Notas de Elena G. de White

 Lección 3
20 de Julio de 2013

La Palabra:el fundamento del reavivamiento

Sábado 13 de julio

En la búsqueda de las verdades reveladas por el cielo, el Espíritu de Dios es puesto en íntima relación con el sincero investigador de las Escrituras. La comprensión de la voluntad revelada de Dios ensancha la mente, la expande, la eleva y la dota de nuevo vigor, poniendo sus facultades en contacto con la maravillosa verdad...

La Biblia da al verdadero investigador de la verdad una avanzada disciplina mental y él sale de la contemplación de las cosas divinas con sus facultades enriquecidas; el yo es humillado mientras Dios y su verdad revelada son exaltados. Es debido a que los hombres no se relacionan con las preciosas historias de la Biblia porque hay tanto ensalzamiento del hombre y se honra tan poco a Dios (En lugares celestiales, p. 133).

La Biblia nos enseña la completa voluntad de Dios para nosotros: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16, 17). La enseñanza de esta Palabra es exactamente lo que necesitamos en todas las circunstancias. Es la regla de fe y práctica, porque es la voz de Dios hablando al alma y dándole a los miembros de su familia toda la instrucción para mantener el corazón con toda diligencia. Si a esta Palabra se la estudia —y no solamente se la lee— nos da el conocimiento necesario para mejorar cada talento recibido de Dios y para ponerlo en su debido uso. Sus preceptos nos guían para que podamos obedecer todos los requisitos divinos (Review and Herald, 22 de agosto, 1907)

Domingo 14 de julio - Reavivados por su Palabra

David era un hombre representativo. Su historia es de interés para cada alma que se esfuerce por ganar victorias eternas. En su vida luchaban dos poderes por lograr la supremacía. La incredulidad reunió sus fuerzas y trató de eclipsar la luz que brillaba sobre él desde el trono de Dios. Día tras día continuaba la batalla en su corazón. Satanás dis­putaba cada paso de avance que daban las fuerzas de la justicia. David comprendió lo que significaba luchar contra principados y potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo. A veces parecía que el enemigo iba a ganar la victoria; pero al fin vencía la fe, y David se regocijaba en el poder salvador de Jehová.

Todo seguidor de Cristo debe pasar por la lucha por la cual pasó David. Satanás ha descendido con gran poder sabiendo que su tiempo es corto. Se libra la lucha ante la vista plena del universo celestial, y hay ángeles que están listos para levantar un estandarte contra el ene­migo, en favor de los acosados soldados de Cristo, y de poner en sus labios cantos de victoria y regocijo (Comentario bíblico adventista, tomo 3, p. 1161).

Dios eligió a David, un humilde pastor, para que gobernara su pueblo. Era estricto en todas las ceremonias relacionadas con la religión judía, y se distinguió por su intrepidez y firme confianza en Dios. Fue notable por su fidelidad y reverencia. Su firmeza, humildad, amor a la justicia y carácter decidido lo calificaron para llevar a cabo los grandes propósitos de Dios, para instruir a Israel en sus devociones, y para gobernarlos como un monarca generoso y sabio.

Su carácter religioso era sincero y ferviente. Fue cuando David era fiel a Dios y poseía estos elevados rasgos de carácter que el Señor lo llamó “hombre según el corazón de Dios”. Cuando fue elevado al trono, su comportamiento ofrecía un agudo contraste con los reyes de las demás naciones. Aborrecía la idolatría y guardaba celosamente al pueblo de Israel de ser seducido por la idolatría de las naciones circun­dantes. Era muy querido y honrado por su pueblo.

A menudo conquistó y obtuvo triunfos. Su riqueza y su grandeza fueron acrecentadas. Pero su prosperidad influyó para que se apartara de Dios. Las tentaciones a las que se vio sometido fueron muchas y grandes. Finalmente cayó en la práctica común de los reyes que estaban a su alrededor: la pluralidad de esposas; y su vida fue amargada por los malos resultados de la poligamia. Su primer error fue el de tomar más de una esposa, alejándose así de la sabia disposición de Dios. Esta des­viación de lo recto preparó el camino para errores mayores...

Me fue mostrado que cuando David era puro y seguía el consejo de Dios, el Señor lo llamó “hombre según el corazón de Dios”. Cuando David se apartó de Dios y manchó con sus crímenes su carácter virtuo­so, dejó de ser el hombre según el corazón de Dios. Dios no justificó sus delitos en lo más mínimo, sino que le envió a Natán, su profeta, con terribles denuncias, porque había transgredido los mandamientos del Señor.

