19 septiembre
La Victoria de Dios

Entonces Jehov á dijo a Gedeón: Con estos trescientos hombres que lamieron el agua os salvaré, y entregaré a los madianitas en tus manos; y váyase toda la demás gente cada uno a su lugar. Jueces 7:7

Después de la derrota de los madianitas, las noticias de que el Dios de Israel había peleado nuevamente por su pueblo se esparcieron rápidamente a toda la comarca. No hay palabras que puedan describir el terror de las naciones circundantes cuando se enteraron de cuáles habían sido los sencillos medios que habían prevalecido contra todo el poderío y la destreza de un pueblo arries­gado y belicoso.
Doquiera se esparcían las noticias, todos sentían que la victoria debía adju­dicarse únicamente a Dios. Así fue glorificado el nombre de Dios, la fe de Israel fue fortalecida y sus enemigos fueron llevados a la vergüenza y la confusión.
No es seguro para el pueblo de Dios adoptar las máximas y las costumbres de los impíos. Los principios y los modos de trabajo divinos son muy diferentes de los del mundo. La historia de las naciones no presenta victorias tales como la conquista de Jericó o la derrota de los madianitas. Ningún general de ejército pagano había dirigido las batallas como lo hicieron Josué y Gedeón. Estas victo­rias enseñan la gran lección de que el único fundamento seguro para la victoria es la ayuda de Dios aunada al esfuerzo humano. Quienes confían en su propia sabiduría y sus propias destrezas, seguramente serán chasqueados. El único cur­so seguro, en todos los planes y los propósitos de la vida, es preservar la sencillez de la fe. Una confianza humilde en Dios y la obediencia fiel a su voluntad son tan esenciales para el cristiano, al entablar una guerra espiritual, como lo fueron para Gedeón y sus valientes compañeros cuando peleaban las batallas del Señor.
Los mandatos de Dios se deben obedecer implícitamente, sin tomar en cuenta la opinión del mundo. Quienes ocupan cargos de responsabilidad entre sus congéneres no debieran descuidar esta lección... Todos debieran valorar fer­vientemente cada privilegio religioso e inquirir de Dios cada día, para aprender su voluntad. Debieran estudiar diligentemente la vida y las palabras de Cristo y obedecer alegremente sus instrucciones. Los que se vistan de esta manera de la armadura de justicia, no tienen que temer a los enemigos de Dios. Pueden estar seguros de la presencia y la protección del Capitán del ejército del Señor...

El Señor está dispuesto a darle a su pueblo una experiencia preciosa... De­sea enseñarles a someter su criterio y su voluntad implícitamente a él. Verán y sabrán que de sí mismos no pueden hacer nada; que Dios es el todo en todo —Signs of the Times, 21 de julio de 1881.