Notas de Elena G. de White

Lección 3
20 de Abril de 2013

Un Dios Santo y Justo (Joel)

Sábado 13 de abril

Ahora es el momento de prepararse para la venida de nuestro Señor. La preparación para encontrarlo no puede lograrse en un momento. La preparación para este acontecimiento solemne debe ser de vigilante espera, combinada con trabajo ferviente... Así es como se preparan para encontrar a su Señor; y cuando él venga dirán con gozo: “Este es nuestro Dios, le hemos esperado, y nos salvará... nos gozaremos y nos alegraremos en su salvación” (Isaías 25:9) (En luga­res celestiales, p. 250).

Será bueno que consideremos lo que pronto ha de ocurrir sobre la tierra. Este no es tiempo para cosas pequeñas o para buscarse a sí mismo. Si los tiempos en que vivimos dejan de impresionar nuestra mente con seriedad, ¿qué otra cosa puede alcanzamos? ¿No nos piden las Escrituras una obra más pura y más santa que la que hemos visto hasta ahora?

Se necesitan ahora hombres de clara comprensión. Dios pide a aquellos que están deseosos de ser dirigidos por el Espíritu Santo, que sean los primeros en una obra de reforma completa. Veo una crisis delante de nosotros, y el Señor pide que sus obreros se coloquen en línea. Toda alma debe estar ahora en una posición de consagración más profunda y más verdadera a Dios que durante los años pasados...

He sido profundamente impresionada por las escenas que recien­temente han pasado ante mí en las horas de la noche. Parecía haber un gran movimiento —una obra de reavivamiento— que ocurría en muchos lugares. Nuestros hermanos se colocaban en línea, res­pondiendo al llamado de Dios. Hermanos míos, el Señor nos está hablando. ¿No escucharemos su voz? ¿No acondicionaremos nuestras lámparas, y actuaremos como hombres que están esperando que su Señor venga? El tiempo exige que seamos portadores de la luz, exige acción (Testimonios para los ministros, pp. 523, 524).

Domingo 14 de abril
Un desastre nacional

Solo había un remedio para el castigado Israel, y consistía en que se apartase de los pecados que habían atraído sobre él la mano castigadora del Todopoderoso, y que se volviese al Señor de todo su corazón. Se le había hecho esta promesa: “Si yo cerrare los cielos, que no haya lluvia, y si mandare a la langosta que consuma la tierra, o si enviare pestilencia a mi pueblo; si se humillare mi pueblo, sobre los cuales mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra” (2 Crónicas 7:13, 14). Con el fin de obtener este resultado bienaventurado, Dios continuaba privándolos de rocío y lluvia hasta que se produjese una reforma deci­dida (Profetas y reyes, p. 93).

Dios no puede bendecir a los seres humanos con tierras y rebaños si ellos no usan esas bendiciones para la gloria de Dios. No puede confiar su tesoro a quienes lo utilizarán mal. En un lenguaje simple, Dios les dice a sus hijos lo que requiere de ellos: dar diezmo de todo lo que poseen y ofrendas de lo que se les ha otorgado. Sus bendi­ciones y misericordias han sido abundantes y sistemáticas. Envía la lluvia y el sol para que florezca la vegetación, y mantiene constante el tiempo de la siembra y de la cosecha. La bondad inquebrantable de Dios merece mejor respuesta que la ingratitud y el olvido. Con corazones agradecidos debiéramos retornar a Dios nuestros diezmos y ofrendas; no hay excusa para no hacerlo. Los arreglos y provisiones para esparcir la verdad en el mundo no han sido dejados al azar; por el contrario, Dios coloca sus bienes en las manos de sus siervos para que los manejen equitativamente a fin de que el evangelio pueda ser predicado en el mundo.

El evangelio debe ir hasta lo último de la tierra, y si los creyentes no devuelven el interés que Dios requiere, son siervos infieles. Los misioneros deben ser enviados y la preciosa luz de la verdad que Dios ha permitido que brille sobre nosotros, debe ser difundida, para que las almas tan preciosas como las nuestras puedan ser salvadas. Debe haber provisión tanto para avanzar la causa de Dios como para auxi­liar a los pobres. El Señor dice: “Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; Y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde. Reprenderé también por vosotros al devorador, y no os destruirá el fruto de la tierra, ni vuestra vid en el campo será estéril, dice Jehová de los ejércitos.

