29 mayo
Sepárense del mundo
Cada día muero. 1 Corintios 15:31.

Los que profesan el nombre de Cristo han de representar a Cristo como su modelo y ejemplo. Han de revelar ante otros la verdad en su pureza, y hacerles saber de los privilegios y las responsabilidades de la vida cristiana; los profesos seguidores de Cristo pueden hacer esto únicamente si conforman su carácter a los principios sagrados de la verdad. Nadie que profese ser hijo de Dios debe traicionar los legados sagrados. No debe borrarse la línea de demar­cación entre los cristianos y el mundo. No debe traerse la verdad a un nivel bajo, común, porque esto deshonrará a Dios, quien ha hecho un sacrificio infi­nito en el don de su Hijo por los pecados del mundo...
Muchos que aseguran ser los hijos de Dios no parecen entender que el cora­zón debe ser regenerado, porque sus prácticas ignoran las palabras y las obras de Cristo. Por sus acciones dicen claramente: "Es mi privilegio actuar como siento que debo actuar. Si no lo hiciera, sería totalmente miserable". Este es el tipo de religión que abunda en el mundo, pero no lleva la aprobación del Cielo...
Ni la susodicha ciencia, el razonamiento humano o la poesía pueden ser presentados con la misma autoridad que la revelación. Pero el propósito estu­diado de Satanás es exaltar las máximas humanas, las tradiciones y las inven­ciones hasta el mismo plano de autoridad de la Palabra de Dios, y habiendo logrado esto, exaltar las palabras humanas hasta la supremacía...
No hay seguridad para ninguno de nosotros, a menos que recibamos dia­riamente una nueva experiencia por contemplar a Jesús, el autor y consumador de nuestra fe. Día tras día hemos de contemplarlo y ser cambiados a su imagen. Hemos de representar los atributos divinos y seguir las huellas de Jesús cueste lo que costare. Hemos de colocarnos bajo la conducción divina, consultando la Palabra de Dios e inquiriendo diariamente: Este camino ¿es del Señor?... No se inmortalizará ninguna deficiencia de carácter que desfigure el cielo con su imperfección...

Una profesión de fe no tiene valor a menos que el alma se aferre de los prin­cipios, y se apropie y absorba el rico alimento de la verdad, y así se convierta en partícipe de la naturaleza divina -Review and Herald, 20 de noviembre de 1894.