12 julio
La escalera al cielo

No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo. Génesis 28:17.

Jacob no tenía un carácter perfecto. Pecó contra su padre, su hermano, su propia alma, y contra Dios. La inspiración registra fielmente las faltas de los hombres buenos que fueron distinguidos por el favor de Dios; en realidad, sus defectos resaltaban más que sus virtudes... Fueron asaltados por tentaciones y a menudo fueron vencidos por estas, pero estuvieron dispuestos a aprender en la escuela de Cristo. Si se nos hubieran presentado estos personajes como seres per­fectos, podríamos desanimarnos en nuestra lucha por alcanzar la justificación...
Muestra que Dios de ninguna manera admitirá al culpable. Él ve el pecado en sus más favorecidos, y los castiga incluso con mayor ahínco que a los que tienen menos luz y responsabilidad. Pero, en contraste con los pecados y los errores de la humanidad, se presenta un carácter perfecto: el del Hijo de Dios, quien revistió su divinidad de humanidad, y caminó como hombre entre los hijos de los hombres...
Jacob obtuvo por fraude la bendición destinada a su hermano. Dios le había prometido a él la primogenitura, y la promesa se habría cumplido a su tiempo si él hubiera estado dispuesto a esperar. Pero como a muchos que ahora profesan ser hijos de Dios, le faltaba fe y pensaba que debía hacer algo él mis­mo, en lugar de dejar las cosas sumisamente en las manos del Señor...
Al seguir su camino solitario, se sentía sumamente decaído y desanimado... Pero Dios no abandonó a Jacob. Su misericordia alcanzaba todavía a su errante y desconfiado siervo, aunque permitiera que le llegasen aflicciones hasta que aprendiera la lección de una sumisión paciente. Compasivamente, el Señor reveló a Jacob precisamente lo que necesitaba: un Salvador...

Cansado de su viaje, el peregrino se acostó en el suelo, con una piedra por cabecera. Mientras dormía, vio una escalera clara y reluciente "que estaba apo­yada en tierra, y su extremo tocaba en el cielo" (Gén. 28:12). Por esta escalera subían y bajaban ángeles; en lo alto, estaba el Señor de la gloria, quien se dirigió a Jacob con palabras de ánimo maravillosas. Le aseguró a Jacob que había sido guardado divinamente en su ausencia del hogar, y que le sería dada la tierra que habitaba como exiliado y fugitivo, a él y su posteridad —Signs of the Times, 31 de julio de 1884; parcialmente en Patriarcas y profetas, pp. 182, 183.