20 junio
Como raíz de tierra seca
Subirá... como raíz de tierra seca; no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos. Isaías 53:2.

La gente de los días de Jesús no podía ver la gloria del Hijo de Dios bajo el disfraz de la humildad. Fue "despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto" (Isa. 53:3). Para ellos él era como una raíz arrancada de tierra seca, sin forma ni atractivo, para que lo de­searan...
Cristo alcanzaba a las personas donde estaban. Presentaba la verdad sencilla a su mente con el lenguaje más vigoroso y simple. Los pobres humildes, los menos educados podían comprender, por la fe en él, las verdades más elevadas de Dios. Nadie tenía que consultar a los eruditos doctores para entender su significado. No dejaba perplejos a los ignorantes con referencias misteriosas, ni empleaba palabras poco comunes e intelectuales que no conocían. El mayor Maestro que el mundo ha conocido era el más definido, simple y práctico en sus instrucciones...
En tanto que los sacerdotes y los rabinos se ufanaban de su capacidad para enseñar al pueblo y para enfrentar al Hijo de Dios en su exposición de la doc­trina, este los acusaba de ignorar las Escrituras y el poder de Dios. No es la edu­cación de las personas más destacadas del mundo lo que abre los misterios del plan de redención. Los sacerdotes y los rabinos habían estudiado las profecías, pero no habían podido descubrir las preciosas pruebas del advenimiento del Mesías, de la forma de su venida, de su misión y su carácter. Los que reclama­ban ser dignos de confianza por causa de su sabiduría, no percibían que Cristo era el Príncipe de la vida.
Los rabinos contemplaban con sospecha y desprecio todo lo que no llevaba la apariencia de la sabiduría humana, la exaltación nacional y la exclusión reli­giosa. Pero la misión de Jesús era oponerse a estos mismos males, corregir estas opiniones erróneas y obrar una reforma en la fe y la moral. Atrajo la atención hacia la pureza de la vida, la humildad de espíritu, y a la devoción a Dios y a su causa sin la esperanza de honor mundanal o su recompensa...
Se regocijaba en espíritu al contemplar a los pobres de este mundo que aceptaban ansiosamente el mensaje precioso que él traía. Alzaba la vista al cielo y decía: "Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños" (Mat. 11:25) -Review and Herald, 3 de agosto de 1911.