Notas de Elena G. de White

 Lección 12
23 de Marzo de 2013

La creación y el evangelio

Sábado 16 de marzo

La primera indicación que el hombre tuvo acerca de su redención la oyó en la sentencia pronunciada contra Satanás en el huerto. El Señor declaró: “Y enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le heri­rás en el calcañar” (Génesis 3:15). Esta sentencia, pronunciada en presencia de nuestros primeros padres, fue una promesa para ellos. Mientras predecía la lucha entre el hombre y Satanás, declaraba que el poder del gran adversario sería finalmente destruido. Adán y Eva estaban como criminales ante el justo Juez, y aguardaban la sentencia que merecía su transgresión; pero antes de oír hablar de la vida de trabajo y angustia que sería su destino, o del decreto que determinaba que volverían al polvo, escucharon palabras que no podían menos que infundirles esperanza. Aunque habrían de padecer por efecto del poder de su gran enemigo, podrían esperar una victoria final (Patriarcas y profetas, p. 51).

Domingo 17 de marzo
La gracia en el Edén

Dios declara: “Enemistad pondré”. Esta enemistad no es fomenta­da de un modo natural. Cuando el hombre quebrantó la ley divina, su naturaleza se hizo mala y llegó a estar en armonía y no en divergencia con Satanás. No puede decirse que haya enemistad natural entre el hombre pecador y el autor del pecado. Ambos se volvieron malos a consecuencia de la apostasía. El apóstata no descansa sino cuando obtiene simpatías y apoyo al inducir a otros a seguir su ejemplo. De aquí que los ángeles caídos y los hombres malos se unan en desespe­rado compañerismo. Si Dios no se hubiese interpuesto especialmente, Satanás y el hombre se habrían aliado contra el cielo; y en lugar de albergar enemistad contra Satanás, toda la familia humana se habría unido en oposición a Dios.

Satanás tentó al hombre a que pecase, como había inducido a los ángeles a rebelarse, a fin de asegurarse su cooperación en su lucha con­tra el cielo. No había disensión alguna entre él y los ángeles caídos en cuanto al odio que sentían contra Cristo; mientras que estaban en des­acuerdo tocante a todos los demás puntos, era unánime su oposición a la autoridad del Legislador del universo. Pero al oír Satanás que habría enemistad entre él y la mujer, y entre sus linajes, comprendió que serían contrarrestados sus esfuerzos por corromper la naturaleza humana y que se capacitaría al hombre para resistirle...

La gracia que Cristo derrama en el alma es la que crea en el hombre enemistad contra Satanás. Sin esta gracia transformadora y este poder renovador, el hombre seguiría siendo esclavo de Satanás, siempre listo para ejecutar sus órdenes. Pero el nuevo principio introducido en el alma crea un conflicto allí donde hasta entonces reinó la paz. El poder que Cristo comunica habilita al hombre para resistir al tirano y usurpa­dor. Cualquiera que aborrezca el pecado en vez de amarlo, que resista y venza las pasiones que hayan reinado en su corazón, prueba que en él obra un principio que viene enteramente de lo alto (El conflicto de los siglos, pp. 559, 560).

Cuando Adán, de acuerdo con las indicaciones especiales de Dios, presentó una ofrenda por el pecado, fue para él una ceremonia suma­mente penosa. Tuvo que levantar la mano para tomar una vida que solo Dios podía dar, para presentar su ofrenda por el pecado. Por primera vez estuvo en presencia de la muerte. Al contemplar la víctima sangrante en medio de las contorsiones de su agonía, se lo indujo a observar por fe al Hijo de Dios, a quien esa víctima prefiguraba, y que moriría como sacrificio en favor del hombre.

Esta ceremonia, ordenada por Dios, debía ser un constante recordativo para Adán, como asimismo un reconocimiento peni­tencial de su pecado. Este acto de tomar una vida dio a Adán una impresión más profunda y perfecta de su transgresión, que para expiarla se requirió nada menos que la muerte del amado Hijo de Dios. Se maravilló de la infinita bondad y del incomparable amor puesto de manifiesto al dar semejante rescate para salvar al culpa­ble. Cuando Adán daba muerte a la víctima inocente, le parecía que estaba derramando con su propia mano la sangre del Hijo de Dios. Se dio cuenta de que si hubiera permanecido fiel al Señor y leal a su santa ley, jamás habrían muerto ni hombres ni animales. No obstante los sacrificios, al señalar hacia la gran y perfecta ofrenda del amado Hijo de Dios, le permitían vislumbrar una estrella de esperanza que iluminaba las tinieblas de su terrible futuro, y le proporcionaban alivio en su total desesperanza y ruina (La historia de la redención, pp. 51, 52).

