17 de marzo

Recibir para dar
Y tomó Jesús aquellos panes, y habiendo dado gracias, los repartió entre las discípulos, y los discípulos entre los que estaban recostados; asimismo de los peces, cuanto querían. Juan 6:11.

Por este milagro, Cristo ha mostrado cómo la obra misionera ha de estar vinculada con el ministerio de la Palabra. El Maestro no solo le dio a la gente alimento espiritual; por medio de un milagro, también les proveyó del alimento temporal para satisfacer su hambre física. Esta provisión misericor­diosa ayudó a fijar en la mente del pueblo las palabras gentiles de verdad que él había hablado...
Por medio de este milagro Cristo desea enseñarnos la verdad de las pala­bras: "separados de mí, nada podéis hacer" (Juan 15:5). Él es la fuente de todo poder, el dador de todas las bendiciones temporales y espirituales. Él emplea a los seres humanos como colaboradores, dándoles una parte para hacer con él, como su mano ayudadora. Hemos de recibir de él no para acumular para nues­tra gratificación, sino para impartir a otros. Al hacer esta obra, no supongamos que hemos de recibir la gloria. Toda la gloria debe dársele al gran Artífice. Los discípulos no habrían de recibir la gloria por haber alimentado a los cinco mil. Eran apenas los instrumentos empleados por el Señor...
Él, el gran Artífice, no duerme. Él constantemente obra para el cumpli­miento armonioso de sus designios. Él nos confía talentos para que podamos colaborar con él. Siempre hemos de recordar que no somos más que instrumen­tos en sus manos. "El que se gloría, gloríese en el Señor" (1 Cor. 1:31)...
Todos los que han aceptado a Cristo no estarán satisfechos con disfrutar del favor divino sin darles a otros el gozo que alegra sus almas. La devoción más pura y santa es aquella que conduce al esfuerzo perseverante y desinteresado por la salvación de los que están fuera del rebaño...

Quienes imparten a los demás las riquezas de la gracia del cielo serán ellos mismos enriquecidos. Los ángeles ministradores esperan y anhelan canales por los cuales puedan comunicar los tesoros del cielo. Los hombres y las mujeres pueden alcanzar el nivel más elevado del desarrollo mental y moral solo al coo­perar con Jesús en un esfuerzo desinteresado por el bien de otros. Nunca somos tan genuinamente enriquecidos como cuando intentamos enriquecer a otros. No podemos disminuir nuestro tesoro por compartirlo. Mientras más ilumine­mos a otros, más brillante resplandecerá nuestra luz —Review and Herald, 4 de abril de 1907.