“Y todas las naciones os dirán bienaventurados; porque seréis tierra deseable, dice Jehová de los ejércitos” (Malaquías 3:10-12) (Signs of the Times, 13 de enero, 1890).

Lunes 15 de abril
¡Tocad trompeta!

El ayuno que la Palabra de Dios ordena es algo más que una formalidad. No consiste meramente en rechazar el alimento, vestirse de cilicio, o echarse cenizas sobre la cabeza. El que ayuna verda­deramente entristecido por el pecado no buscará la oportunidad de exhibirse.

El propósito del ayuno que Dios nos manda observar no es afligir el cuerpo a causa de los pecados del alma, sino ayudamos a percibir el carácter grave del pecado, a humillar el corazón ante Dios y a recibir su gracia perdonadora. Mandó a Israel: “Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios”.

A nada conducirá el hacer penitencia ni el pensar que por nuestras propias obras mereceremos o compraremos una heredad con los san­tos. Cuando se le preguntó a Cristo: “¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?”, él respondió: “Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado”. Arrepentirse es alejarse del yo y dirigirse a Cristo; y cuando recibamos a Cristo, para que por la fe él pueda vivir en nosotros, las obras buenas se manifestarán (El discurso maestro de Jesucristo, p. 75).

“He aquí, bienaventurado es el hombre a quien Dios castiga; por tanto, no menosprecies la corrección del Todopoderoso. Porque él es quien hace la llaga, y él la vendará; él hiere, y sus manos curan” (Job 5:17, 18).

Nuestro Padre celestial no aflige o lastima voluntariamente a los hijos de los hombres. Tiene su propósito en el torbellino y en la tor­menta, en el incendio y en la inundación. El Señor permite que vengan calamidades sobre su pueblo para salvarlo de mayores peligros. Desea que cada uno examine su corazón estrecha y cuidadosamente, y enton­ces se acerque a Dios para que Dios pueda acercarse a él.

Nuestra vida está en las manos de Dios. El ve peligros que nos amenazan que nosotros no podemos ver. Es el dador de todas nuestras bendiciones; el proveedor de todas nuestras misericordias; el ordena­dor de todas nuestras experiencias... Puede permitir que vengan sobre su pueblo lo que llena su corazón con tristeza, porque ve que éste necesita enderezar la senda para sus pies, no sea que el cojo se salga del camino. Conoce nuestra condición y recuerda que somos polvo. Aun los mismos cabellos de nuestra cabeza están contados. El obra a través de las causas naturales para enseñar a su pueblo a recordar que no lo ha olvidado, sino que desea que abandone el camino que si le fuera permitido seguir de un modo desenfrenado y sin reproche, los conduciría a gran peligro. Las pruebas nos llegan a todos para indu­cimos a investigar nuestros corazones, para ver si están purificados de todo lo que contamina. El Señor está constantemente trabajando para nuestro bien presente y eterno. Ocurren cosas que nos parecen inex­plicables, pero si confiamos en el Señor y esperamos pacientemente en él, humillando nuestros corazones delante de él, no permitirá que el enemigo triunfe...

Cada alma que es salvada debe participar con Cristo en sus sufri­mientos para que pueda participar con él en su gloria. Cuán pocos comprenden por qué Dios los somete a prueba. Es por la prueba de nuestra fe como obtenemos fortaleza espiritual. El Señor procura educar a su pueblo para apoyarse enteramente en él (En lugares celes­tiales, p. 265).

Martes 16 de abril:
El don del Espíritu de Dios

En cada época, el don del Espíritu Santo ha sido la gran promesa para la iglesia. “Derramaré mi Espíritu sobre toda carne”. Hay provi­sión para todos. A cada alma que se convierte a la verdad se le pro­mete el Espíritu; cada alma que se agrega a la iglesia debe ser educada para ganar almas para el Maestro.

