Notas de Elena G. de White

Lección 9
2 de Marzo de 2013

El matrimonio: Un don del Edén

Sábado 23 de febrero

El que creó a Eva para que fuese compañera de Adán realizó su primer milagro en una boda. En la sala donde los amigos y parientes se regocijaban, Cristo principió su ministerio público. Con su presencia sancionó el matrimonio, reconociéndolo como institución que él mismo había fundado. Había dispuesto que hombres y mujeres se unieran en el santo lazo del matrimonio, para formar familias cuyos miembros, coronados de honor, fueran reconocidos como miembros de la familia celestial.

Cristo honró también las relaciones matrimoniales al hacerlas sím­bolo de su unión con los redimidos. Él es el Esposo, y la esposa es la iglesia, de la cual, como escogida por él, dice: “Toda tú eres hermosa, amiga mía, y en ti no hay mancha” (Cantares 4:7).

“Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para san­tificarla limpiándola en el lavacro del agua por la palabra, para... que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres” (Efesios 5:25-28) (El ministerio de curación, p. 275).

El matrimonio, unión para toda la vida, es símbolo de la unión de Cristo con su iglesia. El espíritu que Cristo manifiesta hacia su iglesia es el mismo espíritu que debe reinar entre los esposos.

Ninguno de los dos debe tratar de dominar. El Señor ha presentado los principios que deben guiamos. El esposo debe amar a su esposa como Cristo amó a la iglesia. La mujer debe respetar y amar a su mari­do. Ambos deben cultivar un espíritu de bondad, y estar bien resueltos a nunca perjudicarse ni causarse pena el uno al otro (Joyas de los testi­monios, t. 3, pp. 96, 97).

Domingo 24 de febrero
Lo tov

Después de la creación de Adán, toda criatura viviente fue traída ante su presencia para recibir un nombre; vio que a cada uno se le había dado una compañera, pero entre todos ellos no había “ayuda idónea para él”. Entre todas las criaturas que Dios había creado en la tierra, no había ninguna igual al hombre. “Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo, haréle ayuda idónea para él” (Génesis 2:18). El hombre no fue creado para que viviese en la soledad; había de tener una naturaleza sociable. Sin compañía, las bellas escenas y las encantadoras ocupaciones del Edén no hubiesen podido proporcionarle perfecta feli­cidad. Aun la comunión con los ángeles no hubiese podido satisfacer su deseo de simpatía y compañía. No existía nadie de la misma naturaleza y forma a quien amar y de quien ser amado.

Dios mismo dio a Adán una compañera. Le proveyó de una “ayuda idónea para él”, alguien que realmente le correspondía, una persona digna y apropiada para ser su compañera y que podría ser una sola cosa con él en amor y simpatía. Eva fue creada de una costilla tomada del costado de Adán; este hecho significa que ella no debía dominarle como cabeza, ni tampoco debía ser humillada y hollada bajo sus plantas como un ser inferior, sino que más bien debía estar a su lado como su igual, para ser amada y protegida por él. Siendo parte del hombre, hueso de sus huesos y carne de su carne, era ella su segundo yo; y quedaba en evidencia la unión íntima y afectuosa que debía existir en esta relación. “Porque ninguno aborreció jamás a su propia carne, antes la sustenta y regala”. “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y allegarse ha a su mujer, y serán una sola carne” (Efesios 5:29; Génesis 2:24) (Patriarcas y profetas, pp. 26, 27).

Con una parte del hombre Dios hizo a una mujer, a fin de que fuese ayuda idónea para él, alguien que fuese una con él, que le alegrase, le alentase y bendijese, mientras que él a su vez fuese su fuerte auxilia­dor. Todos los que contraen relaciones matrimoniales con un propósito santo —el esposo para obtener los afectos puros del corazón de una mujer, y ella para suavizar, mejorar y completar el carácter de su espo­so— cumplen el propósito de Dios para con ellos.

Cristo no vino para destruir esa institución, sino para devolverle su santidad y elevación originales. Vino para restaurar la imagen moral de Dios en el hombre, y comenzó su obra sancionando la relación matri­monial (El hogar cristiano, p. 84).

