18 de marzo

Lo primero, primero
Vosotros sois la luz del mundo. Mateo 5:14.

Las cosas eternas debieran despertar nuestro interés, y en comparación con las cosas temporales, son de importancia infinita. Dios requiere que haga­mos de la salud y la prosperidad del alma el asunto de primer grado. Debemos saber que disfrutamos del favor de Dios, que él nos sonríe; y que somos cierta­mente sus hijos, y estamos en una posición en la que podemos comulgar con él y él con nosotros. No debemos descansar hasta que estemos en tal posición de humildad y mansedumbre que él pueda bendecirnos sin problema; y seamos traídos a una cercanía sagrada con Dios, en la que su luz pueda brillar sobre no­sotros, y reflejemos esa luz a todos los que nos rodean. Pero no podemos hacer esto a menos que nosotros mismos estemos buscando fervientemente vivir en la luz. Dios requiere esto de todos sus seguidores, no solo por su propio bien, sino también por el beneficio de otros que los rodean.
No podemos dejar que nuestra luz brille hacia otros y atraiga su atención a las cosas celestiales, a menos que nosotros tengamos la luz en nosotros. De­bemos estar imbuidos con el Espíritu de Jesucristo, o no podremos manifestar a otros que Cristo es en nosotros la esperanza de gloria. Debemos tener un Salvador que more en nosotros, o no podremos ejemplificar en nuestra vida su vida de devoción, su amor, su gentileza, su piedad, su compasión, su negación propia y su pureza. Esto es lo que nosotros deseamos urgentemente. Este debe ser el tema de estudio de nuestra vida: ¿cómo habré de conformar mi carácter a la norma bíblica de santidad?...
Cristo sacrificó su majestad, su esplendor, su gloria y su honor, y por noso­tros se hizo pobre para que, por su pobreza, fuésemos enriquecidos. Se sometió a una vida de humillación, fue sometido al escarnio. Fue detestado y rechazado por los hombres. Soportó el insulto y la burla, y sufrió una muerte sumamente dolorosa de la manera más vergonzosa, para poder exaltar y salvar a los hijos caídos de Adán de una miseria desesperada. En vista de este sacrificio sin para­lelo y este amor misterioso manifestado hacia nosotros por nuestro Redentor, ¿acaso debiéramos negarle a Dios nuestro servicio total que, en el mejor de los casos, es tan pobre? ¿Usaremos egoístamente, para asuntos de negocio o placer, el tiempo que necesitamos dedicar a los ejercicios religiosos, al estudio de las Escrituras y al examen propio y la oración?...

No hemos basado nuestras esperanzas aquí, en este mundo. Nuestras ac­ciones han testificado de nuestra fe, que es la sustancia que perdura en el cielo -Review and Herald, 29 de marzo de 1870.