Notas de E. G. White
Lección 4 - El Dios de gracia y juicio

Sábado 21 de enero
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La obra de cada uno pasa bajo la mirada de Dios, y es registrada e imputada ya como señal de fidelidad ya de infidelidad. Frente a cada nombre, en los libros del cielo, aparecen, con terrible exactitud, cada mala palabra, cada acto egoísta, cada deber descuidado, y cada pecado secreto, con todas las tretas arteras. Las admoniciones o reconvenciones divinas despreciadas, los momentos perdidos, las oportunidades desper­diciadas, la influencia ejercida para bien o para mal, con sus abarcantes resultados, todo fue registrado por el ángel anotador.

La ley de Dios es la regla por la cual los caracteres y las vidas de los hombres serán probados en el juicio. Salomón dice: "Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es la suma del deber humano. Pues que Dios traerá toda obra ajuicio" (Eclesiastés 12:13, 14, V. M.). El apóstol Santiago amonesta a sus hermanos diciéndoles: "Así hablad pues, y así obrad, como hombres que van a ser juzgados por la ley de libertad" (Santiago 2:12, V.M.) (El conflicto de los siglos, pp. 535, 536).

La evidencia más amplia concedida por Dios de que desea la salva­ción de todos, será la condenación de los que rechacen el don del cielo. En el último gran día, cuando todos sean recompensados o castigados de acuerdo con su obediencia o desobediencia, la cruz del Calvario apa­recerá claramente ante los que se hallen frente al Juez de toda la tierra para recibir la sentencia eterna. Se los capacitó para que comprendieran algo del amor que Dios ha expresado por los seres humanos caídos. Ven cuán grandemente ha sido deshonrado por los que continuaron en la transgresión, escogiendo ponerse junto a Satanás y manifestando menosprecio por la ley de Jehová (En lugares celestiales, p. 361).

 

Notas de E. G. White
Lección 4 -El día del juicio

Domingo 22 de enero
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"Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubier­ta, sea buena o sea mala" (Eclesiastés 12:14).

En el caso de cada individuo hay un proceso en marcha mucho más maravilloso que aquel por el cual el artista transfiere los rasgos de una persona a la placa bruñida. El arte del fotógrafo consiste meramente en obtener fotografías de algo que es perecedero; pero en el registro de la vida, el carácter se graba con exactitud, y si ese registro es oscuro, jamás podrá ser borrado, excepto por la sangre del sacrificio expiatorio.

Los ángeles de Dios están ocupados en obtener un daguerrotipo del carácter con la misma fidelidad con que el artista reproduce las facciones del rostro humano; ¡y seremos juzgados por lo que revele ese daguerrotipo!

Cuando se inicie el juicio y los libros se abran, habrá muchas revelaciones asombrosas. Los hombres no aparecerán entonces como se exponen ante los ojos humanos y los juicios falibles. Los pecados secretos quedarán a la vista de todos. Se revelarán motivos e intencio­nes que se ocultaron en la cámara secreta del corazón.

Todo aparecerá como un retrato de tamaño natural.

En esa hora solemne y tremenda la infidelidad del esposo quedará expuesta ante la esposa, y la deslealtad de la esposa ante el esposo. Por primera vez los padres sabrán cuál fue el carácter verdadero de sus hijos, y los hijos verán los errores y desaciertos de sus padres. El que robó a su vecino recurriendo a falsedades, no escapará con sus ganancias mal habidas. Dios lleva en sus libros un registro exacto de todo acto injusto y de cada negocio deshonesto (¡Maranata: El Señor viene!, p. 338).

Así como el fuego revela la diferencia entre el oro, la plata, las piedras preciosas, la madera, el heno y la hojarasca, así también el día del juicio pondrá a prueba los caracteres, mostrando la diferencia entre los caracteres formados a la semejanza de Cristo y los que son formados a la semejanza del corazón egoísta. Todo egoísmo, toda falsa religión aparecerán entonces tal como son. El material inservible será consu­mido, pero nunca perderá su valor el oro de la fe verdadera, sencilla y humilde. Nunca podrá ser consumido, porque es imperecedero (Mente, carácter y personalidad, tomo 2, p.568).

