Notas de Elena G. de White

Lección 6
10 de Agosto de 2013

Confesión y arrepentimiento:condiciones para el
reavivamiento

Sábado 3 de agosto

Muchos se confunden en cuanto a lo que constituye los primeros pasos en la obra de la salvación. Se piensa que el arrepentimiento es una obra que debe hacer por sí mismo el pecador a fin de que pueda ir a Cristo. Se piensa que el pecador por sí mismo debe procurar capacitarse para obtener la bendición de la gracia de Dios. Pero si bien es cierto que el arrepentimiento debe preceder al perdón, pues solo es aceptable ante Dios el quebrantado y contrito de corazón, sin embargo el pecador no puede producir por sí mismo el arrepentimiento ni puede prepararse para ir a Cristo. A menos que se arrepienta el pecador, no puede ser perdonado. Pero la cuestión a decidir es si el arrepentimiento es obra del pecador o es una dádiva de Cristo. ¿Debe esperar el pecador hasta que esté lleno de remordimiento por su pecado antes de que pueda ir a Cristo? El primer paso hacia Cristo se da gracias a la atracción del Espíritu de Dios. Cuando el hombre responde a esa atracción, avanza hacia Cristo a fin de arrepentirse.

Se representa al pecador como a una oveja perdida, y una oveja perdida nunca vuelve al aprisco a menos que sea buscada y llevada de vuelta al redil por el pastor. Nadie puede arrepentirse por sí mismo y hacerse digno de la bendición de la justificación. Continuamente el Señor Jesús procura impresionar la mente del pecador y atraerlo para que contemple al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. No podemos dar un paso hacia la vida espiritual a menos que Jesús atraiga y fortalezca el alma, y nos guíe para experimentar el arrepentimiento del cual nadie necesita arrepentirse.

Cuando Pedro presentó claramente ante los sacerdotes y saduceos el hecho de que el arrepentimiento es don de Dios, hablando de Cristo dijo: “A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados” (Hechos 5:31). El arrepentimiento es tanto un don de Dios como lo son el perdón y la justificación, y no se lo puede experimentar a menos que sea dado al alma por Cristo. Si somos atraídos a Cristo, es mediante su poder y virtud. La gracia de la contrición viene mediante él y de él procede la justificación (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 457, 458).

Domingo 4 de agosto: El arrepentimiento: un don de Dios

El arrepentimiento, tanto como el perdón, es el don de Dios por medio de Cristo. Mediante la influencia del Espíritu Santo somos con­vencidos de pecado y sentimos nuestra necesidad de perdón. Solo los contritos son perdonados, pero es la gracia de Dios la que hace que se arrepienta el corazón. El conoce todas nuestras debilidades y flaquezas, y nos ayudará.

Algunos que acuden a Dios mediante el arrepentimiento y la con­fesión, y creen que sus pecados han sido perdonados, no recurren, sin embargo, a las promesas de Dios como debieran. No comprenden que Jesús es un Salvador siempre presente y no están listos para confiarle la custodia de su alma, descansando en él para que perfeccione la obra de la gracia comenzada en su corazón. Al paso que piensan que se entregan a Dios, existe mucho de confianza propia. Hay almas concienzudas que confían parcialmente en Dios y parcialmente en sí mismas. No recurren a Dios para ser preservadas por su poder, sino que dependen de su vigilancia contra la tentación y de la realización de ciertos deberes para que Dios las acepte. No hay victorias en esta clase de fe. Tales personas se esfuerzan en vano. Sus almas están en un yugo continuo y no hallan descanso hasta que sus cargas son puestas a los pies de Jesús.

Se necesitan vigilancia constante y ferviente y amante devoción. Pero ellas se presentan naturalmente cuando el alma es preservada por el poder de Dios, mediante la fe. No podemos hacer nada, absoluta­mente nada para ganar el favor divino. No debemos confiar en absoluto en nosotros mismos ni en nuestras buenas obras. Sin embargo, cuando vamos a Cristo como seres falibles y pecaminosos, podemos hallar descanso en su amor. Dios acepta a cada uno que acude a él confiando plenamente en los méritos de un Salvador crucificado. El amor surge en el corazón. Puede no haber un éxtasis de sentimientos, pero hay una confianza serena y permanente. Toda carga se hace liviana, pues es fácil el yugo que impone Cristo. El deber se convierte en una delicia, y el sacrificio en un placer. La senda que antes parecía envuelta en tinieblas se hace brillante con los rayos del Sol de Justicia. Esto es caminar en la luz así como Cristo está en la luz (Fe y obras, pp. 37-39).

