10 julio
La fe de Abraham, parte 1

Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré. Génesis 22:2.

Abraham tenía 120 años de edad cuando le llegó esta orden terrible y sorprendente, en una visión de la noche. Habría de viajar durante tres días y tendría bastante tiempo para reflexionar. Cincuenta años antes, ante el manda­to divino, había dejado a su padre y a su madre, parientes y amigos, y se había convertido en un peregrino y extranjero en una tierra extraña. Había obedecido el mandato de Dios de enviar a su hijo Ismael a vagar por el desierto. Su alma estaba doblegada por el dolor de esta separación, y su fe fue probada duramen­te. Pero se sometió porque Dios así lo requirió...
Abraham fue tentado a creer que, en definitiva, se trataba de un engaño. Herido por el dolor, se inclinó ante Dios y oró como nunca antes por una confirmación de esta extraña orden; si habría de cumplir este deber, necesitaba mayor luz. Recordó a los ángeles enviados para comunicarle el plan de Dios de destruir a Sodoma, y a los que le trajeron la promesa de que iba a tener este hijo, Isaac...
Finalmente despertó a Isaac suavemente, y le informó que Dios le había or­denado que ofreciera un sacrificio sobre una montaña distante, y que él debería acompañarlo. Llamó a sus siervos e hizo todos los preparativos para el largo via­je. Si hubiese podido descargar sus preocupaciones con Sara y juntos soportar el sufrimiento y la responsabilidad, le hubiera traído algo de alivio; pero decidió que esto no era buena idea, porque el corazón de Sara estaba atado al de su hijo, y le hubiera creado un obstáculo. Salió en su viaje, y Satanás iba a su lado para sugerirle incredulidad e imposibilidad...
Comienza la jornada del tercer día. Abraham levanta su vista hacia las montañas, y sobre una de ellas ve la señal prometida. Mira detenidamente, y he aquí una nube brillante que sobrevolaba la cima del Monte Moriah...

Todavía se encuentra a gran distancia de la montaña, pero quita la carga de los hombros de sus sirvientes y les pide que queden atrás, mientras coloca la madera sobre los hombros de su hijo, y él mismo lleva el cuchillo y el fuego —Signs of the Times, 1° de abril de 1875.