Notas de Elena G. de White

Lección 2
13 de Abril de 2013

Amor y juicio: El dilema de Dios(Oseas)Oseas)

Sábado 6 de abril
Los hombres fabrican yugos para su propio cuello que parecen livianos y placenteros, pero que resultan fastidiosos en extremo. Cristo ve esto y dice: “Llevad mi yugo sobre vosotros. El yugo que vosotros queréis poner sobre vuestro cuello, pensando que se amolda perfecta­mente, no resulta adecuado de ningún modo. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí las lecciones esenciales que debéis atesorar, porque yo soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Mi yugo es fácil y mi carga es liviana”.

El Señor nunca estima equivocadamente su heredad. Mide a los hombres con quienes trabaja. Cuando se someten a su yugo, cuando abandonan la lucha que no les ha resultado provechosa ni para ellos ni para la causa de Dios, hallarán descanso. Cuando llegan a comprender su propia debilidad y sus propias deficiencias, se deleitarán en hacer la voluntad de Dios. Se someterán al yugo de Cristo (Hijos e hijas de Dios, p. 71).

Domingo 7 de abril
Fácilmente engañados y sin entendimiento

La introducción de principios que apartaban a la gente de un espíri­tu de sacrificio y la inducían a glorificarse a sí misma, iba acompañada de otra grosera perversión del plan divino para Israel. Dios quería que su pueblo fuese la luz del mundo. De él debía resplandecer la gloria de su ley mientras la revelaba en la práctica de su vida. Para que este designio se cumpliese, había dispuesto que la nación escogida ocupase una posición estratégica entre las naciones de la tierra.

En los tiempos de Salomón, el reino de Israel se extendía desde Hamath en el norte hasta Egipto en el sur, y desde el mar Mediterráneo hasta el río Éufrates. Por este territorio cruzaban muchos caminos naturales para el comercio del mundo, y las caravanas provenientes de tierras lejanas pasaban constantemente en un sentido y en otro. Esto daba a Salomón y a su pueblo oportunidades favorables para revelar a hombres de todas las naciones el carácter del Rey de reyes y para enseñarles a reverenciarle y obedecerle. Este conocimiento debía comunicarse a todo el mundo. Mediante la enseñanza de los sacrificios y ofrendas, Cristo debía ser ensalzado delante de las naciones, para que todos pudiesen vivir.

Puesto a la cabeza de una nación que había sido establecida como faro para las naciones circundantes, Salomón debiera haber usado la sabi­duría que Dios le había dado y el poder de su influencia para organizar y dirigir un gran movimiento destinado a iluminar a los que no conocían a Dios ni su verdad. Se habría obtenido así que multitudes obedeciesen los preceptos divinos, Israel habría quedado protegido de los males practicados por los paganos, y el Señor de gloria habría sido honrado en gran manera. Pero Salomón perdió de vista este elevado propósito. No aprovechó sus magníficas oportunidades para iluminar a los que pasaban continuamente por su territorio o se detenían en las ciudades principales.

El espíritu misionero que Dios había implantado en el corazón de Salomón y en el de todos los verdaderos israelitas fue reemplazado por un espíritu de mercantilismo. Las oportunidades ofrecidas por el trato con muchas naciones fueron utilizadas para el engrandecimiento personal...

Las rentas del rey y de muchos de sus súbditos aumentaron enor­memente, pero ¡a qué costo! Debido a la codicia y a la falta de visión de aquellos a quienes habían sido confiados los oráculos de Dios, las innumerables multitudes que recorrían los caminos fueron dejadas en la ignorancia de cuanto concernía a Jehová (Profetas y reyes, pp. 51-53).

Las alianzas de los israelitas con sus vecinos paganos resultaron en pérdida de su identidad como pueblo peculiar de Dios. Fueron leu­dados por las malas prácticas de aquellos con quienes hicieron alianzas prohibidas. Su asociación con los mundanos les hizo perder su primer amor y su celo por el servicio de Dios. Las ventajas por las cuales se vendieron solo les trajo chascos y causaron la pérdida de muchas almas.

Lo que le sucedió a Israel le pasará a todos los que vayan al mundo en busca de poder, apartándose del Dios viviente. Los que rechazan a Aquel que es poderoso y fuente de toda fortaleza, y se asocian con los del mundo para depender de ellos, quedan débiles en poder moral como lo son aquellos en quienes confían.

