Notas de Elena G. de White

Lección 10
9 de Marzo de 2013

La mayordomía y el medioambiente

Sábado 2 de marzo

El cimiento de la integridad comercial y del verdadero éxito es el reconocimiento del derecho de propiedad de Dios. El Creador de todas las cosas es el propietario original. Nosotros somos sus mayordomos. Todo lo que tenemos es depósito suyo para ser usado de acuerdo con sus indicaciones.

Es esta una obligación que pesa sobre cada ser humano. Tiene que ver con toda la esfera de la actividad humana. Reconozcámoslo o no, somos mayordomos provistos por Dios de talentos y facilidades y colocados en el mundo para hacer una obra asignada por él.

El dinero no es nuestro; ni nos pertenecen las casas, los terrenos, los cuadros, los muebles, los atavíos y los lujos. Tenemos tan solo una concesión de las cosas necesarias para la vida y la salud... Las bendiciones temporales nos son dadas en cometido, para comprobar si se nos pueden confiar riquezas eternas. Si soportamos la prueba de Dios, recibiremos la posesión adquirida que ha de ser nuestra: gloria, honra e inmortalidad (El hogar cristiano, p. 332).

Domingo 3 de marzo
El dominio dado en la creación

La santa pareja vivía muy dichosa en el Edén. Tenía dominio ilimitado sobre todos los seres vivientes. El león y el cordero jugueteaban pacífica e inofensivamente a su alrededor, o se tendían a dormitar a sus pies. Aves de todo color y plumaje revoloteaban entre los árboles y las flores, y en tomo de Adán y Eva, mientras sus melodiosos cantos resonaban entre los árboles en dulce acuerdo con las alabanzas tributadas a su Creador.

Adán y Eva estaban encantados con las bellezas de su hogar edénico. Se deleitaban con los pequeños cantores que los rodeaban revestidos de brillante y primoroso plumaje, que gorjeaban su melodía alegre y feliz. La santa pareja unía sus voces a las de ellos en armoniosos cantos de amor, alabanza y adoración al Padre y a su Hijo amado, por las muestras de amor que la rodeaban. Reconocían el orden y la armonía de la creación que hablaban de un conocimiento y una sabiduría infinitos. Continuamente descubrían en su edénica morada alguna nueva belleza, alguna gloria adicional, que henchía sus corazones de un amor más profundo, y arrancaba de sus labios expresiones de gratitud y reverencia a su Creador (La historia de la redención, pp. 22, 23).

Una vez creada la tierra con su abundante vida vegetal y animal, fue introducido en el escenario el hombre, corona de la creación para quien la hermosa tierra había sido aparejada. A él se le dio dominio sobre todo lo que sus ojos pudiesen mirar; pues, “dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree... en toda la tierra. Y crió Dios al hombre a su imagen, varón y hembra los crió” (Génesis 1:26, 27).

Aquí se expone con claridad el origen de la raza humana; y el relato divino está tan claramente narrado que no da lugar a conclusiones erróneas. Dios creó al hombre conforme a su propia imagen. No hay en esto misterio. No existe fundamento alguno para la suposición de que el hombre llegó a existir mediante un lento proceso evolutivo de las formas bajas de la vida animal o vegetal. Tales enseñanzas rebajan la obra sublime del Creador al nivel de las mezquinas y terrenales concepciones humanas. Los hombres están tan resueltos a excluir a Dios de la soberanía del universo que rebajan al hombre y le privan de la dignidad de su origen. El que colocó los mundos estrellados en la altura y coloreó con delicada maestría las flores del campo, el que llenó la tierra y los cielos con las maravillas de su potencia, cuando quiso coronar su gloriosa obra, colocando a alguien para regir la hermosa tierra, supo crear un ser digno de las manos que le dieron vida. La genealogía de nuestro linaje, como ha sido revelada, no hace remontar su origen a una serie de gérmenes, moluscos o cuadrúpedos, sino al gran Creador. Aunque Adán fue formado del polvo, era el “hijo de Dios” (Lucas 3:38, V. M.).

Adán fue colocado como representante de Dios sobre los órdenes de los seres inferiores. Estos no pueden comprender ni reconocer la soberanía de Dios; sin embargo, fueron creados con capacidad de amar y de servir al hombre. El salmista dice: “Lo hiciste enseñorear de las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies... asimismo las bestias del campo; las aves de los cielos... todo cuanto pasa por los senderos de la mar” (Salmo 8:6-8) (Patriarcas y profetas, pp. 24, 25).

