Notas de Elena G. de White

 Lección 7
16 de Febrero de 2013

Por espejo, oscuramente

Sábado 9 de febrero

Somos propiedad del Señor tanto por creación como por redención. Somos súbditos suyos y sujetos a las leyes de su reino. Que nadie se engañe pensando que el Señor Dios del cielo y de la tierra no tiene ley para controlar y gobernar a los súbditos. Dependemos de Dios para todo aquello que disfrutamos. Recibimos de él el alimento que tomamos, las ropas que vestimos, el aire que respiramos, la vida que gozamos día tras día. Estamos bajo la obligación de aceptar su voluntad, coincidir con sus planes y decisiones y reconocerlo como nuestro supremo gobernante. Siendo que todas nuestras bendiciones provienen de su mano, tenemos la mayor responsabilidad de manifestarle nuestra gratitud por su misericordia, bondad y benevolencia, retomándole lo que es suyo mediante ofrendas y donaciones, gozosos de mostrar nuestra dependencia de Él (Review and Herald, 9 de marzo, 1897).

Dios requiere de su herencia comprada con sangre una entrega completa de la vida. Cada parte del ser pertenece a Dios por ser nuestro Creador y Redentor; por lo tanto él es nuestro dueño. Nos pide que le sirvamos y que no nos inclinemos ante los altares mundanos (Review and Herald, 23 de julio, 1901).

Domingo 10 de febrero
La Tierra es de Dios

...Todas las bendiciones deben venir a través de un Mediador. Ahora cada miembro de la familia humana está enteramente en las manos de Cristo, y todo lo que poseemos en esta vida presente ya sea dinero, casas, tierras, capacidad de razonar, fortaleza física, o facultades intelectuales y todas las bendiciones de la vida futura, han sido coloca­ dos en nuestra posesión como tesoros de Dios para que sean fielmente empleados en beneficio del hombre. Cada don tiene el sello de la cruz y lleva la imagen y el sobrescrito de Jesucristo. Todas las cosas provienen de Dios. Desde los beneficios más insignificantes hasta la mayor bendición, todo fluye por un único canal: la mediación sobrehumana asperjada con la sangre cuyo valor supera todo cálculo porque era la vida de Dios en su Hijo (Fe y obras, p. 20).

"De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan" (Salmo 24:1). Este mundo es la despensa de Dios de la cual extraemos constantemente. Nos ha provisto de frutos, granos y vegetales para nuestro sustento, haciendo que brille el sol y que caiga la lluvia sobre toda la familia humana; tanto sobre los buenos como sobre los malos. Lo que hace la diferencia es cómo se reciben sus dones y cómo se cumple el compromiso de ser sus mayordomos, usando cuidadosamente sus bendiciones y devolviéndole lo que le corresponde para "que haya alimento en mi casa" (Malaquías 3:10) (Review and Herald, 17 de diciembre, 1901).

El Señor Je ha prestado al hombre sus propios bienes en depósito, medios que él requiere que le sean devueltos cuando su providencia lo manifieste y la edificación de su causa lo demande. El Señor dio el intelecto, la salud y la capacidad para obtener ganancias terrenales. Creó las cosas de la tierra. Manifiesta su poder divino para desarrollar todas sus riquezas. Son sus frutos, de su propia labranza. Él dio el sol, las nubes, las lluvias, para hacer que la vegetación floreciera. Como siervos empleados por Dios, ustedes recogieron en su mies a fin de satisfacer sus necesidades de una manera económica y conservar el saldo a disposición de Dios. Pueden decir con David: "Pues todo es tuyo, y de Jo recibido de tu mano te damos" (1 Crónicas 21:14). Así que la satisfacción del mérito de la criatura no puede consistir en devolver al Señor Jo que es suyo, porque siempre fue su propiedad, para ser usada según él en su providencia lo indicara (Fe y obras, p. 18).

Cada alma de nuestro mundo es propiedad del Señor por creación y por redención. Cada alma está individualmente a prueba por su vida.

¿Le ha dado a Dios lo que le corresponde? ¿Ha rendido delante de Dios todo lo que es de él porque fue comprada por él? Todos los que creen que el Señor es su poseedor en esta vida, estarán dirigidos por él y recibirán la señal, la marca de Dios, que muestra que son la posesión especial de Dios. La justicia de Cristo los precederá, y la gloria del Señor será su retaguardia. El Señor protege a cada ser humano que lleva la señal de Dios [Se cita Éxodo 31: 12-17].

