, el Espíritu Santo manifestaría su poder en salvar a las almas. Deberemos dar cuenta a Dios por las almas bajo nuestro cuidado; esa es nuestra mayor tarea, y debiéramos con todo fervor pedir sabiduría de lo alto a fin de saber cómo realizarla con el mayor éxito. Y esa obra será más efectiva si trabajamos en perfecta armonía bajo la dirección del Espíritu Santo. No permitamos que la falta de unidad debilite la causa de Dios (Bible Training School, 1º de febrero, 1906).

Los que han aceptado la verdad del mensaje del tercer ángel se han de mantener firmes por la fe; y ésta los retendrá para que no sean llevados a las supersticiones y las teorías que los separarían entre sí y de Dios. Nuestra recepción de la verdad que tenemos como adventistas del séptimo día no fue una experiencia casual. Se la alcanzó mediante la oración ferviente y el estudio diligente de la Palabra inspirada. El Señor quiere que andemos y trabajemos en perfecta unidad. El nombre de Cristo debe ser nuestro emblema; su ejemplo, nuestra tarjeta de presen­tación; los principios de su Palabra, el fundamento de nuestra piedad; la unidad en el Espíritu, nuestra fuerza. Satanás intentará crear diferencias de opinión entre nosotros y hacemos desconfiar de los demás, a fin de ser guiados por un espíritu que no es de Dios, y traer desunión y desa­fecto. Pero la oración de Cristo, de que seamos uno como él y el Padre son uno, debiera ser cumplida en la iglesia en estos últimos días. La unidad entre nosotros es la credencial que nos habilita para representar en el mundo a Aquel que vino para mostrar los principios del cielo (Review and Herald, 19 de agosto, 1909).

 

Miércoles 14 de agosto - La organización de la iglesia: estructura para la unidad

Algunos han presentado el pensamiento de que, a medida que nos acerquemos al fin del tiempo, todo hijo de Dios actuará independien­temente de toda organización religiosa. Pero he sido instruida por el Señor de que en esta obra no existe una cosa tal como que cada hombre sea independiente. Las estrellas están todas gobernadas por leyes; cada una influye a las otras para hacer la voluntad de Dios, rindiendo su común obediencia a la ley que gobierna su acción. Y para que la obra de Dios pueda avanzar en forma sana y sólida, su pueblo debe avanzar unidamente.

Los movimientos espasmódicos, caprichosos, de algunos que pre­tenden ser cristianos, están bien representados por la obra de caballos fuertes pero no amaestrados. Cuando uno tira hacia adelante, el otro tira hacia atrás; y a la voz de su amo, unos tiran hacia adelante, y otros se quedan inmóviles. Si los hombres no se mueven en concierto en la gran­diosa obra para este tiempo, habrá confusión. No es una buena señal cuando los hombres rehúsan unirse con sus hermanos y prefieren actuar solos. En lugar de aislarse, actúen en armonía con sus colaboradores. A menos que hagan esto, su actividad obrará a destiempo y de una manera errónea. Obrarán a menudo en contra de lo que Dios hubiera hecho, y así su trabajo es peor que si se hubiera malgastado (Testimonios para los ministros, pp. 497, 498).

No obstante el hecho de que Pablo era enseñado personalmente por Dios, no tenía ideas exageradas de la responsabilidad personal. Aunque esperaba que Dios lo guiara directamente, estaba siempre listo a reconocer la autoridad impartida al cuerpo de creyentes unidos como iglesia. Sentía la necesidad de consejo; y cuando se levantaban asuntos de importancia, se complacía en presentarlos a la iglesia, y se unía con sus hermanos para buscar a Dios en procura de sabiduría para hacer decisiones correctas. Aun “los espíritus de los profetas -decía- sujetos están a los profetas: porque Dios no es Dios de confusión, sino de paz, como sucede en todas las iglesias de los santos” (1 Corintios 14:32, 33, V.M.). Con Pedro, enseñaba que todos los que están unidos como miembros de iglesia deben estar “sumisos unos a otros” (1 Pedro 5:5) (Los hechos de los apóstoles, p. 163).