Lunes 25 de febrero
Una compañera para Adán

El matrimonio recibió la sanción y bendición de Cristo y debe considerarse como una institución sagrada. La verdadera religión no contrarresta los planes del Señor. Dios ordenó que la mujer se uniera al hombre en santo matrimonio para formar familias coronadas de honra que fueran símbolos de la familia celestial... El matrimonio, cuando se forma con pureza y santidad, verdad y justicia, es una de las mayores bendiciones dadas a la familia humana...

El amor divino que emana de Cristo nunca destruye el amor huma­no, sino que lo abarca, refinado y purificado. Por él, el amor humano es elevado y ennoblecido. El amor humano nunca puede llevar su precioso fruto hasta que sea unido con la naturaleza divina y ejercitado a crecer hacia el cielo. Jesús quiere ver matrimonios felices, hogares felices. El calor de la verdadera amistad y el amor que une los corazones del espo­so y la esposa es un goce anticipado del cielo (En lugares celestiales, p. 202).

Dios celebró la primera boda. De manera que la institución del matrimonio tiene como su autor al Creador del Universo. “Honroso es en todos el matrimonio” (Hebreos 13:4). Fue una de las primeras dádi­vas de Dios al hombre, y es una de las dos instituciones que, después de la caída, llevó Adán consigo al salir del paraíso. Cuando se reconocen y obedecen los principios divinos en esta materia, el matrimonio es una bendición: salvaguarda la felicidad y la pureza de la raza, satisface las necesidades sociales del hombre y eleva su naturaleza física, intelectual y moral (Conflicto y valor, p. 14).

Hubo dirigentes religiosos que hicieron leyes que prohibían casarse y recomendaban recluirse en monasterios. Estas leyes y restricciones fueron inventadas por Satanás para colocar a hombres y mujeres en condiciones no naturales, y para que consideraran la ley del matrimo­nio como algo no santo. Al mismo tiempo quería abrir la puerta para la indulgencia de las pasiones humanas, lo que produjo algunos de los mayores males en nuestro mundo: adulterio, fornicación, y la matanza de niños inocentes nacidos fuera del matrimonio (Signs of the Times, 30 de agosto, 1899).

Martes 26 de febrero
El matrimonio ideal

El hogar debe ser hecho todo lo que la palabra implica. Debe ser un pequeño cielo en la tierra, un lugar donde los afectos son cul­tivados en vez de ser estudiosamente reprimidos. Nuestra felicidad depende de que se cultive así el amor, la simpatía y la verdadera cortesía mutua.

El símbolo más dulce del cielo es un hogar presidido por el Espíritu del Señor. Si se cumple la voluntad de Dios, los esposos se respetarán mutuamente y cultivarán el amor y la confianza...

Dios quisiera que nuestras familias fuesen símbolos de la familia del cielo. Recuerden esto cada día los padres y los hijos, y relaciónense unos con otros como miembros de la familia de Dios. Entonces su vida será de tal carácter que dará al mundo una lección objetiva de lo que pueden ser las familias que aman a Dios y guardan sus mandamientos. Cristo será glorificado; su paz, su gracia y su amor compenetrarán el círculo familiar como un perfume precioso (El hogar cristiano, pp. 11-13).

Dios quiere que el hogar sea el lugar más feliz de la tierra, el mismo símbolo del hogar celestial. Mientras llevan las responsabilidades matrimoniales en el hogar, y vinculan sus intereses con Jesucristo, apo­yándose en su brazo y en la seguridad de sus promesas, ambos esposos pueden compartir en esta unión una felicidad que los ángeles de Dios elogian (El hogar cristiano, p. 87).

En las mentes juveniles el matrimonio está revestido de romanticis­mo y es difícil despojarlo de ese carácter que le presta la imaginación, para hacer que la mente comprenda cuán pesadas responsabilidades entraña el voto matrimonial. Liga los destinos de dos personas con vínculos que solo la muerte puede cortar.