Lunes 18 de marzo
El pecado y la muerte

El mismo poder que sostiene la naturaleza, obra también en el hombre. Las mismas grandes leyes que guían igualmente a la estrella y al átomo, rigen la vida humana. Las leyes que gobiernan la acción del corazón para regular la salida de la corriente de vida al cuerpo, son las leyes de la poderosa Inteligencia que tiene la jurisdicción del alma. De esa Inteligencia procede toda la vida. Únicamente en armonía con ella se puede hallar su verdadera esfera de acción. La condición para todos los objetos de su creación, es la misma: una vida sostenida por la vida que se recibe de Dios, una vida que esté en armonía con la voluntad del Creador. Transgredir su ley, física, mental, o moral, significa per­der la armonía con el universo, introducir discordia, anarquía y ruina (Conducción del niño, p. 53).

Dios creó al hombre conforme a su propia imagen. No hay en esto misterio. No existe fundamento alguno para la suposición de que el hombre llegó a existir mediante un lento proceso evolutivo de las formas bajas de la vida animal o vegetal. Tales enseñanzas rebajan la obra sublime del Creador al nivel de las mezquinas y terrenales con­cepciones humanas. Los hombres están tan resueltos a excluir a Dios de la soberanía del universo que rebajan al hombre y le privan de la dignidad de su origen. El que colocó los mundos estrellados en la altura y coloreó con delicada maestría las flores del campo, el que llenó la tierra y los cielos con las maravillas de su potencia, cuando quiso coro­nar su gloriosa obra, colocando a alguien para regir la hermosa tierra, supo crear un ser digno de las manos que le dieron vida. La genealogía de nuestro linaje, como ha sido revelada, no hace remontar su origen a una serie de gérmenes, moluscos o cuadrúpedos, sino al gran Creador. Aunque Adán fue formado del polvo, era el “hijo de Dios” (Conflicto y valor, p. 11).

Al principio se consideró que el jefe de cada familia era diri­gente y sacerdote de su propio conjunto familiar. Más tarde, cuando la especie se multiplicó sobre la tierra, algunos hombres señalados por Dios realizaron la solemne ceremonia de los sacrificios en favor del pueblo. La sangre de los animales debía relacionarse en la mente de los pecadores con la sangre del Hijo de Dios. La muerte de la víctima debía ser una evidencia para todos que el castigo del pecado es la muerte. Mediante el acto del sacrificio el pecador reconocía su culpa y manifestaba su fe, por cuyo intermedio preveía el inmenso y perfecto sacrificio del Hijo de Dios, prefigurado por las ofrendas de animales.

Sin la expiación provista por el Hijo de Dios, no podría haber derramamiento de bendiciones o salvación por parte de Dios con res­pecto al hombre. El Señor es celoso del honor de su ley. Su transgresión produjo una espantosa separación entre el Padre y el hombre. A Adán en su inocencia se le concedió comunión directa, libre y gozosa con su Hacedor. Después de su transgresión Dios se comunicaría con él por medio de Cristo y los ángeles (Exaltad a Jesús, p. 19).

...Todos los seres creados viven por la voluntad y el poder de Dios. Son receptores dependientes de la vida de Dios. Desde el más sublime serafín hasta el ser animado más humilde, todos son renovados por la Fuente de la vida (El Deseado de todas las gentes, p. 729).


Martes 19 de marzo
Cuando aún éramos pecadores

Tan pronto como hubo pecado, hubo un Salvador. Cristo sabía lo que tendría que sufrir, sin embargo se convirtió en el sustituto del hombre. Tan pronto como pecó Adán, el Hijo de Dios se presentó como fiador por la raza humana.

Pensad cuánto le costó a Cristo dejar los atrios celestiales y ocupar su puesto a la cabeza de la humanidad. ¿Por qué hizo eso? Porque era el único que podía redimir la raza caída. No había un ser humano en el mundo que estuviera sin pecado. El Hijo de Dios descendió de su trono celestial, depuso su manto real y corona regia y revistió su divinidad con humanidad. Vino a morir por nosotros, a yacer en la tumba como deben hacerlo los seres humanos y a ser resucitado para nuestra justi­ficación.