En la actualidad, los ángeles observan el desarrollo del carácter y pronto nuestras vidas pasarán ante Dios; pronto seremos pesados en las balanzas del santuario y su juicio será registrado frente a nuestros nombres. Recibiremos la corona de la vida eterna o seremos destruidos y separados para siempre de la presencia del Señor. Puede ser que no tengamos volun­tad de examinarnos a nosotros mismos para ver cuál es nuestra verdadera condición espiritual, o si nuestro corazón ha sido transformado por la verdad; pero esa falta de voluntad no hará ninguna diferencia en el juicio; sus decisiones serán conocidas porque, "el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno con­forme a sus obras" (S. Mateo 16:27) (Signs of the Times, 7 de enero, 1886).

 

Notas de E. G. White
Lección 4 - El juicio y la gracia en el Edén

Lunes 23 de enero
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El pacto de la gracia se estableció primeramente con el hombre en el Edén, cuando después de la caída, se dio la promesa divina de que la simiente de la mujer heriría a la serpiente en la cabeza. Este pacto puso al alcance de todos los hombres el perdón y la ayuda de la gracia de Dios para obedecer en lo futuro mediante la fe en Cristo. También prometía la vida eterna si eran fíeles a la ley de Dios. Así recibieron los patriarcas la esperanza de la salvación.

La ley de Dios existía antes de que el hombre fuera creado. Fue adaptada a las condiciones de seres santos: aun los ángeles eran gober­nados por ella. No se cambiaron los principios de justicia después de la caída. Nada fue quitado de la ley. No podía mejorarse ninguno de sus santos preceptos. Y así como ha existido desde el comienzo, de la misma manera continuará existiendo por los siglos perpetuos de la eternidad.
Después de la transgresión de Adán, los principios de la ley no fue­ron cambiados, sino que fueron definidamente ordenados, y expresados para responder a las necesidades del hombre en su condición caída. Cristo, en consejo con su Padre, instituyó el sistema de ofrendas de sacrificio para que la muerte, en vez de recaer inmediatamente sobre el transgresor, fuera transferida a una víctima que prefiguraba la ofrenda, grande y perfecta, del Hijo de Dios... Mediante la sangre de esta vícti­ma, el hombre veía por fe en el porvenir la sangre de Cristo que expiaría los pecados del mundo.

La misión de Cristo en la tierra no fue abrogar la ley, sino hacer volver a los hombres por su gracia a la obediencia a sus preceptos... Por su propia obediencia a la ley, Jesús atestiguó su carácter inalterable y demostró que con su gracia puede obedecerla perfectamente todo hijo e hija de Adán (La maravillosa gracia de Dios, p. 131).

La primera insinuación de una esperanza tal fue hecha a Adán y Eva en la sentencia pronunciada contra la serpiente en el Edén, cuando el Señor declaró a Satanás en oídos de ellos: "Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar" (Génesis 3:15).

Al escuchar estas palabras, la pareja culpable se llenó de esperan­za; porque en la profecía concerniente al quebrantamiento del poder de Satanás discernió una promesa de liberación de la ruina obrada por la transgresión. Aunque le iba a tocar sufrir por causa del poder de su adversario en vista que había caído bajo su influencia seductora y había decidido desobedecer a la clara orden de Jehová, no necesitaba ceder a la desesperación absoluta. El Hijo de Dios se ofrecía para expiar su transgresión con su propia sangre. Se les iba a conceder un tiempo de gracia durante el cual, por la fe en el poder que tiene Cristo para salvar, podrían volver a ser hijos de Dios (Exaltad a Jesús, p. 21).

 

Notas de E. G. White
Lección 4 -El diluvio

Martes 24 de enero
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Aunque los impíos puedan pensar que sus caminos no son conoci­dos por el Señor, llegará el momento en que él mostrará que todas las obras de los hijos de los hombres le son conocidas. En los días de Noé, la maldad humana llegó a ser tan grande que fue necesario que Dios mostrara su autoridad y castigara a los transgresores de la ley. Había llegado la hora de crisis al declarar el Señor cuáles eran los límites de la paciencia divina hacia la raza culpable. No obstante envió a su fiel siervo para que los amonestara, y les dio ciento veinte años de oportu­nidad para que se arrepintieran de sus pecados. Pero ellos rechazaron y despreciaron tales muestras del amor de Dios. Cuando la copa de su iniquidad se llenó; cuando los límites de la misericordia divina se traspasaron, el Señor eliminó a la raza pecadora de la faz de la tierra mediante el diluvio (Signs of the Times, 15 de diciembre, 1881).

