Notas de Elena G. de White 

Lección 3
19 de Enero de 2013

Se completala creación

 

Sábado 12 de enero

No queremos restringir la educación, ni tener en poco la cultura y la disciplina mental. Dios quiere que seamos estudiantes mientras permanezcamos en el mundo. Debemos aprovechar toda oportunidad de adquirir cultura. Las facultades necesitan fortalecerse por el ejercicio, la mente ha de ser adiestrada y debe expandirse mediante estudio asiduo; pero todo esto puede hacerse mientras el corazón es presa fácil del engaño. La sabiduría de lo alto debe ser comunicada al alma. La entrada de la Palabra de Dios es lo que da luz: “La exposición de tus palabras alumbra; hace entender a los simples” (Salmo 119: 130). Su palabra nos es dada para instruimos; no hay en ella nada que sea deficiente o engañoso. La Biblia no ha de ser probada por las ideas que tienen los hombres acerca de la ciencia, sino que ésta ha de ser sometida a la prueba de la norma infalible.

Sin embargo, el estudio de las ciencias no debe descuidarse. Con este propósito deben emplearse libros que estén en armonía con la Biblia, porque ella es la norma. Las obras de este carácter deben ocupar el lugar de muchas de las que están ahora en las manos de los estudiantes (Consejos para los maestros, pp. 410, 411).

 

Domingo 13 de enero:
El sol, la luna y las estrellas

Dios es el autor de la ciencia. La investigación científica abre ante la mente vastos campos de pensamiento e información, capacitándonos para ver a Dios en sus obras creadas. La ignorancia puede intentar apoyar al escepticismo apelando a la ciencia; pero en vez de sostenerlo, la verdadera ciencia revela con nuevas evidencias la sabiduría y el poder de Dios. Debidamente entendida, la ciencia y la palabra escrita concuerdan, y cada una derrama luz sobre la otra. Juntamente nos conducen a Dios, enseñándonos algo de las leyes sabias y benéficas por medio de las cuales él obra (Consejos para los maestros, p. 411).

El conocimiento y la ciencia deben ser vitalizados por el Espíritu de Dios a fin de servir los más nobles propósitos. Solamente el cristiano puede hacer el debido uso del conocimiento. La ciencia, para que pueda ser plenamente apreciada, debe ser considerada desde un punto de vida religioso. Entonces todos adorarán al Dios de la ciencia. El corazón que es ennoblecido por la gracia de Dios puede comprender mejor el verdadero valor de la educación. Los atributos de Dios, tales como se los observa en sus obras creadas, pueden ser apreciados únicamente cuando tenemos un conocimiento del Creador. Los maestros deben estar familiarizados, no solo con la teoría de la verdad sino que deben tener un conocimiento experimental del camino de la santidad a fin de conducir a los jóvenes a las fuentes de la verdad, al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. El conocimiento es poder únicamente cuando se lo une con la verdadera piedad. Un alma vacía del yo será noble. Cristo, morando en el corazón por la fe, los hará sabios a la vista de Dios (Testimonios para los ministros, p. 197).

El hombre ha quedado sin excusa. Dios le ha dejado suficientes evidencias sobre las cuales basar su fe, si tiene la voluntad de creer. En los últimos días la tierra se verá casi completamente destituida de la fe verdadera. La Palabra de Dios se considerará indigna de confianza bajo el menor pretexto, mientras que se aceptará el razonamiento humano, aunque éste contradiga directamente las realidades claras de la Escritura. Los hombres se esforzarán por explicar la obra de la creación como resultado de causas naturales, algo que Dios nunca ha revelado. Pero la ciencia humana no puede escudriñar los secretos del Dios del cielo ni explicar las obras estupendas de la creación, que no son sino un milagro del poder del Altísimo, como también son incapaces de explicar cómo llegó Dios a la existencia.

“Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre” (Deuteronomio 29:29). Los caminos de Dios no son nuestros caminos, ni sus pensamientos nuestros pensamientos. La ciencia humana jamás podrá explicar el portento de sus obras (Exaltad a Jesús, p. 53).

