17 de abril

La vid y las ramas
Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Juan 15:1.

En sus lecciones, Cristo no aspiraba a [enseñar] cosas de gran altura o imaginarias. El vino a enseñar, de la manera más sencilla, verdades que eran de vital importancia, de forma que incluso aquellos a los cuales llamó recién nacidos pudieran entenderlas. Sin embargo, en sus imágenes más simples había una profundidad y belleza que las mentes más educadas no podían agotar...
La vid había sido utilizada a menudo como un símbolo de Israel, y la lec­ción que ahora Cristo les daba a sus discípulos provenía de allí. Podría haber empleado la elegante palmera para referirse a sí mismo. Podría haber utilizado el majestuoso cedro que se erguía hacia los cielos o el vigoroso roble que es­parcía sus ramas y las elevaba hacia las alturas, para representar la estabilidad e integridad de los que siguen a Cristo. Pero, en su lugar, acudió a la vid, con sus zarcillos pegajosos, para representarse a sí mismo y a su relación con sus seguidores verdaderos. "Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador".
Nuestro Padre celestial plantó una Vid divina en las colinas de Palestina, y él mismo era el Labrador. No tenía una forma distinguida que a primera vista diera una impresión de su valor; parecía haber surgido como una raíz de tierra seca, y no atrajo mucha atención. Pero cuando se llamó la atención a la planta, algunos declararon que era de origen celestial. La gente de Nazaret quedó absorta al ver su belleza; pero cuando captaron la idea de que sería más vistosa y atraería más atención que ellos mismos, lucharon por arrancar la preciosa planta, y la lastimaron y hollaron bajo sus pies blasfemos. Pensaban destruirla para siempre. Pero el Labrador celestial nunca perdió de vista a su planta. Cuando la gente pensaba que la habían matado, la tomó y la replantó al otro lado del muro. La ocultó de la vista terrenal...
Cada rama que lleva fruto es una representante viva de la vid, porque lleva el mismo fruto que la vid... Cada rama mostrará si tiene o no tiene vida; por­que donde hay vida hay crecimiento. Hay una comunicación continua de las propiedades salutíferas de la vid, lo cual es demostrado por los frutos que las ramas llevan.
Como el injerto recibe vida cuando se lo une a la vid, así el pecador par­ticipa de la naturaleza divina cuando se conecta con Cristo. Los hombres y las mujeres finitos se unen con el Dios infinito -Review and Herald, 2 de noviem­bre de 1897.