Notas de Elena G. de White

Lección 11
14 de Septiembre de 2013

Reforma: tener nuevos pensamientos

Sábado 7 de septiembre

Tenemos una obra que hacer para resistir la tentación. Los que no quieran ser presa de las maquinaciones satánicas, deberán guar­dar bien las avenidas del alma; evitarán la ocasión de leer, ver u oír aquello que sugiera pensamientos impuros. No se permitirá que la mente divague espaciándose en todos los temas que el adversario pueda sugerir... Esto requerirá oración sincera y constante vigilancia. Debemos recibir el auxilio de la presencia del Espíritu Santo que, al morar en nosotros, elevará la mente y la acostumbrará a espaciarse en las cosas puras y santas. Debemos estudiar la Palabra de Dios con diligencia. “¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra”. “En mi corazón he guardado tus dichos —dice el salmista— para no pecar contra ti”.

Tendréis que convertiros en centinelas en actitud de alerta para velar sobre vuestros ojos, oídos y todos vuestros sentidos, si queréis controlar vuestra mente e impedir que los pensamientos vanos y corrup­tos manchen vuestra alma. La potencia de la gracia únicamente puede realizar esta obra tan deseable (Meditaciones matinales 1952, p. 87)

 

Domingo 8 de septiembre:
La mente importa

Nuestra mente se acomoda al nivel de las cosas en las cuales per­manecen nuestros pensamientos, y si pensamos en cosas terrenales no captaremos la impresión de lo que es celestial. Nos beneficiaríamos grandemente contemplando la misericordia, la bondad y el amor de Dios; pero experimentamos una gran pérdida al ocupamos de aquellas cosas que son terrenas y transitorias (Comentario bíblico adventista, tomo 6, p. 1100).

Aunque estemos rodeados de una atmósfera corrompida y mancha­da, no necesitamos respirar sus miasmas, antes bien podemos vivir en la atmósfera limpia del cielo. Podemos cerrar la entrada a toda imagi­nación impura y a todo pensamiento perverso, elevando el alma a Dios mediante la oración sincera. Aquellos cuyo corazón esté abierto para recibir el apoyo y la bendición de Dios, andarán en una atmósfera más santa que la del mundo, y tendrán constante comunión con el cielo (La fe por la cual vivo, p. 224).

El hombre, “cuál es su pensamiento en su corazón, tal es él”. Muchos pensamientos forman la historia no escrita de un solo día, y estos pensamientos tienen mucho que ver con la formación del carác­ter. Debemos vigilar estrictamente nuestros pensamientos, pues un pensamiento impuro hace profunda impresión en el alma... Si los pen­samientos son puros y santos el hombre mejora por haberlos acariciado. Aceleran el pulso espiritual y aumentan el poder para hacer el bien (Mensajes para los jóvenes, p. 142).

Cualquier acto, bueno o malo, no forma el carácter; pero los pen­samientos y sentimientos acariciados preparan el camino para los actos y hechos de la misma clase (Conducción del niño, p. 184).

Debéis manteneros alejados del terreno encantado de Satanás y no permitir que vuestras mentes sean apartadas de la fidelidad a Dios. Mediante Cristo podéis y debéis ser felices y adquirir hábitos de dominio propio. Hasta vuestros pensamientos deben ser sometidos a la voluntad de Dios y vuestros sentimientos al dominio de la razón y la religión. No os fue dada la imaginación para que se le permitiese correr tumultuosamente y salirse con la suya, sin hacer ningún esfuerzo por refrenarla o disciplinarla. Si los pensamientos son malos, los sentimien­tos serán malos; y los pensamientos y sentimientos combinados forman el carácter moral (¡Maranata: El Señor viene!, p. 220).

Lunes 9 de septiembre:
Los filtros de la mente

Más precioso que el oro de Ofir es el poder del pensamiento recto. Necesitamos asignar un alto valor al recto control de nuestros pensa­mientos; pues tal control nos prepara para trabajar por el Maestro. Para nuestra paz y felicidad es necesario que en esta vida nuestros pensa­mientos se centren en Cristo. Como el hombre piensa, así es él.