Cuando Cristo nos atrae hacia él, quedamos escondidos con él en Dios, y mostramos al mundo que Dios nos ama así como ama a su Hijo. Nos imparte su Espíritu para que la verdad, con su influencia y poder divinos, tome posesión de nosotros, a fin de que todos los creyentes estén en unidad armoniosa; cada uno trabajando en la forma correcta; cada uno ocupando su debido lugar, para ayudar a levantar la cruz del Calvario.

Esa es la unidad que Dios requiere en su servicio. Cuando el pueblo de Dios se une, las barreras del egoísmo desaparecen como por arte de magia, y muchas más almas se unen debido a la unidad que ellas ven que existe entre los creyentes. Aquellos que han estado construyendo vallas territoriales de distinción; barreras de casta y de color, es mejor que las echen abajo más rápido de lo que les ha llevado construirlas.

Aquellos en cuyo corazón mora Cristo, reconocen el corazón de sus hermanos en los que también habita Cristo. Y Cristo nunca pelea contra Cristo; Cristo nunca ejerce una influencia negativa contra Cristo. Los cristianos deben hacer su tarea en la unidad del Espíritu. La iglesia deber ser purificada, refinada, ennoblecida; sus miembros deben expul­sar de sus corazones todos los ídolos que no les permiten avanzar en su espiritualidad. Por la influencia del Espíritu de Dios, los discordantes deben buscar la armonía, y el amor abnegado será lo que unirá al pue­blo de Dios con lazos firmes y tiernos. Hay un gran poder en la iglesia cuando las energías, que provienen de diversas fuentes, son usadas por cada miembro, bajo el control del Espíritu, y utilizadas para educarse, entrenarse y disciplinarse a sí mismos. Entonces podrán presentarse a Dios como una organización poderosa para trabajar por la conversión de los pecadores. De esta manera el cielo y la tierra se conectan y las agencias divinas colaboran con los instrumentos humanos (Signs of the Times, 7 de febrero, 1900).

 

Jueves 15 de agosto - Alcanzar la unidad

Puesto que los hijos de Dios son uno en Cristo, ¿cómo considera Jesús las castas, las distinciones sociales, el apartamiento del hombre de sus prójimos, debido al color, la raza, la posición, la riqueza, la cuna, o las prendas personales? El secreto de la unidad se halla en la igual­dad de los creyentes en Cristo. La razón de toda división, discordia y diferencia se halla en la separación de Cristo. Cristo es el centro hacia el cual todos debieran ser atraídos, pues mientras más nos acercamos al centro, más estrechamente nos uniremos en sentimientos, simpatía, amor, crecimiento en el carácter e imagen de Jesús. En Dios no hay acepción de personas (Mensajes selectos, tomo 1, p. 304).

Avanzad juntos, es el mandato que oigo del Capitán de nuestra salvación.

Avanzad juntos. Cuando hay unidad, hay fuerza. Todos los que están del lado del Señor avanzarán juntos. Hay necesidad de perfecta unidad y amor entre los creyentes en la verdad, y todo lo que conduzca a la disensión es del diablo. El Señor se propone que su pueblo sea uno con él, como las ramas son una con la vid. Entonces serán uno el uno con el otro (Mensajes selectos, tomo 3, p. 402).

Nuestra gran necesidad es la unidad; una perfecta unidad en la obra de Dios. Estamos cerca del fin de la historia de esta tierra, y Dios nos llama a elevar el estandarte con la inscripción: “Aquí están los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús”. Él nos llama a trabajar en armonía, los médicos con los ministros y los ministros con los médicos. Le pide a la iglesia que avance la obra de reforma en su territorio, y que permita que los obreros entrenados y experimentados lo hagan en nuevos campos de labor. No deben existir palabras que desanimen a nadie, pues eso entristece el corazón de Cristo y agrada al adversario. Todos necesitan ser bautizados del Espíritu para refrenarse de la crítica, y necesitan acercarse a Cristo para apreciar las pesadas responsabilidades de los que trabajan para él. “Avanzad juntos, avanzad juntos” son las palabras de nuestro divino Instructor. La unión hace la fuerza; la división trae debilidad y derrota (Pacific Union Recorder, 13 de febrero, 1902).