Todo compromiso matrimonial debe ser considerado cuidadosa­mente, pues el casamiento es un paso que se da para toda la vida. Tanto el hombre como la mujer deben considerar cuidadosamente si pueden mantenerse unidos a través de las vicisitudes de la existencia mientras ambos vivan (El hogar cristiano, p. 309).

Miércoles 27 de febrero
Proteger lo que es precioso

“No cometerás adulterio” (Éxodo 20:14).

Este mandamiento no solo prohíbe las acciones impuras, sino también los pensamientos y los deseos sensuales, y toda práctica que tienda a excitarles. Exige pureza no solo de la vida exterior, sino tam­bién en las intenciones secretas y en las emociones del corazón. Cristo, al enseñar cuán abarcante es la obligación de guardar la ley de Dios, declaró que los malos pensamientos y las miradas concupiscentes son tan ciertamente pecados como el acto ilícito...

Mientras dure la vida, habrá necesidad de guardar los afectos y las pasiones con propósito firme. Ni un solo momento podemos estar segu­ros, a no ser que confiemos en Dios y tengamos nuestra vida escondida en Cristo (Hijos e hijas de Dios, p. 64).

Me fue mostrado que el séptimo mandamiento ha sido violado por algunos que son considerados como miembros de iglesia. Esto ha traído sobre ellos el desagrado de Dios. Este es un pecado horrible en estos últimos días, pero la iglesia [los miembros] ha atraído el desagrado y la maldición de Dios sobre ella por considerar ese pecado tan livianamen­te. Vi que se trata de un pecado enorme y que no se ha llevado a cabo un esfuerzo vigilante como el que debería haberse hecho para no ocasionar el desagrado de Dios y evitar su desaprobación, mediante una disciplina estricta hacia el ofensor.

Ello ha producido una influencia terrible y corrupta sobre los jóvenes. Han visto cuán livianamente ha sido considerado el pecado de quebrantar el séptimo mandamiento. El que ha cometido este horrible pecado piensa que todo lo que tiene que hacer es confesar que fue un error, que lo lamenta, y luego puede gozar de todos los privilegios de la casa de Dios y recibir el abrazo de comunión de la iglesia.

Han llegado a pensar que no se trata de un pecado tan grande, y así consideran livianamente la violación del séptimo mandamiento. Ello era suficiente para retirar del campamento el arca de Dios, en caso que no hubiera habido otro pecado que motivara el alejamiento del arca, debilitando así a Israel.

Los que quebranten el séptimo mandamiento deberían ser suspendidos de la iglesia, no gozar de su comunión, ni de los privi­legios de la casa de Dios. Dijo el ángel: “Este no es un pecado de ignorancia. Es un pecado conocido y recibirá la pavorosa visitación de Dios, no importa si quien lo cometió es una persona de edad o un joven” (Testimonios sobre conducta sexual, divorcio y adulterio, pp. 277, 278).

Los judíos se enorgullecían de su moralidad y se horrorizaban de las costumbres sensuales de los paganos. La presencia de los jefes romanos, enviados a Palestina por causa del gobierno imperial, era una ofensa continua para el pueblo; porque con estos gentiles habían venido muchas costumbres paganas, lascivia y disipación. En Capernaum, los jefes romanos asistían a los paseos y desfiles con sus frívolas mancebas, y a menudo el ruido de sus orgías interrumpía la quietud del lago cuando sus naves de placer se deslizaban sobre las tranquilas aguas. La gente esperaba que Jesús denunciase ásperamente a esa clase; pero con asombro escuchó palabras que revelaban el mal de sus propios corazones.

Cuando se aman y acarician malos pensamientos, por muy en secreto que sea, dijo Jesús, se demuestra que el mal reina todavía en el corazón. El alma sigue sumida en hiel de amargura y sometida a la iniquidad. El que halla placer espaciándose en escenas impuras, cultiva malos pensamientos y echa miradas sensuales, puede contemplar en el pecado visible, con su carga de vergüenza y aflicción desconsoladora, la verdadera naturaleza del mal que lleva oculto en su alma. El momen­to de tentación en que posiblemente se caiga en pecado gravoso no crea el mal que se manifiesta; solo desarrolla o revela lo que estaba latente y oculto en el corazón. “Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él”, ya que del corazón “mana la vida” (El discurso maestro de Jesucristo, p. 54).

