Notas de Elena G. de White

Lección 4
27 de Abril de 2013

Señor de todas las naciones(Amós)

Sábado 20 de abril

La elección del pueblo de Dios debe ser representar a Cristo en todas sus obras, prácticas y enseñanzas. No debe ser influido por los perversos principios que prevalecen en el mundo; por el contrario, debe mantenerse separado de sus influencias corruptas. Los mismos princi­pios que Cristo les dio a los hijos de Israel en el desierto deben guiar a su pueblo hoy. Dios estableció a los israelitas en Canaán como su pueblo elegido, para que fuera un ejemplo para todas las naciones que vivieran sobre la tierra; un reino de sacerdotes a su servicio. Pero ellos deseaban ser como las naciones que los rodeaban y tener un gobernante humano. Mediante su profeta, el Señor les mostró los resultados de tal elección. Tuvieron un rey, y con él llegaron los problemas y las tribula­ciones. Muchos cristianos de nuestros días hacen una elección similar: siguen al mundo con tal de obtener ganancias. Pero Cristo ha advertido contra esta práctica, declarando en alta voz: “Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?” (Marcos 8:36) (Review and Herald, 23 de julio, 1901).

Hermanos, seamos compasivos, amantes y corteses. Mostremos suprema reverencia por la justicia y la verdad, y aborrecimiento hacia la crueldad y la opresión. Tratemos a los demás como quisiéramos que ellos nos traten. Dios no permita que busquemos ventajas para nosotros en detrimento de otros (Review and Herald, 13 de abril, 1905).

 

Domingo 21 de abril
Crímenes contra la humanidad

Los amalecitas no desconocían el carácter de Dios ni su soberanía, pero en vez de temerle, se habían empeñado en desafiar su poder. Las maravillas hechas por Moisés ante los egipcios fueron tema de burla para los amalecitas, y se mofaron de los temores de los pueblos cir­cunvecinos. Habían jurado por sus dioses que destruirían a los hebreos de tal manera que ninguno escapase, y se jactaban de que el Dios de Israel sería impotente para resistirles. Los israelitas no les habían per­judicado ni amenazado. En ninguna forma habían provocado el ataque.

Para manifestar su odio y su desafío a Dios, los amalecitas trataron de destruir al pueblo escogido. Durante mucho tiempo habían sido pecadores arrogantes, y sus crímenes clamaban a Dios exigiendo venganza; sin embargo, su mise­ricordia todavía los llamaba al arrepentimiento; pero cuando cayeron sobre las cansadas e indefensas filas de Israel, sellaron la suerte de su propia nación. El cuidado de Dios se manifiesta en favor de los más débiles de sus hijos. Ningún acto de crueldad u opresión hacia ellos se pasa por alto en el cielo. La mano de Dios se extiende como un escudo sobre todos los que le aman y temen; cuídense los hombres de no herir esa mano; porque ella blande la espada de la justicia (Patriarcas y pro­fetas, pp. 306, 307).

Cuando los israelitas cometían pecados y Dios los castigaba por sus transgresiones, los demás del pueblo lamentaban la suerte de los castigados, pero no sentían tristeza porque Dios había sido deshonrado. Los que se compadecían eran igualmente culpables con los transgresores. En los mandatos dados a Aarón, el Señor nos enseña que, aunque sus castigos son justos, aun en su ira no se aleja de nosotros, sino desea reconciliamos con él. Pero desea que su pueblo reconozca la justicia de sus correcciones y le tema.

En estos últimos días muchos están engañados y son incapaces de ver sus errores. Y si Dios, mediante sus siervos, reprocha y corrige a los que yerran, ellos van a compadecerse con los que merecen reproche, pensando en aligerar la carga que Dios ha puesto sobre ellos. Piensan que están haciendo una acción virtuosa al simpatizar con aquellos que han causado gran daño a la causa de Dios, pero en verdad se están alistando del lado del enemigo, porque se oponen a la tarea que deben hacer los siervos de Dios, y se oponen a Dios mismo. Son tan culpables como los transgresores, porque esas almas que reciben falsa simpatía son desviadas de la reconciliación que debieran buscar para salvarse (Signs of the Times, 1º de julio, 1880)

Dios permite que los malvados prosperen y manifiesten su enemis­tad contra él, para que cuando hayan llenado la medida de su iniquidad, todos puedan ver la justicia y la misericordia de Dios en la completa destrucción de aquéllos. Pronto llega el día de la venganza del Señor, cuando todos los que hayan transgredido su ley y oprimido a su pueblo recibirán la justa recompensa de sus actos; cuando todo acto de crueldad o de injusticia contra los fieles de Dios será castigado como si hubiera sido hecho contra Cristo mismo (El conflicto de los siglos, p. 52).

