I Trimestre de 2013
Los orígenes

Notas de Elena G. de White

Lección 1
5 de Enero de 2013

Jesús, el creador del cieloy de la tierra

Sábado 29 de diciembre

No es la profundidad de razonamiento lo que producirá el mayor bien. Por medio de la sabiduría humana el mundo no conoció a Dios; la única forma de conocerlo es por lo que hablaron los santos hombres de Dios que fueron movidos por el Espíritu Santo. Ninguna explicación humana o razonamiento puede dar información de la creación del mundo; solo puede ser comprendida por fe en el gran poder creador de Dios mediante Jesucristo. "Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía" (Hebreos 11:3). Nadie será convencido de esta verdad por un mero razonamiento; solo la fe traerá verdadera convicción (Manuscript Releases, tomo 3, p. 337).

Domingo 30 de diciembre:
En el principio

Al espaciarse en las leyes de la materia y de la naturaleza, muchos pierden de vista la intervención continua y directa de Dios, si es que no la niegan. Expresan la idea de que la naturaleza actúa independientemente de Dios, teniendo  en sí y de por sí sus propios límites y sus propios poderes con que obrar. Hay en su mente una marcada distinción entre lo natural y lo sobrenatural. Atribuyen lo natural a causas comunes, desconectadas del poder de Dios. Se atribuye poder vital a la materia, y se hace de la naturaleza una divinidad. Se supone que la materia está colocada en ciertas relaciones, y que se la deja obrar de acuerdo a leyes fijas, en las cuales Dios mismo no puede intervenir; que la naturaleza está dotada de ciertas propiedades y sujeta a ciertas leyes, y luego abandonada a sí misma para que obedezca a estas leyes y cumpla la obra originalmente ordenada.

Esta es una ciencia falsa; en la Palabra de Dios no hay nada que pueda sostenerla. Dios no anula sus leyes, sino que obra continuamente por su intermedio y las usa como sus instrumentos. Ellas no obran de por sí. Dios está obrando perpetuamente en la naturaleza. Ella es su sierva, y él la dirige como a él le place. En su obra, la naturaleza atestigua la presencia inteligente y la intervención activa de un Ser que actúa en todas sus obras de acuerdo con su voluntad. No es por un poder original inherente a la naturaleza cómo año tras año la tierra produce sus dones y continúa su marcha en derredor del sol. La mano del poder infinito obra de continuo para guiar este planeta. Lo que le conserva su posición en su rotación es el poder de Dios ejercitado momentáneamente.

El Dios del cielo obra constantemente. Su poder hace florecer la vegetación, aparecer cada hoja y abrirse cada flor. Cada gota de lluvia o copo de nieve, cada brizna de hierba, cada boja, flor y arbusto, testifican acerca de Dios. Estas cosas pequeñas que son tan comunes en derredor nuestro enseñan la lección de que nada es demasiado humilde para que lo note el Dios infinito; nada es demasiado pequeño para su atención.

El mecanismo del cuerpo humano no puede comprenderse plenamente; sus misterios actuales dejan perplejo al más  inteligente. Si el pulso late y una respiración sigue a la otra, no es como resultado de un mecanismo que una vez puesto en movimiento, sigue funcionando. En Dios vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser. Cada respiración, cada palpitación del corazón constituyen una evidencia continua del poder de un Dios siempre presente.

Dios es el que hace salir el sol en los cielos. Él abre las ventanas de los cielos y da lluvia. Él hace crecer la hierba sobre los montes. “Él da la nieve como lana, derrama la escarcha como ceniza”. “A su voz se da muchedumbre de aguas en el cielo... hace los relámpagos con la lluvia, y saca el viento de sus depósitos” (Salmo 147: 16; Jeremías 10:13).

El Señor está constantemente ocupado en sostener y usar como siervos suyos las cosas que ha hecho. Dijo Cristo: “Mi Padre hasta ahora obra, y yo obro” (Juan 5: 17) (Joyas de los testimonios, tomo 3, pp. 259, 260).