Lunes 14 de enero:
Creación de los animales del aire y del agua

En una de sus más impresionantes lecciones Cristo dice: “Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?” (Mateo 6:26). Aquí el gran Maestro dirige las mentes de los que lo escuchan a entender el cuidado paternal y el amor que Dios tiene por sus criaturas. Les sugiere observar a los pájaros que vuelan de árbol en árbol o buscan comida a la orilla del lago, sin ninguna desconfianza o temor. Dios vela por estas pequeñas criaturas; les da comida y provee para sus necesidades. Entonces Jesús pregunta: ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? Entonces, ¿por qué sentir ansiedad o mirar hacia el futuro con preocupación y tristeza?

No es la ansiedad lo que lleva a crecer al niño y desarrollar su fuerza. Es Dios quien silenciosamente hace su obra elevándolo en estatura, progresando en madurez y abriendo su mente al conocimiento.

Nuevamente el Señor dice: “¿No se venden cinco pajarillos por dos cuartos? Con todo, ni uno de ellos está olvidado delante de Dios. Pues aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados, No temáis, pues; más valéis vosotros que muchos pajarillos” (Lucas 12:6, 7). Si Dios cuida y preserva a los pajaritos, ¿no tendrá acaso mayor amor y cuidado por aquellos formados a su imagen? (Folleto: The Sanitarium Pacients at Goguac Lake, pp. 14-16).

“¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre” (Mateo 10:29). Pensemos en esto: ni uno de esos pajarillos que con sus cantos elevan alabanzas a Dios cae a tierra sin que nuestro Padre celestial lo note. Cada uno de ellos que es muerto por los muchachos que los cazan, es visto por su ojo que todo lo ve. Si Dios cuida por un pajarillo que no tiene alma, ¡cuánto más cuidará de los que han sido compra dos por la sangre de Cristo! Un alma tiene más valor que el mundo entero; por una sola alma Jesús hubiera pasado por la agonía del Calvario a fin de redimirla para su reino. “Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos" (versículo 31) (Review and Herald, 3 de mayo, 1892).

En el Sermón del Monte, Cristo dio a sus discípulos preciosas lecciones en cuanto a la confianza que debe tenerse en Dios. Estas lecciones tenían por fin consolar a los hijos de Dios durante todos los siglos y han llegado a nuestra época llenas de instrucción y consuelo. El Salvador llamó la atención de sus discípulos a cómo las aves del cielo entonan sus dulces cantos de alabanza sin estar abrumadas por los cuidados de la vida, a pesar de que “no siembran, ni siegan”. Y sin embargo, el gran Padre celestial las alimenta. El Salvador pregunta: “¿No valéis vosotros mucho más que ellas?” (Mateo 6:26). El gran Dios, que alimenta a los hombres y a las bestias, extiende su mano para alimentar a todas sus criaturas. Las aves del cielo no son tan insignificantes que no las note. Él no toma el alimento y se lo da en el pico, mas hace provisión para sus necesidades. Deben juntar el grano que él ha derramado para ellas. Deben preparar el material para sus niditos. Deben alimentar a sus polluelos. Ellas van cantando a su trabajo porque “vuestro Padre celestial las alimenta”. Y “¿no valéis vosotros mucho más que ellas?” ¿No sois vosotros, como adoradores inteligentes y espirituales, de mucho más valor que las aves del cielo? ¿No suplirá nuestras necesidades el Autor de nuestro ser, el Conservador de nuestra existencia, el que nos formó a su propia imagen divina, si tan solo confiamos en él? (El camino a Cristo, p. 125).

Martes 15 de enero:
Creación de los animales terrestres

Los hombres de más alta inteligencia no pueden entender los misterios de Jehová revelados en la naturaleza. La inspiración divina hace muchas preguntas a las cuales los sabios más profundos no pueden responder. Estas preguntas no fueron hechas para que las contestáramos, sino para que llamaran nuestra atención a los profundos misterios de Dios y nos enseñaran que nuestra sabiduría es limitada; que en la esfera en que nos movemos en la vida cotidiana hay muchas cosas que superan a la inteligencia de los seres finitos.