Dios reveló su reprobación a David por haber tenido pluralidad de esposas, y lo hizo objeto de sus juicios, permitiendo que el mal se levantase contra él en su propia casa. La terrible calamidad que Dios permitió que le sobreviniera a David es una evidencia, para las sucesi­vas generaciones, de que Dios no justificará a ninguno que transgreda sus mandamientos, sino que castigará seguramente al culpable, no importa cuán recto y favorecido de Dios pudiera haber sido mientras seguía al Señor con pureza de corazón. Cuando los justos se vuelven de sus justicias para hacer el mal, sus justicias del pasado no los librarán de la ira de un Dios justo y santo (Testimonios sobre conducta sexual, pp. 104-106).


Lunes 15 de julio - El poder creador de la Palabra

¡Cuán a menudo los que confiaron en la Palabra de Dios, aunque eran en sí mismos completamente impotentes, han resistido el poder del mundo entero! Enoc, de corazón puro y vida santa, puso su fe en el triunfo de la justicia frente una generación corrupta y burladora; Noé y su casa resistieron a los hombres de su época, hombres de gran fuerza física y mental, y de la más degradada moralidad; los hijos de Israel, que junto al Mar Rojo no eran más que una indefensa y aterrorizada multitud de esclavos, resistieron al más poderoso ejército de la más poderosa nación del globo; David, que era solo un pastorcillo a quien Dios le había prometido el trono, resistió a Saúl, el monarca reinante, dispuesto a no ceder su poder. El mismo hecho se destaca en el caso de Sadrac y sus compañeros en el homo de fuego y Nabucodonosor en el trono; Daniel entre los leones y sus enemigos en los puestos eleva­dos del reino; Jesús en la cruz y los sacerdotes y príncipes judíos que presionaron al gobernador romano para que hiciera su voluntad; Pablo encadenado y condenado a sufrir la muerte de un criminal, y Nerón, déspota de un imperio mundial.

No solo en la Biblia se encuentran estos ejemplos. Abundan en los anales del progreso humano. Los valdenses y los hugonotes, Wiclef y Hus, Jerónimo y Lutero, Tyndale y Knox, Zinzendorf y Wesley, y muchos más, han dado testimonio del poder de la Palabra de Dios con­tra el poder y el proceder humanos que apoyan al mal. Estos constituyen la verdadera nobleza del mundo. Constituyen su realeza. Se invita a los jóvenes de hoy a ocupar sus lugares (Reflejemos a Jesús, p. 119).

Las verdades de la Biblia, atesoradas en el corazón y la mente, y obedecidas en la vida, convencen y convierten el alma, transforman el carácter y consuelan y elevan el corazón... La Palabra hace humilde al orgulloso, hace manso y contrito al perverso, al desobediente lo toma obediente. Los hábitos pecaminosos naturales para el hombre están entretejidos en la práctica diaria. Pero la Palabra corta y desecha la con­cupiscencia, discierne los pensamientos y las intenciones de la mente... y hace que los hombres estén deseosos de sufrir por su Señor (A fin de conocerle, p. 201).

Pablo declara que la Palabra escrita, “es viva y eficaz, y más cor­tante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”. Obra en la conciencia, convence a la razón, y trabaja efectivamente en el corazón del que no se opone a la verdad. De la Palabra de Dios se dice que “no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están des­nudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta” (Hebreos 4:12, 13) (The Bible Echo, 2 de septiembre, 1895).

Martes 16 de julio - Jesús y la Palabra

Ningún hombre, mujer o joven, podrá lograr la perfección cristiana si descuida el estudio de la Palabra de Dios. Al estudiar cuidadosa y atentamente su Palabra, obedeceremos la orden de Cristo: “Escudriñad las Escrituras”... El estudio capacita al que lo efectúa a observar aten­tamente el Modelo divino, pues ellas testifican de Cristo. El Modelo debe ser examinado a menudo y con toda atención a fin de imitarlo. A medida que uno llega a dominar la historia del Redentor, descubre en sí mismo defectos de carácter; su falta de semejanza a Cristo es tan grande que ve que no puede ser un seguidor de él sin efectuar un gran cambio en su vida. Continúa estudiando, con un deseo de ser igual a su gran Ejemplo... observando se transforma.

