24 de febrero

El único tesoro
Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas. Efesios 2:10.

Un carácter formado a la semejanza divina es el único tesoro que podemos llevar de este mundo al venidero... Considere cada momento de tiempo como si fuera oro. No lo malgaste en la indolencia, no lo gaste en tonterías, sino úselo en la obtención de tesoros elevados. Cultive los pensamientos y expanda el alma negándose a permitir que la mente sea llena de asuntos no importantes. Aproveche cada ventaja a su alcance para fortalecer el intelecto. No se quede satisfecho con una norma inferior. No se contente hasta que, por el esfuerzo fiel, la vigilancia y la oración ferviente, haya obtenido la sabiduría que viene de arriba...
Atesore cada rayo de luz que pueda obtener al escudriñar la Palabra de Dios. Ocúpese de la obra que Dios le ha dado hoy, y vea cuánto bien puede lograr con el poder de Cristo. Haga de Dios su consejero...
Cristo recordó nuestra naturaleza en los requisitos que estipuló. Tomó nuestra naturaleza sobre sí, y nos trajo poder moral para combinarlo con el es­fuerzo humano... Nuestro espíritu puede estar tan identificado con su Espíritu que seamos uno con él en pensamiento e intención...
Las facultades intelectuales, morales y físicas han de ser igualmente culti­vadas y mejoradas para que alcancemos la norma más elevada en el logro del conocimiento...
El Daniel de la historia sagrada no era más que un joven cuando fue llevado cautivo a Babilonia con sus amigos. Pero él permanece como un ejemplo bri­llante de lo que la gracia de Dios puede hacer por los pecadores ante el universo celestial, los mundos no caídos y un mundo rebelde... No fue por su elección que fue expuesto a la disolución, la glotonería y los hábitos de malgasto de aquella nación pagana. Pero, él dispuso en su corazón que, mientras estuviese, allí serviría al Señor. Cooperó con Dios. Se colocó bajo la bandera de Cristo como un sujeto leal del Rey celestial...
El carácter formado en este mundo determina el destino por la eternidad. El elemento de valor en la vida en este mundo será de valor en el mundo veni­dero. Nuestro futuro es determinado por la manera en que permitimos ahora ser influenciados... Tomamos el yugo de Cristo sobre nosotros, y aprendemos su camino —Youth's Instructor, 17 de agosto de 1899; parcialmente en Dios nos cuida, p. 338.