Notas de Elena G. de White

Lección 4
27 de Julio de 2013

Testimonio y servicio: frutos del reavivamiento

Sábado 20 de julio

A los creyentes de la iglesia apostólica se les dio un precioso legado: debían ser los ejecutores del testamento dejado por Cristo, ofreciendo al mundo su tesoro de vida eterna. Debía predicarse en su nombre el arrepentimiento y la remisión de pecados, en todas las nacio­nes, comenzando en Jerusalén. Y ellos fueron fieles a su cometido. Una vez que recibieron el poder de lo alto, salieron resueltos a confesar su fe en un Salvador resucitado, y muchos de los que habían de ser salvos fueron añadidos a la iglesia.

Más adelante, cuando los creyentes fueron dispersados por la persecución, salieron llenos de celo misionero. Las últimas palabras del Salvador, comisionándolos a ir a todas las naciones, resonaban constantemente en sus oídos. Comprendían su responsabilidad; sabían que tenían en sus manos el pan de vida para un mundo hambriento, y constreñidos por el amor a Cristo salieron a repartir ese pan a todos los necesitados de él. Doquiera que iban, los enfermos eran sanados y a los pobres se les predicaba el evangelio.

En la comisión dada a los primeros discípulos, los creyentes de todas las épocas han recibido el mismo cometido. Cada creyente debe ser un ejecutor del testamento del Salvador; debe impartir la sagrada verdad al mundo. En cada generación los fieles de Dios han sido misio­neros fervientes que han consagrado todos sus recursos y talentos para honrar su nombre.

Las labores del pueblo de Dios en el pasado son una lección objetiva y una inspiración para los creyentes de la actualidad, quienes deben ser celosos en buenas obras, siguiendo en los pasos del humilde Nazareno que siempre andaba haciendo bienes. Dejando de lado la ambición mundana, el egoísmo y el orgullo, buscarán honrar a Dios y avanzar su causa en el mundo. Servirán con simpatía y compasión a los que están en necesidad y aliviarán las cargas de la sufriente humanidad. Esta labor de practicar el evangelio en la vida de los demás y cumplir así la comisión dada por Cristo, traerá grandes recompensas, porque las almas que perecen no pueden resistirse al amor de Cristo (Review and Herald, 24 de marzo, 1910).

Domingo 21 de julio
La comisión y la promesa de Jesús al partir

Aun cuando una iglesia esté compuesta de personas pobres, faltas de cultura y desconocidas, sin embargo, si son miembros creyentes y que oran, se sentirá su influencia en el tiempo y en la eternidad. Si avanzan con fe sencilla, dependiendo de las promesas de la Palabra de Dios, pueden realizar un gran bien. Si hacen que brille su luz, Cristo se glorifica en ellas y se promueven los intereses de su reino. Si tienen un sentido de responsabilidad individual ante Dios, buscarán las oportuni­dades de trabajar y brillarán como luces en el mundo. Serán ejemplos de sinceridad y de fervor celoso al realizar el plan de Dios para la salvación de las almas. Si los pobres, los que no tienen instrucción, se deciden, pueden convertirse en estudiantes en la escuela de Cristo, y él les ense­ñará verdadera sabiduría. La vida de humildad, la confianza semejante a la de un niño, la verdadera piedad, la verdadera religión, serán efectivas en su influencia sobre otros. Las personas que tienen una elevada cul­tura están propensas a depender más de su conocimiento libresco que de Dios. Con frecuencia, no buscan un conocimiento de los caminos de Dios, luchando fervientemente con él en oración secreta, aferrándose por fe de las promesas de Dios. Los que han recibido la unción celestial, avanzarán con un espíritu semejante al de Cristo, buscando la oportuni­dad de entrar en conversación con otros y revelarles el conocimiento de Dios y de Jesucristo a quien él ha enviado, y cuyo conocimiento es vida eterna. Llegarán a ser epístolas vivientes que revelen la Luz del mundo a la humanidad (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 310, 311).

[Se cita Mateo 28:16-20] Estas palabras de despedida del Salvador a sus discípulos debieran animar a cada servidor de Dios hasta el fin del tiempo. ¿Qué mayor seguridad necesitamos que la promesa que él nos hace de que mientras estemos instruyendo a otros, él nos ins­truirá a nosotros? Los que trabajan para Dios encontrarán circunstancias desanimadoras, pero siempre deben recordar la promesa: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. A quienes digan: “Creo en esa promesa; no me desanimaré ni abandonaré la obra”, Dios les dará una maravillosa experiencia.