Los escépticos se niegan a creer en Dios porque no pueden abarcar el infinito poder por medio del cual se revela. Pero hay que reconocer a Dios tanto por lo que él no nos revela acerca de sí mismo como por lo que está al alcance de nuestra limitada comprensión. En la revelación divina y en la naturaleza, Dios ha escondido misterios que nos imponen la fe. Y así debe ser. Bien podemos estar siempre escudriñando, investigando y aprendiendo, y seguir encontrándonos, sin embargo, frente a lo infinito (El ministerio de curación, p. 338).

Sin embargo, como las investigaciones de la ciencia humana no pueden explicar los caminos y las obras del Creador, los hombres prefieren dudar de la existencia de Dios, y atribuyen a la naturaleza un poder infinito. La existencia de Dios, su carácter y su ley son hechos que ni los pensadores más capacitados pueden discutir. Niegan las demandas de Dios y descuidan los intereses de sus almas porque no pueden entender los caminos de Dios ni sus obras. Sin embargo, Dios procura siempre instruir a los hombres limitados para que puedan ejercer fe en él y confíen plenamente en sus manos. Cada gota de lluvia o copo de nieve, cada brizna de hierba, cada hoja y flor y arbusto testifican de Dios. Esas cosas pequeñas, tan comunes alrededor de nosotros, enseñan la lección de que nada queda excluido sin que lo advierta el Dios infinito, y de que nada es demasiado pequeño para que escape a su atención (Comentario bíblico adventista, tomo 3, p. 1159).

Miércoles 16 de enero:
La creación completada

“Y acabó Dios en el día séptimo su obra que hizo, y reposó el día séptimo de toda su obra que había hecho. Y bendijo Dios al día séptimo, y santificó lo, porque en él reposó de toda su obra que había Dios creado y hecho” (Génesis 2:2, 3).

El gran Jehová había puesto los fundamentos de la tierra; había vestido a todo el mundo con un manto de belleza, y había colmado el mundo de cosas útiles para el hombre; había creado todas las maravillas de la tierra y del mar. La gran obra de la creación fue realizada en seis días. “Y acabó en el día séptimo su obra que hizo, y reposó el día séptimo de toda su obra que había hecho”. Dios miró con satisfacción la obra de sus manos. Todo era perfecto, digno de su divino Autor; y él descansó, no como quien estuviera fatigado, sino satisfecho con los frutos de su sabiduría y bondad y con las manifestaciones de su gloria....

Además de descansar el séptimo día, Dios lo santificó; es decir, lo escogió y apartó como día de descanso para el hombre. Siguiendo el ejemplo del Creador, el hombre había de reposar durante este sagrado día, para que, mientras que contemplara los cielos y la tierra, pudiese reflexionar sobre la grandiosa obra de la creación de Dios; y para que, mientras mirara las evidencias de la sabiduría y bondad de Dios, su corazón se llenase de amor y reverencia hacia su Creador.

Dios vio que el sábado era esencial para el hombre aun en el paraíso... necesitaba el sábado para que le recordase más vivamente la existencia de Dios y para que despertase su gratitud hacia él, pues todo lo que disfrutaba y poseía procedía de la mano benéfica del Creador (La fe por la cual vivo, p. 33).

El sábado fue santificado en ocasión de la creación. Tal cual fue ordenado para el hombre, tuvo su origen cuando “las estrellas todas del alba alababan, y se regocijaban todos los hijos de Dios”. La paz reinaba sobre el mundo entero, porque la tierra estaba en armonía con el cielo. “Vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” y reposó en el gozo de su obra terminada.

Por haber reposado en sábado, “bendijo Dios el día séptimo y santificólo”, es decir, que lo puso aparte para un uso santo. Lo dio a Adán como día de descanso. Era un monumento recordativo de la obra de la creación, y así una señal del poder de Dios y de su amor. Las Escrituras dicen: “Hizo memorables sus maravillas”. “Las cosas invisibles de él, su eterna potencia y divinidad, se echan de ver desde la creación del mundo, siendo entendidas por las cosas que son hechas”.