Lunes 4 de marzo
Cuidar de las demás criaturas

Pocos comprenden debidamente cuán inicuo es abusar de los animales o dejarlos sufrir por negligencia. El que creó al hombre también creó a los animales inferiores, y extiende “sus misericordias sobre todas sus obras” (Salmo 145:9). Los animales fueron creados para servir al hombre, pero éste no tiene derecho a imponerles mal trato o exigencias crueles.

A causa del pecado del hombre, “la creación entera gime juntamente con nosotros, y a una está en dolores de parto hasta ahora” (Romanos 8:22, V. M.). Así cayeron los sufrimientos y la muerte no solamente sobre la raza humana, sino también sobre los animales. Le incumbe pues al hombre tratar de aligerar, en vez de aumentar, el peso del padecimiento que su transgresión ha impuesto a los seres creados por Dios. El que abusa de los animales porque los tiene en su poder, es un cobarde y un tirano. La tendencia a causar dolor, ya sea a nuestros semejantes o a los animales irracionales, es satánica. Muchos creen que nunca será conocida su crueldad, porque las pobres bestias no la pueden revelar. Pero si los ojos de esos hombres pudiesen abrirse como se abrieron los de Balaam, verían a un ángel de Dios de pie como testigo, para testificar contra ellos en las cortes celestiales. Asciende al cielo un registro, y vendrá el día cuando el juicio se pronunciará contra los que abusan de los seres creados por Dios (Patriarcas y profetas, pp. 472, 473).

Quien tiene a Cristo morando en su corazón, no tratará mal a sus animales, pues sabe que son criaturas de Dios. El que ha recibido la influencia de la gracia de Dios en su vida, no golpeará, herirá ni será cruel con sus animales. Recordará que los ángeles de Dios están tomando nota de cada palabra y acción perversa. El cielo no será el lugar para los que actúan de esa manera (Manuscript Releases, tomo 21, p. 331).

Oculto en la columna de nube, el Señor Jesús había dado dirección especial en cuanto a la ejecución de los actos de misericordia hacia el hombre y la bestia. Al paso que la ley de Dios requiere supremo amor a Dios y desinteresado amor para nuestros semejantes, sus requerimientos más abarcantes también atañen a los animales que no pueden expresar con palabras sus necesidades y sufrimientos. “No verás el asno de tu hermano, o su buey, caídos en el camino, y te esconderás de ellos: con él has de procurar levantarlos”. El que ama a Dios no solamente amará a sus prójimos sino que mirará con tierna compasión a las criaturas que Dios ha hecho. Cuando el Espíritu de Dios está en el hombre él lo dirige para que alivie a toda criatura que sufre (El ministerio de la bondad, pp. 51, 52).

Martes 5 de marzo
El sábado y el medioambiente

Dios vio que el sábado era esencial para el hombre, aun en el paraíso. Necesitaba dejar a un lado sus propios intereses y actividades durante un día de cada siete para poder contemplar más de lleno las obras de Dios y meditar en su poder y bondad. Necesitaba el sábado para que le recordase más vivamente la existencia de Dios, y para que despertase su gratitud hacia él, pues todo lo que disfrutaba y poseía procedía de la mano benéfica del Creador.

Dios quiere que el sábado dirija la mente de los hombres hacia la contemplación de las obras que él creó. La naturaleza habla a sus sentidos, declarándoles que hay un Dios viviente. Creador v supremo Soberano del universo. “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y la expansión denuncia la obra de sus manos. El un día emite palabra al otro día, y la una noche a la otra noche declara sabiduría” (Salmo 19:1, 2). La belleza que cubre la tierra es una demostración del amor de Dios. La podemos contemplar en las colinas eternas, en los corpulentos árboles, en los capullos que se abren y en las delicadas flores. Todas estas cosas nos hablan de Dios. El sábado, señalando siempre hacia el que lo creó todo, manda a los hombres que abran el gran libro de la naturaleza y escudriñen allí la sabiduría, el poder y el amor del Creador (Patriarcas y profetas, p. 29).

El sábado había de ser una señal entre Dios y su pueblo para siempre. De esta manera se manifestaría la señal: todos los que guardaran el sábado pondrían de manifiesto mediante esa enseñanza que eran adoradores del Dios viviente, Creador de los cielos y la tierra. El sábado sería una señal entre el Señor y su pueblo mientras hubiera gente sobre la tierra que le sirviese (La historia de la redención, p. 144).

