15 de enero
Orad sin cesar
Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu. Efesios 6:18. s

No siempre estamos situados de manera que podamos entrar en nuestros aposentos para buscar a Dios en oración, pero no hay tiempo o lugar en que sea inapropiado ofrecer una petición a Dios. No hay nada que nos impida alzar nuestro corazón en el espíritu de la oración ferviente. Entre las multitu­des de la calle, en medio de un compromiso de negocios, podemos enviar una petición a Dios y rogar por conducción divina, como hizo Nehemías cuando presentó su pedido ante el rey Artajerjes. Puede encontrarse un aposento de comunión donde estamos. Debemos tener continuamente abierta la puerta del corazón, elevando nuestra invitación a Jesús para que venga y more como un invitado celestial en nuestra alma.
Aunque pueda haber una atmósfera manchada y corrompida alrededor de nosotros, no necesitamos respirarla, sino que podemos vivir en la atmósfera pura del cielo. Elevando el alma a la presencia de Dios por medio de la oración since­ra, podemos cerrar toda puerta a las imaginaciones impuras y los pensamientos impíos. Aquellos cuyos corazones están abiertos para recibir el apoyo y la bendi­ción de Dios caminarán en una atmósfera más santa que la de la tierra y tendrán una comunión constante con Dios... El corazón ha de extenderse continuamen­te en un deseo por la presencia y la gracia de Jesús, de manera que el alma tenga iluminación divina y sabiduría celestial.
Necesitamos tener conceptos más claros de Jesús y una comprensión más completa del valor de las realidades eternas. La belleza de la santidad ha de colmar los corazones del pueblo de Dios, y para que esto se cumpla, debemos buscar las revelaciones divinas de las cosas celestiales... Podemos mantenernos tan cerca de Dios que en toda prueba inesperada nuestros pensamientos se vuelvan a Dios tan naturalmente como la flor se torna hacia el sol. La flor del girasol mantiene su ros­tro hacia el sol. Si se la mueve de la luz, se tuerce por sí misma sobre su tallo, hasta que levanta sus pétalos a los brillantes rayos del sol. Que todo el que ha entregado su corazón a Dios se torne hacia el Sol de Justicia, y ansiosamente mire hacia arri­ba para recibir los brillantes rayos de la gloria que relucen en el rostro de Jesús...

El Señor no está obligado a conferirnos sus favores; sin embargo, él ha com­prometido su palabra en que, si cumplimos con las condiciones declaradas en las Escrituras, él cumplirá su parte del contrato. Los hombres y las mujeres a menudo hacen promesas, pero no las cumplen. A menudo encontramos que al confiar en otros nos hemos apoyado sobre cañas rotas; pero el Señor nunca chasqueará al alma que cree en él —Signs ofthe Times, 16 de diciembre de 1889.