3 septiembre
Nicodemo
El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Juan 3:3.

Nicodemo ocupaba un puesto elevado y de confianza en la nación judía.
Era un hombre muy educado, y poseía talentos extraordinarios. Como otros, había sido conmovido por las enseñanzas de Jesús. Aunque rico, sabio y honrado, se había sentido extrañamente atraído por el humilde Nazareno. Las lecciones que habían caído de los labios del Salvador lo habían impresionado grandemente, y quería aprender más de estas verdades maravillosas.
Pero él no visitó a Jesús de día. Habría sido demasiado humillante para un príncipe de los judíos declararse simpatizante de un maestro tan poco conoci­do. Haciendo una investigación especial, llegó a saber dónde tenía el Salvador un lugar de retiro, aguardó hasta que la ciudad quedase envuelta por el sueño, y entonces salió en busca de Jesús.
"Rabí —dijo—, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él". Al hablar de los raros dones de Cristo como maestro, y también de su maravilloso po­der de realizar milagros, esperaba preparar el terreno para su entrevista. Pero, en su infinita sabiduría, Jesús vio delante de sí a uno que buscaba la verdad. Conocía el objeto de esta visita, y con el deseo de profundizar la convicción que ya había penetrado en la mente del que lo escuchaba, fue directamente al tema que le preocupaba, diciendo solemne, aunque bondadosamente: "De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios" (Juan 3:3)...
Esta declaración resultó muy humillante para Nicodemo, y sintiéndose irritado respondió a Cristo: "¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo?" Pero el Salvador no contestó a su argumento con otro. Levantando la mano con solemne y tranquila dignidad, hizo penetrar la verdad con mayor seguri­dad: "De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios" (vers. 4, 5)...
En esta entrevista memorable, Cristo estipuló principios de gran impor­tancia para todos. Definió las condiciones de la salvación en términos claros, y destacó la necesidad de una vida nueva... Tan ciertamente como se aplicaban al gobernante judío, estas palabras están dirigidas a todo el que invoca el nombre de Cristo, que ha decidido seguir al manso y humilde Jesús —Youth's Instructor, 2 de septiembre de 1897; parcialmente en El Deseado de todas las gentes, pp.
140-143.