Dios se presenta con ruegos y promesas a los que están cometiendo faltas. Trata de mostrarles sus errores y de llevarlos al arrepentimiento. Pero si se niegan a humillar su corazón delante de él, si se esfuerzan por ensalzarse por sobre él, tiene que manifestárseles por medio de castigos. No se aceptará de parte de los que insisten en deshonrar a Dios, apoyán­dose en el brazo del poder del mundo, ninguna apariencia de estar cerca de Dios ni ninguna afirmación de que hay unidad con él (Comentario bíblico adventista, tomo 4, p. 1177).

Lunes 8 de abril
Una novilla domada

Mediante el varón de Dios que se había presentado ante el altar de Betel, mediante Elías y Elíseo, mediante Amos y Oseas, el Señor había señalado repetidas veces a las diez tribus los males de la desobediencia. Sin embargo y a pesar de las reprensiones y súplicas, Israel se había hundido más y más en la apostasía. Declaró el Señor: “Porque como novilla indómita se apartó Israel”. “Mi pueblo está adherido a la rebe­lión contra mí” (Oseas 4:16; 11:7)...

La iniquidad de Israel durante el último medio siglo antes de la cautividad asiria, fue como los días de Noé y como toda otra época cuando los hombres rechazaron a Dios y se entregaron por completo al mal hacer. La exaltación de la naturaleza sobre el Dios de la naturaleza, la adoración de las criaturas en vez del Creador, resultaron siempre en los males más groseros. Asimismo cuando el pueblo de Israel, en su culto de Baal y Astarté, rindió supremo homenaje a las fuerzas de la naturaleza, se separó de todo lo que es elevador y ennoblecedor y cayó fácilmente presa de la tentación. Una vez derribadas las defensas del alma, los extraviados adoradores no tuvieron barrera contra el pecado, y se entregaron a las malas pasiones del corazón humano (Profetas y reyes, pp. 210, 211).

Que cada miembro de iglesia considere la necesidad de arar el terreno, de limpiarlo cuidadosamente, y sembrar la semilla y cubrirla con tierra, lo cual constituye el laborioso trabajo del agricultor. Es un proceso duro y minucioso. La siembra de la semilla no siempre es agradable para el que la recibe, y algunas veces le produce dificultades porque no siente la virtud de la Palabra y no se somete al proceso del cultivo de la vida espiritual. Los pecados cometidos requieren un sin­cero arrepentimiento, así como el duro terreno es arado y los grandes terrones son deshechos para poder sembrar la preciosa semilla. Esto representa la severa disciplina de Dios. Con frecuencia hay rebelión, entonces la disciplina de Dios debe continuar hasta que se quebranta la terca voluntad y se logra la finalidad buscada.

Esta obra debe realizarse tanto en las cosas espirituales como natu­rales. A menudo se necesita severidad para producir la cosecha espiri­tual. La gran ley de Dios es que sin la debida siembra de la simiente y el cultivo, no se recoge la cosecha. Falta la experiencia. Las bendiciones divinas esperan únicamente que los seres humanos trabajen el terreno espiritual del corazón y se preocupen de cuidar el terreno mientras el Señor está sembrando su simiente (A fin de conocerle, p. 283).

El yugo que nos liga al servicio es la ley de Dios. La gran ley de amor revelada en el Edén, proclamada en el Sinaí, y en el nuevo pacto escrita en el corazón, es la que liga al obrero humano a la voluntad de Dios. Si fuésemos abandonados a nuestras propias inclinaciones para ir adonde nos condujese nuestra voluntad, caeríamos en las filas de Satanás y llegaríamos a poseer sus atributos. Por lo tanto, Dios nos encierra en su voluntad, que es alta, noble y elevadora. El desea que asumamos con paciencia y sabiduría los deberes de servirle (El Deseado de todas las gentes, p. 296).

Martes 9 de abril
Un hijo infante

Los israelitas no tenían excusa por olvidarse del verdadero carácter de Jehová. Con frecuencia se les había revelado como “Dios misericor­dioso y clemente, lento para la ira, y grande en misericordia y verdad” (Salmo 86:15). Había testificado: “Cuando Israel era muchacho, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo” (Oseas 11:1).