Lunes 31 de diciembre:
Los cielos declaran

El Creador ha dado suficiente evidencia acerca de su poder ilimitado, de su capacidad para establecer reinos y para  destruirlos. Él sostiene el mundo con la palabra de su poder. Él hizo la noche y ordenó las estrellas resplandecientes en el firmamento. Las llama a todas por su nombre. Los cielos proclaman la gloria de Dios y el firmamento muestra la obra de sus manos, indicando a los seres humanos que este pequeño mundo no es sino un punto en la creación de Dios...

Los habitantes de los mundos no caídos observan con pena y reproche el orgullo humano y la autoimportancia de los hombres. Los ricos y los encumbrados del mundo no son los únicos que glorifican su yo. Muchas personas que profesan honrar a Dios hablan acerca de su propia sabiduría y poder. Actúan como si Dios estuviera sujeto a ellos, como si él no pudiera realizar su obra sin su ayuda. Que los tales observen los cielos estrellados, y con admiración y reverencia estudien las obras maravillosas de Dios. Que piensen en la sabiduría de la que él da evidencia al mantener al vasto universo en un orden perfecto, y en la poca razón que tiene el ser humano de jactarse por sus propias realizaciones (Exaltad a Jesús, p. 48).

En la formación de nuestro mundo, Dios no dependió de ninguna materia o sustancia preexistente. “Lo que se ve fue hecho de lo que no se veía” (Hebreos 11:3). Por el contrario, todas las cosas, materiales o espirituales, aparecieron delante del Señor Jehová a su voz, y fueron creadas por su propio propósito. Los cielos y toda la hueste de ellos, la tierra y todas las cosas que hay en ella, son no solamente la obra de sus manos, sino que vinieron a la existencia por el aliento de su boca (Mensajes selectos, tomo 3, p. 357).

¡Qué campo se abrirá allí a nuestro estudio cuando se quite el velo que oscurece nuestra vista y nuestros ojos contemplen ese mundo de belleza del cual ahora tenemos vislumbres por medio del microscopio; cuando contemplemos las glorias de los cielos estudiados ahora por medio del telescopio; cuando, borrada la mancha del pecado, toda la tierra aparezca en “la hermosura de Jehová vuestro Dios”! (Salmo 90: 17). Allí el estudiante de la ciencia podrá leer los informes de la creación, sin hallar señales de la ley del mal. Escuchará la música de las voces de la naturaleza y no descubrirá ninguna nota de llanto ni voz de dolor. En todas las cosas creadas descubrirá una escritura, en el vasto universo contemplará “el nombre de Dios escrito en grandes caracteres” y ni en la tierra, ni en el mar, ni en el cielo, quedará señal del mal (La maravillosa gracia de Dios, p. 365).

Martes 1 de enero:
El poder de su palabra

Puesto que el libro de la naturaleza y el de la revelación llevan el sello de la misma Mente maestra, no pueden sino hablar en armonía. Con diferentes métodos y lenguajes, dan testimonio de las mismas grandes verdades. La ciencia descubre siempre nuevas maravillas, pero en su investigación no obtiene nada que, correctamente comprendido, discrepe con la revelación divina. El libro de la naturaleza y la Palabra escrita se alumbran mutuamente. Nos familiarizan con Dios al enseñar­ nos algo de las leyes por medio de las cuales él obra.

Sin embargo, algunas deducciones erróneas de fenómenos observados en la naturaleza, han hecho suponer que existe un conflicto entre la ciencia y la revelación y, en los esfuerzos realizados para restaurar la armonía entre ambas, se han adoptado interpretaciones de las Escrituras que minan y destruyen la fuerza de la Palabra de Dios. Se ha creído que la geología contradice la interpretación literal del relato mosaico de la creación. Se pretende que se requirieron millones de años para que la tierra evolucionara  a partir del caos, y a fin de acomodar la Biblia a esta supuesta revelación de la ciencia, se supone que los días de la creación han sido vastos e indefinidos períodos que abarcan miles y hasta millones de años.

