13 de febrero

Conducidos por el Espíritu
He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida. Isaías 49:16.

Podemos seguir dos cursos de acción. Uno nos aparta de Dios y nos impide la entrada a su Reino; y en este camino se encuentran la envidia, las luchas, el homicidio y todas las malas obras. Hemos de seguir el otro curso de acción, y en su seguimiento se encontrará gozo, paz, armonía y amor... Es el amor que brillaba en el seno de Jesús lo que más necesitamos; y cuando se halla en el cora­zón, se revelará a sí mismo. ¿Podemos tener el amor de Jesucristo en el corazón, y que ese amor no se proyecte a los demás? No puede encontrarse ahí sin que testifique de su presencia. Se revelará a sí mismo en las palabras, en la expresión misma de nuestro rostro...
Cuando nuestro hijo mayor,* en quien poníamos nuestras esperanzas más brillantes y en quien esperábamos apoyarnos, y a quien habíamos dedicado solemnemente a Dios, nos fue arrebatado; cuando hubimos cerrado sus ojos en la muerte, y llorado con gran pena debido a nuestra aflicción, entonces vino una paz a mi alma que superaba toda descripción, que traspasaba todo conocimiento. Pude pensar en la mañana de la resurrección; pude pensar en el futuro, cuando el gran Dador de la vida vendrá y romperá las ataduras de la tumba y llamará a los justos muertos de sus lechos de polvo; cuando soltará a los cautivos de sus cárceles; cuando nuestro hijo se encontrará nuevamente entre los vivos. En esto se encontraba una paz, un gozo; había una consolación que no puede describirse...
Cuando Cristo dejó el mundo, puso una encomienda en nuestras manos. Mientras estuvo aquí, él mismo llevó adelante su obra; pero cuando ascendió al cielo, sus seguidores quedaron para empezar donde él la había dejado. Otros tomaron el trabajo donde los discípulos lo dejaron; y así sucesivamente, hasta que ahora tenemos la obra para hacer en nuestro propio tiempo...
No tenemos que caminar solos. Podemos llevar todas nuestras penas y pe­sares, problemas y pruebas, aflicciones y cuidados y derramarlos en el oído, dispuesto a escuchar, de Uno que presenta ante el Padre los méritos de su pro­pia sangre. Él presenta sus heridas: "¡Mis manos, mis manos! Te he grabado en la palma de mis manos". Ofrece las manos heridas a Dios, y sus peticiones son oídas, y ángeles veloces son enviados para ministrar a hombres y mujeres caídos, para levantarlos y sostenerlos -Review and Herald, 4 de enero de 1887.
" Henry Nichols White (1847-1863).