El Señor había tratado a Israel con ternura al librarlo de la servi­dumbre egipcia y mientras viajaba hacia la tierra prometida. “En toda angustia de ellos él fue angustiado, y el ángel de su faz los salvó: en su amor y en su clemencia los redimió, y los trajo, y los levantó todos los días del siglo” (Isaías 63:9).

“Mi rostro irá contigo” (Éxodo 33:14), fue la promesa hecha duran­te el viaje a través del desierto. Y fue acompañada por una maravillosa revelación del carácter de Jehová (Profetas y reyes, p. 231).

Dios no promete a su pueblo que estará libre de dificultades, pero promete algo mucho mejor: “Como tus días serán tus fuerzas” (Deuteronomio 33:25). “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfec­ciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9). Cuando llegan las tribula­ciones, el Señor no quiere que pensemos que nos ha abandonado. Por el contrario, somos de gran valor a su vista porque nos iguala con los sufrimientos de su amado Hijo...

Muchos dejan de regocijarse cuando enfrentan pruebas. Como Pedro, miran las olas turbulentas que los rodean, en lugar de fijar su vista en Jesús. Cuando dejamos de mirar las dificultades y miramos a Jesús nuestro ayudador, “sabemos que a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Romanos 8:28). No nos olvidemos de la exhortación que se nos hace: “Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina?... Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad” (Hebreos 12:5-10) (The Bible Echo, 1º de marzo, 1893).

Las pruebas y los obstáculos son los métodos de disciplina que el Señor escoge, y las condiciones que señala para el éxito. El que lee en los corazones de los hombres conoce sus caracteres mejor que ellos mismos. Él ve que algunos tienen facultades y aptitudes que, bien dirigidas, pueden ser aprovechadas en el adelanto de la obra de Dios. Su providencia los coloca en diferentes situaciones y variadas circuns­tancias para que descubran en su carácter los defectos que permanecían ocultos a su conocimiento. Les da oportunidad para enmendar estos defectos y prepararse para servirle. Muchas veces permite que el fuego de la aflicción los alcance para purificarlos.

El hecho de que somos llamados a soportar pruebas demuestra que el Señor Jesús ve en nosotros algo precioso que quiere desarrollar. Si no viera en nosotros nada con que glorificar su nombre, no perdería tiempo en refinarnos. No echa piedras inútiles en su hornillo. Lo que él refina es mineral precioso. El herrero coloca el hierro y el acero en el fuego para saber de qué clase son. El Señor permite que sus escogidos pasen por el homo de la aflicción para probar su carácter y saber si pueden ser amoldados para su obra (El ministerio de curación, pp. 373, 374).

Miércoles 10 de abril
La compasión es más fuerte que la ira

Cristo vino a este mundo con todos los tesoros del amor eterno. El gran océano del amor divino fluía desde su inmenso centro. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo obraban juntos en beneficio de la raza humana. Todo el poder del universo celestial era puesto en ejecución para llevar adelante el plan de redención. Se erigió la cruz del Calvario, y mientras éramos pecadores, él murió por nosotros, el Justo por los injustos, para que pudiera justificar a todos los que creen en él. Tomó la naturaleza humana para que pudiera participar con nosotros en todas nuestras ten­taciones. Revistió su divinidad de humanidad y soportó la agonía de la cruz para ofrecer su alma como ofrenda por el pecado.

Cristo murió para salvar a un mundo pecador de las seguras con­secuencias de su pecado, y abre su corazón lleno de amor, simpatía y piedad, invitando a los seres caídos a venir a él para recibir el perdón completo y gratuito. Frente a todo el universo celestial, ofrece su carác­ter sin mancha a todos los hombres y mujeres que deseen recibir el amor que brota de su corazón, y envía el Espíritu Santo para impresionar sus mentes y corazones para que amen a sus prójimos como él los amó.

El Señor, en su infinita benevolencia, derrama sus tesoros para sal­var a las almas del pecado, a fin de que puedan llegar a estar unidas con él, e invita a las agencias humanas a cooperar con él en llevar adelante su gran propósito. Quiere que su pueblo tenga el privilegio de hacer avanzar en la tierra la obra que él hizo mientras estuvo aquí. Nos invita a cooperar con él en restaurar y salvar a nuestros prójimos. Desea forta­lecer a la iglesia con todo su poder para que el mundo entero sea rodea­do de la atmósfera de su gracia (Review and Herald, 7 de enero, 1902).