Vino a familiarizarse con todas las tentaciones con las que es acosado el hombre. Se levantó del sepulcro y proclamó sobre la tumba abierta de José: “Yo soy la resurrección y la vida”. Uno igual a Dios pasó por la muerte en nuestro favor. Probó la muerte por cada hombre para que por medio de él cada ser humano pudiera participar de la vida eterna (En lugares celestiales, p. 13).

“Gracia... a vosotros”. Todo lo debemos a la gratuita gracia de Dios. En el pacto, la gracia ordenó nuestra adopción. En el Salvador, la gracia efectuó nuestra redención, nuestra regeneración y nuestra exaltación a la posición de herederos con Cristo. No porque primero lo amáramos a él, Dios nos amó a nosotros sino que “cuando aún éramos débiles” Cristo murió por nosotros e hizo así una abundante provisión para nuestra redención. Aunque por nuestra desobediencia merecíamos el desagrado y la condenación de Dios, sin embargo no nos ha abando­nado dejándonos luchar con el poder del enemigo. Ángeles celestiales riñen nuestras batallas por nosotros, y si cooperamos con ellos podemos ser victoriosos sobre los poderes del mal.

Si no hubiéramos caído, nunca hubiéramos aprendido el signifi­cado de esta palabra “gracia”. Dios ama a los ángeles que no pecaron, que realizan su servicio y son obedientes a todas sus órdenes, pero no les proporciona gracia a ellos. Esos seres celestiales no saben nada de la gracia; nunca la han necesitado, pues nunca han pecado. La gracia es un atributo de Dios manifestado a seres humanos indignos. Por nosotros mismos no la buscamos, sino que fue enviada en nuestra búsqueda. Dios se regocija en conferir su gracia en todos los que la anhelan, no porque son dignos, sino porque son completamente indignos. Nuestra necesidad es la característica que nos da la seguridad de que recibire­mos este don (En lugares celestiales, p. 34).

Medid la cuerda, si podéis, que ha sido bajada desde el cielo para elevar al hombre. La única estimación que podemos daros de su dimen­sión es señalaros hacia el Calvario.

Los hombres caídos no habrían podido tener un hogar en el paraí­so de Dios, sin el Cordero que ha sido muerto desde la fundación del mundo. ¿No exaltaremos la cruz de Cristo? (Nuestra elevada vocación, p. 47).

¿Quién puede sondear los sufrimientos de Cristo en el jardín del Getsemaní, en tanto sentía en toda su dimensión el peso del pecado del mundo? Tan agudamente pesó sobre él la pecaminosidad del pecado que por un momento la copa tembló en su mano y todo el cielo oyó el grito agonizante: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa” (Mateo 26:39). El Dios Omnipotente sufrió con su Hijo.

Detente ante la cruz de Cristo y aprende de ella cuál es el costo de la redención. Con corazón quebrantado la Víctima santa en la cruz del Calvario eleva sus ojos a Dios, y clama: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46). Los ángeles del cielo se compadecieron de su amado Comandante. Con gusto hubieran roto filas y acudido en su auxilio. Pero no era éste el plan de Dios. Nuestro Salvador pisó solo el lagar. No hubo nadie del pueblo con él.

El plan de redención fue trazado para poner la salvación al alcance de los pecadores. Cristo llevó a cabo su propósito. Su muerte ha traído vida eterna a todos los que lo acepten como Salvador personal. Pero muchos, muchos de aquellos por cuya salvación él murió, se niegan a volver a ser leales a él. El mundo está rápidamente llegando a ser lo que fue antes del Diluvio (Alza tus ojos, p. 221).

Miércoles 20 de marzo
El Sustituto portador del pecado

Pero el dolor corporal fue tan solo una pequeña parte de la agonía que sufrió el amado Hijo de Dios. Los pecados del mundo pesaban sobre él, así como la sensación de la ira de su Padre, mientras sufría la penalidad de la ley transgredida. Fue esto lo que abrumó su alma divina. Fue el hecho de que el Padre ocultara su rostro, el sentimiento de que su propio Padre le había abandonado, lo que le infundió desesperación. El inocente Varón que sufría en el Calvario comprendió y sintió plena y hondamente la separación que el pecado produce entre Dios y el hom­bre. Fue oprimido por las potestades de las tinieblas. Ni un solo rayo de luz iluminó las perspectivas del futuro para él. Y luchó con el poder de Satanás, quien declaraba que tenía a Cristo en su poder, que era superior en fuerza al Hijo de Dios, que el Padre había negado a su Hijo y que ya no gozaba del favor de Dios más que él mismo. Si gozaba aun del favor divino, ¿por qué necesitaba morir? Dios podía salvarlo de la muerte.