Todas las filosofías de la naturaleza humana han venido a parar en confusión y vergüenza, siempre que Dios ha dejado de ser reconocido como todo en todo. Pero la preciosa fe inspirada de Dios comunica fuer­za y nobleza de carácter. Al espaciarse en su bondad, su misericordia y su amor, la percepción de la verdad se hará cada vez más clara; el deseo de la pureza de corazón y de la claridad de pensamiento se hará también más elevado y más santo. Moviéndose el alma en la pura atmósfera de santos pensamientos, se transforma por su comunión con Dios mediante el estudio de su Palabra. La verdad es tan amplia, de tanto alcance, tan profunda, tan ancha, que se pierde uno a sí mismo de vista. El corazón se ablanda y se rinde a la humildad, la bondad y el amor (La fe por la cual vivo, p. 225).

Se necesita disciplina de espíritu y pureza de corazón y pen­samiento. Son de más valor que los brillantes talentos, el tacto o el conocimiento. Una mente común, educada para obedecer un “así dice Jehová”, está mejor calificada para hacer la obra de Dios que las de aquellos que tienen capacidad, pero no la emplean correctamente... Los hombres se pueden enorgullecer de su conocimiento relativo a las cosas mundanas; pero si no tienen un conocimiento del verdadero Dios, de Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida, son lamentablemente ignorantes y su conocimiento perecerá con ellos. El conocimiento secular implica poder; pero el conocimiento de la Palabra, que tiene una influencia transformadora sobre la mente humana, es imperece­dero. Es conocimiento santificado (¡Maranata: El Señor viene!, p. 61).

A medida que uno se familiariza con la historia del Redentor, des­cubre en sí mismo serios defectos... comprende las miras y el espíritu de su amado Maestro. “Mirando a Jesús, el Autor y consumador de nuestra fe”, nos transformamos a su misma imagen. No imitamos la vida de Jesús al mirar lejos de él; sino al hablar de él, al vivir en su perfección, al tratar de refinar el gusto y elevar el carácter, al procu­rar acercamos al Modelo perfecto por medio de la fe y el amor, y el esfuerzo decidido y perseverante. Al conocer a Cristo, su Palabra, sus hábitos y sus lecciones, nos apropiamos de las virtudes manifestadas en el carácter que hemos estudiado tan profundamente, y nos imbuimos del espíritu que tanto hemos admirado (Hijos e hijas de Dios, p. 343).

Miércoles 17 de julio - El reavivamiento, la fe y la Palabra

La fe no es sentimiento. “Es pues la fe la sustancia de las cosas que se esperan, la demostración de las cosas que no se ven”. La verdadera fe no va en ningún sentido aliada a la presunción. Únicamente aquel que tiene verdadera fe está seguro contra la presunción, porque la presun­ción es la falsificación de la fe por Satanás.

La fe se aferra a las promesas de Dios, y produce fruto en obe­diencia. La presunción se atiene también a las promesas, pero las emplea como las empleó Satanás, para disculpar la transgresión. La fe habría inducido a nuestros primeros padres a confiar en el amor de Dios y obedecer sus mandamientos. La presunción los indujo a violar su ley, creyendo que su gran amor los salvaría de las consecuencias de su pecado. No es fe la que pretende el favor del cielo sin cumplir con las condiciones en que se ha de otorgar la misericordia. La verdadera fe tiene su cimiento en las promesas y provisiones de las Escrituras (Obreros evangélicos, p. 274).

Muchas veces la vida cristiana está rodeada de peligros, y el deber parece difícil de cumplir. La imaginación cree ver la ruina inminente si se avanza, y la servidumbre y la muerte si se vuelve atrás. Sin embargo, la voz de Dios dice claramente: Id adelante. Obedezcamos la orden, aun cuando nuestra vista no pueda penetrar las tinieblas. Los obstáculos que impiden nuestro progreso no desaparecerán nunca ante un espíritu vacilante y dudoso. Aquellos que difieren la obediencia hasta que toda incertidumbre desaparezca, y no queden riesgos de fracaso ni derrota, no obedecerán nunca. La fe mira más allá de las dificultades, y echa mano de lo invisible, aun de la Omnipotencia, y por lo tanto, no puede resultar frustrada. La fe es como asir la mano de Cristo en toda emer­gencia (Obreros evangélicos, p. 276).