El Espíritu de Dios responderá al clamor de cada corazón arrepen­tido, pues el arrepentimiento es don de Dios y una evidencia de que Cristo atrae al alma hacia él. Así como no podemos arrepentimos del pecado sin Cristo, tampoco podemos ser perdonados sin Cristo. Y sin embargo es una humillación para el hombre con su pasión humana y su orgullo el ir a Jesús directamente, creyendo y confiando en él, para todo lo que necesita...

No presente nadie la idea de que el hombre tiene poco o nada que hacer en la gran obra de vencer, pues Dios no hace nada para el hombre sin su cooperación. Tampoco se diga que después de que habéis hecho todo lo que podéis de vuestra parte, Jesús os ayudará. Cristo ha dicho: “Separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5). Desde el princi­pio hasta el fin, el hombre ha de ser colaborador con Dios. A menos que el Espíritu Santo actúe sobre el corazón humano, tropezaremos y caeremos a cada paso. Los esfuerzos del hombre solo no son nada sino inutilidad, pero la cooperación con Cristo significa victoria. Por noso­tros mismos, no tenemos poder para arrepentimos del pecado. A menos que aceptemos la ayuda divina, no podemos dar el primer paso hacia el Salvador (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 446, 447).

Lunes 5 de agosto: Definición de verdadero arrepentimiento

“Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse” (2 Corintios 7:10). El verdadero arrepentimiento nunca se confunde, porque produce frutos que testifican que es genuino. Esos frutos se ven en las palabras y en las acciones del verdadero penitente. Sus oraciones se elevarán cons­tantemente pidiendo nuevas medidas de gracia, fortaleza, eficiencia y poder del Espíritu Santo, para alcanzar mayores logros en santidad, gozo y paz. Nunca olvidará que todo lo que logre se lo debe al Salvador. Tendrá un profundo sentimiento de humillación y contrición en su cora­zón; el yo será subyugado y Cristo será exaltado (Review and Herald, 8 de febrero, 1906).

A menudo nos apenamos porque nuestras malas acciones nos pro­ducen consecuencias desagradables. Pero esto no es arrepentimiento. El verdadero pesar por el pecado es resultado de la obra del Espíritu Santo. El Espíritu revela la ingratitud del corazón que ha despreciado y agra­viado al Salvador, y nos trae contritos al pie de la cruz. Cada pecado vuelve a herir a Jesús; y al mirar a Aquel a quien hemos traspasado, llo­ramos por los pecados que le produjeron angustia. Una tristeza tal nos inducirá a renunciar al pecado (El Deseado de todas las gentes, p. 267).

Las palabras del apóstol debieran llegar con fuerza a nuestra mente: “Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte. Porque he aquí, esto mismo de que hayáis sido con­tristados según Dios, ¡qué solicitud produjo en vosotros, qué defensa, qué indignación, qué temor, qué ardiente afecto, qué celo, y qué vindi­cación!” (2 Corintios 7:10, 11). Esto es arrepentimiento genuino; lleva a una transformación en la vida. Es la falta de verdadera tristeza por el pecado lo que lleva a conversiones superficiales, sin reformas reales en la vida. En cambio, cuando el pecado es visto en su verdadero carácter a la luz de la ley de Dios, el pecado será expulsado del corazón y la vida.

La tristeza por el pecado trae al alma penitente junto a Jesús, donde puede rogar por el perdón y la gracia para vencer. Su entendimiento oscurecido puede ser iluminado y su corazón de piedra transformado en un corazón de carne. Su rebeldía es subyugada y su voluntad rendida a la voluntad de Dios (Review and Herald, 8 de junio, 1911).

Ningún amor profundo por Jesús puede morar en el corazón de aquellos que no ven ni comprenden su propia pecaminosidad. El alma que es transformada por la gracia, admirará su carácter divino; pero si no vemos nuestra propia deformidad moral, es una evidencia inequí­voca de que no hemos tenido una visión de la belleza y excelencia de Cristo. Cuanto menos cosas de estima veamos en nosotros mismos, tanto más veremos para apreciar en la infinita pureza y amor de nuestro Salvador. Una visión de nuestra propia pecaminosidad nos conduce hacia Aquel que puede perdonar (Dios nos cuida, p. 101).

Martes 6 de agosto: Verdadero arrepentimiento y confesión

Dios no acepta la confesión sin sincero arrepentimiento y reforma. Debe haber un cambio decidido en la vida; toda cosa que sea ofensiva a Dios debe dejarse. Esto será el resultado de una verdadera tristeza por el pecado...

Cuando el pecado ha amortiguado la percepción moral, el injusto no discierne los defectos de su carácter, ni comprende la enormidad del mal que ha cometido y, a menos que ceda al poder convincente del Espíritu Santo, permanecerá parcialmente ciego sin percibir su pecado. Sus confesiones no son sinceras ni de corazón. Cada vez que reconoce su maldad trata de excusar su conducta declarando que si no hubiese sido por ciertas circunstancias, no habría hecho esto o aquello, de lo que se lo reprueba...