El Señor tiene una obra que hacer, tanto para las mujeres como para los hombres. Pueden cumplir una buena obra para Dios si primero se alistan en la escuela de Cristo para aprender su mansedumbre y su espíritu. Deben aprender a andar como él anduvo y purificar sus almas de todo lo que corrompe. Entonces serán capaces de beneficiar a otros presentándoles los méritos y la suficiencia de Jesús...

Los que predican la Palabra no son los únicos que tienen la res­ponsabilidad de buscar y salvar a los pecadores; a todos se les ha dado esa tarea. Las palabras: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” están dichas para cada seguidor de Cristo. Todos los que están ordenados por Cristo, están ordenados para trabajar por la salvación de sus prójimos, con el mismo fervor que él manifestó por los perdidos. No todos ocuparán el mismo lugar, pero todos tendrán un lugar para trabajar. Todos son llamados a servir y a dedicar cada talento para hacer avanzar su reino (North Pacific Union Gleaner, 4 de diciembre, 1907).

Lunes 22 de julio:
Recibir la promesa

En la obra que se hizo en el día de Pentecostés, podemos ver lo que se hará mediante el ejercicio de la fe. Los que creían en Cristo fueron sellados por el Espíritu Santo. Cuando los discípulos estaban reunidos, “vino... un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos”. Y Pedro se levantó entre ellos y habló con gran poder. Entre los que le escuchaban había judíos piadosos que eran sinceros en su creencia. Pero el poder que acompañaba las palabras del orador los convenció de que ciertamente Cristo era el Mesías. ¡Qué obra portentosa se realizó! Se convirtieron tres mil en un día.

La semilla había sido sembrada por el más grande Maestro que el mundo jamás había conocido. Durante tres años y medio el Hijo de Dios había vivido en la tierra de Judea proclamando el mensaje del evangelio de verdad y haciendo señales y prodigios insospechados. La semilla había sido sembrada, y después de la ascensión de Cristo se recogió la cosecha. Por un sermón en el día de Pentecostés se con­virtieron más que los que se habían convertido durante todos los años de ministerio de Cristo. De esta prodigiosa manera obrará Dios cuando los hombres se entreguen al dominio del Espíritu (Comentario bíblico adventista, tomo 6, p. 1055).

Si deseamos estar en la debida posición delante de Dios, su luz nos alumbrará con rayos claros y potentes. Esta fue la experiencia de los primeros discípulos: “Cuando llegó el día de Pentecostés, esta­ban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hechos 2:1-4). Dios también está dispuesto a darnos la misma bendición, siempre que tengamos real interés en ella.

El Señor no cerró los depósitos celestiales después de haber derra­mado su Espíritu sobre los primeros discípulos. También nosotros podemos recibir la plenitud de su bendición. El cielo está lleno de los tesoros de su gracia, y los que con fe se acercan a Dios pueden recla­mar todo lo que él ha prometido. Si no contamos con su poder es por la indiferencia, el letargo espiritual y nuestra indolencia. Abandonemos la mortal formalidad (Recibiréis poder, p. 25).

Martes 23 de julio:
El poder del testimonio personal

[Se cita Malaquías 2:1, 2] El Señor exige de todos los que profesan ser su pueblo mucho más de lo que le damos. Espera que los creyentes en Cristo Jesús revelen al mundo, en palabras y hechos, el cristianismo que fue ejemplificado en la vida y el carácter del Redentor. Si la Palabra de Dios es atesorada en su corazón, darán una demostración práctica del poder y la pureza del evangelio. El testimonio que así se demuestre al mundo es de mucho más valor que los sermones o profesiones de piedad que no revelan buenas obras. Recuerden los que mencionan el nombre de Cristo, que individualmente están haciendo una impresión favorable o desfavorable de la religión de la Biblia en la mente de todos aquellos con quienes se relacionen (Comentario bíblico adventista, tomo 4, p. 1202).