El Señor requiere que todos los cristianos sean llenos del Espíritu Santo a fin de que consagren sus medios y talentos para la obra. Considerarán que es lo mínimo que pueden hacer en respuesta a lo que hizo el Redentor del mundo. Utilizarán cada jota y cada tilde de su influencia para ayudar a otros a apreciar el Don celestial. La ausencia de medios o de influencia por parte de alguien cuyo nombre está en los registros de la iglesia, significa que el tal le ha robado a Dios. Todos deben compartir las cargas y llevar el yugo de Cristo. Nadie está excusado; todos tendrán que dar cuenta de su trabajo por otras almas.

La prometida influencia del Espíritu Santo modela, prepara y capacita al obrero para cooperar con las inteligencias celestiales. Llegará a ser un representante activo y viviente mediante el cual Dios pueda manifestarse. En cambio, aquel que no se presenta cada día para que el Maestro lo utilice, deshonra su profesión de fe y deshonra al Espíritu Santo, quien ha sido designado para ayudar en la gran obra de buscar a las almas (Review and Herald, 22 de marzo, 1898).

“Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les habló diciendo: Varones judíos, y todos los que habitáis en Jerusalén, esto os sea notorio, y oíd mis palabras. Porque éstos no están ebrios, como vosotros suponéis, puesto que es la hora tercera del día. Mas esto es lo dicho por el profeta Joel: Y en los postreros días, dice Dios, Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, Y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; Vuestros jóvenes verán visiones. Y vuestros ancianos soñarán sueños; y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profe­tizarán” (Hechos 2:14-18).

Las palabras de Pedro hicieron una profunda impresión. Muchos que habían ridiculizado la religión de Jesús, se convencieron ahora de la verdad. Ciertamente era irrazonable pensar que más de cien perso­nas estaban intoxicadas a esa hora del día, máxime cuando se trataba de una solemne fiesta religiosa. Esta demostración sorprendente ocu­rrió antes de la comida en la que muchos bebían vino. Pedro mostró que esta manifestación era el directo cumplimiento de la profecía de Joel, que predecía tal descenso de poder para que los siervos de Dios cumplieran una obra especial (Folleto: Redemption: or the Ministry of Peter and the Conversion of Saul, pp. 7, 8).

Miércoles 17 de abril
Proclamar el nombre de Dios

Estamos viviendo en los últimos días y podemos esperar grandes cosas de parte de Dios. Debemos acercarnos al trono de su gracia y reclamar sus promesas. El Espíritu Santo descenderá sobre hombres y mujeres, hijos e hijas, “Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo” (Joel 2:32). Esto nos muestra una maravillosa obra que será hecha, para la cual necesitamos cada día el poder convincente de Dios en nuestros corazones. El cielo está lleno de bendiciones y es nuestro privilegio experimentar las ricas promesas de Dios para nosotros. Debemos buscar al Señor noche y día a fin de saber lo que debemos hacer y tomar los pasos necesarios para realizarlo.

El Señor tiene una obra especial que debemos hacer individual­mente. Al ver la maldad del mundo, maldad que se percibe en las cortes judiciales y en los periódicos, debemos acercamos al Señor y vivir por fe en sus promesas. Nosotros podemos tener influencia, una poderosa influencia en el mundo. Si el poder convincente de Dios nos acompaña, seremos capaces de atraer almas que ahora están en el pecado para que se conviertan.

En esta obra debemos trabajar humildemente. No debemos tratar de escalar a posiciones elevadas o recibir las alabanzas de los hom­bres. No debemos buscar la preeminencia sino trabajar para la gloria de Dios. Con la inteligencia que Dios nos ha dado, debemos colocar­nos en el canal a través del cual fluye la luz y la gracia para que él nos modele y perfeccione a la divina similitud. El cielo está esperando conceder sus ricas bendiciones sobre los que se consagran a la obra de Dios en estos últimos días de la historia de este mundo. Seremos probados; pasaremos noches en vigilia; pero dediquémoslas a orar para que Dios nos permita comprender los privilegios que tenemos.

