6 agosto
Cristo como niño
En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció.
Juan 1:10.

Los libros apócrifos del Nuevo Testamento intentan suplir el silencio de las Escrituras respecto de la vida temprana de Cristo, al dar un bosquejo ima­ginativo de sus años de infancia. Estos escritores relatan incidentes y milagros maravillosos que habrían caracterizado su niñez y lo distinguirían de otros ni­ños. Relatan cuentos ficticios y milagros frívolos que aseguran que él obró, atribuyéndole a Cristo demostraciones necias e innecesarias de su poder divino, y le achacan actos de venganza y travesuras crueles y ridículas.
La historia de Cristo registrada en los Evangelios —con su sencillez natural— ofrece un contraste marcado con estas historias y cuentos alocados y ficticios, que no armonizan ni por lejos con su carácter. Se parecen más a las novelas que se escriben, que no tienen fundamento en la verdad, y cuyos personajes son de una creación fantasiosa.
La vida de Cristo se distinguía de la de los niños comunes. Su fuerza de carácter moral y su firmeza siempre lo llevaban a ser fiel a su sentido del deber, y a adherirse a los principios del bien, de los cuales no lo movía ningún motivo, por poderoso que fuera. Ni el dinero ni el placer, ni el aplauso ni la censura, podían comprarlo o adularlo, de modo que consintiera en una acción errada. Era fuerte ante la tentación, sabio para descubrir el mal y firme para mantener­se fiel a sus convicciones...
Su sabiduría era enorme, pero era la de un niño, y aumentó según los años. Su infancia poseyó una gentileza peculiar y un encanto notable. Su carácter estaba lleno de belleza y de perfección inmaculada...
El camino de la obediencia es elevado por la venida a la tierra de la Majes­tad del cielo, y su disposición a convertirse en un niño pequeño y vivir simple y naturalmente como viven los niños, a someterse a las reglas y la privación, y dar a los jóvenes un ejemplo de fiel aplicación, al mostrarles por su propia vida que el cuerpo y el alma están en armonía con las leyes naturales...

Aunque los niños viven en un mundo caído, no tienen que ser corrompi­dos por el vicio. Pueden ser felices y obtener finalmente el cielo, a través de los méritos de Cristo —Youth's Instructor, 1° de abril de 1872.