Los misericordiosos hallarán misericordia, y los puros de corazón verán a Dios. Cada pensamiento impuro corrompe el alma, deteriora el sentido moral y tiende a destruir las impresiones del Espíritu Santo. Nubla la visión espiritual para que el hombre no pueda ver a Dios. El Señor puede perdonar al pecador arrepentido y lo hace; pero aunque haya sido perdonado, el alma está manchada. Toda impureza de palabra y pensamiento debe ser evitada por el que quiere tener un claro discer­nimiento de la verdad espiritual (Reflejemos a Jesús, p. 300).

Debéis dar cuenta a Dios de vuestros pensamientos, de vuestras palabras, de vuestro tiempo y de vuestras acciones... Nunca podréis entrar al cielo a menos que gocéis de la comunión con Dios aquí, por­que este es el lugar de nuestra preparación para el cielo. Dios debería ser el objeto de la más alta reverencia del alma y del amor y temor más elevados. Este mundo es la única escuela en la cual podéis recibir una preparación para el grado superior. Los que no quieren retener a Dios en sus pensamientos en este mundo... nunca gozarán con Cristo en la vida futura. Las mismas cosas que prefieren y aman aquí al complacerse a sí mismos están educando sus gustos de tal forma que la disciplina del cielo sería una restricción. Poned vuestras almas bajo la disciplina de Dios...

Esté absorta vuestra alma meditando en las gloriosas verdades contenidas en la Palabra de Dios y no estaréis deseando constante­mente algo que no tenéis. Despreciaréis los pensamientos triviales y vanos. Siempre estaréis tratando de alcanzar el elevado nivel de virtud y santidad que se os presenta en el evangelio. Buscaréis mayores logros en la vida divina. Conversad con Dios por medio de su Palabra. Esto ennoblecerá vuestra naturaleza toda (En lugares celestiales, p. 161).

Pocos comprenden que es un deber ejercer dominio sobre los pensamientos y la imaginación. Es difícil mantener fija en temas pro­vechosos la mente indisciplinada. Pero si no se emplean debidamente los pensamientos, la religión no puede florecer en el alma. La mente debe preocuparse con cosas sagradas y eternas, o albergará pensamien­tos triviales y superficiales. Tanto las facultades intelectuales como las morales, deben ser disciplinadas, y por el ejercicio se fortalecerán y mejorarán.

A fin de comprender correctamente este asunto, debemos recordar que nuestros corazones son por naturaleza depravados, que no podemos por nosotros mismos seguir una conducta correcta. Es únicamente por la gracia de Dios, combinada con el más ferviente esfuerzo de nuestra parte, cómo podemos obtener la victoria.

Por la gracia de Cristo, toda tendencia errónea puede ser reprimida, no en una forma lánguida e irresoluta, sino con un firme propósito, con la elevada resolución de convertir a Cristo en el Modelo. Diríjase vues­tro amor a aquellas cosas que Jesús amaba, y apártese de aquellas cosas que no darán fortaleza a los impulsos correctos. Con firme energía, pro­curad aprender y mejorar el carácter cada día. Debéis tener firmeza de propósito para dominaros y ser lo que sabéis que Dios quiere que seáis.

Tanto el intelecto como el corazón, deben ser consagrados al ser­vicio de Dios. Él tiene derecho sobre todo lo que hay en nosotros. El seguidor de Cristo no puede participar en complacencia o en empresa alguna por inocente y loable que parezca, que una conciencia iluminada le señale como capaz de disminuir su ardor o reducir su espiritualidad (La maravillosa gracia de Dios, p. 327).