El Señor se acerca mucho a su pueblo en el día que él ha bendecido y santificado. “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y la expansión denuncia la obra de sus manos. El un día emite palabra al otro día, y la una noche a la otra noche declara sabiduría”. El sábado es un monumento conmemorativo de Dios, que señala a los hombres al Creador, que hizo el mundo y todas las cosas que hay en él. En las colinas eternas, en los árboles majestuosos, en todo capullo que se abre y en toda flor que florece, podemos contemplar la obra del gran Artífice Maestro. Todo nos habla de Dios y de su gloria (Testimonios para los ministros, p. 134).


Miércoles 6 de marzo
Mayordomos de nuestra salud

La importancia de cuidar de la salud se ha de enseñar como requerimiento bíblico. La obediencia perfecta a las órdenes de Dios exige conformidad a las leyes del ser. La ciencia de la educación incluye un conocimiento tan completo de la fisiología como se pueda obtener. Nadie puede comprender debidamente sus obligaciones hacia Dios, a menos que comprenda claramente sus obligaciones parar consigo mismo como propiedad de Dios. El que permanece en ignorancia pecaminosa de las leyes de la salud y de la vida, o que viola voluntariamente estas leyes, peca contra Dios (Consejos para los maestros, p. 281).

La vida es un regalo de Dios. Se nos han dado nuestros cuerpos para que los empleemos en el servicio del Señor, y él desea que los cuidemos y les tengamos aprecio. Poseemos facultades físicas y mentales. Nuestros impulsos y pasiones tienen su asiento en el cuerpo, y por lo tanto no debemos hacer nada que contamine esta posesión que se nos ha confiado. Debemos mantener nuestros cuerpos en la mejor condición física posible, y bajo una constante influencia espiritual para que podamos utilizar nuestros talentos de la mejor manera. Léase 1 Corintios 6:13.

El uso equivocado del cuerpo acorta el período de vida que Dios ha asignado para que lo utilicemos en su servicio. Cuando nos permitimos el cultivo de hábitos equivocados, nos acostamos a altas horas de la noche, y satisfacemos las demandas del apetito a expensas de la salud, colocamos los fundamentos de nuestra debilidad. Desequilibramos el sistema nervioso cuando descuidamos el ejercicio físico o recargamos de trabajo la mente o el cuerpo. Los que acortan sus vidas de este modo y no hacen caso de las leyes naturales, son culpables de robarle a Dios. No tenemos derecho de descuidar el cuerpo, la mente, o las fuerzas, ni de abusar de estos dones que deberían utilizarse para ofrecer a Dios un servicio consagrado.

Todos deberían poseer un conocimiento inteligente de la constitución humana, con el fin de mantener sus cuerpos en las mejores condiciones para realizar la obra del Señor. Los que se atreven a formar hábitos que debilitan las energías nerviosas y disminuyen el vigor de la mente o el cuerpo, se vuelven ineficientes para el trabajo que Dios les ha pedido que hagan. Por otra parte, una vida pura y saludable es apta para el perfeccionamiento del carácter cristiano y para el desarrollo de sus facultades mentales y físicas (Consejos sobre la salud, pp. 41, 42).

Dios exige que el cuerpo le sea presentado como sacrificio vivo, no como sacrificio muerto o moribundo. Las ofrendas de los antiguos hebreos debían ser sin tacha, ¿y será agradable para Dios aceptar una ofrenda humana llena de enfermedad y corrupción? Él nos dice que nuestro cuerpo es el templo del Espíritu Santo; y nos exige que cuidemos este templo, a fin de que sea una habitación adecuada para su Espíritu. El apóstol Pablo nos da esta amonestación: “No sois vuestros, porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Corintios 6:19, 20). Todos deben ser muy cuidadosos para preservar el cuerpo en la mejor condición de salud posible, a fin de que puedan rendir a Dios un servicio perfecto, y cumplir su deber en la familia y en la sociedad (Consejos sobre el régimen alimenticio, pp. 22, 23).

Somos propiedad del Señor por creación y redención, y nos pide que estudiemos cómo cuidar nuestros cuerpos, observando cuidadosamente las leyes de la vida, la salud y la pureza.

Es nuestro deber preservar y honrar nuestros cuerpos, a fin de que no se conviertan, como consecuencia del descuido, la complacencia egoísta, los apetitos y las pasiones pervertidas, en antros de corrupción e impureza, detestables a la vista de Dios, moribundos mientras aun seguimos con vida (Cada día con Dios, p. 123).

