Notas de Elena G. de White

Lección 10
7 de Septiembre de 2013

Reforma: disposición a crecer y cambiar

Sábado 31 de agosto

Mientras meditamos en el carácter de Jesús, nuestros corazones se llenan de amor a él y deseamos ser como él; al contemplarlo, somos transformados. Cuando Cristo mora en el corazón, toda nuestra natura­leza sufre un cambio; todo lo que corrompe —la lujuria, las bajas pasio­nes, los pensamientos impuros, los afectos equivocados, el orgullo, la venganza, la envidia— todo es expulsado del alma; lo que antes amá­bamos ahora lo odiamos, porque hemos llegado a ser nuevas criaturas en Cristo Jesús. Su amor y su Espíritu suavizan el corazón, subyugan el alma y elevan los pensamientos hacia Dios y hacia el cielo (Signs of the Times, 13 de enero, 1888).

En los concilios celestiales se diseñaron los medios y métodos a través de los cuales la gracia de Cristo sería efectiva para salvar el alma. Resulta claro que a menos que el pecador consienta en ser ayudado; a menos que esté dispuesto a cooperar con las agencias divinas, el ideal divino no se alcanzará. Debe haber unidad de propósito; lo humano y lo divino deben trabajar juntos para que el pecador, dependiendo de la gracia, pueda obedecer los dictados del Espíritu de Dios. “Ocupaos de vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:12, 13) (Signs of the Times, 12 de febrero, 1894).

Domingo 1º de septiembre:
La gracia para crecer

Aun Juan, el discípulo amado, el que más plenamente llegó a reflejar la imagen del Salvador, no poseía naturalmente esa belleza de carácter. No solamente hacía valer sus derechos y ambicionaba hono­res, sino que era impetuoso y se resentía bajo las injurias. Más cuando se le manifestó el carácter de Cristo, vio sus defectos y el conocimiento de ellos lo humilló. La fortaleza y la paciencia, el poder y la ternura, la majestad y la mansedumbre que él vio en la vida diaria del Hijo de Dios, llenaron su alma de admiración y amor. De día en día era su corazón atraído hacia Cristo, hasta que se olvidó de sí mismo por amor a su Maestro. Su genio, resentido y ambicioso, cedió al poder transfor­mador de Cristo. La influencia regeneradora del Espíritu Santo renovó su corazón. El poder del amor de Cristo transformó su carácter. Este es el resultado seguro de la unión con Jesús. Cuando Cristo habita en el corazón, la naturaleza entera se transforma. El Espíritu de Cristo y su amor, ablandan el corazón, someten el alma y elevan los pensamientos y deseos a Dios y al cielo (El camino a Cristo, pp. 72, 73).

La devoción abnegada y el amor confiado manifestados en la vida y el carácter de Juan, presentan lecciones de incalculable valor para la iglesia cristiana. Juan no poseía por naturaleza la belleza de carácter que reveló en su postrer experiencia. Tenía defectos graves. No solamente era orgulloso, pretencioso y ambicioso de honor, sino también impetuo­so, resintiéndose por la injusticia. El y su hermano eran llamados “hijos del trueno”. Mal genio, deseo de venganza, espíritu de crítica, todo eso se encontraba en el discípulo amado. Pero, debajo de ello el Maestro divino discernía un corazón ardiente, sincero y amante. Jesús reprendió su egoísmo, frustró sus ambiciones, probó su fe, y le reveló aquello por lo que su alma suspiraba: la hermosura de la santidad, el poder transfor­mador del amor (Los hechos de los apóstoles, pp. 430, 431).

Las lecciones de Cristo, al recalcar la mansedumbre, la humildad y el amor como esenciales para crecer en gracia e idoneidad para su obra, eran del más alto valor para Juan. Atesoraba cada lección y procuraba constantemente poner su vida en armonía con el ejemplo divino. Juan había comenzado a discernir la gloria de Cristo, no la pompa mundana y el poder que le habían enseñado a esperar, sino la “gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14).