Martes 10 de septiembre:
La salvaguardia de la mente

Los seres humanos son entes con libertad moral, y como tales deberían obligar sus pensamientos para que transcurran por los canales apropiados. Aquí hay un amplio campo en el cual la mente se puede explayar con seguridad. Si Satanás trata de desviarla hacia cosas subalternas y sensuales, deberían traerla de vuelta y concentrar­ la en las cosas eternas; y cuando el Señor vea que se hace un esfuerzo decidido para retener solamente los pensamientos puros, atraerá la mente como un imán, limpiará los pensamientos y los capacitará para que se purifiquen de todo pecado secreto. “Derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevan­do cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo” (2 Corintios 10:5).

La primera obra que tienen que hacer los presuntos reformado­res consiste en purificar la imaginación. Si la mente se desvía en una dirección equivocada, debe ser obligada a volver y espaciarse solo en temas puros y elevados. Cuando se vean tentados a ceder ante una ima­ginación corrompida, deberían huir hacia el trono de la gracia y orar pidiendo fortaleza del Cielo. Con la fuerza de Dios se puede disciplinar la mente para que se concentre en las cosas puras y celestiales (Mente, carácter y personalidad, tomo 2, p. 618).

El Señor purifica el corazón de la misma manera como nosotros ventilamos una habitación. No cerramos las puertas y las ventanas e introducimos alguna sustancia purificadora en ella; sino que las abrimos ampliamente y dejamos que entre la atmósfera purificadora del cielo... Las ventanas del impulso, del sentimiento, deben abrirse hacia el cielo, y el polvo del egoísmo y de lo terreno debe ser expulsado. La gracia de Dios debe invadir las cámaras de la mente, la imaginación debe contem­plar temas celestiales, y todo factor de la naturaleza debe ser purificado y vitalizado por el Espíritu de Dios.

Los pensamientos deben ser atados, restringidos, debe impedírseles que se desvíen en la contemplación de cosas que solamente debilitan y contaminan el alma. Los pensamientos deben ser puros, las meditacio­nes del corazón deben ser limpias...

Las nobles facultades de la mente nos han sido dadas por el Señor para que las empleemos en contemplar las cosas celestiales. Dios ha hecho provisiones abundantes para que el alma continúe progresan­do en la vida divina... A medida que meditamos en la perfección de nuestro Modelo divino, desearemos transformamos y renovamos más cabalmente a la imagen de su pureza; se nos pide que salgamos y nos separemos del mundo, para que seamos hijos e hijas del Altísimo (Hijos e hijas de Dios, p. 109).

Miércoles 11 de septiembre:
Las relaciones mente/cuerpo

“Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo (1 Tesalonicenses 5: 23).

Dios quiere que comprendamos que él tiene derecho a nuestra mente, nuestra alma, nuestro cuerpo y nuestro espíritu; a todo lo que poseemos. Le pertenecemos por creación y redención. Como Creador nuestro, reclama la totalidad de nuestro servicio. Como nuestro Redentor, tiene una demanda de amor como asimismo de derecho... Nuestros cuerpos, nuestras almas, nuestras vidas son suyos no solo porque nos los ha concedido como un don gratuito, sino porque nos está supliendo constantemente de sus beneficios y nos da fuerza para usar nuestras facultades.

¿No le daremos entonces a Cristo aquello por cuya redención debió morir? Si lo hacéis, vivificará vuestra conciencia, renovará vuestro corazón, santificará vuestros afectos, purificará vuestros pensamientos y pondrá todas vuestras facultades a trabajar para él. Cada motivo, cada pensamiento, serán traídos a la cautividad de Jesucristo.

Los que son hijos de Dios lo representarán en carácter. Sus obras estarán perfumadas con la infinita ternura, la compasión, el amor y la pureza del Hijo de Dios. Y mientras más completamente estén someti­dos al Espíritu Santo la mente y el cuerpo, mayor será la fragancia de nuestra ofrenda a él (La maravillosa gracia de Dios, p. 245).

