25 junio
L
a mansedumbre, un fruto del Espiritu
Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad. Mateo 5:5.

A los que han buscado humildemente a Dios por alivio y paz en medio de las pruebas, se les ha impartido la gentileza de Cristo. Quienes han aprendido de él, que es manso y humilde de corazón, expresan simpatía hacia quienes tienen necesidad de consolación, porque pueden consolar a otros con la consolación con la que fueron consolados por Dios...
La mansedumbre es un fruto del Espíritu y una evidencia de que somos ramas del Dios viviente. La presencia interna de la mansedumbre es una evi­dencia indiscutible de que somos ramas de la Vid verdadera y de que llevamos mucho fruto. Es una evidencia de que por la fe estamos contemplando al Rey en su hermosura y estamos siendo transformados a su semejanza. Donde existe la mansedumbre, las tendencias naturales están bajo el control del Espíritu San­to. La mansedumbre no es un tipo de cobardía. Es el espíritu que Cristo ma­nifestó cuando sufría perjuicio, cuando soportaba insultos y abusos. Ser manso no es rendir nuestros derechos, sino preservar el control propio cuando somos provocados a dar paso a la ira o al espíritu de venganza. La mansedumbre no permite que la pasión tome las riendas.
Cuando Cristo fue acusado por los sacerdotes y los fariseos, conservó su autocontrol, pero tomó una posición decidida en cuanto a que sus acusacio­nes eran falsas. Les dijo: "¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?" (Juan 8:46)... Él sabía que estaba en lo correcto. Cuando Pablo y Silas fueron gol­peados y echados en prisión sin un juicio o una sentencia, no renunciaron a su derecho a ser tratados como ciudadanos honestos...
En todo tiempo y en todo lugar los cristianos debieran ser lo que el Se­ñor desea que sean: libres en Cristo Jesús. El deber cumplido en el Espíritu de Cristo será cumplido con una prudencia santificada. Cuando tenemos una conexión vital con Dios, somos guiados como por una luz del cielo... Quienes se han arrepentido de sus pecados, que han echado sus almas cansadas y carga­das a los pies de Cristo, que se han sometido a su yugo y se han convertido en sus colaboradores, serán partícipes con Cristo en sus sufrimientos y partícipes, también, de su naturaleza divina...
Jesús es nuestro modelo, y de él es que recibimos fuerza y gracia para andar en humildad y contrición ante Dios -Signs ofthe Times, 22 de agosto de 1895.