Notas de Elena G. de White

Lección 5
2 de Febrero de 2013

La creación y la moralidad

Sábado 26 de enero

Nadie tiene razones para excusarse de cumplir con su deber hacia sus prójimos. Dios se ha comprometido a bendecir a quienes cumplen su mandato de amarlo a él sobre todas las cosas y a sus prójimos como a sí mismos. Al hacerlo se está cumpliendo la ley divina.

Lo que es de valor delante de Dios no es una profesión de piedad y santidad sino las obras de justicia que revelan un carácter similar al de Cristo; una actitud para ver rápidamente las necesidades de los demás y tratar de ayudarlos sin preguntarse primero: ¿Creen en las mismas doctrinas que yo? Cumplir la ley significa ser la mano ayudadora de Dios para suplir las necesidades de la humanidad sufriente, sin detener­ se a investigar cuáles son las creencias religiosas de los que están en necesidad. Aquellos que son leales a los principios de la verdad divina y a la vez cumplen con su deber hacia sus prójimos, están viviendo el evangelio.

El Señor toma cuidadosa nota de quienes realizan actos de compasión y misericordia dirigidos hacia el prójimo; sus nombres quedan registrados en su libro de memoria. “Y serán para mí especial tesoro, ha dicho Jehová de los ejércitos, en el día en que yo actúe; y los perdonaré, como el hombre que perdona a su hijo que le sirve. Entonces os volveréis, y discerniréis la diferencia entre el justo y el malo, entre el que sirve a Dios y el que no le sirve” (Review and Herald, 9 de abril, 1908).

Domingo 27 de enero:
Nuestra dependencia del Creador

Adán y Eva habían de ser los cuidadores del Jardín del Edén; debían labrarlo y guardarlo, pero su labor no les producía cansancio ni trabajo arduo; por el contrario, les producía felicidad. Su mente, corazón y voluntad actuaban en perfecta armonía y tenían una placentera comunión el uno con el otro. Dios y Cristo los visitaban y hablaban con ellos, y gozaban de plena libertad. Solo existía una restricción: “De todo árbol del huerto podrá s comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:16, 17). Era la prueba de su obediencia. Dios era el dueño de su hogar edénico y debían sujetarse a él (Manuscript Releases, tomo 10; p. 327).

Las ramas de la vid no pueden mezclarse unas con otras, están separadas individualmente; y sin embargo cada rama debe estar unida en compañerismo con todas las otras si están unidas en el mismo tronco materno. Todas ellas obtienen su alimento de la misma fuente, beben de las mismas propiedades vivificantes. Así también cada rama de la Vid Verdadera es separada y distinta, y sin embargo están todas unidas en el tronco materno. No puede haber división. Están todas vinculadas por la voluntad de Cristo para dar fruto dondequiera que puedan hallar lugar y oportunidad. Pero para hacer esto, el obrero [el hijo de Dios] debe ocultar el yo. No debe expresar sus propios pensamientos y su propia voluntad. Debe expresar el pensamiento y la voluntad de Cristo. La familia humana depende de Dios para su vida, aliento y sostén. Dios ha trazado el tejido, y todos somos hebras individuales que deben componer el modelo. El Creador es uno, y se da a conocer a sí mismo como el gran Receptáculo de todo lo que es esencial para cada vida separada (Comentario bíblico adventista, tomo 5, p. 1117).

Cristo manifestó interés en la salvación de cada alma. Soportó la muerte en la cruz para que cada ser humano pudiera recibir el perdón, y para que cada uno que fuera obediente pudiera gozar de eterna felicidad en su reino. Entonces, ¿por qué tan pocos responden a su amor? Dios es nuestro Creador, y dependemos de él para recibir cada bendición en forma de protección, vestimenta y alimento. Es más, dependemos de la gracia que él nos ofrece para obtener nuestra salvación. ¿Por qué, entonces somos tan fríos en nuestros corazones? Muchos a quienes se les dirigen sus pensamientos al Salvador crucificado en el Calvario, no se conmueven por la manifestación de su infinito amor. ¿No será que en lugar de una indiferencia estoica, nuestros corazones deberían mostrar una ferviente gratitud y amor? ¿No deberíamos cantar alabanzas a nuestro Creador y Redentor? Dios ha dotado a los seres humanos de sensibilidad y emociones que deberían ser ejercitadas y fortalecidas, pero muchos parecen no tener sentimientos, porque no manifiestan gratitud ni expresan alabanzas a Dios, el dador de todas nuestras bendiciones. Muestran afecto hacia sus amigos, pero no lo hacen con la gran Fuente de todo don; no muestran amor hacia el compasivo Benefactor que debería recibir toda alabanza. Todo el cielo se asombra con tal exhibición de ingratitud hacia Aquel que hace que su sol salga sobre malos y buenos y llueva sobre justos e injustos (Signs of the Times, 5 de enero, 1891).