Los ejemplos de arrepentimiento y humillación genuinos que da la Palabra de Dios revelan un espíritu de confesión sin excusa por el pecado, ni intento de justificación propia...

El corazón humilde y quebrantado, enternecido por el arrepen­timiento genuino, apreciará algo del amor de Dios y del costo del Calvario; y como el hijo se confiesa a un padre amoroso, así presentará el que esté verdaderamente arrepentido todos sus pecados delante de Dios. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar­nos nuestros pecados, y limpiamos de toda maldad” (1 Juan 1: 9) (El camino a Cristo, pp. 39-41).

Llegará el día cuando se promulgará la espantosa denuncia de la ira de Dios sobre todos los que han persistido en su deslealtad para con él. Será entonces cuando Dios deberá hablar y hacer cosas terribles en justicia contra los transgresores de su ley. Pero no necesita hallarse entre aquellos que caerán bajo la ira de Dios. Ahora es el día de su salvación. La luz de la cruz del Calvario resplandece ahora en rayos claros y brillantes, que revelan a Jesús como nuestro sacrificio por el pecado. Mientras lea las promesas que le he presentado, recuerde que son la expresión de un amor y una compasión inefables. El gran corazón lleno de un amor infinito se siente atraído hacia el pecador con compasión ilimitada. “Tenemos redención por su sangre, la remisión de pecados” (Efesios 1:7.) Sí, crea tan solo que Dios es su auxiliador. Quiere restaurar en el hombre su imagen moral. En la medida en que usted se acerque a él con confesión y arrepentimiento, él se acercará a usted con misericordia y perdón. Todo lo debemos al Señor. Es el Autor de nuestra salvación. Mientras obra su propia salvación con temor y temblor, “Dios es el que en vosotros obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:13) (Testimonios para la iglesia, tomo 5, p. 597).

 

Miércoles 7 de agosto: Contraste entre verdadero y falso arrepentimiento

El formalismo, la hipocresía y el egoísmo están interfiriendo entre los intereses santos y sagrados de las diversas ramas de la obra. Hay fre­cuentes manifestaciones de un espíritu camal y mundano y de un espí­ritu egoísta e incrédulo que no permite controlar el carácter. Mi espíritu gime y se acongoja por tales manifestaciones. El falso arrepentimiento solo produce una reforma exterior. El verdadero arrepentimiento trae un cambio del corazón; un abandono universal de todo lo que obstruye nuestro camino hacia Dios. No podemos avanzar un solo paso en el progreso espiritual sin recibir gracia, fortaleza y suficiencia de parte de la Fuente que las ofrece. Sin embargo, ¡cuán poco apreciamos esas oportunidades y privilegios! ¡Cuán a menudo deshonramos al Señor con nuestros métodos y planes, y provocamos que su santa influencia nos abandone!

Después de actuar equivocadamente, el falso arrepentimiento puede expresarse por el temor o la persuasión. En cambio, el verdadero arrepentimiento revela una mente humilde que se acerca a Dios con una confianza santificada y una decisión de mantenerse en lo correcto, lista a escuchar la voz de Dios y a obedecer sus llamados de advertencia. Hay muchos que al principio parecen arrepentirse y vindicar la verdad y la santidad, y sin embargo fracasan; ¿Por qué? Porque el amor a la ala­banza de los hombres es mayor que el deseo de ser aprobados por Dios. Abandonan la luz, y hacen exactamente lo contrario, pensando que es mejor seguir la sabiduría humana. Si la Palabra de Dios fuera nuestra comida para el alma, tendríamos un celo piadoso, nos trataríamos con deferencia y respeto, y no haría falta repetir tantos testimonios de per­dón por lo que se ha dicho o hecho (Ellen G. White 1888 Materials, pp. 1625, 1626).

Dios requiere que confesemos nuestros pecados y humillemos nuestro corazón ante él. Pero al mismo tiempo debiéramos tenerle con­fianza como a un Padre tierno que no abandonará a los que ponen su confianza en él. Muchos de nosotros caminamos por vista y no por fe. Creemos en las cosas que se ven, pero no apreciamos las preciosas pro­mesas que se nos dan en la Palabra de Dios. Sin embargo, no podemos deshonrar a Dios más decididamente que mostrando que desconfiamos de lo que él dice, y poniendo en duda si el Señor nos habla de verdad o nos está engañando.