La profundidad y fervor del afecto de Juan hacia su Maestro no era la causa del amor de Cristo hacia él, sino el efecto de ese amor. Juan deseaba llegar a ser semejante a Jesús, y bajo la influencia transfor­madora del amor de Cristo, llegó a ser manso y humilde. Su yo estaba escondido en Jesús. Sobre todos sus compañeros, Juan se entregó al poder de esa maravillosa vida. Dijo: “La Vida fue manifestada, y nosotros la hemos visto” (1 Juan 1:2, V.M.). “Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia” (Juan 1:16). Juan conoció al Salvador por experiencia propia. Las lecciones de su Maestro se graba­ron sobre su alma. Cuando él testificaba de la gracia del Salvador, su lenguaje sencillo era elocuente por el amor que llenaba todo su ser (Los hechos de los apóstoles, p. 434).

Lunes 2 de septiembre:
El poder de elegir

Los discípulos de Cristo han de volverse semejantes a él, es decir, adquirir por la gracia de Dios un carácter conforme a los principios de su santa ley. Esto es lo que la Biblia llama santificación.

Esta obra no se puede realizar sino por la fe en Cristo, por el poder del Espíritu de Dios que habite en el corazón. San Pablo amonesta a los creyentes: “Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor; porque Dios es el que en vosotros obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:12, 13). El cristiano sentirá las tentaciones del pecado, pero luchará continuamente contra él. Aquí es donde se necesi­ta la ayuda de Cristo. La debilidad humana se une con la fuerza divina, y la fe exclama: “A Dios gracias, que nos da la victoria por el Señor nuestro Jesucristo” (1 Corintios 15:57).

Las Santas Escrituras enseñan claramente que la obra de santifica­ción es progresiva. Cuando el pecador encuentra en la conversión la paz con Dios por la sangre expiatoria, la vida cristiana no ha hecho más que empezar. Ahora debe llegar “al estado de hombre perfecto”; crecer “a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”. El apóstol San Pablo dice: “Una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo al blanco, al premio de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:13, 14). Y San Pedro nos presenta los peldaños por los cuales se llega a la santificación de que habla la Biblia: “Poniendo de vuestra parte todo empeño, añadid a vuestra fe el poder; y al poder, la ciencia; y a la ciencia, la templanza; y a la templanza, la paciencia; y a la paciencia, la piedad; y a la piedad, fraternidad; y a la fraternidad, amor... Porque si hacéis estas cosas, no tropezaréis nunca.” (2 Pedro 1:5-10, V. M.) (El conflicto de los siglos, pp. 523, 524).

“Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausen­cia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor; porque Dios es el que en vosotros obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:12, 13).

“Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor”. ¿Qué signifi­ca esto? Significa que cada día debéis temer hablar al azar, temer seguir vuestros propios impulsos, temer que el orgullo del corazón, y el amor al mundo y a la concupiscencia de la carne, excluyan la preciosa gracia, que el Señor Jesús anhela derramar sobe vosotros.

La obra del hombre, como se desprende de nuestro texto, no es una obra independiente que él realiza sin Dios. Él depende plenamente del poder y de la gracia del Obrero divino. Muchos yerran en esto, y pretenden que el hombre debe formar su propia individualidad, inde­pendientemente del poder divino. Pero esto no está de acuerdo con nuestro texto. Otros arguyen que el hombre está libre de toda obliga­ción, porque Dios lo hace todo, tanto el querer como el hacer. Nuestro texto enseña que la salvación del alma humana requiere que el poder de la voluntad se sujete a la voluntad divina... Y cuando el ser humano se propone, y decide someter su voluntad y conducta, a la voluntad de Dios y sus caminos, se enfrenta con un conflicto durísimo y severísimo.

Al hombre le corresponde una parte en esta gran lucha por la vida eterna; debe responder a la obra del Espíritu Santo. Se requiere una lucha para romper los poderes de las tinieblas, pero el Espíritu trabaja en él para realizarlo. Pero el hombre no es un ser pasivo, que pueda salvarse en la indolencia. Se le exige que ejercite cada músculo y facultad en la lucha por la inmortalidad; y sin embargo, es Dios quien proporciona la eficiencia.

Aquí están las obras de los hombres, y aquí están las obras de Dios... Con estos dos poderes combinados, el hombre saldrá victorioso y recibirá la corona de la vida al final... Pone en tensión cada nervio y músculo espiritual, para llegar a ser un exitoso vencedor en esta obra, y para conseguir la preciosa dádiva de la vida eterna (Nuestra elevada vocación, p. 93).