Semejante conclusión es enteramente innecesaria. El relato bíblico está en armonía consigo mismo y con la enseñanza de la naturaleza. Del primer día empleado en la obra de la creación se dice: “Y fue la tarde y la mañana un día”. Lo mismo se dice en sustancia de cada uno de los seis días de la semana de la creación. La inspiración declara que cada uno de esos períodos ha sido un día compuesto de mañana y tarde, como cualquier otro día transcurrido desde entonces. En cuanto a la obra de la creación, el testimonio divino es como sigue: “Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió”. ¿Cuánto tiempo necesitaría para sacar la tierra del caos Aquel que podía llamar de ese modo a la existencia a los mundos innumerables? Para dar razón de sus obras, ¿hemos de violentar su Palabra? (La educación, pp. 128, 129).

En la palabra de Dios está la energía creadora que llamó los mundos a la existencia. Esta palabra imparte poder; engendra vida. Cada orden es una promesa; aceptada por la voluntad, recibida en el alma, trae consigo la vida del Ser infinito. Transforma la naturaleza y vuelve a crear el alma a imagen de Dios (La educación, p. 126).

Dios creó la semilla, como creó la tierra, mediante su palabra. Por su palabra él le dio el poder de crecer y multiplicarse. Dijo: “Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé simiente; árbol de fruto que dé fruto según su género, que su simiente esté en él, sobre la tierra: y fue así... Y vio Dios que era bueno”. Es esa palabra la que todavía hace que brote la semilla. Toda semilla que hace subir su verde espiga a la luz del sol, declara el milagroso poder de esa palabra pronunciada por Aquel que “dijo, y fue hecho”, que “mandó, y existió” (Palabras de vida del Gran Maestro, p. 58).

Dios habló, y sus palabras crearon las obras del mundo natural. La creación de Dios no es sino un almacén de medios, listos para que él los emplee instantáneamente en realizar lo que le plazca. No hay nada que sea inútil, pero la maldición permitió que el enemigo sembrara espinas y cardos. ¿Podrá ser que únicamente los seres racionales causen confusión en nuestro mundo? ¿No habremos de vivir para Dios? ¿No lo hemos de honrar? Nuestro Dios y Salvador es Omnisapiente, todo suficiente. Vino a este mundo para que su perfección se pudiera revelar en nosotros (Exaltad a Jesús, p. 60).

Miércoles 2 de enero:
Jesús, el Creador del cielo y de la tierra

El gran Creador  convocó a las huestes celestiales para conferir honra especial a su Hijo en presencia de todos los ángeles. Éste estaba sentado en el trono con el Padre, con la multitud celestial de santos ángeles reunida a su alrededor. Entonces el Padre hizo saber que había ordenado que Cristo, su Hijo, fuera igual a él; de modo que doquiera estuviese su Hijo, estaría él mismo también. La palabra del Hijo debería obedecerse tan prontamente como la del Padre. Éste había sido investido de la autoridad de comandar las huestes angélicas. Debía obrar especialmente en unión con él en el proyecto de creación de la tierra y de todo ser viviente que habría de existir en ella. Ejecutaría su voluntad o haría nada por sí mismo. La voluntad del Padre se cumpliría en él (La historia de la redención, pp. 13, 14).

El Soberano del universo no estaba solo en su obra benéfica. Tuvo un compañero, un colaborador que podía apreciar sus designios, y que podía compartir su regocijo al brindar felicidad a los seres creados. “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Éste era en el principio con Dios” (Juan l: l, 2). Cristo, el Verbo, el Unigénito de Dios, era uno solo con el Padre eterno, uno solo en naturaleza, en carácter y en propósitos; era el único ser que podía penetrar en todos los designios y fines de Dios. “Y llamaráse su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz”. “Sus salidas son desde el principio, desde los días del siglo” (Isaías 9:6; Miqueas 5:2). Y el Hijo de Dios, hablando de sí mismo, declara: “Jehová me poseía en el principio de su camino, ya de antiguo, antes de sus obras. Eternamente tuve el principado... Cuando establecía los fundamentos de la tierra; con él estaba yo ordenándolo todo; y fui su delicia todos los días, teniendo solaz delante de él en todo tiempo” (Proverbios 8:22-30).

EL Padre obró por medio de su Hijo en la creación de todos los seres celestiales. “Porque por él fueron criadas todas las cosas... sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue criado por él y para él” (Colosenses 1:16) (Patriarcas y profetas, p.  12).