 

Lunes 22 de abril
Justicia para los oprimidos

Mediante Moisés, el Señor dio instrucciones especiales para los gobernantes de Israel: debían juzgar con justicia, tratar con compasión a las viudas y los huérfanos, y no recibir soborno. Cuán bueno sería que en la actualidad, en todas las naciones de la tierra, los jueces y gober­nantes obedecieran estas instrucciones. Cuán importante es que todos los que tienen la responsabilidad de gobernar, teman a Dios y trabajen abnegadamente por el bien común de la hermandad humana. Su obra es juzgar con equidad, reconocer los derechos de los extranjeros, liberar a los oprimidos, y despreciar el soborno que intenta salvar al culpable y castigar al inocente. El bienestar de la sociedad requiere que los que están en las cortes de justicia y las salas legislativas tengan integridad moral. De la misma manera, nuestras iglesias necesitan ministros hono­rables, llenos de piedad y pureza, que hayan sido santificados por la Palabra y el Espíritu (Signs of the Times, 2 de febrero, 1882).

Vi que en la providencia de Dios han sido colocados en estrecha relación cristiana con su iglesia viudas y huérfanos, ciegos, mudos, cojos y personas afligidas de varias maneras; es para probar a su pueblo y desarrollar su verdadero carácter. Los ángeles de Dios vigilan para ver cómo tratamos a estas personas que necesitan nuestra simpatía, amor y benevolencia desinteresada. Esta es la forma en que Dios prueba nues­tro carácter. Si tenemos la verdadera religión de la Biblia, sentiremos que es un deber de amor, bondad e interés el que hemos de cumplir para Cristo en favor de sus hermanos; y no podemos hacer nada menos que mostrar nuestra gratitud por su incomparable amor manifestado hacia nosotros mientras éramos pecadores indignos de su gracia, revelando un profundo interés y un amor abnegado por aquellos que son nuestros hermanos, y que son menos afortunados que nosotros.

Los dos grandes principios de la ley de Dios son el amor supremo a Dios y el amor abnegado hacia nuestro prójimo...

A los que tienen compasión por el infortunado, el ciego, el cojo, el afligido, las viudas, los huérfanos y los necesitados, Jesús los presenta como observadores de los mandamientos, que tendrán vida eterna... Cristo considera todos los actos de misericordia, benevolencia y cui­dadosa consideración por el infortunado, el ciego, el cojo, el enfermo, la viuda y el huérfano, como hechos a él mismo; y estas obras son asentadas en los registros celestiales y recibirán su recompensa. Por otro lado, se hará un registro en el libro en contra de los que mani­fiestan la indiferencia del sacerdote y del levita hacia el infortunado, y contra aquellos que sacan toda la ventaja posible de los infortunios de los demás, y aumentan su aflicción a fin de beneficiarse egoístamente. Dios recompensará con toda seguridad cada acto de injusticia, y cada manifestación de descuidada indiferencia hacia el afligido que se halle entre nosotros. Cada uno será finalmente recompensado según las obras que haya hecho (Servicio cristiano, pp. 239, 240).

No era el propósito de Dios que la pobreza desapareciera del mundo. Las clases de la sociedad nunca debían ser igualadas; porque la diversidad de condiciones que caracteriza a la humanidad es uno de los medios por los que Dios ha determinado probar y desarrollar el carácter. Muchos han urgido con gran entusiasmo que todos los seres humanos debieran tener una parte igual en las bendiciones temporales de Dios; pero éste no era el propósito del Creador. Cristo ha dicho que siempre debemos tener a los pobres con nosotros. Los pobres, tanto como los ricos, han sido adquiridos por su sangre; y entre sus seguidores profesos, en la mayor parte de los casos, los pobres le sir­ven con determinación, mientras que los ricos están constantemente depositando sus afectos sobre los tesoros terrenales, y olvidan a Cristo. Las preocupaciones de esta vida y la codicia por las riquezas eclipsan la gloria de un mundo eterno. Si todos tuvieran la misma cantidad de posesiones mundanales, eso sería la peor desgracia que hubiera caído sobre la humanidad (Consejos sobre la salud, p. 227).