Jueves 7 de marzo
Principios de mayordomía

El Señor le ha dado talentos a los seres humanos para que al usarlos puedan honrarlo y glorificarlo. A algunos, les ha confiado medios; a otros, calificaciones especiales para el servicio; a otros, tacto e influencia. Algunos tienen cinco talentos; otros dos, y otros uno. Pero todos, desde los más ignorantes hasta los más elevados, han recibido algún talento. No son suyos; pertenecen a Dios, quien se los ha dado para que los usen conscientemente, y algún día les pedirá cuenta de ellos.

La gran lección que tenemos que aprender diariamente es que somos mayordomos de Dios; mayordomos del dinero, el razonamiento, el intelecto y la influencia. Y no importa cuán pequeños sean nuestros talentos, debemos trabajar con ellos para multiplicarlos, y no desestimarlos y esconderlos pensando que son demasiado pequeños para honrar a Dios. Nosotros mismos no podemos valorar adecuadamente nuestros poderes. Debemos colocarlos al servicio de Dios y él los utilizará. Si son usados sabiamente, podemos traer un alma a Dios, la que a su vez podrá alcanzar a otros que tengan un talento, el que fielmente usado, podrá ganar muchos otros talentos para Dios (Review and Herald, 24 de noviembre, 1896).

Dios quiere que comprendamos que tiene derecho a la mente, el alma, el cuerpo y el espíritu: a todo lo que poseemos. Somos suyos por creación y por redención. Como nuestro Creador, demanda nuestro servicio pleno; como nuestro Redentor, tiene una exigencia tanto de amor como de derecho [sobre nosotros], de amor sin paralelo. Debemos tener en cuenta esa exigencia en cada momento de nuestra existencia. Delante de creyentes y de incrédulos constantemente debemos reconocer nuestra dependencia de Dios. Nuestro cuerpo, nuestra alma, nuestra vida le pertenecen, no solo porque son una dádiva gratuita, sino porque constantemente nos proporciona sus beneficios y nos fortalece para que usemos nuestras facultades. Al devolverle lo que le pertenece, al trabajar voluntariamente para él, mostramos que reconocemos nuestra dependencia de él (Comentario bíblico adventista, tomo 7, p. 921).

...Con la misma seguridad con la que se nos ha dado la Palabra de Dios, él requerirá lo suyo con interés de la mano de cada ser humano. Si los hombres son infieles en devolver a Dios lo que le pertenece, si pasan por alto la comisión dada a sus mayordomos, no seguirán teniendo la bendición de lo que el Señor les ha confiado...

Dios ha dado a cada persona su obra. Sus siervos han de actuar en colaboración con él. Los hombres, si así lo prefieren, pueden rehusar relacionarse con su Hacedor; pueden negarse a entregarse a su servicio, y utilizar indebidamente los bienes que le fueron confiados; pueden dejar de ejercer frugalidad y abnegación, y pueden olvidar que el Señor requiere que le devuelvan una parte de lo que él les ha dado. Tales personas son mayordomos infieles.

Un mayordomo fiel hará todo lo que puede en el servicio de Dios; su gran preocupación será la necesidad del mundo. Comprenderá que el mensaje de verdad debe predicarse, no solo en su propio vecindario sino en las regiones más alejadas. Cuando los hombres tienen este espíritu, el amor a la verdad y la santificación que recibirán mediante la verdad borrarán la avaricia, el engaño y toda clase de falta de honradez (Consejos sobre mayordomía cristiana, p. 88).

Así los hombres disculpan la forma en que descuidan los dones de Dios. Consideran a Dios severo y tiránico, como si acechara para espiar sus errores y visitarlos con sus juicios. Ellos lo acusan de exigir lo que nunca dio, y de segar donde nunca sembró.

Hay muchos que en su corazón acusan a Dios de ser un amo duro porque reclama sus posesiones y su servicio. Pero no podemos traer a Dios nada que no sea ya suyo. “Todo es tuyo —decía el rey David— y lo recibido de tu mano te damos”. Todas las cosas son de Dios, no solo por la creación, sino por la redención. Todas las bendiciones de esta vida y de la vida venidera nos son entregadas con el sello de la cruz del Calvario. Por lo tanto, la acusación de que Dios es un amo duro, que siega donde no ha sembrado, es falsa (Palabras de vida del Gran Maestro, p. 96).