Jueves 28 de febrero
El matrimonio, una metáfora para la iglesia

Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, la relación matrimonial se emplea para representar la unión tierna y sagrada que existe entre Cristo y su pueblo. En el pensar de Cristo, la alegría de las festividades de bodas simbolizaba el regocijo de aquel día en que él llevará la Esposa a la casa del Padre, y los redimidos juntamente con el Redentor se sentarán a la cena de las bodas del Cordero. Él dice: “De la manera que el novio se regocija sobre la novia, así tu Dios se regocijará sobre ti”. “Ya no serás llamada Dejada... sino que serás llamada mi Deleite... porque Jehová se deleita en ti”. “Jehová... gozaráse sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cantar”. Cuando la visión de las cosas celestiales fue concedida a Juan el apóstol, escribió: “Y oí como la voz de una grande compañía, y como el ruido de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos, que decía: Aleluya: porque reinó el Señor nuestro Dios Todopoderoso. Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque son venidas las bodas del Cordero, y su esposa se ha aparejado”. “Bienaventurados los que son llamados a la cena del Cordero” (El Deseado de todas las gentes, p. 125).

La iglesia es la desposada, la esposa del Cordero. Debe conservarse pura, santificada, santa. Nunca debe complacerse en ninguna necedad, pues es la novia de un Rey; sin embargo, no comprende su excelsa posición. Si lo entendiera, internamente estaría llena de toda gloria (Comentario bíblico adventista, tomo 7, pp. 996, 997).

Dios considera a la iglesia como su cuerpo; como la novia y la esposa del Cordero. Dios es el Padre de esa familia; el pastor de ese rebaño. Sin embargo nadie se salvará por tener una conexión externa con la iglesia. Es la fe en un Salvador personal lo que lleva al alma a una unión con Cristo. Esta es la verdadera enseñanza que Cristo declaró en el capítulo seis del Evangelio de Juan (Manuscript Releases, tomo 16, p. 277).

En la Biblia, el carácter sagrado y permanente de la relación que existe entre Cristo y su iglesia está representado por la unión del matrimonio. El Señor se ha unido con su pueblo en alianza solemne, prometiendo él ser su Dios, y el pueblo a su vez comprometiéndo­se a ser suyo y solo suyo. Dios dice: “Te desposaré conmigo para siempre: sí, te desposaré conmigo en justicia, y en rectitud, y en misericordia, y en compasiones” (Oseas 2:19, V. M.). Y también: “Yo soy vuestro esposo” (Jeremías 3:14). Y San Pablo emplea la misma figura en el Nuevo Testamento cuando dice: “Os he despo­sado a un marido, para presentaros como una virgen pura a Cristo” (2 Corintios 11:2).

La infidelidad a Cristo de que la iglesia se hizo culpable al dejar enfriarse la confianza y el amor que a él le unieran, y al permitir que el apego a las cosas mundanas llenase su alma, es comparada a la violación del voto matrimonial. El pecado que Israel cometió al apartarse del Señor está representado bajo esta figura; y el amor maravilloso de Dios que ese pueblo despreció, está descrito de modo conmovedor: “Te di juramento y entré en pacto contigo, dice Jehová el Señor; y viniste a ser mía”. “Y fuiste sumamente hermo­sa, y prosperaste hasta llegar a dignidad real. Y salió tu renombre entre las naciones, en atención a tu hermosura, la cual era perfecta, a causa de mis adornos que yo había puesto sobre ti... Mas pusiste tu confianza en tu hermosura, y te prostituiste a causa de tu renombre”. “Así como una mujer es desleal a su marido, así vosotros habéis sido desleales para conmigo, oh casa de Israel, dice Jehová”. “¡Ah, mujer adúltera, que en vez de tu marido admites los extraños!” (Ezequiel 16:8,13-15, 32; Jeremías 3:20, V. M.) (El conflicto de los siglos, pp. 431, 432).