10 de abril

El hombre rico
La heredad de un hombre rico había producido mucho. Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos?
Lucas 12:16, 17.

Este hombre lo había recibido todo de Dios. El sol había brillado sobre sus propiedades, porque sus rayos caen sobre el justo y el injusto. Las lluvias del cielo descienden sobre el malo y el bueno. El Señor había hecho que la vegetación prosperara, y los campos produjeran abundantemente. El hombre rico estaba perplejo porque no sabía qué hacer con sus productos. Se conside­raba favorecido sobre otros, y él mismo se tomaba el crédito por su sabiduría. Tenía grandes riquezas, y no se reprochaba a sí mismo por los pecados de los que muchos eran culpables. No había obtenido sus bienes a través del juego, ni al tomar ventaja del infortunio de otro que le tocara pasar por un bochorno en las finanzas y se viera obligado a vender sus bienes con pérdida, sino que había obtenido su riqueza a través de la providencia de Dios, quien causó que sus tie­rras rindieran abundantemente. Pero el hombre reveló su egoísmo y manifestó aquello que antes no sospechaba que existiera en su carácter.
No pensó en Dios, el gran Dador de todas sus bendiciones. No consideró que debía darle cuenta a Dios... Si hubiera amado y temido a Dios, habría ofrecido acción de gracias y se hubiese postrado ante Dios para pedirle: "Mués­trame cómo utilizar estos bienes"...

Cuántos hambrientos habrían sido alimentados, cuántos desnudos habrían sido vestidos, cuántos corazones habrían sido alegrados, cuántas oraciones por alimentos y ropas habrían sido contestadas. El Señor había oído las oraciones de los necesitados, y en su bondad había hecho provisión para el pobre por me­dio de las bendiciones conferidas al hombre rico. Pero el hombre que se había enriquecido súbitamente cerró su corazón al clamor del necesitado, y en vez de disponer de su sobreabundancia de bienes para suplir sus necesidades, dijo a sus siervos: "Esto haré; derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí juntaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate"... Dios le con­testó: "Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma" —Review and Herald, 19 de junio de 1894; parcialmente en Palabras de vida del gran Maestro, pp. 201, 202.