Todos los que reciben el mensaje del evangelio en su corazón anhelarán proclamarlo. El amor de Cristo ha de expresarse. Aquellos que se han vestido de Cristo relatarán su experiencia, reproduciendo paso a paso la conducción del Espíritu Santo: su hambre y sed por el conocimiento de Dios y de Cristo Jesús, a quien él ha enviado; el resultado de escudriñar las Escrituras; sus oraciones, la agonía de su alma, y las palabras de Cristo a ellos dirigidas, “Tus pecados te son perdonados”. No es natural que alguien mantenga secretas estas cosas, y aquellos que están llenos del amor de Cristo no lo harán. Su deseo de que otros reciban las mismas bendiciones estará en proporción con el grado en que el Señor los haya hecho depositarios de la verdad sagrada. Y a medida que hagan conocer los ricos tesoros de la gracia de Dios, les será impartida cada vez más la gracia de Cristo. Tendrán el corazón de un niño en lo que se refiere a su sencillez y obediencia sin reservas. Sus almas suspirarán por la santidad, y cada vez les serán revelados más tesoros de verdad y de gracia para ser transmitidos al mundo (Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 95, 96).

Un cristiano viviente tendrá un testimonio viviente que dar. Si habéis estado siguiendo a Jesús paso a paso, tendréis algo definido que relatar en cuanto a la forma en que os ha conducido. Podréis decir cómo probasteis su promesa, y describisteis que era verdadera. Podéis señalar los puntos culminantes de vuestra experiencia, sin retroceder muchos años en el pasado. Quién nos diera que pudiéramos escuchar más a menudo los sencillos y vivientes testimonios referentes a conflictos del corazón y a victorias (La maravillosa gracia de Dios, p. 227).

Cuando estamos unidos con Cristo, tenemos la mente de Cristo. La pureza y el amor brillan en el carácter, la humildad y la verdad rigen la vida. La misma expresión del rostro es cambiada. Cristo, que habita en el alma, ejerce un poder transformador, y el aspecto externo da testi­monio de la paz y del gozo que reinan en lo interior. Bebemos del amor de Cristo así como la rama obtiene su alimento de la vid. Si estamos injertados en Cristo, si fibra tras fibra hemos sido unidos con la Vid viviente, daremos evidencias de ese hecho dando ricos racimos de fruto viviente. Si estamos conectados con la Luz, seremos conductos de luz y reflejaremos la luz al mundo en nuestras palabras y obras. Los que son verdaderamente cristianos están unidos con la cadena de amor que une a la tierra con el cielo, que une al hombre finito con el Dios infinito. La luz que brilla en el rostro de Jesús brilla en el corazón de sus seguidores para la gloria de Dios (Mensajes selectos, tomo 1, p. 396).

Miércoles 24 de julio:
Una fe que testifica es una fe creciente

¿No debieran quienes recibieron la luz de la verdad para este tiem­po colocarse en estrecha conexión con Dios, usando sus capacidades para hacer avanzar la obra de salvar almas? ¿No debiera quien com­prende las Escrituras, impartir el conocimiento que le fue dado, a los que no conocen la verdad?

Sobre cada creyente en la verdad presente descansa la responsa­bilidad de trabajar por los pecadores. Dios les señala su obra especial: proclamar el mensaje del tercer ángel. Deben mostrar su aprecio por el gran Don de Dios, consagrándose a la obra por la cual Cristo dio su vida. Deben ser mayordomos de la gracia de Dios, ministrando a otros las bendiciones que les fueron otorgadas.

Quién ha encontrado consuelo en la Palabra de Dios debe com­partirlo con otros. Solamente así podrá continuar recibiendo consuelo (Alza tus ojos, p. 377).

Nuestra vida no debe consistir toda en agitación, acción de fomento y planeo de las cosas del mundo, con descuido de la piedad personal y el servicio que Dios exige. Al par que no debemos ser perezosos en los negocios, hemos de ser fervientes en espíritu, sirviendo al Señor. La lámpara del alma debe ser acondicionada y debemos tener el aceite de la gracia en los recipientes de nuestras lámparas. Debe usarse de toda precaución para prevenir la decadencia espiritual, no sea que el día del Señor nos sobrecoja como ladrón (Servicio cristiano, p. 108).

Con el llamamiento de Juan, Andrés, Simón, Felipe y Natanael, empezó la fundación de la iglesia cristiana. Juan dirigió a dos de sus discípulos a Cristo. Entonces uno de éstos, Andrés, halló a su hermano, y lo llevó al Salvador. Luego Felipe fue llamado, y buscó a Natanael. Estos ejemplos deben enseñamos la importancia del esfuerzo personal, de dirigir llamamientos directos a nuestros parientes, amigos y vecinos. Hay quienes durante toda la vida han profesado conocer a Cristo, y sin embargo, no han hecho nunca un esfuerzo personal para traer siquiera un alma al Salvador. Dejan todo el trabajo al predicador. Tal vez él esté bien preparado para su vocación, pero no puede hacer lo que Dios ha dejado para los miembros de la iglesia.