¡Cuán grandes fueron la condescendencia y compasión que Dios manifestó hacia sus criaturas descarriadas al colocar el bello arco iris en las nubes como señal de su pacto con el hombre! El Señor declaró que al ver el arco iris recordaría su pacto. Esto no significa que pudiera olvidarlo, sino que nos habla en nuestro propio lenguaje, para que poda­mos comprenderle mejor. Quería el Señor que cuando los niños de las generaciones futuras preguntasen por el significado del glorioso arco que se extiende por el cielo, sus padres les repitiesen la historia del dilu­vio, y les explicasen que el Altísimo había combado el arco, y lo había colocado en las nubes para asegurarles que las aguas no volverían jamás a inundar la tierra. Así sería el arco iris, de generación en generación, un testimonio del amor divino hacia el hombre, y fortalecería su confianza en Dios (Patriarcas y profetas, p. 97).

Dios resolvió purificar el mundo con un diluvio, pero su miseri­cordia y amor dio a los antediluvianos un tiempo de gracia de ciento veinte años. Durante ese tiempo, mientras se estaba construyendo el arca, las voces de Noé, Matusalén y muchos otros se oyeron en forma de amonestación y súplica, y cada golpe dado en el arca era un mensaje de amonestación.

Durante ciento veinte años Noé proclamó el mensaje de amones­tación al mundo antediluviano; pero solo unos pocos se arrepintieron. Algunos de los carpinteros que empleó para la construcción del arca creyeron el mensaje, pero murieron antes del diluvio; otros de los con­versos de Noé apostataron (Comentario bíblico adventista, tomo 1, p. 1102).

 

Notas de E. G. White
Lección 4 - Condenación y gracia

Miércoles 25 de enero
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Los sacerdotes y gobernantes se habían constituido jueces, para condenar la obra de Cristo, pero él se declaró Juez de ellos y de toda la tierra. El mundo ha sido confiado a Cristo, y por él ha fluido toda ben­dición de Dios a la especie caída. Era Redentor antes de su encarnación tanto como después. Tan pronto como hubo pecado, hubo un Salvador. Ha dado luz y vida a todos, y según la medida de la luz dada, cada uno será juzgado. Y el que dio la luz, el que siguió al alma con las más tier­nas súplicas, tratando de ganarla del pecado a la santidad, es a la vez su Abogado y Juez. Desde el principio de la gran controversia en el cielo,

Satanás ha sostenido su causa por medio del engaño; y Cristo ha estado obrando para desenmascarar sus planes y quebrantar su poder. El que hizo frente al engañador, y a través de todos los siglos procuró arrebatar cautivos de su dominio, es quien pronunciará el juicio sobre cada alma.

Y Dios "le ha dado potestad de ejecutar juicio, por cuanto él es Hijo del hombre". Porque gustó las mismas heces de la aflicción y tentación humanas, y comprende las debilidades y los pecados de los hombres; porque en nuestro favor resistió victoriosamente las tentaciones de Satanás y tratará justa y tiernamente con las almas por cuya salvación fue derramada su sangre, por todo esto, el Hijo del hombre ha sido designado para ejecutar el juicio.

Pero la misión de Cristo no era juzgar, sino salvar. "No envió Dios a su Hijo al mundo para que condene al mundo, mas para que el mundo sea salvo por él". Y delante del Sanedrín, Jesús declaró: "El que oye mi palabra, y cree al que me ha enviado, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas pasó de muerte a vida" (El Deseado de todas las gentes, pp. 180, 181).

