12 de abril

Un maestro de justicia
Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Juan 8:31, 32.

Jesús dice: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas" (Mat. 11:29). Jesús fue el Maestro más singu­lar que el mundo jamás conociera. Presentaba la verdad mediante declaraciones claras y convincentes, y las ilustraciones que utilizaba eran de un carácter puro y elevado...
En su Sermón del Monte, Cristo dio la interpretación verdadera de las Escri­turas del Antiguo Testamento, explicando la verdad que había sido pervertida por los gobernantes, los escribas y los fariseos. ¡Qué significado tan amplio le confiere a la Ley de Dios! Él mismo había proclamado la Ley cuando las estrellas de la ma­ñana cantaban juntas y todos los hijos de Dios clamaban de gozo. Cristo mismo era el fundamento de todo el sistema judío, el fin de los tipos, los símbolos y los sacrificios. Envuelto en la columna de nubes, él mismo había dado indicaciones específicas a Moisés para la nación judía, y él era el único que podía dispersar la multitud de errores que se había acumulado acerca de la verdad por medio de máximas y tradiciones humanas...
Él elevó la verdad para que, como una luz, iluminara la oscuridad moral del mundo. Rescató cada gema de la verdad de la basura de las tradiciones y las máximas humanas, y exaltó la verdad hasta el Trono de Dios, de donde había provenido...
Su curso se encontraba en un contraste tan marcado con el de los escribas, los fariseos y los maestros religiosos de aquel día, que estos quedaron manifiestos como sepulcros blanqueados; fingidores hipócritas de la religión, que buscaban exaltarse a sí mismos por una profesión de santidad mientras que por dentro estaban llenos de pasiones y toda inmundicia. No podían tolerar la verdadera santidad, el celo genuino por Dios, que era el rasgo distintivo del carácter de Cristo; porque la ver­dadera religión proyectaba un reflejo sobre su espíritu y sus prácticas...
En el corazón de Jesús no había odio por nada, excepto el pecado. Podrían haberlo recibido como el Mesías si hubiera manifestado simplemente su poder para hacer milagros y se hubiera abstenido de denunciar el pecado, de condenar sus pasiones corruptas y de pronunciar la maldición de Dios sobre su idolatría. Pero debido a que él no permitía el mal, aunque sanara a los enfermos, abriera los ojos de los ciegos y resucitara a los muertos, no tenían otra cosa sino crueles abusos, celo, envidia, maquinaciones y odio para el divino Maestro —Review and Herald, 6 de agosto de 1895; parcialmente en Exaltada Jesús, p. 175.