Dios no nos abandona por causa de nuestros pecados. Quizás hayamos cometido errores y contristado a su Espíritu, pero cuando nos arrepentimos y acudimos a él con corazón contrito, no nos desdeña. Hay estorbos que deben ser removidos. Se han fomentado sentimientos equivocados y ha habido orgullo, suficiencia propia, impaciencia y murmuraciones. Todo esto nos separa de Dios. Deben confesarse los pecados: debe haber una obra más profunda de la gracia en el corazón. Los que se sienten débiles y desanimados deben llegar a ser hombres fuertes en Dios y deben hacer una noble obra para el Maestro. Pero deben proceder con altura; no deben ser influidos por motivos egoístas (Fe y obras, pp. 34, 35).

Algunos de los que acuden a Dios por el arrepentimiento y la con­fesión, y hasta creen que sus pecados están perdonados, no se aferran como debieran a las promesas de Dios. No ven que Jesús es un Salvador siempre presente; y no están dispuestos a confiarle la custodia de sus almas, seguros de que él perfeccionará la obra de gracia iniciada en su corazón. Aunque piensan que están confiando a Dios, dependen mucho de sí mismos. Son almas concienzudas que confían parcialmente en Dios y parcialmente en sí mismas. No miran a Dios, para ser guardados por su poder, sino que dependen de la vigilancia contra la tentación y del cumplimiento de ciertos deberes para ser aceptados por él. No hay victorias en esta clase de fe. Las tales personas trabajan inútilmente; sus almas están en servidumbre continua, y no hallarán descanso hasta que pongan sus cargas a los pies de Jesús (Joyas de los testimonios, tomo 2, p. 95).

Jueves 8 de agosto: El poder sanador de la confesión

El amor que Cristo infunde en todo nuestro ser es un poder vivifi­cante. Da salud a cada una de las partes vitales: el cerebro, el corazón y los nervios. Por su medio las energías más potentes de nuestro ser despiertan y entran en actividad. Libra al alma de culpa y tristeza, de la ansiedad y congoja que agotan las fuerzas de la vida. Con él vienen la serenidad y la calma. Implanta en el alma un gozo que nada en la tierra puede destruir: el gozo que hay en el Espíritu Santo, un gozo que da salud y vida.

Las palabras de nuestro Salvador: “Venid a mí... que yo os haré descansar” (Mateo 11:28), son una receta para curar las enfermeda­des físicas, mentales y espirituales. A pesar de que por su mal proceder los hombres han atraído el dolor sobre sí mismos, Cristo se compadece de ellos. En él pueden encontrar ayuda. Hará cosas grandes en beneficio de quienes en él confíen...

Si los seres humanos abriesen hacia el cielo las ventanas del alma, para apreciar los dones divinos, un raudal de virtud curativa la inundaría (El ministerio de curación, pp. 78, 79).

“Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho” (Santiago 5:16). Si se prestara atención a estas palabras inspiradas, trae­ría tales resultados como los que declara el apóstol Pedro: “Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros, entraña­blemente, de corazón puro” (1 Pedro 1:22).

Todos somos falibles, todos cometemos errores y caemos en el pecado; pero si el que obra mal está dispuesto a ver sus errores cuando el Espíritu de Dios lo convenza de ellos, y con humildad de corazón los confiesa a Dios y a sus hermanos, entonces puede ser restaurado y las heridas del pecado pueden ser sanadas. Si se actuara de esta manera, habría mucho más amor fraternal en la iglesia y los corazones latirían al unísono con otros corazones (Review and Herald, 16 de diciembre, 1890).

Cuando se recibe el evangelio en su pureza y con todo su poder, es un remedio para las enfermedades originadas por el pecado. Sale el Sol de justicia, “trayendo salud eterna en sus alas” (Malaquías 4: 2, V. M.). Todo lo que el mundo proporciona no puede sanar al corazón quebran­tado, ni dar la paz al espíritu, ni disipar las inquietudes, ni desterrar la enfermedad. La fama, el genio y el talento son impotentes para alegrar el corazón entristecido o restaurar la vida malgastada. La vida de Dios en el alma es la única esperanza del hombre...

Este mundo es un vasto lazareto, pero Cristo vino para sanar a los enfermos y proclamar liberación a los cautivos de Satanás. Él era en sí mismo la salud y la fuerza. Impartía vida a los enfermos, a los afligidos, a los poseídos de los demonios. No rechazaba a ninguno que viniese para recibir su poder sanador. Sabía que aquellos que le pedían ayuda habían atraído la enfermedad sobre sí mismos; sin embargo no se nega­ba a sanarlos. Y cuando la virtud de Cristo penetraba en estas pobres almas, quedaban convencidas de pecado, y muchos eran sanados de su enfermedad espiritual tanto como de sus dolencias físicas. El evangelio posee todavía el mismo poder, y ¿por qué no habríamos de presenciar hoy los mismos resultados? (Consejos sobre la salud, pp. 29, 309).