El cielo sabía que el hombre necesitaba un Maestro divino. La compasión y simpatía de Dios se despertaron en favor de los seres humanos, caídos y atados al carro de Satanás; y cuando llegó la plenitud del tiempo, él envió a su Hijo. El que había sido señalado en los concilios del cielo, vino a esta tierra como instructor del hombre. La rica benevolencia  de Dios lo dio a nuestro mundo; y para satisfacer las necesidades de la naturaleza humana, se revistió de humanidad. Para asombro de la hueste celestial, el Verbo eterno vino a este mundo como un niño impotente. Plenamente preparado, dejó los atrios celestiales y se alió misteriosamente con los seres humanos caídos. “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14) (Consejos para los maestros, p. 246).

Jueves 3 de enero:
El Creador entre nosotros

Durante la fiesta de bodas de Caná de Galilea, a la cual asistió Cristo, se descubrió que por alguna causa la provisión de vino no había sido suficiente. Esto produjo mucha perplejidad y pesar. No era lo acostumbrado no servir vino en tales ocasiones, y su carencia podría parecer falta de hospitalidad...

Cuando llegó el momento, el milagro realizado por Cristo fue reconocido. Tan pronto como el maestro de ceremonias de la fiesta acercó el vaso a los labios y probó el vino, miró con una mezcla de alegría y sor­ presa. El vino era de superior calidad, y nunca había probado uno igual. Y era vino sin fermentar. Dijo al novio: “Todo hombre sirve primero el buen vino, y cuando ya han bebido mucho, entonces el inferior; mas tú ha s reservado el buen vino hasta ahora” (Juan 2:10).

Cristo no se acercó a los cántaros ni tocó el agua; simplemente los miró y con solo eso se convirtió en el puro jugo de la vid, claro y purificado. ¿Qué efecto tuvo este milagro? “Sus discípulos creyeron en él” (versículo 11)... Mediante este milagro Cristo también dio evidencias de su misericordia y compasión. Manifestó que se preocupaba  por las necesidades de los que lo seguían para escuchar sus palabras llenas de conocimiento y sabiduría (Cada día con Dios, p. 366).

Cristo no realizó nunca un milagro que no fuese para suplir una necesidad verdadera, y cada milagro era de un carácter destinado a conducir a la gente al árbol de la vida, cuyas hojas son para la sanidad de las naciones. El alimento sencillo que las manos de los discípulos hicieron circular, contenía numerosas lecciones. Era un menú humilde el que había sido provisto; los peces y los panes de cebada eran la comida diaria de los pescadores que vivían alrededor del mar de Galilea.

Cristo podría haber extendido delante de la gente una comida opípara pero los alimentos preparados solamente para satisfacer el apetito no habrían impartido una lección benéfica. Cristo enseñaba a los concurrentes que las provisiones naturales que Dios hizo para el hombre habían sido pervertidas. Y nunca disfrutó nadie de lujosos festines pre­ parados para satisfacer un gusto pervertido como esta gente disfrutó del descanso y de la comida sencilla que Jesús le proveyó tan lejos de las habitaciones de los hombres (El Deseado de todas las gentes, p. 334).

El milagro de Cristo de restaurar la vista del hombre que había nacido ciego fue una evidencia convincente de la divinidad de  su misión (Review and Herald, 11 de febrero, 1902).

El Señor Jesús conocía la prueba por la cual estaba pasando el hombre, y le dio gracia y palabras, de modo que llegó a ser un testigo por Cristo. Respondió a los fariseos con palabras que eran una hiriente censura a sus preguntas. Aseveraban ser los expositores de las Escrituras y los guías religiosos de la nación; sin embargo, había allí Uno que hacía milagros, y ellos confesaban ignorar tanto la fuente de su poder, como su carácter y pretensiones. "Por cierto, maravillosa cosa es ésta --dijo el hombre- que vosotros no sabéis de dónde sea, y a mí me abrió los ojos. Y sabemos que Dios no oye a los pecadores; mas si alguno es temeroso de Dios, y hace su voluntad, a éste oye. Desde el siglo no fue oído, que abriese alguno los ojos de uno que nació ciego. Si éste no fuera de Dios, no pudiera hacer nada" (El Deseado de todas las gentes, pp. 439, 440).