Cuando Cristo enseñaba, unía la invitación misericordiosa a la amonestación referente al juicio. "El Hijo del hombre —dijo— no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas". "No envió Dios a su Hijo al mundo para que condene al mundo, mas para que el mundo sea salvo por él". Su misión de misericordia, en relación con la justicia y el juicio divinos, se ilustra en la parábola de la higuera estéril (Palabras de vida del gran Maestro, p. 167).

Hay perfecta armonía entre la ley de Dios y el evangelio de Jesucristo. "Yo y el Padre una cosa somos" dijo el gran Maestro. El evangelio de Cristo es la buena nueva de su gracia, por medio de la cual el hombre puede ser liberado de la condenación del pecado y capacitado para obedecer la ley de Dios. El evangelio señala hacia el código moral como regla de vida. Esa ley, mediante sus demandas de una obediencia sin desviaciones, le muestra continuamente al pecador el evangelio del perdón y la paz.

Dice el gran apóstol: "¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley" (Romanos 3:31). Y de nuevo declara que "la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno" (Romanos 7:12). Establecer el amor supremo a Dios y un amor igual a nuestros semejantes es indispensable, a la vez, para la gloria de Dios y la felicidad de los humanos (Mente, carácter y perso­nalidad, t. 2, p. 585).

 

Notas de E. G. White
Lección 4 - La hora de su juicio

Jueves 26 de enero
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El mensaje evangélico proclamado por los discípulos de Cristo fue el anuncio de su primer advenimiento al mundo. Llevó a los hombres las buenas nuevas de la salvación por medio de la fe en él. Señalaba hacia su segundo advenimiento en gloria para redimir a su pueblo, y colocaba ante los hombres la esperanza, por medio de la fe y la obedien­cia, de compartir la herencia de los santos en luz. Este mensaje se da a los hombres hoy en día, y en esta época va unido con el anuncio de que la segunda venida de Cristo es inminente. Las señales que él mismo dio de su aparición se han cumplido, y por la enseñanza de la Palabra de Dios, podemos saber que el Señor está a las puertas.

Juan en el Apocalipsis predice la proclamación del mensaje evan­gélico precisamente antes de la segunda venida de Cristo. El contempla a un "ángel volar por en medio del cielo, que tenía el evangelio eterno para predicarlo a todos los que moran en la tierra, y a toda nación y tribu y lengua y pueblo, diciendo en alta voz: Temed a Dios, y dadle honra; porque la hora de su juicio es venida".

En la profecía, esta amonestación referente al juicio, con los men­sajes que con ella se relacionan, es seguida por la venida del Hijo del hombre en las nubes de los cielos. La proclamación del juicio es el anuncio de que la segunda aparición del Salvador está por acaecer. Y a esta proclamación se denomina el evangelio eterno. Así se ve que la predicación de la segunda venida de Cristo, el anuncio de su cercanía, es una parte esencial del mensaje evangélico.

La Biblia declara que en los últimos días los hombres se hallarían absortos en las ocupaciones mundanas, en los placeres y en la adqui­sición de dinero. Serían ciegos a las realidades eternas. Cristo dice: "Como los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. Porque como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casán­dose y dando en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca, y no conocieron hasta que vino el diluvio y llevó a todos, así será también la venida del Hijo del hombre".

Tal ocurre en nuestros días. Los hombres se afanan en obtener ganancias y en la complacencia egoísta, como si no hubiera Dios, ni cielo, ni más allá. En los días de Noé la amonestación referente al dilu­vio fue enviada para despertar a los hombres en medio de su impiedad y llamarlos al arrepentimiento. Así el mensaje de la segunda venida de Cristo tiene por objeto arrancar a los hombres de su interés absorbente en las cosas mundanas. Está destinado a despertarlos al sentido de las realidades eternas, a fin de que den oídos a la invitación que se les hace para ir a la mesa del Señor.

La invitación del evangelio ha de ser dada a todo el mundo, "a toda nación y tribu y lengua y pueblo". El último mensaje de amonestación y misericordia ha de iluminar el mundo entero con su gloria. Ha de lle­gar a toda clase de personas, ricas y pobres, encumbradas y humildes. "Ve por los caminos y por los vallados —dice Cristo— y fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa" (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 179, 180).