No porque le hayamos amado primero nos amó Cristo a nosotros; sino que “siendo aun pecadores”, él murió por nosotros. No nos trata conforme a nuestros méritos. Por más que nuestros pecados hayan merecido condenación no nos condena. Año tras año ha soportado nues­tra flaqueza e ignorancia, nuestra ingratitud y malignidad. A pesar de nuestros extravíos, de la dureza de nuestro corazón, de nuestro descuido de su Santa Palabra, nos alarga aun la mano.

La gracia es un atributo de Dios puesto al servicio de los seres humanos indignos. Nosotros no la buscamos, sino que fue enviada en busca nuestra. Dios se complace en concedemos su gracia, no porque seamos dignos de ella, sino porque somos rematadamente indignos. Lo único que nos da derecho a ella es nuestra gran necesidad.

Por medio de Jesucristo, el Señor Dios tiende siempre su mano en señal de invitación a los pecadores y caídos. A todos los quiere recibir. A todos les da la bienvenida. Se gloría en perdonar a los mayores peca­dores. Arrebatará la presa al poderoso, libertará al cautivo, sacará el tizón del fuego. Extenderá la cadena de oro de su gracia hasta las simas más hondas de la miseria humana, y elevará al alma más envilecida por el pecado.

Todo ser humano es objeto del interés amoroso de Aquel que dio su vida para convertir a los hombres a Dios. Como el pastor de su rebaño, cuida de las almas culpables y desamparadas, expuestas a la aniquila­ción por los ardides de Satanás (El ministerio de curación, p. 119).

Jueves 11 de abril
Sanados, amados y alimentados

Con frecuencia el Señor ha hablado a su pueblo para amonestarle y reprocharlo. Se ha revelado a sí mismo en misericordia, amor y bondad. No ha dejado a su pueblo apóstata librado a la voluntad del enemigo, sino que por mucho tiempo ha tenido paciencia con él, aun durante su obstinada apostasía. Pero después de que las exhortaciones han sido en vano, él prepara la vara del castigo. ¡Qué amor compasivo se ha brinda­do al pueblo de Dios! El Señor podría haber destruido en sus pecados a los que se le oponían, pero no ha procedido así. Todavía tiene extendida su mano. Tenemos razón para agradecer a Dios porque no ha quitado su Espíritu de los que han rehusado andar en su camino (Comentario bíblico adventista, tomo 3, pp. 1150, 1151).

La obediencia a la preciosa Palabra de Dios trae la belleza de la santidad. Esa Palabra, sea en el Antiguo o el Nuevo Testamento, no puede ser cambiada para adaptarla al ser humano en su condición caída; siempre mantiene su nivel santo y elevado. “Haz esto y vivirás”. Todos los seres humanos necesitan un modelo, y ese modelo está claramente revelado en la Palabra de Dios, que es la expresión de su voluntad. Esa Palabra le revela al ser humano sus defectos de carácter y su condición desesperada a menos que retome a su lealtad a Dios. La Palabra de Dios requiere la obediencia a su ley, y mediante la fe en Cristo puede alcan­zarse la excelencia del carácter (Review and Herald, 17 de octubre, 1899).

Cristo nos dice que los días previos a su aparición en las nubes del cielo serán semejantes a los días de Noé. El Redentor del mundo conoce bien la historia pasada y puede predecir la historia futura. La naturaleza humana de los días de Noé y la naturaleza humana de nuestros días son semejantes, porque ambas rechazan la influencia del Espíritu de Dios. Jesús reconoce el Génesis como inspirado, mientras que en nuestros días muchos reconocen la inspiración divina del Nuevo Testamento pero no le dan importancia a las Escrituras del Antiguo. Sin embargo, ambos no pueden ser divorciados. Tanto los apóstoles que escribieron el Nuevo Testamento como Cristo mismo, llevan constantemente las mentes de los que investigan las Escrituras al Antiguo Testamento. Cristo hace referencia a Noé como a una persona literal, y se refiere al diluvio como a un hecho histórico. Se pronuncia acerca del Antiguo Testamento como de origen divino. El, la Verdad y la Vida, anticipa los cuestionamientos y dudas de nuestra generación (Signs of the Times, 20 de diciembre, 1877).