Existe una relación muy íntima entre la mente y el cuerpo. Cuando éste se ve afectado, aquélla simpatiza con él. La condición de la mente afecta la salud del sistema físico. Si la mente es libre y feliz, como resultado de una conducta correcta y por la sensación de satisfacción que se deriva de hacer felices a otros, engendra una alegría que produ­cirá un efecto positivo sobre todo el sistema, hará que la sangre circule más libremente y tonificará todo el cuerpo. La bendición de Dios es un poder sanador, y los que son amplios en beneficiar a otros experimen­tarán esa bendición maravillosa tanto en el corazón como en la vida entera.

Cuando las personas que han gratificado sus malos hábitos y prácticas pecaminosas se someten al poder de la verdad divina, la aplicación de dichas verdades al corazón aviva las facultades morales, que parecían haberse paralizado. El receptor posee una comprensión más enérgica y clara que antes de fundamentar su alma sobre la Roca eterna. Aun su salud física mejora al establecer su seguridad en Cristo. La bendición especial de Dios que descansa sobre el receptor es, en sí misma, salud y vigor (Consejos sobre la salud, p. 28).

Jueves 12 de septiembre:
Imágenes de influencia

Jesús dice: “Vosotros sois la luz del mundo... Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:14, 16). Hay quienes observarán el ejemplo y sentirán la influencia de una vida cristiana consecuente. Jesús no induce al cristiano a que se esfuerce con el fin de resplandecer, sino que simplemente deje que su luz resplan­dezca sobre el mundo mediante rayos claros y distintos... salgamos, pongámonos junto a Dios, y resplandezcamos. Dios nos intima a res­plandecer, para que la luz disipe las tinieblas morales del mundo (Cada día con Dios, p. 316).

En este mundo hemos de brillar con buenas obras. El Señor nos pide que su pueblo que maneja las cosas sagradas esté únicamente de parte de Dios, para reflejar los principios del cielo en cada transacción comercial, para reflejar la luz del carácter de Dios, el amor de Dios, como Cristo lo reflejó. Contemplando a Jesús, todas nuestras vidas fulgurarán con luz maravillosa. Cada parte de nosotros ha de ser luz; entonces cualquiera sea el camino que tomemos, se reflejará la luz desde nosotros hacia los demás. Cristo es el camino, la verdad, la vida. En él no hay oscuridad alguna; por consiguiente, si estamos en Cristo, no habrá oscuridad en nosotros (Reflejemos a Jesús, p. 265).

Los hijos de Dios son sus representantes en la tierra y él quiere que sean luces en medio de las tinieblas morales de este mundo. Esparcidos por todos los ámbitos de la tierra, en pueblos, ciudades y aldeas, son tes­tigos de Dios, los medios por los cuales él ha de comunicar a un mundo incrédulo el conocimiento de su voluntad y las maravillas de su gracia. Él se propone que todos los que participan de la gran salvación sean sus misioneros. La piedad de los cristianos constituye la norma mediante la cual los infieles juzgan al evangelio. Las pruebas soportadas pacien­temente, las bendiciones recibidas con gratitud, la mansedumbre, la bondad, la misericordia y el amor manifestados habitualmente, son las luces que brillan en el carácter ante el mundo, y ponen de manifiesto el contraste que existe con las tinieblas que proceden del egoísmo del corazón natural (Conflicto y valor, p. 59).

Los frutos de la verdadera obra realizada por el Espíritu Santo son evidentes en el carácter. Así como un buen árbol da buenos frutos, tam­bién el árbol que sea plantado en el huerto del Señor producirá frutos para vida eterna. Los pecados dominantes son abandonados, los malos pensamientos no tienen cabida en la mente, y los hábitos pecaminosos son desalojados del templo interior. Las tendencias orientadas en un rumbo equivocado son encaminadas en la dirección correcta. Las pro­pensiones y los malos sentimientos son desarraigados. Los frutos que produce el árbol cristiano son un temperamento santo y emociones san­tificadas, los cuales son el resultado de una transformación completa. Esta es la obra que debe realizarse (Recibiréis poder, p. 52).