Este reconocimiento de Dios es del más alto valor para cada ser humano. Todos los que aman al Señor y le sirven son muy preciosos a su vista. Él quiere que estén donde sean dignos representantes de la ver dad tal como es en Jesús (Comentario bíblico adventista, t. 7, p. 980).

Lunes 11 de febrero
Un mundo caído

Dios maldijo la tierra por causa del pecado cometido por Adán y Eva al comer del árbol del conocimiento, y declaró: "Con dolor comerás de ella todos los días de tu vida". El Señor les había proporcionado lo bueno y les había evitado el mal. Entonces les declaró que comerían de él, es decir, estarían en contacto con el mal todos los días de su vida.

De allí en adelante el género humano sería afligido por las tentaciones de Satanás. Se asignó a Adán una vida de constantes fatigas y ansiedades, en lugar de las labores alegres y felices de que habían gozado hasta entonces. Estarían sujetos al desaliento, la tristeza y el dolor, y finalmente desaparecerían. Habían sido hechos del polvo de la tierra, y al polvo debían retornar (La historia de la redención, pp. 41, 42).

...El Señor preguntó a Caín dónde estaba su hermano, y éste contestó con una mentira: "No sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?" Dios le informó que estaba al tanto de su pecado, que conocía todos sus actos, hasta los pensamientos de su corazón, y le dijo: "La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra. Ahora, pues, maldito seas tú de la tierra, que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano. Cuando labres la tierra, no te volverá a dar su fuerza; errante y extranjero serás en la tierra". La maldición sobre la tierra fue al principio muy leve; pero entonces [después de la muerte de Abel recayó sobre ella una doble maldición.
Caín y Abel representan dos clases de personas: los justos y los impíos, los creyentes y los incrédulos, que debían existir desde la caída del hombre hasta la segunda venida de Cristo. Caín, que mató a su hermano Abel, representa a los impíos que tendrían envidia de los justos y los odiarían porque serían mejores que ellos. Sentirían celos de los justos y los perseguirían y matarían porque sus buenas obras condena­ rían su conducta pecaminosa (La historia de la redención, pp. 56, 57).

Cuando los justos sean resucitados, y el Rey de gloria abra ante ellos las puertas de la ciudad de Dios, y las naciones que han sido fieles entren por ellas, ¡qué belleza y gloria verán, con ojos asombrados, aquellos que en esta tierra solo vieron una naturaleza decadente por causa de la triple maldición sobre la tierra! (Spiritual Gifts, tomo 3, pp. 88, 89).

La gente que vivió antes del diluvio comía alimentos de origen animal y gratificaba su apetito hasta que se colmó la copa de la iniquidad, y Dios limpió la tierra de su contaminación moral mediante el diluvio. Entonces descansó sobre la tierra la tercera maldición terrible. La primera maldición se pronunció sobre la posteridad de Adán y sobre la tierra, a causa de la desobediencia. La segunda maldición vino sobre la tierra después que Caín mató a su hermano Abel. La tercera y más terrible maldición de Dios vino sobre la tierra con el diluvio.

Después del diluvio la gente comía mayormente alimentos de origen animal. Dios vio que las costumbres del hombre se habían corrompido, y que él estaba dispuesto a exaltarse a sí mismo en forma orgullosa contra su Creador y a seguir los dictámenes de su propio corazón. Y permitió que la raza longeva comiera alimentos de origen animal para abreviar su existencia pecaminosa. Pronto después del diluvio la raza humana comenzó a decrecer en tamaño y en longevidad (Consejos sobre el régimen alimenticio, pp. 445, 446).
 
Martes 12 de febrero
El gobernante de este mundo

Satanás emplea a hombres y mujeres como agentes para inducir al pecado y hacerlo atractivo. A estos agentes los educa fielmente para disfrazar el pecado a fin de poder destruir con más éxito a las almas y despojar a Cristo de su gloria. Satanás es el gran enemigo de Dios y del hombre. Se transforma por sus agentes en ángel de luz. En las Escrituras es llamado destructor, acusador de los hermanos, engañador, mentiroso, atormentador y homicida. Satanás tiene muchos servidores, pero tiene más éxito cuando puede emplear a los que profesan ser cristianos para realizar su obra satánica. Y cuanto mayor sea la influencia, más elevada la posición que ocupen, y mayor conocimiento profesen de Dios y de su servicio, tanto mayor será el éxito con que podrá emplearlos (Joyas de los testimonios, tomo 2, p. 33).