Dios nos da suficiente evidencia para aceptar razonablemente la verdad; pero no se propone quitar todo motivo de duda e incredulidad. Si lo hiciera ya no habría necesidad de ejercitar la fe porque podríamos caminar por la vista. Todos los que estudian la Palabra de Dios con deseo de aprender, verán allí el camino de salvación; sin embargo puede ser que no sean capaces de comprender cada porción del registro sagra­do... Todo lo que está claramente establecido en la Palabra de Dios debemos aceptarlo, sin intentar hacer frente a cada duda que Satanás pueda sugerir, o tratar de sondear al Infinito con nuestra comprensión finita, o de poner en tela de juicio las manifestaciones de su gracia y poder... Si procuramos humildemente conocer la voluntad de Dios como está revelada en su Palabra, y si luego la obedecemos a medida que es presentada con claridad a nuestro entendimiento, seremos arrai­gados en la verdad...

Los que están perpetuamente hablando de dudas y exigiendo evi­dencias adicionales para disipar sus nubes de incredulidad, no están edificando sobre la Palabra. Su fe descansa sobre circunstancias, está fundada sobre el sentimiento. Pero el sentimiento, por más placentero que sea, no es fe. La Palabra de Dios es el fundamento sobre el cual debemos edificar nuestras esperanzas del cielo (En lugares celestiales, pp. 105, 106).

Jueves 18 de julio - La Palabra: Guardiana y salvaguardia del reavivamiento

En favor de los creyentes de Éfeso, el apóstol rogó así: “Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él; siendo iluminados los ojos de vuestro entendimiento, para que conozcáis cuál sea la esperanza de vuestra vocación... y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros que creemos” (Efesios 1:17-19, V. M.). Que el ministerio del Espíritu divino iluminara el entendimiento y revelara a la mente las cosas profundas de la santa Palabra de Dios, tal era la bendición que San Pablo pedía para la iglesia de Éfeso. (El conflicto de los siglos, p. 11).

En la actualidad hay tantos que ignoran la obra del Espíritu Santo en el corazón como los creyentes de Éfeso; sin embargo, no hay verdad que sea enseñada con más claridad en la Palabra de Dios. Los profetas y los apóstoles se han espaciado en este tema. Cristo mismo llama nuestra atención al desarrollo del reino vegetal para ilustrar la opera­ción de su Espíritu al sostener la vida espiritual. La savia de la vid que asciende desde las raíces se extiende por todas las ramas para producir crecimiento, flores y frutos. Del mismo modo el poder vivificador del Espíritu Santo, que procede del Salvador, invade el alma, renueva los motivos y los afectos e incluso somete los pensamientos a la obediencia de la voluntad de Dios, capacitando al que lo recibe a dar preciosos frutos manifestados en actos santificados.

El autor de esta vida espiritual es invisible, y está más allá del poder de la filosofía humana explicar mediante qué métodos se imparte esta vida y se la sostiene. No obstante, la obra del Espíritu está siempre en armonía con la Palabra escrita. Lo que ocurre en el mundo natural acon­tece también en el espiritual. El poder divino sostiene a cada momento la vida natural; no obstante, ello no ocurre debido a un milagro directo, sino mediante la aplicación de las bendiciones puestas a nuestro alcan­ce. Del mismo modo la vida espiritual se sostiene mediante el empleo de los medios proporcionados por la Providencia. Si el seguidor de Cristo ha de crecer “hasta... un varón perfecto, a la medida de la esta­tura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13), debe alimentarse con el pan de vida y beber el agua de la salvación (Cada día con Dios, p. 252).

¡Cuán fervorosamente debiéramos investigar la Palabra de Dios! Es nuestra única guía segura; nuestra única salvaguardia. El evangelio es capaz de hacemos sabios para la salvación. No es incomprensible ni está más allá de nuestro entendimiento; por el contrario, sus claras e inspiradas declaraciones simplifican los problemas perplejos de la vida, e iluminan a cada creyente con los brillantes rayos de la sabiduría celes­tial. Siendo que le espera tan grande recompensa al que investiga con fervor la Palabra de Dios, ¿no deberíamos hacer todo esfuerzo posible por conocer los planes de Dios y cumplir su propósito de difundir la luz de la verdad?... Aquellos que son llamados a predicar el evangelio, no deben ser simplemente predicadores; deben ser maestros y educadores que investigan debajo de la superficie, porque saben que son los instru­mentos que Dios ha designado para llevar la salvación a los perdidos. Los siervos de Dios tienen una obra solemne que realizar, y debieran comprender las condiciones bajo las cuales son aceptados para servir al Redentor crucificado (Review and Herald, 24 de marzo, 1891).