11 de marzo

La santificación verdadera y la falsa
Por sus frutos los conoceréis. Mateo 7:20.

Jesús vino al mundo porque la raza humana estaba bajo sentencia de muerte, por sus transgresiones. Su obra era traerlos de vuelta a la lealtad a la Ley de Dios, la que Pablo declara que es "santa, justa y buena". El guardó los Manda­mientos de su Padre. Los que por el arrepentimiento y la obediencia demues­tran su aprecio por la salvación que él vino a traer, mostrarán la obra del Espíri­tu en su corazón. Y la vida constituye la prueba. "Por sus frutos los conoceréis" (Mat. 7:20). "El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él" (1 Juan 2:4).
Pero a pesar de estos testimonios inspirados sobre la naturaleza del pecado, muchos aseguran estar santificados y ser incapaces de pecar, mientras constan­temente transgreden la Ley de Dios...
Nadie que reclame santidad es verdaderamente santo. Los que son registra­dos como santos en los libros del cielo no están al tanto del hecho; y son los úl­timos en presumir de su propia bondad. Ninguno de los profetas y los apóstoles alguna vez profesó santidad; ni siquiera Daniel, Pablo o Juan. Los justos nunca hacen tal reclamo. A medida que se asemejan más a Cristo, más lamentan su desemejanza de él, porque su conciencia es sensible y consideran el pecado de manera más parecida a la de Dios...
La única posición segura para nosotros es considerarnos pecadores que ne­cesitamos la gracia divina diariamente. Nuestro único alegato es la misericordia por medio de la sangre expiatoria de Cristo... Quienes tienen la verdad como se revela en esa Palabra Santa deben sostenerse en la plataforma de la verdad, y depender de un "Escrito está"...
Dios tiene grandes bendiciones para otorgar a su pueblo. Ellos pueden te­ner "la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento" (Fil. 4:7). Ellos pueden "comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundi­dad y la altura, y de conocer el amor de Cristo", y ser "llenos de toda la plenitud de Dios" (Efe. 3:18-19). Pero Cristo se manifestará solo a los que son mansos y humildes de corazón. Aquellos a quienes Dios justifica son representados por el publicano, no por el fariseo autosuficiente. La humildad nace del Cielo, y nadie puede entrar por las puertas de perla sin ella. Sin que se la declare consciente­mente, brilla en la iglesia y en el mundo, y brillará en las cortes celestiales -Signs ofthe Times, 26 de febrero de 1885.