Martes 3 de septiembre:
Confianza y duda

Cuando Pedro dijo que seguiría a su Señor a la cárcel y a la muer­te, cada palabra era sincera; pero no se conocía a sí mismo. Ocultos en su corazón estaban los malos elementos que las circunstancias iban a hacer brotar a la vida. A menos que se le hiciese conocer su peligro, esos elementos provocarían su ruina eterna. El Salvador veía en él un amor propio y una seguridad que superarían aun su amor por Cristo. En su experiencia se habían revelado muchas flaquezas, mucho pecado que no había sido amortiguado, mucha negligencia de espíritu, un temperamento no santificado y temeridad para exponerse a la tentación. La solemne amonestación de Cristo fue una invitación a escudriñar su corazón. Pedro necesitaba desconfiar de sí mismo y tener una fe más profunda en Cristo. Si hubiese recibido con humildad la amonestación, habría suplicado al pastor del rebaño que guardase su oveja. Cuando, en el mar de Galilea, estaba por hundirse, clamó: “Señor, sálvame”. Entonces la mano de Cristo se extendió para tomar la suya. Así también ahora, si hubiese clamado a Jesús: Sálvame de mí mismo, habría sido guardado. Pero Pedro sintió que se desconfiaba de él, y pensó que ello era cruel. Ya se escandalizaba, y se volvió más persistente en su confianza propia (El Deseado de todas las gentes, pp. 627, 628).

Cuando Pedro negó en la sala del tribunal que conocía al Salvador; cuando su amor y lealtad, despertados por la mirada de compasión, amor y pena del Salvador le hicieron salir al huerto donde Cristo habla llorado y orado; cuando sus lágrimas de remordimiento cayeron al suelo que había sido humedecido con las gotas de sangre de la agonía del Señor, las palabras del Salvador: “Mas yo he rogado por ti...” fueron un sostén para su alma. Cristo, aunque había previsto su pecado, no lo había abandonado a la desesperación...

Aquel que no pudo librar a su discípulo de la angustia, no lo dejó abandonado a su amargura. Su amor no se agota ni abandona. Los seres humanos, entregados ellos mismos al mal, están inclinados a tratar severamente a los tentados y errantes. No pueden leer el corazón, no conocen su lucha ni dolor. Necesitan aprender acerca del reproche que es amor, del golpe que hiere para sanar, de la amonestación que expresa esperanza...

La transformación de Pedro fue un milagro de la ternura divina (Conflicto y valor, p. 314).

En el trato que concedió a Tomás, Jesús dio una lección para sus seguidores. Su ejemplo demuestra cómo debemos tratar a aquellos cuya fe es débil y que dan realce a sus dudas. Jesús no abrumó a Tomás con reproches ni entró en controversia con él. Se reveló al que dudaba. Tomás había sido irrazonable al dictar las condiciones de su fe, pero Jesús, por su amor y consideración generosa, quebrantó todas las barreras. La incredulidad queda rara vez vencida por la contro­versia. Se pone más bien en guardia y halla nuevo apoyo y excusa. Pero revélese a Jesús en su amor y misericordia como el Salvador crucificado, y de muchos labios antes indiferentes se oirá el recono­cimiento de Tomás: “¡Señor mío, y Dios mío!” (El Deseado de todas las gentes, p. 748).

Miércoles 4 de septiembre:
La convicción de volver

Esta parábola fue dada por Cristo para representar la manera en que nuestro Padre celestial recibe a los errantes y arrepentidos. El padre es aquel contra el cual se ha pecado; sin embargo, en la compasión de su alma, lleno de piedad y perdón, se encuentra con el pródigo y le revela la gran alegría que significa para él que éste su hijo, a quien creía muerto a todo afecto filial, haya llegado a ser sensible a su gran pecado y negligencia, y haya vuelto a su padre, apreciando su amor y reconociendo sus requerimientos. Sabe que el hijo aquel que se había entregado a una vida de pecado y que ahora está arrepentido, necesita de su piedad y amor. Ha sufrido; ha sentido su necesidad, y viene hacia su padre confiando en que es el único que puede suplir su gran necesi­dad (Joyas de los testimonios, tomo 1, p. 308).

El padre no había de permitir que ningún ojo despreciativo se bur­lara de la miseria y los harapos de su hijo. Saca de sus propios hombros el amplio y rico manto y cubre la forma exangüe de su hijo, y el joven solloza arrepentido, diciendo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo”. El padre lo retiene junto a sí, y lo lleva a la casa. No se le da oportunidad de pedir el lugar de un siervo. Él es un hijo, que será honrado con lo mejor de que dispone la casa, y a quien los siervos y siervas habrán de respetar y servir.