Lunes 28 de enero:
A la imagen de Dios

Adán fue coronado rey en el Edén. Se le dio dominio sobre toda cosa viviente que Dios había creado. El Señor bendijo a Adán y a Eva con una inteligencia que no dio a ninguna otra criatura. Hizo de Adán el legítimo soberano de todas las obras de las manos de Dios. El hombre, hecho a la imagen divina, podía contemplar y apreciar en la naturaleza las obras gloriosas de Dios (Comentario bíblico adventista, tomo 1, p. 1096).

Creados para ser la “imagen y gloria de Dios”, Adán y Eva habían recibido capacidades dignas de su elevado destino. De formas graciosas y simétricas, de rasgos regulares y hermosos, de rostros que irradiaban los colores de la salud, la luz del gozo y la esperanza, eran en su aspecto exterior la imagen de su Hacedor. Esta semejanza no se manifestaba solamente en su naturaleza física. Todas las facultades de la mente y el alma reflejaban la gloria del Creador. Adán y Eva, dotados de dones mentales y espirituales superiores, fueron creados en una condición “un poco menor que los ángeles”, a fin de que no discernieran solamente las maravillas del universo visible, sino que comprendiesen las obligaciones y responsabilidades morales (La educación, p. 20).

El hombre fue el acto culminante de la creación de Dios, hecho a la imagen de Dios, y destinado a ser una contraparte de Dios... El hombre es muy querido para Dios, porque fue formado a su propia imagen (Consejos sobre el régimen alimenticio, p. 52).

En los concilios del cielo Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza... Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó” (Génesis 1:26, 27). El Señor creó las facultades morales del hombre y sus capacidades físicas. Todo él era un trasunto de Dios mismo. Dios dotó al hombre de atributos santos, y lo colocó en un jardín hecho expresamente para él. Solamente el pecado podía arruinar a los seres creados por las manos del Todopoderoso (Mensajes selectos, tomo 3, p. 150).

Dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen”. Y no solamente hizo con sus manos una forma que se asemejaba a la suya, sino que le dio una mente capaz de comprender las cosas divinas. Su comprensión, su memoria, su imaginación, todas las facultades de la mente humana-reflejaban la imagen de Dios. Su corazón y su disposición lo calificaban para recibir la instrucción celestial. Tenía una comprensión correcta de su Creador, de sí mismo, y de sus deberes y obligaciones con respecto a la ley de Dios. Su capacidad de buen juicio y su disposición a la obediencia y al afecto, estaban regulados por la razón y la verdad. Podía gozar al máximo de los buenos dones de Dios. Todo lo que veía lo maravillaba y todo lo que escuchaba era música para sus oídos. Sin embargo, no fue colocado fuera del alcance de la tentación: como representante de la raza humana fue creado como un ser moral libre (The Youth 's Instructor, 10 de agosto, 1899).

 

Martes 29 de enero:
Hechos de una sangre

Dios ha hecho de una sangre a todas las naciones, y esta es la gran verdad de la familia humana. Cada uno se relaciona con su prójimo por creación y por redención. Esta era la gran verdad que Cristo constantemente buscaba presentar delante de sus discípulos y delante de sus oyentes. La fiesta en la casa del fariseo fue una ocasión para que él presentara nuestra responsabilidad individual hacia la raza humana y los deberes que cada uno tiene hacia sus prójimos (Review and Herald, 12 de noviembre, 1895).

...Los mismos factores que separaban de Cristo a los hombres hace mil ochocientos años están actuando hoy. El espíritu que levantó el muro de separación entre judíos y gentiles sigue obrando. El orgullo y el prejuicio han levantado fuertes murallas de separación entre diferentes clases de hombres. Cristo y su misión han sido mal representados, y multitudes se sienten virtualmente apartadas del ministerio del evangelio. Pero no deben sentirse separadas de Cristo. No hay barreras que el hombre o Satanás puedan erigir y que la fe no pueda traspasar...

