21 de abril
El vestido de bodas
Y entró el rey para ver a los convidados, y vio allí a un hombre que no estaba vestido de boda. Mateo 22:11 (leer Mateo 22:1-14).

Con la ayuda del Espíritu Santo, los hombres y las mujeres pueden levantarse de la vulgaridad y vivir vidas puras y santas. Los creyentes profesos que no hacen esto mienten contra la verdad... No demuestran en palabra y compor­tamiento el poder transformador que acompaña a la verdad. ¿Cómo puede el Señor estar complacido con los que no hacen esfuerzo alguno por elevarse a un ideal superior? ¿Acaso no dicen haber recibido una verdad elevada y noble?...
Dios no pide a hombres y mujeres que rindan nada que sea para la salud del alma o del cuerpo, pero sí les pide que rindan los vicios degradantes y debilitadores que, de cultivarse, los excluirían del cielo. Les deja espacio para cada placer que puede ser disfrutado sin compunción de conciencia, y recordado sin remordimientos. Les pide, para su bien presente y eterno, que cultiven las virtudes que traen salud y fortaleza al alma. Los pensamientos puros y los hábitos correctos son necesarios para nuestra felicidad como seres humanos y como cristianos. Todo lo que es de un carácter degradante debe ser vencido, si queremos ver al Rey en su belleza.
El Señor puede y ayudará a todo aquel que busque su auxilio en el esfuerzo por ser puro y santo... ¿Se han ejercido esfuerzos fervientes por vencer las incli­naciones naturales al error, por conquistar los hábitos y las prácticas que eran parte de la vida antes de aceptar la verdad? Quienes afirman creer la verdad ¿son tan desaliñados y desordenados en el hogar y tan poco semejantes a Cristo en la vida cotidiana como lo fueron antes de haber profesado aceptar al Señor? Si es así, no están proclamando las bondades de Aquel que los llamó de las tinieblas. No se han vestido de la justicia de Cristo.
Esfuércense por hacer mejoras decididas. Límpiense de toda suciedad de la carne y del espíritu, perfeccionando la santidad en el temor del Señor. Sean cuida­dosos y ordenados en su vestido, y bondadosos y corteses en su trato. Sean puros y refinados, porque el cielo es la misma esencia de la pureza y del refinamiento. Tal como Dios es puro y santo en su esfera, hemos de serlo nosotros en la nuestra.
Lean con cuidado y análisis la parábola del vestido de bodas, y hagan una aplicación personal de la lección que enseña... Los que hacen una profesión de fe, y sin embargo permanecen iguales en hábito y conducta, son representa­dos... por el hombre que vino al banquete sin un vestido de bodas -Review and Herald, 26 de febrero de 1901.