 

Martes 23 de abril
El peligro del privilegio

Nuestros privilegios son mucho más grandes que los del antiguo pueblo de Dios. No solo poseemos la gran luz confiada a Israel, sino que tenemos la creciente evidencia de la gran salvación que nos ha sido traída por Jesucristo. Aquello que era tipo y símbolo para los judíos es una realidad para nosotros. Ellos tenían la historia del Antiguo Testamento; nosotros tenemos eso y también el Nuevo Testamento. Tenemos la seguridad de un Salvador que ha venido, que ha sido cru­cificado, que ha resucitado y que junto al sepulcro de José proclamó: “Yo soy la resurrección y la vida”. En virtud del conocimiento que poseemos de Cristo y su amor, el reino de Dios es puesto en medio de nosotros. Cristo nos es revelado en sermones y nos es cantado en him­nos. El banquete espiritual nos es presentado con rica abundancia. El vestido de bodas, provisto a un precio infinito, es ofrecido gratuitamen­te a cada alma. Mediante los mensajeros de Dios nos son presentadas la justicia de Cristo, la justificación por la fe, y las preciosas y grandísimas promesas de la Palabra de Dios, el libre acceso al Padre por medio de Cristo, la consolación del Espíritu y la bien fundada seguridad de la vida eterna en el reino de Dios. ¿Qué otra cosa podía hacer Dios que no haya hecho al proveer la gran cena, el banquete celestial? (Palabras de vida del Gran Maestro, p. 258).

El Señor eligió a un pueblo y lo hizo depositario de su verdad. Era su propósito, que al revelar su carácter, Israel atrajera a las demás naciones hacia él. Mediante el sistema de sacrificios, Cristo habría de ser levantado a fin de que todos pudieran mirar y vivir. La invitación del evangelio debía llegar al mundo. Pero Israel no cumplió con el pro­pósito de Dios; se alejaron de él y perdieron de vista el alto privilegio de ser sus representantes. Las bendiciones que habían recibido no se transformaron en bendiciones para el mundo, sino que las usaron para su propia glorificación. Le robaron a Dios el servicio que se les requería y dejaron a sus prójimos sin la guía religiosa y el ejemplo santo (Review and Herald, 12 de noviembre, 1903).

Las verdades que debemos proclamar al mundo son las más solem­nes que jamás hayan sido confiadas a seres mortales. Nuestra tarea consiste en proclamarlas. El mundo debe ser amonestado, y el pueblo de Dios tiene que ser fiel a su cometido. No debe dejarse arrastrar a la especulación, ni asociarse con los incrédulos en empresas comerciales; porque eso entorpecería su acción en la obra de Dios. Cristo dice a los suyos: “Vosotros sois la luz del mundo” (Mateo 5:14). No es un hecho de poca importancia que Dios nos haya revelado con tanta claridad sus planes y sus consejos. Comprender la voluntad de Dios, tal como está revelada en la segura palabra profética, es para nosotros un maravilloso privilegio, pero nos impone una pesada responsabilidad. Dios espera que impartamos a otros el conocimiento que nos ha dado. Según su plan, los factores divinos y humanos deben unirse para procla­mar el mensaje de amonestación (Exaltad a Jesús, p. 351).

 

Miércoles 24 de abril
Reunión de Israel con Dios

“Las casas de marfil perecerán; y muchas casas serán arruinadas, dice Jehová”. “El Señor Jehová de los ejércitos es el que toca la tierra, y se derretirá, y llorarán todos los que en ella moran”. “Tus hijos y tus hijas caerán a cuchillo, y tu tierra será partida por suertes; y tú morirás en tierra inmunda, e Israel será traspasado de su tierra”. “Porque te he de hacer esto, aparéjate para venir al encuentro a tu Dios, oh Israel” (Amós 9:8-10; 3:15; 9:5; 7:17; 4:12).

Los castigos predichos quedaron suspendidos por un tiempo, y durante el largo reinado de Jeroboam II los ejércitos de Israel obtu­vieron señaladas victorias; pero ese tiempo de prosperidad aparente no cambió el corazón de los impenitentes, así que fue finalmente decretado: “Jeroboam morirá a cuchillo, e Israel pasará de su tierra en cautiverio” (Amós 7:11).

Tanto habían progresado en la impenitencia el rey y el pueblo que la intrepidez de esa declaración no tuvo efecto en ellos. Amasias, uno de los que acaudillaban a los sacerdotes idólatras de Betel, agitado por las claras palabras pronunciadas por el profeta contra la nación y su rey, dijo a Amos: “Vidente, vete, y huye a tierra de Judá, y come allá tu pan, y profetiza allí: y no profetices más en Beth-el, porque es santuario del rey, y cabecera del reino” (versículos 12, 13). A esto respondió firmemente el profeta: “Por tanto, así ha dicho Jehová:... Israel será traspasado de su tierra” (versículo 17) (Profetas y reyes, pp. 214, 215).

