27 mayo
Descanse en Cristo
A vosotros que sois atribulados, daros reposo con nosotros. 2 Tesalonicenses 1:7.

No olvidemos que Cristo es el camino, la verdad y la vida. El Salvador compasivo invita a todos a venir a él. Creamos las palabras de nuestro Señor, y no hagamos tan difícil el camino hacia él. No recorramos la preciosa ruta, forjada para que la caminen los comprados por el Señor, con murmura­ción, con dudas, con premoniciones nubladas, quejándonos, como si se nos obligara a hacer una tarea desagradable, exigente. Los caminos de Cristo son caminos placenteros, y todos sus senderos son de paz. Si hemos hecho senderos pedregosos para nuestros pies y tomado cargas pesadas de preocupaciones para conseguir tesoros sobre la tierra, cambiemos ahora y sigamos el sendero que Jesús nos ha preparado.
No siempre estamos dispuestos a entregar nuestras cargas a Jesús. A veces, derramamos nuestros problemas en oídos humanos y contamos nuestras aflic­ciones a los que no pueden ayudarnos, y descuidamos confiarle todo a Jesús, para que él pueda cambiar los senderos penosos en senderos de gozo y paz...
La brevedad del tiempo es presentada como un incentivo para que busque­mos la justicia y hagamos de Cristo nuestro amigo. Este no es el gran motivo; tiene sabor a egoísmo. ¿Será necesario que se nos presenten los terrores del día del Señor para impulsarnos por medio del temor a la acción correcta? No debie­ra ser así. Jesús es atractivo; él está lleno de amor, misericordia y compasión. El propone ser nuestro amigo, recorrer con nosotros los duros senderos de la vida...
La invitación de Cristo para todos nosotros es un llamado a una vida de paz y reposo, una vida de libertad y amor, y a una rica herencia en la vida inmortal futura... No necesitamos alarmarnos si este sendero de libertad es formado por medio de conflictos y sufrimientos. La libertad que disfrutaremos será más va­liosa porque nos hemos sacrificado para obtenerla. La paz que sobrepasa el entendimiento nos costará batallas con los poderes de las tinieblas, luchas severas contra el egoísmo y los pecados interiores... Al enfrentar la tentación, debemos enseñarnos a nosotros mismos a [manifestar] una resistencia firme, que no pro­vocará un pensamiento de murmuración, aunque estemos cansados por luchar y pelear la buena batalla de la fe...
No podemos apreciar a nuestro Redentor en el sentido más elevado hasta que lo veamos, por los ojos de la fe, extendiéndose a las profundidades mismas de la miseria humana, tomando sobre sí la naturaleza de la humanidad, la capacidad de sufrir; y al sufrir, empleando su poder divino para salvar y levantar a los pecadores al compañerismo consigo -Review and Herald, 2 de agosto de 1881.