1 de abril

La gran cena
Un hombre hizo una gran cena, y convidó a muchos. Ya la hora de la cena envió a su siervo a decir a los convidados: Venid, que ya todo está preparado. Lucas 14:16,17 - Leer Lucas 14:16-2 4).

Esta parábola representa correctamente la condición de muchos de los que profesan creer la verdad presente. El Señor les ha enviado una invitación a venir a la cena que él ha preparado para ellos con gran costo de su parte; pero los intereses mundanales les parecen de mayor importancia que el tesoro celestial. Están invitados a participar en cosas de valor eterno, pero sus fincas, sus ganados y los intereses de su hogar les parecen de importancia tanto mayor que la obediencia a la invitación celestial, que superan para ellos toda atracción divina; y hacen de esas cosas terrenales una excusa para desobedecer el mandato celestial: "Venid, que ya está todo preparado"...
Estos hombres usan como excusa por no poder obedecer los requerimien­tos de la verdad, las mismas bendiciones que Dios les dio con el fin de probarlos para ver si darán: "Lo que es de Dios, a Dios". Abrazan sus tesoros terrenales y dicen: "Debo cuidarlos; no debo descuidar las cosas de esta vida: son mías". De este modo el corazón de esos hombres se ha endurecido como el camino muy transitado...
Su corazón está tan cubierto de espinas y de los cuidados de esta vida que las cosas celestiales no pueden hallar cabida en él. Jesús invita a los cansados y cargados, y les promete descanso, si quieren acudir a él... Él quiere que ellos pongan a un lado las pesadas cargas de las congojas y las perplejidades mun­danales y tomen su yugo de abnegación y sacrificio por los demás. Esta carga les resultará fácil. Los que se niegan a aceptar el alivio que Cristo les ofrece y continúan llevando el amargo yugo del egoísmo, imponiendo a sus almas tareas sumamente pesadas según los planes que hacen para acumular dinero para la complacencia egoísta, no han experimentado la paz y el descanso que se hallan en llevar el yugo de Cristo y las cargas de la abnegación y la benevolencia desin­teresada que Cristo llevó en su favor-
Hay almas por las cuales Cristo murió, que podrían salvarse por sus esfuer­zos personales y ejemplo piadoso... Pero la luz preciosa queda oculta bajo el al­mud, y no alumbra a los que están en la casa -Review and Herald, 25 de agosto de 1874; parcialmente en Joyas de los testimonios, t. 1, pp. 362-364.