Cristo se regocijaba de poder hacer por sus seguidores más de lo que podían pedir o pensar. Él sabía que la verdad, armada con la omnipotencia del Espíritu Santo, vencería en la contienda con el mal; y que el estandarte ensangrentado ondearía triunfante sobre sus seguidores. Él sabía que la vida de sus confiados discípulos sería como la suya -una serie ininterrumpida de victorias, no tenidas por tales aquí, pero reconocidas como tales en el gran más allá (Obreros evangélicos, pp. 39, 40).

Satanás, con su poder maestro, se interpone entre los seres huma­ nos y la ley divina, y mediante sus falsedades y sofisterías los inspira para que se rebelen contra Dios y su ley, así como él lo hizo. Odia a los que no puede engañar y trata de malinterpretar sus palabras y acciones para que el mundo los destruya mediante la persecución, a fin de que no haya almas que no se liguen con el príncipe de este mundo y gobernador de las tinieblas. La historia muestra que nadie puede servir a Dios sin entrar en conflicto con las fuerzas unidas del mal; y ese conflicto entre el creyente y sus enemigos puede ser doloroso, y en ocasiones el alma puede ser tentada y caer bajo el poder del mal. Sin embargo, el Señor no permitirá que sus siervos, si claman por ayuda, sean presos del destructor. Nuestro compasivo Salvador conoce las debilidades humanas, y a través de su siervo Juan le envía al pecador arrepentido un mensaje de consuelo: "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiamos de toda maldad". "Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo" (1 Juan 1:9; 2: 1, 2) (Signs of the Times, 14 de noviembre, 1895).

Miércoles 13 de febrero
La "sabiduría" del mundo

La más difícil y humillante lección que el hombre debe aprender es su propia incapacidad si depende de la sabiduría humana, y el seguro fracaso de sus propios esfuerzos para leer correctamente la naturaleza. El pecado ha oscurecido su visión, y por sí mismo no puede interpretar la naturaleza sin colocarla por encima de Dios. No puede percibir a Dios en ella ni a Jesucristo, a quien él ha enviado. Está en la misma situación en que estuvieron los atenienses que erigían sus altares para el culto de la naturaleza. Pablo, de pie en medio del Areópago, presentó delante de la gente de Atenas la majestad del Dios viviente en contraste con su culto idólatra [Se cita Hechos 17:22-29].

Los que tienen un verdadero conocimiento de Dios no llegarán a cegarse con las leyes de la materia o las funciones de la naturaleza hasta el punto de pasar por alto o negarse a reconocer la acción continua de Dios en la naturaleza. La naturaleza no es Dios, ni nunca fue Dios. La voz de la naturaleza testifica de Dios, pero la naturaleza no es Dios. Como actúa creada por él, sencillamente da testimonio del poder de Dios. La Deidad es la autora de la naturaleza. El mundo natural tiene en sí mismo únicamente el poder que Dios le da.

Los antiguos filósofos se enorgullecían de su conocimiento superior. Leamos cómo comprendía esto el apóstol inspirado. "Profesando ser sabios -dice él- se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles... Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador". El mundo no puede con su sabiduría humana conocer a Dios. Sus sabios obtienen un conocimiento imperfecto de Dios que toman de sus obras creadas, y después, en su necedad, exaltan la naturaleza y las leyes de la naturaleza por encima del Dios de la naturaleza. Los que no tienen un conocimiento de Dios por la aceptación de la revelación que él ha hecho de sí mismo en Cristo, obtendrán solo un conocimiento imperfecto de él en la naturaleza; y ese conocimiento, lejos de hacer que todo el ser esté en conformidad con la voluntad divina, convertirá a los hombres en idólatras. Profesando ser sabios, se harán necios.

Los que piensan que pueden obtener un conocimiento de Dios sin contar con su Representante, de quien la Palabra declara que es "la imagen misma de su sustancia", necesitarán hacerse necios en su propia opinión antes de que puedan ser sabios. Es imposible lograr un perfecto conocimiento de Dios proveniente solo de la naturaleza, pues la naturaleza misma es imperfecta. Ésta no puede en su imperfección representar a Dios, no puede revelar el carácter de Dios en la perfección moral que tiene. Pero Cristo vino como un Salvador personal para el mundo. Representó a un Dios personal. Como un Salvador personal, ascendió a lo alto; y vendrá otra vez así como ascendió al cielo: como un Salvador personal. Es la imagen misma de la persona del Padre. "En él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad" (Comentario bíblico adventista, tomo 6, p. 1068).

