16 de enero
El poder de la oración
Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado. Isaías 26:3.

La oración al Gran Médico por la salud del alma trae la bendición de Dios.
La oración nos une los unos a los otros y a Dios. La oración trae a Jesús a nuestro lado, y da fuerzas nuevas y gracia fresca al alma vacilante y a punto de, perecer. Por medio de la oración, los enfermos han sido animados a creer que Dios los mirará con compasión. Un rayo de luz penetra en el alma desesperada y se convierte en un sabor de vida para vida. Por la oración se "conquistaron rei­nos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos... se hicieron fuertes en batallas, pusieron en fuga ejércitos extranjeros" (Heb. 11:33, 34). Sabremos lo que esto significa cuando escuche­mos los informes de los mártires de la fe.
Escucharemos sobre estas victorias cuando el Capitán de nuestra salvación, el Rey glorioso del cielo, abra el registro ante aquellos de los cuales escribió Juan: "Estos son los que han salido de la gran tribulación, y han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero" (Apoc. 7:14)...
Cristo, nuestro Salvador, fue tentado en todo como nosotros, pero sin pecado. Tomó la naturaleza humana, fue hecho en forma de hombre, y sus nece­sidades fueron las necesidades de la humanidad...
La oración precedió todo acto de su ministerio y lo santificó. Tuvo co­munión con su Padre hasta el final de su vida; y cuando pendía sobre la cruz, de sus labios brotó el amargo clamor: "Dios mío, Dios mío, por qué me has desamparado?" Luego, en una voz que ha alcanzado los mismos confines de la Tierra, exclamó: "Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu"... Los momentos nocturnos de oración que pasaba el Salvador en la montaña o en el desierto eran esenciales para prepararlo para las pruebas que debería enfrentar en los días siguientes...

Todas las cosas son posibles para quienes creen. Nadie que venga al Señor con sinceridad de corazón será chasqueado. ¡Cuán maravilloso es que poda­mos orar eficazmente, que seres mortales indignos y falibles posean el poder de ofrecer sus pedidos a Dios!... Pronunciamos palabras que alcanzan el trono del Monarca del universo —Review and Herald, 30 de octubre de 1900.