“Preparaos para encontraros con vuestro Dios”, es el mensaje que debemos proclamar en todas partes. La trompeta debe emitir un sonido certero. Hay que hacer resonar la advertencia clara y distintamente: “Ha caído, ha caído la gran Babilonia... Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas” (Apocalipsis 18:2-4). Las palabras de este pasaje se cumplirán. Pronto la gran prueba vendrá sobre todos los habitantes del mundo. En ese tiempo se realizarán decisiones rápidas. Los que han sido convencidos por la presentación de la palabra se alinearán bajo el estandarte ensan­grentado del Príncipe Emanuel. Verán y comprenderán como nunca antes que han perdido numerosas oportunidades para hacer el bien que deberían haber hecho. Comprenderán que no han trabajado con tanto celo como debieran haberlo hecho para buscar y salvar a los perdidos, para arrancarlos, por decirlo así, del fuego (Testimonios para la iglesia, tomo 9, p. 120).

Satanás continuará jugando el juego de la vida con nuestras almas mientras dure el tiempo, y el fin de todas las cosas está cerca. No sabe­mos el día ni la hora en que el Hijo del Hombre vendrá; por lo tanto velemos para que cuando venga nos encuentre preparados. “Prepárate para venir al encuentro de tu Dios”. Hay pecados que deben ser confe­sados y errores que deben ser corregidos. Ahora es el tiempo que debe dedicarse a una ferviente preparación para reunirse con el Maestro. En este solemne día de la expiación, debemos humillar nuestro corazón ante Dios y confesar nuestros pecados. Nuestra fe debe corresponder con las verdades solemnes e importantes que profesamos. Será la única evidencia que podremos mostrarle al mundo de que nuestra religión es genuina (Review and Herald, 11 de julio, 1899).

 

Jueves 25 de abril
El orgullo que conduce a la caída

Los antepasados de Edom y de Israel eran hermanos, y debieran haber reinado entre ellos la bondad y la cortesía fraternal. Se les pro­hibió a los israelitas que vengaran entonces o en cualquier momento futuro, la afrenta que se les había hecho al negarles el paso por la tierra. No debían contar con poseer parte alguna de la tierra de Edom. Aunque los israelitas eran el pueblo escogido y favorecido de Dios, debían obedecer todas las restricciones que él les imponía. Dios les había prometido una buena herencia; pero no habían de creer por eso que ellos eran los únicos que tenían derechos en la tierra, ni tratar de expulsar a todos los demás. Se les ordenó que al tratar con los edomitas no les hiciesen injusticia. Habían de comerciar con ellos, comprarles lo que necesitaran y pagar puntualmente por todo lo que recibieran. Como aliciente para que Israel confiara en Dios y obedeciera a su palabra, se le recordó: “Jehová tu Dios te ha bendecido en toda obra de tus manos., .y ninguna cosa te ha faltado” (Deuteronomio 2:7). Israel no dependía de los edomitas, pues tenía un Dios rico y abundante en recursos. Nada debía procurar de ellos por la fuerza o el fraude, sino que más bien en todas sus relaciones debía poner en práctica este principio de la ley divina: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Patriarcas y profetas, pp. 449, 450).

Hay importante instrucción para todos los que desean caminar en el temor de Dios y en sus mandamientos. Algunos que profesan hacerlo, están actuando como los ricos y los dirigentes de Israel. Usan su poder para exigir más de lo que es justo y honesto, y se transforman en opre­sores. En cada negocio la Palabra de Dios debe ser la regla. Los que profesan amar a Dios y sin embargo toman ventaja de las necesidades de sus hermanos y les exigen intereses altos, tal vez un diez o un doce por ciento, pueden pensar que obtendrán buenas ganancias por un tiem­po. Pero finalmente comprenderán que el Señor puede castigar y quitar. El escucha la voz de los oprimidos y pagará al opresor de acuerdo a sus obras (Review and Herald, 11 de marzo, 1884).

Frecuentemente los salarios de hombres y mujeres que trabajan son cruelmente retenidos, y tienen que sufrir la demora de lo poco que han ganado con trabajo duro. Esta injusticia se practica en gran escala. Aquellos que utilizan sus labores, frecuentemente viven en la extrava­gancia, y lo que ellos gastan en intemperancia podría fácilmente solven­tar los gastos de una o dos familias pobres. El Señor censura a aquellos que hacen esperar a sus trabajadores para recibir su pago bien ganado.

Pero mientras mostramos simpatía y amor por los pobres que lo merecen, no debemos favorecer la pobreza que llega como resultado de la ociosidad. Tampoco debemos honrar al poderoso simplemente porque es poderoso. Si alguien tiene riqueza, se le muestra gran respeto, honor y aplausos, sin importar si tiene un corazón corrupto o si su vida no es digna de imitar. Ni la posición ni la riqueza definen a una persona. El Señor estima y acepta el corazón puro y las manos limpias (Signs of the Times, 22 de julio, 1880).

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