Todas las cosas fueron creadas por el Hijo de Dios. “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios.... Todas las cosas por él fueron hechas; y sin él nada de lo que es hecho, fue hecho”. Y puesto que el sábado es un monumento recordativo de la obra de la creación, es una seña l del amor y del poder de Cristo.

El sábado dirige nuestro s pensamientos a la naturaleza, y nos pone en comunión con el Creador. En el canto de las aves, el murmullo de los árboles, la música del mar, podemos oír todavía esa voz que habló con Adán en el Edén al frescor del día. Y mientras contemplamos su poder en la naturaleza, hallamos consuelo, porque la palabra que creó todas las cosas es la que infunde vida al alma. El “que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (El Deseado de todas las gentes, p. 248).

 

Jueves 17 de enero:
El día literal

Así como el sábado, la semana se originó al tiempo de la creación, y fue conservada y transmitida a nosotros a través de la historia bíblica. Dios mismo dio la primera semana como modelo de las subsiguientes hasta el fin de los tiempos. Como las demás, consistió en siete días literales. Se emplearon seis días en la obra de la creación; y en el séptimo, Dios reposó y luego bendijo ese día y lo puso aparte como día de descanso para el hombre.

En la ley dada en el Sinaí, Dios reconoció la semana y los hechos sobre los cuales se funda. Después de dar el mandamiento: “Acuérdate de santificar el día de sábado” (Éxodo 20:8, V. Torres Amat), y después de estipular lo que debe hacerse durante los seis días, y lo que no debe hacerse el día séptimo, manifiesta la razón por la cual ha de observarse así la semana, recordándonos su propio ejemplo: “Por cuanto el Señor en seis días hizo el cielo, y la tierra, y el mar, y todas las cosas que hay en ellos, y descansó en el día séptimo: por esto bendijo el Señor el día sábado, y le santificó” (versículo 11). Esta razón resulta plausible cuando entendemos que los días de la creación son literales. Los primeros seis días de la semana fueron dados al hombre para su trabajo, porque Dios empleó el mismo período de la primera semana en la obra de la creación. En el día séptimo el hombre ha de abstenerse de trabajar, en memoria del reposo del Creador (Patriarcas y profetas, p. 102).

El ciclo semanal de siete días literales, seis para trabajar y el séptimo para descansar, preservado y trasmitido mediante la historia bíblica, tuvo su origen en los grandes acontecimientos de los primeros siete días...

Pero la suposición infiel que pretende que los acontecimientos de la primera semana requirieron siete períodos largos y de duración indefinida, atenta directamente contra el fundamento del sábado del cuarto mandamiento. Hace oscuro e indefinido aquello que Dios hizo sumamente claro...
Los geólogos infieles aseguran que el mundo es mucho más antiguo de lo que el registro bíblico indica. Rechazan el testimonio de la Biblia, debido a que contiene elementos que, para ellos, no son evidencias tomadas de la misma tierra, de que el mundo ha existido durante decenas de miles de años. Y muchos que profesan creer la historia bíblica se desconciertan porque no pueden dar razón acerca de cosas maravillosas que encuentran en la tierra, observadas desde el punto de vista de que la semana de la creación tuvo solamente siete días literales, y que el mundo actualmente no tiene sino alrededor de seis mil años de edad...

Sin la historia de la Biblia, la geología no puede probar nada. Las reliquias que se encuentran en la tierra dan evidencia de un estado pasado de cosas, que difiere en muchos respectos del presente. Pero la época de su existencia y la extensión del período durante el cual estas cosas han estado en la tierra, se pueden comprender únicamente mediante la historia bíblica... Cuando los seres humanos no toman en cuenta la Palabra de Dios con respecto a la historia de la creación, y tratan de explicar la obra creadora del Señor mediante la aplicación de principios naturales, se aventuran en un océano ilimitado de incertidumbre. De qué manera realizó Dios la obra de la creación en seis días literales, es algo que nunca ha revelado a los mortales. Su obra creadora es tan incomprensible como su existencia (Exaltad a Jesús, p. 46).