Las castas son algo aborrecible para Dios. Él desconoce cuanto tenga ese carácter. A su vista las almas de todos los hombres tienen igual valor. “De una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habitasen sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los términos de la habitación de ellos; para que buscasen a Dios, si en alguna manera, palpando, le hallen; aunque cierto no está lejos de cada uno de nosotros”. Sin distinción de edad, jerarquía, nacionalidad o privilegio religioso, todos están invitados a venir a él y vivir. “Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado. Porque no hay diferencia”. “No hay judío, ni griego; no hay siervo, ni libre”. “El rico y el pobre se encontraron: a todos ellos hizo Jehová”. “El mismo que es Señor de todos, rico es para con todos los que le invocan: porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (El Deseado de todas las gentes, pp. 369, 370).

El propósito del evangelio se cumple cuando se realiza este gran fin. Su obra, a través de los siglos, consiste en unir los corazones de sus seguidores en un espíritu de fraternidad universal, por medio de la fe en la verdad, para fundar de esta manera el sistema de orden y armo­ nía del cielo en la familia de Dios en la tierra, a fin de que ellos sean considerados dignos de convertirse en miembros de la real familia de lo alto. Dios, en su sabiduría y misericordia, prueba a los hombres y las mujeres aquí, para ver si obedecerán su voz y respetarán su ley, o si se rebelarán como Satanás...

El propósito de Dios al dar la ley a la raza humana caída fue que el hombre pudiera, por medio de Cristo, elevarse de su baja condición para llegar a ser uno con Dios, para que los mayores cambios morales pudieran manifestarse en su naturaleza y carácter. Esta transformación moral debe efectuarse, o en caso contrario el hombre no sería un súbdito seguro en el reino de Dios, porque produciría una rebelión (Hijos e hijas de Dios, p. 52).
 
Miércoles 30 de enero:
El carácter de nuestro Creador

Cuando Dios dio a su Hijo al mundo hizo posible para hombres y mujeres que fueran perfectos por el empleo de cada facultad de su ser para gloria de Dios. Les dio en Cristo las riquezas de su gracia, y un conocimiento de su voluntad. Al vaciarse de sí mismos y al aprender a andar en humildad confiando en la dirección de Dios, los hombres serían capacitados para cumplir los elevados propósitos de Dios para ellos.

La perfección del carácter se basa en lo que Cristo es para nosotros. Si dependemos constantemente de los méritos de nuestro Salvador, y seguimos en sus pisadas, seremos como él, puros e incontaminados.

Nuestro Salvador no requiere lo imposible de ninguna alma. No espera nada de sus discípulos para lo cual no esté dispuesto a darles gracia y fortaleza a fin de que puedan realizarlo. No les pediría que fueran perfectos, si junto con su orden no les concediera toda perfección de gracia a aquellos sobre los que confiere un privilegio tan elevado y santo (La maravillosa gracia de Dios, p. 230).

La santidad de corazón y la pureza de vida eran los grandes temas de las enseñanzas de Cristo. En su Sermón del Monte, después de especificar lo que se debe hacer a fin de ser benditos, y lo que no se debe hacer, dice: “Sed, pues vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”. La perfección, la santidad, nada menos que eso, les otorgará el éxito en la aplicación de los principios que les ha dado. Sin la santidad, el corazón humano es egoísta, pecaminoso y vicioso. La santidad hará que su poseedor sea fructífero y que abunde en buenas obras. Nunca se cansará del bien hacer, ni tratará de escalar posiciones en este mundo, sino que esperará ser elevado por la Majestad del cielo cuando exalte a sus santificados en su trono... La santidad de corazón producirá actos rectos.

Así como Dios es puro en su esfera, el hombre ha de ser puro en la suya. Y será puro si Cristo se forma en su interior, la esperanza de gloria; porque imitará la vida de Cristo y reflejará su carácter (Dios nos cuida, p. 10).

El apóstol presenta el adorno interior en pugna con el ornato exterior, y nos dice cuál valora el gran Dios. El exterior es corruptible. Pero el espíritu agradable y pacífico, el desarrollo de un carácter de hermosa simetría, jamás se desvanecerá. Ese es un adorno imperecedero. A la vista del Creador de todas las cosas, todo lo que sea valioso, amable y hermoso se declara de gran precio.