No mostremos una religión negativa ni luchemos por la preemi­nencia; busquemos la grandeza de la humildad y la comprensión de la voluntad de Dios. Él desea que en estos últimos días seamos hombres y mujeres libres de la maldad de todo tipo que predomina entre aque­llos que no aceptan el consejo divino. Desea que el Espíritu nos guíe, porque lo buscamos a él con todo nuestro corazón.

Debemos ser testigos, no solamente con nuestras palabras o nuestra predicación, sino con una vida que vive la verdad; una vida que muestre que tenemos al Testigo viviendo en nuestros corazones. Cuando llegue el gran día de Dios, los que hayan servido a Cristo verán la luz divina brillando sobre ellos, mientras que los que hayan sido infieles a su cometido se preguntarán: ¿Por qué no compartí la verdad que conocía? ¿Por qué no la viví? ¿Por qué no consagré mi corazón, alma y voz a proclamar la verdad? Mis hermanos y herma­nas, les ruego en el nombre de Jesús de Nazaret, que dediquen mucho tiempo a orar e investigar la Palabra, a fin de comprender las pro­mesas que han sido puestas delante de nosotros (Review and Herald, 1º de abril, 1909).

Jueves 18 de abril
Refugio en tiempo de aflicción (Joel 3)

Jesús comisiona a sus discípulos a dar a conocer a todos las verdades que, hasta entonces, solo ellos habían escuchado: “Lo que os digo en tinieblas, decidlo en la luz; y lo que oís al oído, procla­madlo desde las azoteas” (Mateo 10:27). Sabiendo los problemas y la persecución que enfrentarían en el ministerio que estaban por comenzar, los fortalece asegurándoles que en todas las dificultades y peligros Dios estaría con ellos. No debían afligirse por la oposición que enfrentarían; solo debían buscar agradar a Dios en cuyas manos estaban. “Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno (versículo 28). Debían avanzar dando su testimonio de la verdad, y dejar su vida en manos de su Padre celestial, cuyo divi­no cuidado estaría siempre con ellos. “¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Pues aun vuestros cabellos están todos contados. Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos” (versículos 29-31).

Y finalmente concluye su instrucción y ánimo con la gran seguri­dad de la recompensa eterna para aquellos que acepten al Hijo de Dios y obedezcan sus enseñanzas. Al mismo tiempo, denuncia el destino de aquellos que lo rechacen: “A cualquiera, pues, que me confíese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos (versículos 32, 33).

De esta manera el Salvador comisionó a sus discípulos a ir a todo el mundo, predicar el evangelio, sanar a los enfermos y consolar a los tristes. Así como él lo había hecho, ahora ellos debían seguir sus instrucciones. La misión de los siervos de Dios en la actualidad tiene la misma vital importancia que la misión de los apóstoles: aceptar o rechazar el mensaje de Cristo produce los mismos resultados que él les anticipó a sus discípulos en esa solemne ocasión cuando los comisionó a enseñar sus palabras a la gente (Spirit of Prophecy, tomo 2, pp. 257, 258).

Dios sabe que Satanás tiene la habilidad de engañar y desanimar; por eso, mediante Cristo ha declarado su poder de salvar. Mediante la promesa de su pacto, Cristo intercede por todos los que se acercan al Padre mediante él. Satanás trata de presentar a Dios como un Juez severo, evitando que los seres humanos conozcan su amor y miseri­cordia, haciéndolos pensar que son demasiado pecadores para recibir su perdón. Por eso, en el lenguaje más claro, el Salvador nos asegura que Dios está lleno de misericordia y compasión, y que él mismo conoce nuestras debilidades por haber pasado por todas nuestras ten­taciones, aunque sin pecar. Conoce muy bien las prácticas del enemi­go y les anticipa a sus hijos lo que pueden esperar; al mismo tiempo, les asegura su ayuda para soportar lo que venga. No hay un sollozo de tristeza, ni un suspiro de angustia, que no traiga dolor al corazón de Cristo. Simpatiza con nuestras debilidades y nos recuerda que Dios, quien tiene cuidado de los pajarillos que vuelan de rama en rama y sabe cuándo uno de ellos cae a tierra, tomará cuidado de nosotros: “Así que no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos” (Mateo 10:31) (Signs of the Times, 1º de agosto, 1900).