Son muchos los que necesitan el ministerio de corazones cristianos amantes. Muchos han descendido a la ruina cuando podrían haber sido salvados, si sus vecinos, hombres y mujeres comunes, hubiesen hecho algún esfuerzo personal en su favor. Muchos están aguardando a que se les hable personalmente. En la familia misma, en el vecindario, en el pueblo en que vivimos, hay para nosotros trabajo que debemos hacer como misioneros de Cristo. Si somos creyentes, esta obra será nuestro deleite. Apenas se ha convertido uno cuando nace en él el deseo de dar a conocer a otros cuán precioso amigo ha hallado en Jesús. La verdad salvadora y santificadora no puede quedar encerrada en su corazón (El Deseado de todas las gentes, pp. 114, 115).

Jueves 25 de julio:
Reavivamiento, testificación e intervención divina

El espíritu misionero debe ser renovado en nuestras iglesias. Los rayos de luz y vida que Dios envía deben brillar en el mundo a través de los miembros de iglesia. Pero esto solo puede hacerse si los creyentes se acercan a Dios y viven en comunión con el Dador de la vida y la luz. La pureza y sencillez de Cristo reveladas en la vida de sus seguidores mostrará la verdadera piedad. El creyente que esté imbuido del espíritu misionero se transformará en una epístola viviente, conocida y leída de todos los hombres.

Los obreros de Dios deben estar siempre alertas para hablar las palabras adecuadas a los que están buscando la verdad; deben apro­vechar cada oportunidad que se presente para ganar almas para el Salvador.

El Espíritu Santo guiará y dirigirá a los que estén listos a ir a donde Dios los llame, y hablarán las palabras que él ponga en sus labios. Es el obrero paciente y humilde, que busca reflejar el carácter de Cristo, el que tendrá éxito en sus labores. El Maestro suplirá todas sus necesida­des y nunca lo abandonará. El ser humano más poderoso de la tierra es el que ora con sinceridad del alma, porque al hacerlo se toma del brazo del Poder infinito, lo que le da la fortaleza para oponerse al enemigo. Dios está buscando esa clase de obreros consagrados, que ven la nece­sidad de hacer trabajo evangelístico cada día, confiando en la ayuda y la fortaleza del Señor (Review and Herald, 2 de marzo, 1911).

Cuando la luz brille en el alma, algunos que parecían estar comple­tamente entregados al pecado, se pondrán a trabajar con éxito en favor de pecadores tales como eran ellos. Por medio de la fe en Cristo, habrá quienes alcancen altos puestos de servicio, y se les encomendarán res­ponsabilidades en la obra de salvar almas. Saben dónde reside su propia flaqueza, y se dan cuenta de la depravación de su naturaleza. Conocen la fuerza del pecado y el poder de un hábito vicioso. Comprenden que son incapaces de vencer sin la ayuda de Cristo, y su clamor continuo es: “A ti confío mi alma desvalida”.

Estos pueden auxiliar a otros. Quien ha sido tentado y probado, cuya esperanza casi se desvaneció, pero fue salvado por haber oído el mensaje de amor, puede entender la ciencia de salvar almas. Aquel cuyo corazón está lleno de amor por Cristo porque el Salvador le buscó y le devolvió al redil, sabe buscar al perdido. Puede encaminar a los pecadores hacia el Cordero de Dios. Se ha entregado incondicionalmen­te a Dios, y ha sido aceptado en el Amado. La mano que el débil había alargado en demanda de auxilio fue asida. Por el ministerio de tales personas, muchos hijos pródigos volverán al Padre

Para toda alma que lucha por elevarse de una vida de pecado a una vida de pureza el gran elemento de fuerza reside en el único “nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12) “Si alguno tiene sed”, de esperanza tranquila, de ser libertado de inclinaciones pecaminosas, Cristo dice: “Venga a mí, y beba” (Juan 7:37). El único remedio contra el vicio es la gracia y el poder de Cristo (El ministerio de curación, p. 134).