Hay personas que consideran  haber realizado descubrimientos admirables en el campo de la ciencia. Citan las opiniones de eruditos como si los consideraran infalibles y enseñan las deducciones de la ciencia como si fueran verdades incontrovertibles; y la Palabra de Dios, que fue dada para servir de lámpara a los pies del viajero cansado, es considerada como una falsedad al ser juzgada por esas normas. Las investigaciones científicas que estos hombres han realizado han demostrado ser una trampa para ellos. Han nublado sus mentes y los han transformado en escépticos. Tienen una noción de poder, y en lugar de mirar hacia la Fuente de toda sabiduría, se felicitan por el conocimiento superficial que pueden haber obtenido. Han exaltado su propia sabiduría humana en oposición a la sabiduría del grande y poderoso Dios, y se han atrevido a entrar en controversia con él...

Dios ha permitido que una abundante luz fuera derramada sobre el mundo en forma de descubrimientos en los campos de la ciencia y del arte; pero cuando los que profesan ser hombres de ciencia hablan y escriben acerca de estos temas desde un punto de vista meramente humano, con toda seguridad llegarán a conclusiones equivocadas. Si las mentes más destacadas no se dejan guiar por la Palabra de Dios en sus investigaciones, quedarán perplejas en sus esfuerzos por averiguar la relación que existe entre la ciencia y la revelación. El Creador y sus obras están más allá de su comprensión, y puesto que no lo pueden explicar a la luz de las leyes naturales, consideran que el relato bíblico no es digno de confianza. Los que dudan acerca de la veracidad de los registros del Antiguo Testamento y del Nuevo, serán inducidos a dar un paso más y dudar de la existencia de Dios; entonces, habiéndose soltado de su ancla, quedan a la deriva para estrellarse contra las rocas de la infidelidad. Moisés escribió bajo la dirección del Espíritu de Dios, y una teoría geológica correcta nunca hablará de descubrimientos que no puedan ser reconciliados con sus declaraciones. Una idea que sirve de tropiezo a muchos, es la que sostiene que Dios no creó la materia cuando llamó al mundo a la existencia; esta pretensión limita el poder del Santo de Israel (Exaltad a Jesús, p. 54).

Jueves 14 de febrero
Mediante los ojos de la fe

Dios nos insta a contemplar sus obras en el mundo natural. Desea que todos apartemos nuestra mente del estudio de lo artificial para dedicarlo a lo natural. Lo comprenderemos mejor al elevar nuestra mirada a las colinas de Dios, y contemplar las obras que él ha hecho con sus propias manos. Su mano ha modelado las colinas, y las ha puesto en equilibrio en su sitio, a fin de que no se muevan sino a su mandato. El viento, el sol, la lluvia, la nieve y el hielo son servidores que cumplen su voluntad.
Para el cristiano, el amor y la benevolencia de Dios pueden verse en cada don de su mano. Las bellezas de la naturaleza son motivo de su contemplación. Al estudiar los encantos naturales que nos rodean, la mente pasa de la naturaleza al Autor de todo lo amable. Todas las obras de Dios hablan a nuestros sentidos, magnificando su poder y exaltando su sabiduría. Cada ser creado tiene en sus encantos aspectos interesantes para el hijo de Dios, y modelan su gusto para contemplar esas preciosas evidencias del amor de Dios por encima de las obras de la pericia humana.

Con palabras saturadas de ardiente fervor, el profeta magnifica a Dios en sus obras creadas: "Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?" (Hijos e hijas de Dios, p. 112).

Ningún hombre puede explicar los misterios de Dios. Su gloria está escondida del mundo. ¿De qué valor son, entonces, las conjeturas y especulaciones humanas concernientes a su personalidad?... Cristo es el representante del Padre, "la imagen misma de su sustancia".

La creación nos habla de la capacidad y del poder de Dios. En su bondad, él puso en la tierra hermosas flores y árboles, adaptados maravillosamente a los lugares y al clima donde crecen. Y, aunque el pecado estropeó la forma y la belleza de las cosas de la naturaleza, aunque en ellas se vean señales de la obra del príncipe del poder del aire, aun así hablan de Dios, y todavía revelan algo de la belleza del Edén.

En los cielos, en la tierra, en las anchas aguas del océano, vemos la obra de Dios. Toda la creación testifica de su poder, su sabiduría y su amor. Sin embargo, no aprendemos ni de las estrellas, ni del océano, ni de las cataratas, acerca de la personalidad de Dios. Cristo vino a revelar esto...

Cristo vino a revelar a la raza caída el amor de Dios. Él, la Luz del mundo encubrió el deslumbrante esplendor de su divinidad, y vino a vivir a esta tierra como un hombre entre los hombres, para que ellos, sin ser consumidos, pudieran relacionarse con su Creador. Ningún hombre ha visto a Dios fuera de lo que Cristo ha revelado de él (Alza tus ojos, p. 332).