¿No procuraremos ansiosamente adquirir lo que Dios considera más valioso que los vestidos costosos, las perlas o el oro? El adorno interior, la virtud de la mansedumbre, un espíritu a tono con los ángeles celestiales, no disminuirá la verdadera dignidad del carácter ni nos quitará encanto frente al mundo. El Redentor nos ha amonestado contra el orgullo de la vida, pero no contra su virtud y belleza natural (Meditaciones matinales 1952, p. 126).

Jueves 31 de enero:
Moralidad y responsabilidad

Las buenas obras son el fruto que Cristo quiere que llevemos; las palabras bondadosas, los hechos de benevolencia, de tierna consideración para con el pobre, el necesitado, el afligido. Cuando los corazones simpatizan con otros corazones agobiados por el desánimo y el pesar, cuando la mano se extiende para ayudar al necesitado, cuando se viste a los desnudos, y el forastero recibe la bienvenida a vuestra casa y a vuestro corazón, los ángeles llegan muy cerca, y semejante acción halla respuesta en el cielo. Todo acto de justicia, misericordia y benevolencia, produce melodía en el cielo. El Padre desde su trono contempla a los que realizan estos actos de misericordia, y los cuenta entre sus más preciados tesoros, “Y serán para mí especial tesoro, ha dicho Jehová de los ejércitos, en el día que yo tengo de hacer”. Todo acto de misericordia hacia los necesitados, los que sufren, es considerado como hecho a Jesús. Cuando socorréis al pobre, simpatizáis con el afligido y el oprimido, y amparáis al huérfano, os colocáis en una relación más estrecha con Jesús (Servicio cristiano, p. 234).

Convertirse en un obrero tenaz, continuar pacientemente en el bien hacer que demanda la obra desinteresada, es una tarea gloriosa, sobre la cual sonríe el cielo. La obra fiel es más aceptable a Dios que el culto más celoso y que se considera el más santo. El verdadero culto es trabajar juntamente con Cristo. Las oraciones, la exhortación y el discurso son frutos baratos que con frecuencia están juntos; pero los frutos que se manifiestan en buenas obras, cuidando a los necesitados, los huérfanos y las viudas, son frutos genuinos y crecen naturalmente en un buen árbol (El ministerio de la bondad, p. 42).

En la obra de limpiar y purificar nuestras propias vidas, nuestro profundo deseo de asegurar nuestra elección y vocación nos inspirará con un sentimiento de ternura hacia los necesitados. La misma energía y cuidadosa atención que una vez manifestamos por los asuntos mundana­ les la pondremos al servicio de Aquel a quien debemos todo. Haremos como Cristo hizo, aprovechando toda oportunidad para trabajar por los que sin nuestra ayuda se perderán en su ignorancia. Extenderemos a otros una mano ayudadora. Entonces, con cánticos, alabanzas y acción de gracias nos regocijaremos con Dios y los ángeles del cielo cuando veamos a personas enfermas por el pecado que son levantadas y ayudadas; al ver a los engañados y desorientados sentarse a los pies de Jesús para aprender de él. Al hacer esta obra, recibiendo de Dios y devolviéndole aquello que, confiando en nosotros, nos prestó para usarlo para gloria de su nombre, entonces su bendición descansará sobre nosotros. Que el pobre, el desanimado y los enfermos por el pecado sepan que en guardar los mandamientos de Dios “hay gran remuneración”. Con nuestra propia experiencia mostraremos a otros que la bendición y el servicio van juntos (Testimonios para la iglesia, tomo 6, p. 306).

Dios ha puesto su confianza en nosotros al hacemos mayordomos de sus medios y de su rica gracia. Y la forma de mostrar nuestro aprecio por su cuidado, amor y misericordia sin paralelo, es devolverle nuestros talentos, usando nuestros medios y habilidades con fidelidad e integridad. Con eso no podemos enriquecerlo a él, puesto que es el dador de todas nuestras bendiciones, pero él nos señala a los pobres, sufrientes y oprimidos, y a las almas esclavizadas por las cadenas del error y la superstición, y nos asegura que el bien que les hagamos a ellos, lo aceptará como hecho a sí mismo. Cristo se identifica con la humanidad sufriente: “En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40) (Review and Herald, 31 de octubre, 1878).