Cristo no cedió en el menor grado al enemigo que lo torturaba, ni aun en su más acerba angustia. Rodeaban al Hijo de Dios legiones de ángeles malos, mientras que a los santos ángeles se les ordenaba que no rompiesen sus filas ni se empeñasen en lucha contra el enemigo que le tentaba y vilipendiaba. A los ángeles celestiales no se les permitió ayudar al angustiado espíritu del Hijo de Dios. Fue en aquella terrible hora de tinieblas, en que el rostro de su Padre se ocultó mientras le rodeaban legiones de malos ángeles y los pecados del mundo estaban sobre él, cuando sus labios profirieron estas palabras: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Joyas de los testimonios, tomo 1, pp. 231, 232).

¡Oh! ¿Hubo alguna vez sufrimiento y pesar como el que soportó el Salvador moribundo? Lo que hizo tan amarga su copa fue la com­prensión del desagrado de su Padre. No fue el sufrimiento corporal lo que acabó tan prestamente con la vida de Cristo en la cruz. Fue el peso abrumador de los pecados del mundo y la sensación de la ira de su Padre. La gloria de Dios y su presencia sostenedora le habían abando­nado; la desesperación le aplastaba con su peso tenebroso, y arrancó de sus labios pálidos y temblorosos el grito angustiado: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Joyas de los testimonios, tomo 1, pp. 225, 226).

Jueves 21 de marzo
Una nueva creación

Los cambios que produce la nueva vida se realizan únicamente por la acción eficaz del Espíritu Santo. Solamente él puede limpiamos de la impureza. Si aceptamos que modele y forme el corazón, llegaremos a ser aptos para discernir el carácter del reino de Dios y para realizar los cambios que necesitan producirse, a fin de que tengamos acceso a sus dominios. El orgullo y el amor propio resisten al Espíritu de Dios. Cada inclinación natural se opone a que la autosuficiencia y el orgullo sean sustituidos por la humildad y la mansedumbre de Cristo. Pero, si deseamos andar en el camino que conduce a la vida eterna, no debemos prestar oídos a los susurros del egoísmo. Con humildad y contrición tenemos que implorar a nuestro Padre Celestial: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí” (Salmo 51:10). En la medida en que recibamos la luz divina y estemos dis­puestos a cooperar con las inteligencias celestiales, gracias al poder de Cristo naceremos otra vez, liberados de la contaminación del pecado (Recibiréis poder, p. 26).

“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17). Por medio del poder de Cristo, los hombres y mujeres han roto las cadenas de los hábitos pecaminosos. Han renunciado al egoísmo. El profano se transformó en reverente, el borracho en sobrio, el libertino en puro. Almas que habían manifestado la semejanza de Satanás, han llegado a transformarse a la imagen de Dios. Este cambio, en sí mismo, es el milagro de los milagros. El cambio realizado por la Palabra es uno de los más profundos misterios de ella. No lo podemos entender; solamen­te podemos creerlo, como lo señalan las Escrituras: “Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” (Los hechos de los apóstoles, pp. 379, 380).

Aunque el mundo entero está bajo el cuidado divino, y los ángeles son comisionados para prestar servicio en todas partes, la iglesia es el objeto de especial cuidado y amor de Dios. Es allí donde él está reali­zando experimentos mediante su gracia y produciendo sorprendentes transformaciones en los corruptos corazones humanos. Este es un milagro mayor que los que puede hacer en los cuerpos físicos. Muere la vieja naturaleza carnal y aparece una nueva criatura a la semejanza de Cristo. Esta transformación regocija a los ángeles porque ven que Cristo tiene sus escuelas de entrenamiento donde puede cambiar a los ignorantes hijos de ira y de oscuridad, y capacitarlos para que lleguen a ser colaboradores con Dios, identificando sus intereses con los del cielo. Con ellos puede formar un bien disciplinado ejército de obreros, a quienes puede confiar sus talentos, porque sabe que los mejorarán y multiplicarán. Finalmente les dirá: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mateo 25:23) (Review and Herald, 19 de diciembre, 1893).