El padre dice a sus siervos: “Sacad el principal vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y zapatos en sus pies. Y traed el becerro grueso, y matadlo, y comamos, y hagamos fiesta: porque éste mi hijo muerto era, y ha revivido; habíase perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse”.

En su juventud inquieta el hijo pródigo juzgaba a su padre aus­tero y severo. ¡Cuán diferente su concepto de él ahora! Del mismo modo, los que siguieron a Satanás creen que Dios es duro y exigente. Creen que los observa para denunciarlos y condenarlos, y que no está dispuesto a recibir al pecador mientras tenga alguna excusa legal para no ayudarle... Pero aquel cuyos ojos han sido abiertos por el amor de Cristo, contemplará a Dios como un ser compasivo. No aparece como un ser tirano e implacable, sino como un padre que anhela abrazar a su hijo arrepentido. El pecador exclamará con el salmista: “Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen”.

En la parábola no se vitupera al pródigo ni se le echa en cara su mal proceder. El hijo siente que el pasado es perdonado y olvidado, borrado para siempre. Y así Dios dice al pecador: “Yo deshice como a nube tus rebeliones, y como a niebla tus pecados”. “Perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado” (Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 160, 161).

Jueves 5 de septiembre:
Fe para actuar

Jesús le dice: “Levántate, toma tu lecho y anda” (Juan 5:8). Con nueva esperanza el enfermo mira a Jesús. La expresión de su rostro, el acento de su voz, no son como los de otro cualquiera. Su misma pre­sencia parece respirar amor y poder. La fe del paralítico se aferra a la palabra de Cristo. Sin otra pregunta, se dispone a obedecer, y todo su cuerpo le responde...

Jesús no había dado al paralítico seguridad alguna de ayuda divina. Bien pudiera haber dicho el hombre: “Señor, si quieres sanarme, obe­deceré tu palabra”. Podría haberse detenido a dudar, y haber perdido su única oportunidad de sanar. Pero no; él creyó en la palabra de Cristo; creyó que había sido sanado; inmediatamente hizo el esfuerzo, y Dios le concedió la fuerza; quiso andar, y anduvo. Al obrar de acuerdo con la palabra de Cristo, quedó sano (El ministerio de curación, p. 55).

Usted estará en peligro constante hasta que comprenda la fuerza real de la voluntad. Podrá creer y prometer todas las cosas, pero sus pro­mesas o su fe no tendrán valor hasta que ponga su voluntad del lado de la fe y la acción. Si pelea la batalla de la fe con toda su fuerza, vencerá. No puede confiar en sus sentimientos, sus impresiones y sus emociones, porque no se puede depender de ellos...

Pero no tiene que desesperar... Queda de su parte ceder su volun­tad a la voluntad de Jesucristo; y mientras lo haga, Dios tomará pose­sión inmediatamente de usted y obrará en su vida el querer y el hacer por su buena voluntad. Su naturaleza entera será puesta bajo el dominio del Espíritu de Cristo, y hasta sus pensamientos estarán sujetos a él. Usted no puede controlar sus impulsos, sus emociones como quisiera; pero puede ejercer dominio sobre la voluntad, y puede lograr cambiar enteramente su vida. Al entregar su voluntad a Cristo, su vida estará escondida con Cristo en Dios y vinculada al poder que está sobre todos los principados y potestades. Recibirá fuerza de Dios que lo mantendrá firme en su poder; y una nueva luz, la luz misma de una fe viviente, estará a su alcance. Pero su voluntad debe cooperar con la voluntad de Dios (Testimonios para la iglesia, tomo 5, pp. 484, 485).

Los que reciben la verdad tienen la fe que los lleva a tomar una acción decidida; acción que obra por amor y purifica el alma. La ver­dad tiene un poder transformador que cambia el carácter. Cuando se la recibe en el alma, la verdad no opera en forma superficial, expresándose simplemente en emociones, sin cambiar el corazón, el juicio y la volun­tad. Por el contrario, trabaja en las mismas profundidades de nuestra naturaleza humana y hace que el ser entero actúe armoniosamente (Review and Herald, 6 de octubre, 1891).